jueves, 16 de octubre de 2008

Palabras...




¡Ya era hora de que le llegase el turno a este libro! Creo que muchos se alegrarán, la verdad sea dicha (no sólo por ser este de los pocos artículos en los que obvio la parrafada que suelo encasquetar a modo de introducción, sino también porque el título que defiendo hoy merece más que eso).

Siempre he creído en los beneficios de la lengua, no sólo en la de ternera estofada que encandila a mi padre (hay una fábula de la vida de Esopo que os recomiendo… Esopo y las lenguas…), sino en la derivada del lenguaje. En la lengua tenemos fonemas, también morfemas, ciertos lexemas y otras estulticias (o por lo menos, eso nos parece a los mortales casi analfabetos… NB: permítanme atacar a traición… ¡Cuánto me hizo sufrir la “Lengua Castellana” del C.O.U.!), pero lo verdaderamente importante –dejémonos de tontunas- es la palabra. Siempre he creído estar enamorado de las palabras, de las imágenes que se forman en mi cerebro mientras las pronuncio, las pienso, las comparto o las callo. Esa asociación de ideas es lo que verdaderamente nos hace diferentes (o por lo menos lo intentamos, ya que empiezo a pensar que algunos/as están a millones de años de comportarse como verdaderos primates, y si no, vean la tele, hay un buen muestrario de negación evolutiva…). Por hacer otra afirmación categórica -cosa por la que pierdo el sentido-, diré que vivo gracias a las palabras, sin ellas, mi mundo estaría vacío. Vacío de emociones, sentimientos, frenesí, ritmo, colorido y melodía. Si no lo cree así, le propongo un juego: asocie cada una de las siguientes palabras con un momento de su vida, cualquiera que sea será bienvenido, ¡Ahí voy!:

Carta
Adiós
Beso
Canción
Tren
Mar
Balón

¡Se me olvidaba! El libro al que hoy me refiero es Chispas y cascabeles, de Ann y Paul Rand (Editorial Barbara-Fiore)… No se lo pierdan, creo que ha inspirado hasta una representación teatral…, ¿Verdad Luz?


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