viernes, 5 de septiembre de 2008

La soledad


A Rosa...,que sé que lo está pasando mal.

A veces, descubrir facetas desconocidas de uno mismo puede resultar sorprendente, otras, esto puede ser bochornoso. Aun así, esto no nos impide seguir viviendo esa vida que tanto defiende Ayala, la de las cosas buenas, la de las cosas malas, la que se vive.

Me obnubila la naturaleza humana, no sé, es algo llamativo lo que le sucede al hombre, pura dialéctica, puro instinto animal, hecho de una mitad de aceite y otra parte igual de agua, una dura y bella quimera. Eso sí, tampoco hay que obsesionarse demasiado con semejante cuestión, si no, uno se desvive por hallar una explicación a tales propósitos vitales y lo que, en un principio era mero discurrir, se torna en hacer muchas cábalas que, a la postre, perjudica a cualquier ser humano, por lo general, poco ducho en estos menesteres. Es lo que tienen los sentimientos: incognoscibles, imposibles y, a veces, insufribles. Véase la soledad, tamaño sentimiento, omnipresente estado vital. La soledad, por antagonismo verbal, nos acompaña a todos, nos envuelve en algún momento de nuestra vida. Muchos hablan de que tenemos que apartarla, otros la obvian y los menos alaban su necesidad. De la soledad nacen las mejores palabras, se han escrito excelentes novelas y han surgido bellas ideas. También es cierto que si es buena medicina, hay veces que es peor enfermedad. La soledad quiebra corazones, desgaja pensamientos, entierra sonrisas y desbarata mentes cuerdas. Unas veces buena, otras, mala, pero hay está, así que, vivámosla, no podemos hacer otra cosa mejor.
Y para que vea que la Literatura Infantil no está exenta de soledad, le recomiendo dos novedades editoriales del género del álbum ilustrado, Soledades de Neus Moscada y Chiara Fatti –Editorial OQO- y El gran viaje del señor M, de Gilles Tibo y Luc Melanson

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