viernes, 18 de julio de 2008

Málaga, Alberti y el mar




Después de unas vacaciones (creo que merecidas), he regresado a este espacio un tanto subversivo (como toda la Literatura Infantil...) y, como no podía ser menos en esta época veraniega, mi vuelta tiene cierto aire marino, costero, con sabor a moraga y espeto de sardinas, salitre y jazmín... A todo eso me sabe Málaga, además de a otras muchas cosas menos sabrosas, claro está...
Este gusto malagueño que se me ha adherido al paladar, ha sido algo especial, con un poder casi aperitivo de una nueva etapa que deshojar. Los viajes son así: sinuosos, inesperados, escondidos... como cualquier camino trazado al azar que hace y deshace tu propio sino. Durante el viaje aprendes de la senda, de los demás y de uno mismo. Somos pupilos de un mundo infinito: cada tropiezo es un paso, y cada piedra, el camino; un recorrido del que aprendemos.
Y si me preguntan sobre Málaga diré que en ella he aprendido sobre corrientes marinas, de corazones dolidos, de epitafios antiguos, he recorrido Francia desde sus costas fenicias y he hilado cientos de sonrisas llenas de sol.
Y haciendo gala de la figura estilística de ese lenguaje acuñado en tierras malacitanas, la hipérbole descriptiva, remito a las palabras de Rafael Alberti para, en un intento de pasión folclórica, agradecer este viaje, prefacio de los que vendrán.

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?

¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste
acá?
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