martes, 25 de marzo de 2008

Pandillas


Ruge un sol primaveral a estas horas de la tarde, y no sé porqué misteriosa razón, he sentido la necesidad de tener entre mis manos un cucurucho de barquillo coronado por una refrescante bola de helado. Será la niñez, que vuelve a mí cabalgando en las sensaciones.
Además del sabor de ese helado, se han cruzado en mi mente diversas imágenes… De los compañeros de juegos, del asfalto de las calles, de las procesiones de pascua…, de los dibujos de Pilarín Bayés… Sí, como lo lee, de Pilarín Bayés. Guardo un grato recuerdo de sus ilustraciones, inconfundibles en el panorama literario de nuestro país. Entre los libros que atesoro tengo dos ejemplos del trabajo de esta artista. El primero es una edición de la Constitución Española de 1978 dirigida al público infantil, editada por no se qué organismo oficial, el segundo es El zoo de Pitus de Sebastiá Sorribas, regalo de una de mis tías maternas, muy aficionada ella a la lectura de lo que sea. De este último, creo les hablaré a continuación.
El zoo de Pitus es una historia de barrio, no es de extrañar puesto que se escribió en el año sesenta y seis, época donde todavía no habían florecido los ingenios electrónicos y los chavales mamaban calle en los ratos libres. La entidad de barrio esta en vías de extinción y no por la especulación inmobiliaria, sino por eso que se llama vacío social. El individualismo de las videoconsolas está acabando con las pandillas, con la vida en las calles. Y no crea que es una patología propia del ambiente urbano, no, ya, ni en Socovos apedrean perros los chavales. Pero es lo que hay, debemos acostumbrarnos a los cambios, tampoco sirve de nada afligirse por la pérdida de un pasado glorioso y entrañable cuando hay que luchar en el presente.
De todos modos, aunque todo haya sufrido cambios sustanciales, todavía quedan Pitus, Manolitos, Tonos, Julios, Joaquines, Garbanzos y Marionas. Todavía hay personas (pocas, pero las hay) que están dispuestas a ayudar a los demás. Todavía hay niños con imaginación y ganas de aventuras que pueden encontrar en una historia como esta un aliciente para leer, disfrutar, e incluso para inspirarse a la hora de tramar nuevas correrías que les hagan disfrutar de su niñez.

¡Se me olvidaba! Lo más importante de todo es que todavía hay niños que saben lo que es la amistad.

miércoles, 19 de marzo de 2008

De vacaciones


Mañana, querido lector, me marcho unos días de vacaciones... Supongo que no será excesivamente dura la espera, pero por si acaso, ahí le dejo con unas imágenes de Janosch y su maravilloso libro ¡Qué bonito es Panamá!... Disfrute de la Semana Santa... y de lo que le dejen.

Robinsones


Es extraordinaria la capacidad del ser humano para inventar, para crear. Lo creo así por mi tendencia a investigar la arquitectura de las cosas: las formas, el funcionamiento, el color, las proporciones, su utilidad, etc. De igual forma, también soy algo vago, puesto que mis ideas, la mayor parte de las veces no se hacen tangibles (así es la naturaleza humana, lector).
Cierto es que las neuronas que se agolpan en mi testa no tienen ni un minuto de descanso a lo largo del día… siempre maquinando, siempre elucubrando. No es motivo de disgusto tanta actividad, pero a veces uno se cansa de tanta tontería y prefiere pintar de blanco esa pizarra y dedicarse a la tarea contemplativa, mucho más sui generis y obtusa, pero más relajante y saludable.
Pese a tanta ingeniería cerebral no me he dedicado al mundo del engranaje y las poleas, ni tampoco al de la delineación, no me dio por las letras, actividad creativa y sufrida, pero en cambio decidí tomar por bandera de mi intelecto el hermoso oficio de la ciencia, teórico modo de ordenar y sintetizar el conocimiento.
Es cierto que la investigación también bebe de las fuentes de la imaginación, pero las herramientas más comunes de ésta parten de la observación y estudio de los resultados en pos de leyes y teorías que se hacen extensivas al resto de la realidad.
De todos modos, la creatividad no me ha abandonado, muestra de ello tiene aquí mis palabras, que aunque burdas, bien valen ser leídas.

Esto de darle rienda suelta a la creación es algo innato en un servidor y no sólo trabajando con la sesera, sino con las manos, que eso de manipular se considera, antropológicamente, un elemento sine qua non del primate, teniéndolo algunos más desarrollado que otros. De ahí que valore tanto el oficio de cualquier artesano, dedicación poética del trabajo manual.
Haciendo caso omiso de todos esos aduladores que alaban la facilidad de manipulación de estas extremidades superiores, he reflexionado sobre el tema durante los últimos días llegando a la conclusión (espero que no esté equivocada) de que todavía se sigue admirando a las personas que son capaces de dar forma con sus manos a las ideas imaginadas por su mente. ¡Te alabamos Señor, porque, por primera vez, la actividad mental ha derrocado del pedestal a la tecnología creadora!
Hilando la sugerencia de lectura con esta cuestión, hoy abogaré por uno de los libros que hizo mella sobre la corteza de mi cerebro a temprana edad: Robinson Crusoe. Créame, me fascinó aquella voluntad testaruda, casi sobrehumana, bestial, simbolismo del resurgir de la raza humana. De cómo Robinson supo hacerle frente al vacío material inexistente y construir una vida a base de la nada y el tesón...

Cuando la planta tuvo ya espigas y maduró, ¡cuántas cosas necesité para encerrarla en un cercado y preservarla de los animales, para segarla, aventarla, ahecharla y encerrarla! Después de eso, me hizo falta un molino para moler, un tamiz para tamizar la harina, levadura y sal para hacerla fermentar, un horno para cocer el pan. Muchos instrumentos por un lado y muchos trabajos diferentes por el otro. Y, sin embargo, haré observar que me faltaron todos aquellos, pero yo no falté a ninguno de éstos.

A la postre, en mi madurez –si alguna vez la he tenido-, me seguiré preguntando si Crusoe sintió verdadera alegría al alejarse de la única vida de la que fue dueño, su vida en la isla.

lunes, 17 de marzo de 2008

Alma, soul.


Hace poco más de una semana pude contemplar en todo su esplendor a la reina, a la enorme –en sus dos acepciones- Aretha Franklin. Y aunque nos separaba una pantalla de vidrio y cientos de kilómetros, le agradecí a modo de oración, una vez más, acompañarme durante todos estos días de existencia. Y es que, señores, a este humilde lector le gusta el soul –también en sus dos acepciones- y todo lo que se relacione con el jazz, el gospel y otras músicas dominadas por voces negras. No es que mi ascendencia proceda de Alabama, Mississippi o el estado de Nueva York, pero creo que el haber acudido a una guardería protestante (lo que lee, amigo, ¡lo que hace la pobreza!...) sembró en mí esa simiente de ritmo y melodía.
A día de hoy creo que esa afición permaneció en latencia durante el resto de la infancia y aún entrada la adolescencia. Si bien es cierto que mi padre nos amenizaba algún que otro vermouth con Duke Ellington y Ella Fitzgerald, no fue hasta mi primer viaje al extranjero cuando esta declinación se apropió de mí. Y pensará el lector que cogí un avión, crucé el Atlántico y me planté en algún barrio marginal de Nueva Orleans, pero no fue así. La economía a los quince años no es nada boyante y uno es atrevido, pero no tanto, así que me quedé más cerca, en la localidad francesa de Vienne. Atravesada por el Ródano, plagada de vestigios romanos y antesala de los Alpes franceses es todo un lujo para el joven provinciano español.
Vienne es una pequeña ciudad hermanada con Albacete, de ahí, que se crearan viajes de intercambio, de nuevas experiencias entre los jóvenes, y como uno, otra cosa no, pero golismero un rato, allí se plantó, a disfrutar del Festival Internacional de Jazz de Vienne…

Le parecerá curioso pero acabo de oler aquel verano, aquellas noches sobre el empedrado del anfiteatro romano que albergaba esas veladas rebosantes de jazz… y la tarde de sol justiciero que nos abrasó mientras disfrutábamos de Isaac Hayes y The Mississippi Mass Choir… Y dudé por un momento sobre la existencia de ese Dios.

En este momento de intimidad, sólo me viene a la memoria una recomendación: Ruby canta un blues –Niki Daly-, que aunque de obra maestra no tiene mucho, suena a bastante soul.

domingo, 16 de marzo de 2008

Besos velados


Me alegra que la Sociedad se intente normalizar, que la Sociedad acepte cambios, aunque este proceso sea de forma paulatina (Nota del Autor: tenga el lector en cuenta que, cuando utilizo un sustantivo como “sociedad”, y más todavía de forma reiterativa, no me refiero a otro como “política”…). Existen temas y temas, charlas y charlas, discursos y discursos, opiniones y opiniones…, y finalmente, personas y personas.
Aun así, todavía hay circunstancias que nos agitan, que nos resultan chocantes y a veces, hasta violentas…: palizas insustanciales, celos envenenados, balas con origen y destino, envidias mortales, risas infantiles hechas esclavas,… y besos extraños… Esos besos con cariño, besos tiernos, sin maldad, procedentes de labios curiosos, temblorosos y empapados de cariño… ¿Y eso nos extraña, nos inspira desagrado y nos violenta?... Sí, sobre todo si esos labios que se unen en un gesto de cariño pertenecen a dos personas del mismo sexo.
La homosexualidad todavía nos sorprende, e incluso, por cuestiones culturales, sociales y educativo-religiosas, nos produce emociones encontradas… quizá debidas al discurso negativo que estos ámbitos encierran o a la opacidad con la que se tratan estos temas. La falta de visibilidad de estos gestos de cariño, el velo público al que se encuentran expuestos y el miedo a la normalización, es suficiente escondite para conductas que debieran ser respetadas.
Esta normalización es dura (no neguemos que la normalización de cualquier fenómeno social necesita primeramente una asunción de cambio, para a posteriori, y mediante la voluntad colectiva, crear un nuevo status en el que convivan todas las posturas… Cosa harto difícil teniendo en cuenta que cada uno somos eso: UNO).
Cambiar es duro (sin esta premisa no existirían los fumadores empedernidos, ni los jugadores sin blanca, y mucho menos los alcohólicos de patas pendulares y ojos soñolientos), pero la voluntad humana tiene mucho que decir al respecto, ya que, como bien decía Santiago Ramón y Cajal, si hay algo verdaderamente divino en nosotros es la voluntad…
Voluntad de cambiar la impresión que tenemos de esos besos furtivos, de esas caricias entre tinieblas, es lo que han tenido y tienen autores de libros ilustrados como son Tomie de Paola o Linda de Haan y Stern Mijland, autores de Oliver Button es una nena y Rey y Rey respectivamente.


Oliver Button… es un album ilustrado antiguo, reeditado en español por la editorial Everest, en el que Tomie de Paola hace un guiño a las conductas tratadas clásicamente como homosexuales… A Tomie le gusta bailar… ¡Mala suerte!... Bailar es cosa de niñas. Soportar los continuos insultos y burlas se hace duro hasta que un día su afición es reconocida, y no precisamente por quien él espera…

En esta obra no se encuentran conductas abiertamente homosexuales, pero sí es cierto que la comunidad homosexual puede hacerlo propio, puesto que muchos de sus integrantes han sufrido burlas semejantes durante la infancia y adolescencia, etapas críticas en el desarrollo personal.


En la obra de Linda de Haan y Stern Mijland, la perspectiva de los cuentos de hadas cambia. Los toques de humor, la sencillez y las ilustraciones dotan a la acción de una perspectiva eficaz que logra sorprender y aproximar a la realidad social en la que estamos entrando. Crear una familia y contraer matrimonio es una cuestión bastante escabrosa para la monarquía de hoy día (mis saludos a todos aquellos integrantes de la casas reales europeas), sobre todo si lo haces con quien te place…
Lo dicho: a veces, lo oculto esconde lo más hermoso…

viernes, 14 de marzo de 2008

Letras juveniles


Sigo sin entender porqué muchas de las obras cumbre de la Literatura Universal han quedado relegadas a “literatura juvenil” (la ausencia de mayúsculas y las comillas ya le infieren ese tono despectivo, por lo que no hace falta que especifique su significado). Muchos entendidos se atreven a decir que estas lecturas están encaminadas a la formación del joven, para que de este modo nazcan ciudadanos con valores (¿alguien me explica eso de “valores”?), otros quieren crear así buenos lectores, los menos –ignorantes- se aventuran a preguntar eso de “¿Quién ha dicho eso?”, y a los últimos se la sopla sin paliativos.
Si les soy sincero les diré que me la traen floja semejantes estupideces, y que estoy hasta el pepe de no dar crédito a lo que escuchan mis mecanorreceptores auditivos. No me note enfurecido, amigo lector, pero le diré que, si algo tienen las lecturas de rápido consumo que plagan las listas de ventas literarias es la Inmadurez (la mayúscula que no falte). Y una vez dictaminada la sentencia, voy y me río, que para eso le rindo cuentas al fisco.

Ahora mismo le explico… En estos últimos meses, la retahíla de lecturas que urdía mi devenir me había impedido invertir un puñado de minutos en disfrutar (subrayo este verbo) una historia de la que se han hecho críticas a doquier, El niño con el pijama de rayas del aclamado (por el público, que es el que manda) John Boyne.
El otro día tuve la oportunidad de agarrarlo y, en eso de hora y media, me lo zampé (en el sentido figurado…), y mis conclusiones son las que siguen:

1. Es una bella historia, sí señor, lo admito. Es levemente previsible aunque impacta
2. Me gustó.
3. Tiene todos los ingredientes para ser disfrutada.
4. También me he percatado de lo maternal de la historia, lo que creo es un buen señuelo para el público femenino.
5. Minadas por la ternura, las palabras rugen lo injusto y triste del odio humano.
6. La lágrima (esa que vierten y de la que hablan muchos de sus lectores) es un punto a su favor.
7. La realidad edulcorada de la que hace gala y el doble sentido de lo vivido creo que aproximan mucho a su lectura (aunque están aquellos que abominan esta característica).
8. El guiño a La Isla del Tesoro es encantador.
9. Pero lo que más me ha llamado la atención de la obra es que está dirigida a un público adulto. Es a esto y no a otra cosa, a lo que no encuentro el sentido. Probablemente la inmensa mayoría de estos lectores no hayan leído Las aventuras de Tom Sawyer, La guerra de los botones, ni Trafalgar… pero claro, estos últimos no aparecen en las listas de “los más vendidos”…

jueves, 13 de marzo de 2008

Maestros


El mundo de la docencia se encuentra inmerso en plena época de evaluaciones (sobre todo aquellos de sus integrantes dedicados a la Educación Primaria y Secundaria). El pan de cada día se transforma en corregir cuadernos (no hay nada que más odie de mi profesión), valorar las intervenciones, corregir los ejercicios entregados durante el periodo evaluado, calificar exámenes, valorar actitudes (y aptitudes) y, cómo no, estampar un número que, los alumnos, o bien acarrearán a sus casas como sacos de cebada (ese insuficiente indeseable…), o bien serán livianos como briznas de paja (calificaciones iguales o superiores al esperado “cinco”).
Trazar sobre el cuaderno de notas ese número que valore la situación académica de cualquier alumno, siempre se me ha hecho una tarea demasiado difícil. Mi conciencia creo que no está preparada para juzgar, no por carente de justicia, sino por falta de osadía. Las conciencias de aquellos llamados “maestros” (palabra hermosa donde las haya, a pesar de que muchos docentes de las enseñanzas medias se empeñen en destronarla de su, por lo general, limitado vocabulario) deben ser valientes y justas. Calificar no es apelar a la costumbre maniquea de lo correcto o lo incorrecto, del blanco o el negro, o el todo o nada; calificar es un compendio de cualidades, valoraciones y decisiones que repercuten directa e indirectamente sobre el presente y futuro de aquel llamado pupilo o alumno (N.B.: No vea el lector tremendismo en mis palabras. Siendo realista, uno observa que cualquier dedicación laboral tiene sus repercusiones sobre quién la lleva a cabo y actúa en sus próximos, de ahí la responsabilidad civil de cada oficio).
Muchos se empeñan en decir (sobre todo psicólogos y pedagogos, muy doctos en todo lo que sea dibujar razonamientos laberínticos que la humanidad ha estudiado por sí misma en el transcurso de su existencia) que el oficio de enseñar termina en la calificación, en el juicio, a lo que yo me opongo firmemente. Por ello, digo que, enseñar, comienza calificando, transcurre calificando y termina calificando. Y muchos pensarán entonces que valoro el prejuicio sobremanera, que omito el proceso de evaluación y juzgo sin razón. A lo que yo contesto, sí, como lo hicieron conmigo todos los verdaderos maestros que tuve. Todos aquellos que juzgaron mis aptitudes, enjuiciaron mis conocimientos, sojuzgaron mis defectos y tuvieron en cuenta todo lo que había aprendido y me quedaba por aprender.
Y aprovechar, desde aquí, mi sincero agradecimiento a todos ellos, los maestros y maestras que me calificaron previamente, que confiaron en todas mis características humanas que me validaron como óptimo estudiante y que no esperaron a determinar, a posteriori de los resultados, mi validez para ser persona, sino que, de antemano supieron que lo era.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Emigrantes



España es un gran país. Grande por su cultura, también grande por su historia, grande por sus paisajes y qué decir de su gastronomía. Pero si este país es enorme también se lo debemos a su extensión. Y no es que la ya citada nación se encuentre a día de hoy en esa época dorada donde nunca se ponía el sol, no, pero sí ha ido dejando un reguero de emigrantes por todas las fronteras terrestres.
El español tiene alma de emigrante –no más que ninguna otra nacionalidad: la necesidad mueve al coraje-, bien lo saben todos que los marcharon lejos de esta patria. Aunque si lo pienso bien, todos somos emigrantes, unos van y otros vienen, así es el dinamismo de la raza humana, migratoria in extremis.


Hace días dediqué uno de estos escritos a los inmigrantes, y hoy le llega el turno al emigrante. Emigrante e inmigrante son la misma cara de una misma moneda con una distinta denominación de origen… ¡Lo que hará la percepción!... El emigrante se define a sí mismo, a los inmigrantes los definen los demás (creo que ahí reside la gran duda del escolar: todavía no conozco a ningún alumno que haga correcto uso de esta semántica…). De está sutil diferencia ha nacido el presente texto.
Si un país puede jactarse de ser patria de emigrantes ese es, sin discusión, Australia (con el perdón de los Estados Unidos de Norteamérica, claro está). El país-continente ha hecho lo posible por albergar a todo aquel que necesite… cualquier cosa… vamos: un lugar donde caerse muerto, hablando pronto y mal. De hecho, muchas de las veces, la economía del gigante australiano, más que de marsupiales y aborígenes, depende de oleadas de emigrantes que arriban a sus costas. Su sentimiento es tal, que además de no poner pegas a la supervivencia de la raza humana, se educa al habitante en la idiosincrasia de esta dualidad de estigmas (en este punto, una apreciación: sólo falta la atiplada voz de Don Juan Valderrama acompañando esta disertación), porque el emigrante, más que sendas patrias, yo diría que no posee ninguna. A lo que iba…: si algún autor puede hablar de emigración, este debería ser australiano, por ello, la obra de Shaun Tan, Emigrantes, es imprescindible llegados a este punto.



Semejante a una novela gráfica, este álbum ilustrado, además de poseer un formato ideal (percátese usted de que me gusta poco esta palabra), nos ahonda en las más vívidas sensaciones del que emigra. Utilizando el grafito como única vía de expresión, Tan, elabora una narración sin palabras, casi escondida en el silencio de las imágenes, que nos une a los personajes de su historia, a sus vivencias; plagada de simbología, de retratos, de emociones encontradas y de vidas que convergen.
Seguramente sea “una rendija en el tiempo por la que entran los recuerdos como un océano” (Sam Savage).



martes, 11 de marzo de 2008

Papelitos


Me siento algo triste. Es una emoción bastante desoladora, pero a tenor de mi férrea voluntad he decidido hacerle frente escribiendo. No hay arma más eficaz en la guerra psicológica que la palabra, por lo que este asalto creo que lo ganaré, con su inestimable ayuda, por supuesto. Así que, ¡manos a la obra!
Como atmósfera acompañante, escuche el lector alguna partitura de Ryuichi Sakamoto o Shigeru Umebayashi (AVISO AL LECTOR: es toda una oportunidad para dejar a un lado su propia ignorancia, así que, tome cartas al respecto y sumérgase en estas melodías que seguramente lo habrán acompañado en algún momento imaginado). Retire las cortinas de esa ventana…, sí, esa misma…, permita que entre la luz del mediodía, que lo llene todo. Imprima este montón de palabras sobre un papel y deje caer su cuerpo en el sofá.
Y ahora… ¿qué? Es cuando llega el punto crítico de la sugerencia. ¿Recuerda aquel pequeño libro que le regalaron hace un par de años? ¿Aquel que tanta gracia le hizo? ¿Cómo se llamaba? ¿Papeles…?... ¡¡Papelitos!! Yérgase y aproxímese a la estantería… ¿No lo encuentra?... Haga memoria: era un libro de unos veinte centímetros de alto, con un barco de papel repleto de palmeras y montañas en la portada, cortito… Ese es. Retome la postura abandonada en su cómodo asiento. ¿Recuerda? Fue un bonito regalo aquel, por lo menos bastante original… bien valió ese beso… No sea tímido, comience a viajar por él….

Para que todo mensaje
que pase, pueda volver,
y el amor siga volando
como suele suceder.

Bonito comienzo ¿no?... Ya veo como pasa las páginas de ese libro y sonríe… Sus labios se mueven al ritmo de las palabras…

Mariano:
Yo he visto tus jirafas
por los caminos blancos
que los cuadernos tienden
en los llanos del banco.
Y las he visto mansas
detenerse a beber
en un pozo pequeño
de cáscara de nuez.
Teresa

¿Llegando al final?... No mire usted de ese modo… No reproche mi sugerencia con esa curvatura ascendente en los labios…

Y en un claro de sombra
se detuvo a leer,
palabrejas redondas
trepando por la piel.

Y la pobre perdida
no sabe como hacer
para ponerse seria,
sin volar, sin caer.


… ¿Sin palabras y con una sonrisa?... Creo que hemos luchado de un modo pindárico por abandonar la tristeza. Lástima que ahora sintamos nostalgia por quién nos regaló la alegría.

lunes, 10 de marzo de 2008

Inmigrantes


Aprovechando el buen oraje, el pasado sábado hice uso de mis extremidades inferiores y de la tarjeta de crédito, acercándome así al centro comercial de la ciudad para regalarme algún que otro capricho (no sé que es peor, si los libros o el tabaco… sin duda, fumar). Recorrí un par de librerías y me encontré de bruces con un título que siempre me había apetecido “poseer” (hablando de libros: empiezo a parecerme al pobre Gollum y su codicia enfermiza…), La isla, de Armin Greder.
La isla narra los avatares de una historia de los que muchos participan a diario, de los que temen: a lo desconocido, a los que vienen, a los que llegan, a los inmigrantes. Es una gran historia sobre la visión que se tiene acerca de la figura del inmigrante, de los prejuicios, de las percepciones en la sociedad de masas, del miedo, de lo triste de la vida.

He de reconocer que nunca he trabajado con ese libro, no porque sufriese de una aversión patológica hacia él, simplemente porque me parecía demasiado oscuro, lúgubre... Impactan sus ilustraciones que, combinadas con el texto, son verdaderamente tétricas. Es cierto que esta estética ayuda, de manera bastante eficaz, a transmitir la atmósfera del relato, pero su verdadera esencia es la conjunción entre imágenes y palabras, demasiado aplastante, lo que la convierte, en cierto modo, en una obra para adultos.

No soy partidario de proteger a la infancia frente a las realidades cotidianas, ni tampoco creo que la crueldad sea una cualidad exclusiva del individuo adulto corrompido por los años. Los niños se relacionan en una parte del mundo equivalente al mundo adulto, por lo que la sobreprotección frente a diversas situaciones es ambigua y estúpida. Que el niño sea consciente de lo que ocurre a su alrededor es casi una exigencia, por lo que mermar esa percepción, no sólo es infame, sino reprochable por ese niño que, tras crecer, nos dirigirá la mirada y dirá: “Nunca te perdonaré todas aquellas mentiras con las que encubriste la realidad”.
No pretendo emitir dictámenes tan categóricos, pero tome el lector por válida la sencilla idea de que los niños y niñas de hoy serán los hombres y mujeres del mañana y se les ha de preparar para ello, por lo que librarlos enteramente de su realidad es un acto de egoísmo por parte del adulto encargado de su educación. No olvide que, con las risas y lágrimas del hoy, cimentamos el mañana.

domingo, 9 de marzo de 2008

Sauces en la primavera...


Este invierno, más que copos de nieve, caen pétalos blancos desde el cielo, del cielo socoveño que me envuelve cada mañana. Durante los paseos de sobremesa entre los almendros en flor, además de en la sierra del Segura, me siento en Japón (también hay que puntualizar que allí, en tierras niponas, la estrella de la floración es el cerezo, nada desdeñable si el efecto es igual de bello).


La llegada de la primavera -en este caso bastante adelantada- me trae a la memoria el sinfín de salidas al campo que realicé durante mis estudios universitarios, todas ellas en dicha estación. Esta época del año es la más acertada para estudiar a la madre Natura, ya que las plantas retornan al vigor, el polen inunda el viento, despiertan el topo y el ratón de campo, las crisálidas se abren, las puestas de los insectos se producen con efervescencia y los sonidos del campo irrumpen en clamor.


Nos divertíamos como niños sobre el verde, haciendo el payaso sin límites, risas que amenizaban el camino, juegos ideados en minutos, y alegría, mucha alegría sobre la carretera. Desde los pueblos de Ronda hasta el valle del Roncal, pasando por las faldas del Moncayo, Castellón, la Albufera valenciana y los Montes de Toledo; Sierra Morena, los enclaves inaccesibles de Somiedo y Santander. Puedo decir que he viajado bastante, recorrido muchos rincones de la geografía española, que he aprendido y disfrutado. Toda una suerte.


Si hay una obra primaveral por excelencia esa es, sin duda, El viento en los sauces, del escritor Kenneth Grahame. Lo leí cuando era un niño –todavía dudo si lo sigo siendo- durante una época algo gris. Las historias del Topo, el Ratón, el Tejón y el Sapo, trajeron a esos días una luz especial, esa luz que rebota en la superficie de las hojas tempranas, que reverdece los campos de cebada. Clara intensidad que envuelve el agua transparente y te devuelve los trinos del río en forma de destellos.

[…] Nunca hasta entonces había visto un río: aquel animal sinuoso y robusto, persiguiendo y sonriendo entre dientes, cogiendo las cosas y dejándolas con una risa, para lanzarse tras nuevos objetos de juego que consiguen liberarse y a los que vuelve a agarrar. Todo era zarandeo y temblor: reflejos, brillos y chispas, roces y remolinos, parloteos y burbujas. El topo se sentía hechizado, extático, fascinado. Trotaba junto al río como lo hacemos de pequeños al lado de un hombre que nos tiene pendientes de sus labios, refiriéndonos historias emocionantes. Cuando al fin se cansó, se sentó en la ribera, mientras el río seguía charlando con él, pasando como un murmurante cortejo de los mejores cuentos del mundo, surgidos del corazón de la tierra para ser narrados, al fin, al mar insaciable. […]

sábado, 8 de marzo de 2008

¡Música, maestro!


Últimamente estoy algo desbocado, parezco un hombre orquesta que mucho suena y poco produce… ¿Será el amor que flota como las semillas de los chopos? ¿O quizás el aumento de las temperaturas?... Sintetizando: ni amor, ni calor, será una mera postura para no aburrirse sin caer en la desidia. Como diría Shakespeare, mucho ruido y pocas nueces… Aunque más que ruido, escucho música.
Hablemos de música. He tenido dos amores musicales en mi vida, uno de cuerda y el otro de viento, registros de guitarra y escalas de saxofón. El uno tímido, otro soñador. Disloque mental ambos y ninguna conclusión… Eso sí, si de buenos corazones hay que hablar, hablemos de esos dos. Imprecisos, inconclusos, herméticos y algo eclécticos: un cúmulo de circunstancias nada desdeñable. La música es así: imprevisible, íntima, fugaz; en cualquier lugar se puede disfrutar de un acorde o un arpegio, ningún sitio está exento de fusas, ni de claves de sol. Hay variedad de sitios donde puede encontrar un sostenido: en su bolsa de la compra, en esa sonrisa escueta del dependiente… ¿Por qué no en las colas del banco?


Siempre la tengo presente en mi vivo mundo. Escucho música en las cacerolas, en el rechinar de vasos y tenedores, sobre todo cuando mi madre arma un trajín culinario. Y entorno los ojos gracias a los sonidos del reloj del vecino, ese compás binario que me ayuda a mecer los sueños... El tocadiscos que tanto venera mi padre, ese que trepida al paso del vinilo y nos hace girar hacia años pasados con una canción olvidada, algún que otro jazz y mucho flamenco. Y por qué no hablar de la música de las palabras, de esa voz cantarina que tiene la panadera, de los susurros de mis alumnos al comienzo de la lección, del recital en el patio de recreo al son de los amores adolescentes.
Las palabras trinan, gorjean, silban, tararean, frasean, enlazan y concluyen. Y no sólo las palabras que suenan, también las que son leídas, nos trasladan al mundo sonoro, al espacio musical. Cómo ejemplo de este viaje al universo de la melodía me apoyaré en los versos de Miquel Desclot, sus adivinanzas orquestales, sus musicales mundos de bombo y platillo. Hablo de ¡Música, maestro!, el título con el que este autor ha cosechado numerosos premios y alabanzas, ya que consigue acercar el mundo de los instrumentos musicales, de los ritmos y el sonido a todo aquel que se atreva a leer sus rimas orquestadas.


En un principio, este artículo, estaba dedicado a la obra de Desclot, pero en loor a la casualidad, he de recomendar un título recientemente llegado al mercado, La fuga de Pascal Blanchet, álbum ilustrado de tapas blandas que supera con creces las usuales treinta y dos páginas y que se aproxima al formato de la novela gráfica. Obra de impecable factura que utiliza el recurso de otros álbumes como El hilo de la vida o El ángel del abuelo para hacer el recorrido de la historia sobre una banda sonora repleta de guiños a la música de los cincuenta y sesenta. En resumen: sencillo y melódico.
A veces las palabras hablan de ciertas cosas que creemos imposibles de expresar, pero otras veces, la cadencia de las letras, de nuestras oraciones, vuela en el canto del viento para llenar el mundo de canciones, de música.

viernes, 7 de marzo de 2008

Ciudadanos


Por fin terminaron las crisis creativas…, casi al unísono que la campaña electoral. Dos motivos de alegría para este supuesto escritor.
Que llegue el fin de dos indeseables cuestiones es una ráfaga de renovación (esperemos) para las flatulencias ambientales, que últimamente empiezan a oler… Si algo les debo a los líderes políticos es el haber podido prescindir de la televisión durante estos quince días e invertirlos en otros menesteres más provechosos (la productividad espero que venga después…).
Lo que más me molesta de esta situación es que, ahora que mis sinapsis nerviosas se encuentran preparadas para el advenimiento de nuevos pensamientos, vamos a sumergirnos en plena época de evaluaciones (vaya tufo…), pero en fin, olvidémonos de esta tarea mientras no faltemos al deber.
Algunas de mis lecturas durante estos días de relax han estado íntimamente relacionadas con mi razón laboral –también con la social-, véase el caso del Diccionario del ciudadano sin miedo a saber, del advenedizo líder político, otrora filósofo y ensayista, Fernando Savater (NB: Savater siempre se ha considerado filósofo y político, por lo que no creo que le moleste este pequeño juego de palabras que he usado libremente).
Ejemplo de esta relación es el anuncio que hoy, en la portada de algunos rotativos, se refería al golpe asestado a la llamada “Educación para la Ciudadanía” por parte de la justicia andaluza. Y no es de extrañar que semejante ideario de tres al cuarto, fabricado en aras del paternalismo del estado, haya sido vapuleado alguna vez que otra. No es que el aquí firmante posea un afán abolicionista, pero la imposición legislativa para fabricar ciudadanos carece de valía y sólida cimentación, ¡cómo si fuera tan fácil…!
Animo a todo docente, a la lectura de este título, e incluso, su utilización como texto didáctico si ha de enfrentarse a la mencionada asignatura, ya que el alumno-lector no se encontrará con el sectarismo y el vocabulario insufrible de otras obras, sino con una obra amena y sencilla que ahonda en los principios básicos que, se supone (Savater dixit), ha de aprehender para ser ciudadano.

-Señor Bermejo, defíname “ciudadano”.
- Maestro, no sé lo que es eso…
- ¿Se considera usted un “ciudadano”?
- No sé… creo que sí.
- ¿Por qué es un “ciudadano”?
- No he matado a nadie…
- ¿Eso le exime de no ser un “ciudadano”?
- Creo que sí…, tampoco robo…
- Me alegro, Bermejo. ¿Cree usted en Dios?
- A veces… aunque el maestro de “Educación para la Ciudadanía” dice que es mejor no creer en nada… Hay mucha gente que mata por la religión…
- También hay gente que mata para sobrevivir, ¿serían “ciudadanos”?
- No lo sé, maestro…
- Ni usted, ni nadie lo sabe.

jueves, 6 de marzo de 2008

Magdalenas y madalenas


A Enriqueta

Seguramente no creerá lo inverosímil del asunto, mi fiel lector, pero en Socovos, las madalenas ríen. Y es que en este pequeño pueblo todo esboza una mueca de alegría, hasta las mínimas cosas. Desde las gotas de rocío y su niebla -que todo lo encierra-, hasta los alfeizares de las ventanas y algún que otro adoquín mal ubicado.
No creo en esas penas y llantos que algunos ululan por ahí, ni tampoco en lo de que este viento agite hasta los cerebros mejor dispuestos. No. Socovos se ríe -me río hasta yo, que para reír soy un poco especial…-.
Lo de las Magdalenas, dada su naturaleza sufridora, es llorar, pero las madalenas que aquí se hornean, prefieren practicar la sonrisa y dar cobijo al verdadero placer gastronómico. Ya Proust se empeñó con las teorías madaleneras, y no es de extrañar puesto que, si usted pone una madalena socoveña (sin menosprecio de las francesas) en el desayuno, el trazo de su boca pintará cóncavo durante el resto de su diaria existencia.
Y no sólo se curvan los labios, no señor, la línea del camino socoveño también ondula nuestras palabras, labrando meandros de carcajadas y paseos de rizadas conversaciones.
Y es que la línea, es la línea: locuaz, versátil, zigzagueante, subversiva, irascible, tenue, amplia, misteriosa y sencilla... hasta que ¡zas!, de repente, aparece un punto de inflexión que desbarata el hilo de nuestros pasos, el recorrido de nuestro vagabundeo, y se empalma con otra historia. Por ello, andar es como leer: nunca sabemos con lo que nos encontraremos en la página siguiente… Seguramente con otros caminos, con otras madalenas…
Me hubiese gustado terminar este breve homenaje con alguna frase lapidaria de James Joyce, Mujica Lainez, Mann, o Miguel Delibes, pero he preferido al siempre irreverente Mark Twain:
Tu raza, en su pobreza, tiene sin duda un arma bastante eficaz: la Risa. […] Siempre os afanáis y lucháis con las otras armas, pero ¿usáis alguna vez esa? No, la dejáis de lado hasta que se oxida. ¿En cuanto raza la usáis de forma absoluta? No: os faltan la inteligencia y el valor.

Ilustración de portada: Raquel Marín

miércoles, 5 de marzo de 2008

Realidades literarias


Estos días vacacionales han sido bastante fructíferos, y para que usted, lector, valore, le expondré mis andanzas en orden cronológico: he disfrutado del Carnaval -inevitablemente-, aunque con ello me he provocado una pequeña dermatitis facial, he realizado actos impúdicos que bien me hubiesen costado la excomunión, el estudio ha sido uno de mis más fieles aliados –por suerte…-, la lectura tampoco me ha abandonado y he disfrutado de la compañía de personas que tenía algo aparcadas.
Como este espacio de subversión y poco amilanamiento no versa sobre los avatares sexuales de un servidor, ni acerca de los riesgos que conlleva memorizar los eones y períodos geológicos terrestres, dedicaremos las siguientes palabras a hablar de las lecturas que me han acompañado en estos días.
Cuando me encuentro en mi ciudad natal y se desata en mí un desorbitado deseo de estudiar, engancho el ato y dirijo los pasos a la Biblioteca del Depósito del Sol (recientemente inmortalizada en un sello de correos). Entre tema y tema aprovecho para recabar información sobre mis intereses literarios y, de repente, me encontré con un libro titulado Días de Reyes Magos de un tal Emilio Pascual, una sugerencia de lectura y una petición. Se me informó, previamente a la lectura, de que, la obra en cuestión, era casi un fetiche para el gremio de los bibliotecarios (NB: como en todas las familias laborales, los bibliotecarios adolecen de dos tipos de integrantes, aquellos con espíritu crítico, lectores devotos y buena disposición, y otros no tan bien dispuestos, vanidosos lectores y que no saben discernir los versos de Milton de los de la quinceañera del sexto). Pues bien, después de una óptima y rápida lectura (dos cualidades de agradecer al autor), devolví el texto con una subrayada opinión, que le intentaré parafrasear en las siguientes líneas. Es un libro medio, con un texto trabajado y algo denso en algunos aspectos, sobre todo en cuanto a vocabulario se refiere (teniendo en cuenta al público al que se dirige). La historia está bien llevada, es amena, vivaz y sabrosa. Esta oda al libro en particular y la Literatura en general, narra los especiales acontecimientos que le suceden a un joven estudiante en su viaje iniciático por las páginas de su vida. Idiosincrasia y literatura, dos buenas amantes para hacer lector al que no lo es y mostrarle al ignorante la gran pérdida de lo que desconoce. Es cierto que la historia me ha gustado, con su sabor misterioso, profundo, con ciertos detalles de estilo muy conseguidos y su ambientación cosmopolita, pero cierto es del mismo modo, que adolece de un fin a su medida. Desde el momento en el que el protagonista abre el buzón y se da de bruces con la tramoya de ese camino recorrido, la narración pierde el encanto logrado: lo fantástico se vuelve burdo y lo irreal, manido. Como adenda, otras voces opinan que es palpable la deshumanización de los personajes, destacando que, tan lineales son las caracterizaciones que es difícil saber de las emociones y sentimientos que acompañan la acción. Léanlo y opinen libremente.


Por último, me huelga decir que, si bien estos libros defienden a ultranza el valor de las letras como verdadero cáliz del conocimiento y guía manifiesta en el camino de cada uno, existen otros que, por antagonismo, defienden el aprendizaje del individuo por sí mismo, desechando cuentos y libros que entorpecen el viaje, véase como ejemplo El príncipe que todo lo aprendió en los libros, creación de Jacinto Benavente. Léala también y concluirá su periplo entre estas dos propuestas como Isabel y Fernando: Tanto monta, monta tanto.

Muñecos de nieve en pleno "cambio climático"


Este invierno, de frío tiene más bien poco, nada, me atrevería a decir… ¡Con lo deseoso que estaba el aquí presente por sentirse cual personaje de Juana Spiri en estas sierras olvidadas! Y es que aquí, frío hace, desmienten los lugareños, otra cosa es sentirlo.
Según dicen, esto del cambio climático es una jodienda. Últimamente, se utiliza mucho este vocablo para designar un cúmulo de circunstancias climatológicas acontecidas en los últimos veinte años. Que si el hielo de los polos se encuentra en clara regresión, que si las sequías de unas zonas del Globo contrastan con las lluvias torrenciales de otros lugares, que si el Monzón se retrasa o la primavera se adelanta…, todos estos y muchos más parecen casi designios divinos de que nuestra estirpe llega a su fin. Si no fuese por lo babosos, ignorantes y carroñeros que resultan muchos de nuestros gobernantes, pensaríamos que los nuevos gurús que median la salvación de la Humanidad, son ellos y no otros. Me entra un súbito salpullido cuando escucho ciertas estupideces categóricas sobre lo mal que está la madre Natura. Esas hordas abominables de ecologistas de medio palo con sus consignas dogmáticas que aburren hasta a las piedras, los mítines urdidos por pseudos-científicos, por lacayos del poder, por huestes de mentes putrefactas con intereses capitalistas bajo la manga y un largo etcétera de morralla humana que es mejor no mentar.
Es cierto que la climatología del Globo cambia, y que se aprecia un cierto aumento de la temperatura global del orbe. La geosfera, la biosfera, la atmósfera y otros elementos constituyen un supersistema denominado Ecosfera (o Gaia, según Lovelock). Ese sistema gigantesco, provisto de materia y energía, ha sufrido a lo largo de su existencia, numerosas modificaciones respecto a su funcionamiento. Se conocen épocas terrestres en las que las grandes crisis climáticas han repercutido enormemente sobre la Vida del planeta, de ahí esta preocupación en el ámbito científico por lo que pueda suceder en el momento presente si estas condiciones cambian de forma tan drástica como en el pasado. Lo que no hace el científico es dictaminar que toda causa de estas modificaciones actuales está relacionada con el Hombre. Verdad es que el Hombre ha repercutido sobre el medio que alberga su existencia, pero la Ciencia desconoce qué parte de culpa tiene la mano de la condición humana sobre estos cambios que se están sucediendo, por lo que, si la prevención es nuestra mejor aliada, el conocimiento debe ser nuestra mejor arma. Así que les conmino a que detesten a todos esos charlatanes que por recaudar militantes para sus sucias tretas, nos tratan como meros pecadores en busca de un paraíso perdido. ¡Para que luego hablen del clero!


Así que, hasta ver como nuestra especie es aniquilada de la faz de la Tierra por la misma mano –no divina- que la creo , disfrutemos de un excelente álbum ilustrado invernal que, a modo de cómic, sin palabras y ciertos toques de imaginación, hace las delicias del lector que descubra las correrías nivales de sus protagonistas. Un título descatalogado que ha vuelto a nuestras manos gracias a la editorial La Galera, El muñeco de nieve de Raymond Briggs.


martes, 4 de marzo de 2008

Agotados


Me jode una barbaridad eso de descubrir un libro que te rasga la fibra sensible y, dispuesto a adquirirlo en el mercado, te das de bruces con la realidad: “Descatalogado” o, en el supuesto más optimista, “Agotado”.
Según los entendidos y ciertas editoriales, hay un creciente fervor por la Literatura (del que yo sigo siendo muy escéptico dados los resultados: no veo que el número de Premios Nóbel de Literatura con nacionalidad española aumente vertiginosamente, así como tampoco los resultados del Informe PISA son demasiado halagüeños…), y concretamente, en lo que se refiere a la Literatura Infantil y Juvenil. Algunos géneros, como el del libro-álbum viven una época dorada, surgiendo nuevas editoriales que apuestan por este formato, reeditando así muchos títulos olvidados, por lo que, los aficionados, nos encontramos cada vez menos con los carteles anteriormente citados.


Estoy perdidamente enamorado de uno de esos libros agotados, El coleccionista de momentos, de Quint Buchholz (también autor de Duerme bien pequeño oso, El libro en el libro en el libro, entre otros). La primera vez que nos presentaron no presté demasiada atención a su parte narrativa, sino que preferí contemplar sus ilustraciones, enormes, irreales, desbocadamente sorprendentes. En nuestra segunda cita, algo más predispuesto, comencé a leer esa historia, tan familiar, tan distinta y a la vez tan mágica, que consiguió anudarme el pecho. No sé cómo, pero sentí diversas emociones en un mismo momento. Y sonreí contemplando los mundos imaginados de Buchholz, pensando en su historia y en el gran regalo que aquel hombre le había hecho a su amigo, coleccionando para él los momentos que compartieron en mil y una conversaciones.


Aunque a muchos les recuerde a otros títulos que usan el mismo recurso, sin dudarlo, creo que es un álbum moderno, ambientado en el momento actual, con un sabor a nuevos tiempos, a reveladoras historias que pueden hacer frente al abandono que sometemos a la figura del libro. Defiendo su lectura por su sencillez y por todos los mensajes encriptados que guarda entre sus tapas.
Y me agito endiabladamente al pensar que, tantos buenos títulos se encuentran en el olvido, abandonados en los depósitos de muchas bibliotecas, para constituir el medio de cultivo de ácaros y polillas, cuando hoy, más que nunca, los cambios sociales, esta desidia y el abandono, nos están condenando a dejar de ser, sencillamente, hombres.

lunes, 3 de marzo de 2008

De ciencia y de ficción


El otro día descubrí, en cierto suplemento dominical, que los aparentemente inofensivos ratones domésticos, esos entrañables seres que furtivamente nos vigilan desde las grietas de nuestros hogares, son transmisores de ciertas enfermedades bastante peligrosas para la salud pública. ¿Y qué ser vivo no es patológico dentro de un mundo que lo desconoce? Tómense como ejemplo el Mesembryanthemum sobre nuestro litoral mediterráneo o la devastadora relación entre los conejos y las praderas australianas. También me viene a la mente La guerra de los mundos de H. G. Wells, donde, una vez más, la Naturaleza nos muestra su poder homeostático, ¿quién iba a imaginar que esos minúsculos seres simbiontes, inofensivos para nosotros, serían capaces de defender el planeta Tierra, y más concretamente a la especie humana, del ataque de seres extraterrestres que desean apropiársela? Las obras de ciencia-ficción a veces nos resultan sorprendentes, en ciertos casos por lo extraordinario de las narraciones y en su mayor parte por sembrar en nosotros la incertidumbre entre lo posible y lo impensable. Hace un tiempo leí Robbie de Isaac Asimov (recientemente rescatado del olvido), junto con otra serie de relatos reunidos en el mismo tomo, y esa sensación de escéptico realismo me embriagó por completo.
Ciertas obras de este género tan fecundo, lejos de intentar sorprendernos con su predisposición a las artes adivinatorias, nos aproximan al pensamiento algo más filosófico, entablando una discusión dialéctica entre el lector y la historia propuesta, una deja entrever, el otro discurre en su lectura.
No soy un acérrimo lector de literatura de ciencia-ficción, pero a veces me dejo llevar por mi olfato cuando recorro los laberintos literarios de cualquier biblioteca. Cierto día reparé sobre un título que me supo a infancia: La señora Frisby y las ratas de Nimh (Robert C. O’Brien). Me recordó a cierta película de animación con la que había disfrutado de pequeño. Cogí el citado libro y me dispuse a leerlo.


El relato cuenta los pormenores de una mudanza bastante particular. La señora Frisby, una ratona viuda con tres niños, ve amenazado su hogar y decide cambiar de residencia, pero para ello tendrá que pedir ayuda a sus extrañas vecinas, las ratas del rosal, demasiado inteligentes, casi tan inteligentes como los humanos…
Una obra excepcional que guarda un trasfondo crítico hacia el ser humano, su sociedad, sus avances y logros. Los personajes, bien caracterizados, nos ayudan a comprender las bases sobre las que se establecen las relaciones humanas, sus ambiciones e ideario. Con sinceros toques de humor y cariño, nos acerca a ciertos sistemas de gobierno y a esa dualidad entre el anhelo del avance técnico y el acercamiento a las formas de vida más sencillas. Una lástima que esté descatalogado…
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