lunes, 22 de diciembre de 2008

Navidad escatológica


Una mañana de recados puede dar bastante de sí. Sin ir más lejos, el pasado sábado, mientras me encontraba arreglando unos asuntos por el centro de la ciudad, contemplaba atónito el bullicio prenavideño (les aviso que en esta urbe lo de ir de compras es el ejercicio local por antonomasia, que bien lo dice el refrán “En Albacete, ganan cinco y gastan siete”…). Ver como la gente cae en esta irrefrenable y demencial ansiedad de compra-venta es todo un espectáculo (les aseguro que estuve a punto de comprarme unas pipas). Y en éstas estaba un servidor cuando le vinieron a la mente las épocas pasadas. Años en los que, con menos dinero y más imaginación, vivíamos satisfechos y medianamente felices, todo ello sin asistir a terapias psicológicas, que bien mirado, es todo un logro.
Todo está bastante corrompido, no queda nada ya que no sea un puro negocio, ni tan siquiera la literatura. Y si no me cree, pásese por cualquier librería y observe los precios… Otro negocio…
Y tras tanta palabrería, hágame caso: en esta época de regalos y compras sin mesura, reserve cinco euros y, como el que no quiere la cosa, vaya a una librería, busque un libro titulado Culos, escrito e ilustrado por Juan Ortega, “JuanolO”, cómprelo y pida que se lo envuelvan en papel de regalo y, cuando llegue a casa, busque el rincón que más le guste, acurrúquese y rompa el envoltorio, esboce una sonrisa mientras lea el título, ábralo y déjese llevar… Le aseguro que serán los cinco euros mejor invertidos de esta pascua.
Permítanme despedirme con un fragmento de Gracias y desgracias del ojo del culo, otra aportación de nuestro genial Francisco de Quevedo en loor del mismísimo ojete. Y ríanse si la loteria no les ha agraciado, que el texto bien lo vale...
Lo que dicen del culo (los que tiene ojeriza con él) es que pee y caga, cosa que no hacen los ojos de la cara; y no advierten lo cuitados que más y peor cagan los ojos de la cara y peen que no el del culo, pues en ellos no hay sumo que no lo caguen en cantidad de legañas, ni pesadilla o susto que no meen con abundancia de lágrimas, y esto sin ser de provecho, como lo que echa el culo, como ya queda probado.
Lo del pedo es verdad que no lo sueltan los ojos; pero se ha de advertir que el pedo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella. Y, para prueba desta verdad, digo que de suyo es cosa alegre, pues donde quiera que se suelta anda la risa y la chacota, y se hunde la casa, poniendo los inocentes sus manos en figura de arrancarse las narices, y mirándose unos a otros, como matachines. Es tan importante su expulsión para la salud, que en soltarle está el tenerla. Y así, mandan los doctores que no les detengan, y por esto Claudio César, emperador romano, promulgó un edicto mandando a todos, pena de la vida, que (aunque estuviesen comiendo con él) no detuviesen el pedo, conociendo lo importante que era para la salud. Otros dijeron que lo había hecho por particular respeto que se debe al señor ojo del culo.
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