lunes, 10 de noviembre de 2008

Dos escritores brasileños y una escuela



Dicen por ahí que, en la tarea de enseñar, está la virtud de aprender, aunque aquí, por aprender, no aprende ni la Intemerata…, ni mis alumnos aprenden (no sé si dice mucho de mí o de ellos… seguramente de ambos bandos). “Semos maestros”, “semos maestros” se repiten muchos en sus conciencias por el mero hecho de afianzar su alfabetización… Son los padrenuestros de hoy día: el docente se confiesa con el sindicalista de turno, mientras los alumnos hacen lo mismo con los videojuegos. Y es que la Educación da para mucho, se lo digo yo, que de eso sé un trecho. Tenemos una variedad cuasi infinita de profesores, pupilos y padres…, si me dejasen, organizaría un safari.
Y si aquí no aprende nadie, ni hablemos del asunto de la lectura. Hablar de aprender es una cosa, pero escribir sobre la lectura, es otra mucho peor. No es que las nuevas generaciones deban nacer con un libro bajo el brazo (¡qué poco nutritivo!), pero que por lo menos sean capaces de leer el Marca®. Aunque también le digo una cosa, ahora que no nos oye nadie: esos, los que enseñan, tampoco leen…, están todos ensimismados… Que si mi chiquillo esto, que si mi chiquilla lo otro, que si sabes lo de la madre de Menganita, que si pobre Fulanito, toda la vida luchando con estas fieras y al cumplir los cincuenta y nueve va y pilla la depresión… Y es que ni estos aprenden ya que, si aprendieran a leer más y mejor, se olvidarían de a los que tienen que enseñar.
Ya lo dijo Joao Guimarães Rosa[1]: “Maestro no es quien siempre enseña sino quien, de repente, aprende.”

[1] MACHADO, Ana María. 2002. Lectura, escuela y creación literaria. Madrid: Anaya. Col. La sombra de la palabra. ISBN 84-667-1729-3.
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