viernes, 22 de febrero de 2008

Lecturas en voz alta


Desgañitarse no es una buena afición para ningún docente, más que nada por el desacato que supone hacia las cuerdas vocales, verdaderas autoridades en nuestra delicada profesión. Conozco tantos maestros y maestras con voz de cascajo, tos desértica y carraspeos infrahumanos, que creo que jamás obtendremos, como gremio, premio alguno reconociendo nuestra melodiosa faena. Y es que los logopedas tienen un arduo trabajo con semejante afonía, de hecho, creo que he oído en algún que otro pasillo sindical, que se van a editar unas pegatinas cuyo lema rece “Pon un foniatra en tu vida”, y la verdad es que tamaña declaración no es nada despreciable.
El otro día, sin ir más lejos, me encontré con una de estas voces cazalleras, y hablando de la mejoría que estaba experimentando su voz, se me ocurrió recomendarle que acudiese a un curso al que asisto entre estos montes de singular belleza. La tía, lejos de amedrentarse, se animó a leer en voz alta, que es el tema sobre el que versa dicho curso y a eso de las seis y pico, ha aparecido por la Casa de Cultura.
De lecturas anda el juego, así que, ni cortos ni perezosos nos hemos enzarzado en dicha empresa. De Benedetti y Gerardo Diego han sido algunos de los textos utilizados en la sesión de hoy, Gonzalo Darabuc nuestro guía y maestro, y la voz, tanto nuestra, como de algunos invitados insignes, la protagonista.
Me sorprende la lectura de viva voz puesto que rompe la intimidad del idilio entre las palabras y uno mismo. No es una sorpresa non grata, pero si me extraña en cierto modo leer para el oyente, ya que, no es sólo perder ese espacio exclusivo entre el libro y yo, sino interpretar para la colectividad de los oyentes. Aun así, considero que la lectura en voz alta es un buen mecanismo para formar lectores, esto no quiere decir que las masas se rindan al libro de forma inminente, pero sí para hacer frente al abandono que sufre la literatura. Leer cuesta. El acto de coger un libro entre las manos, abrirlo, seguir las líneas con la mirada, procesar la información, utilizar la imaginación, humedecer el pulgar con la lengua y pasar la página ya leída, entraña una serie de movimientos que necesitan trabajo y energía, por no hablar del tiempo, aunque, como bien dice Daniel Pennac, el tiempo para leer es siempre tiempo robado.
Como colofón, recomendar El Principito de Saint Exupery, del que ayer leímos un fragmento, una obra que no deja indiferente a nadie. Unos odian y otros adoran ese cuento de aquel principito preocupado por sus rosas y encontrar un amigo.

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