jueves, 29 de mayo de 2008

Lecturas olvidadas


He leído tanto que ya ni me acuerdo de muchos títulos que han pasado frente a mis ojos… Durante toda mi existencia, me arrepentiré de no haberle hecho caso a mi padre, siempre con esa dichosa frase en la boca: “haz una ficha de cada libro que leas…”. A veces pienso que de ahí, ha surgido este ciber-espacio, para así poder acallar esas voces interiores que apelan, una y otra vez, a mi falta de previsión, ya que con cada una de estas pláticas, doy un sentido a cada libro, a cada momento de lectura.
Hace un instante, ojeando la biblioteca familiar, también he investigado sobre esos fallos en el motor neuronal. El extranjero, de Albert Camus, ha sido el delator. Incluso lo he tenido que abrir y leer, al azar, un fragmento de la narración para cerciorarme.
Me parece triste que ocurra esto y, cual pecador, pienso en la penitencia que he de imponerme: la relectura será más que suficiente. Acto seguido, vienen a mi mente los derechos del lector (¡Qué grande es Daniel Pennac!) y me digo a mí mismo: releer es un derecho, por lo tanto, elegirlo depende de mi propia jurisdicción y existencia… si lo leí y lo olvidé sería porque o no me gustó o no me conmovió o no me hizo sentir o no me punzó el interior o no me entretuvo… ¡qué estupidez releer algo así!... o quizá no… siempre cabe la duda.
Sin ir más lejos, el otro día recordé haber leído El cascanueces y el rey de los ratones de E. T. A. Hoffmann, gracias a la lectura de otro libro. De hecho, hasta visualicé la edición que gasté en dicha ocasión (José J. de Olañeta, Palma de Mallorca… no recuerdo el año…), prueba evidente de que mi memoria de proboscídeo –léase elefante- permanece intacta pese a todo el trajín al que la someto. Este hecho sí que me supuso cierta pena ya que, el maravilloso mundo del rey de los ratones bien merece ser recordado, o la enorme batalla campal entre la realidad y la fantasía traído de mano de una niña y un extraño visitante que nos introduce en este extraño relato de la mano de un regalo: un cascanueces muy especial.

lunes, 26 de mayo de 2008

Test lector


CUESTIONARIO IMPÚDICO PARA LECTORES LÚDICOS
por Román Belmonte

Señale, según convenga, la respuesta que más se adecue a sus costumbres de lectura o que tenga estrecha relación con alguna situación que haya vivido.

A. LUGARES.
1. Acostumbro a leer revistas de todo tipo, sobre todo cuando acudo al dentista, la peluquería y a algún que otro podólogo.
2. Para iniciar la lectura, es preferible la soledad de un cuarto de baño frío y húmedo a la comodidad de una buena butaca, cálida y apacible.
3. Me gusta el cine, sobre todo cuando lo mejor que puedo hacer es leer subtítulos para culturizarme y de paso, intentar descifrar la acción de la película.
4. El sitio donde más he desarrollado la inigualable experiencia de la Lectura ha sido… ¡Mierda! ¡No me acuerdo!

B. ADQUISICIONES.
1. ¿Recuerdas donde está la biblioteca del barrio…? ¿No?... Olvídalo… ¿El bar de la esquina?... Ese mismo… Coges esa calle, giras a mano derecha, continúas todo recto y ahí está mi nuevo Volkswagen® Polo.
2. Desde que dejé de trabajar en la Administración es imposible leer la prensa.
3. “¿Tiene usted Ibuprofeno®?” “Perdone, esto es una librería” “¡Es indignante! ¡Saque el libro de reclamaciones!”

C. AFICIÓN POR LA LECTURA.
1. Desde que mis padres regalaron aquella colección de Clásicos de la Literatura Universal el papel de fumar escasea en casa.
2. Me encantan las revistas y los suplementos dominicales. El papel satinado que utilizan para imprimirlos es de un gran poder calorífico.
3. “¿Habéis leído lo último de David Bustamante?” “¿También escribe?” “Sí… No recuerdo el título… ¡El amor en los tiempos del cólera!” “Y yo que pensaba que ese era de Joaquín Sabina…”

viernes, 23 de mayo de 2008

Excrementos y literatura


El regreso a la realidad después de un par de semanas de asueto, se hace arduo. Es la cuesta de enero particular de todos los que enseñamos. El ajetreo en las aulas y el ruido escolar chocan con este remanso de ¿paz? navideño. Todavía no sé ni qué unidad didáctica comenzar… Después de unos resultados “sorprendentes” con el tema sobre el aparato digestivo y su funcionamiento, no tengo fuerzas ni ganas para comenzar con la anatomía y la fisiología del sistema respiratorio… Es sorprendente la poca lógica y capacidad de observación que guardan algunos en esa protuberancia anterior denominada cabeza. Son varios los ejemplos que podemos encontrar de esa falta de interés, véase el del alumno que piensa que el ser humano es capaz de defecar por la boca, desafiando a la ley de la gravedad terrestre, o el caso de la alumna que, además de un gran desorden cerebral, enumera los órganos del aparato digestivo siguiendo una ruta alternativa: la comida entra por el estómago, atraviesa el intestino grueso, posteriormente es digerida por los dientes y el esófago y continua por el intestino delgado, para excretar las heces por la uretra (solapamiento con otro aparato, el excretor)… Lo que todavía me pregunto es para qué utilizará dicha alumna las zonas más visibles de este sistema, es decir, la boca y el ano. Sólo puedo esbozar una sonrisa, orarle a los más altos estamentos de la fe y sentirme satisfecho con mi labor docente (la frustración, la tristeza y la flagelación no caben en mis principios como maestro).
He pensado en la posibilidad de, como colofón a tan digestivo tema, leerles dos títulos, muy digeribles, graciosos y de rigor científico, para que, al menos, caigan en la cuenta de que, comer, comemos gloria, pero cagar, cagamos mierda (Nota para aprensivos: muchos prefieren la propiedad en el habla a la efectividad y por ello “defecan heces”, otros utilizamos el poder llamativo del vulgarismo y “cagamos mierda”). Me refiero a Cuentas de elefante, de Helme Heine (recientemente editado por la editorial Fondo de Cultura Económica) y a todo un clásico, El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza, la obra maestra de Wolf Erlbruch (en próximas entregas hablaremos más de su obra) y Werner Holzwarth.
El primero nos cuenta los avatares de un elefante muy curioso, que además de ser gran aficionado a la aritmética es capaz de experimentar con su propio organismo la mismísima ley de la Entropía (física pura y dura) a base de “jiñar” y “jiñar”.

El topo… es una gran lección de excrementos, sus tipos, formas y colores, una investigación de campo en toda regla que tiene su comienzo con una desagradable sorpresa para la que el topo, su protagonista, busca un culpable… y una venganza de gran satisfacción. Imprescindibles.
Voy a disfrutar de una gran pitanza, y luego ya veremos…

miércoles, 21 de mayo de 2008

El cisne que contaba cuentos


Si tuviese que elegir alguna de entre las obras de Hans Christian Andersen, sin lugar a dudas señalaría dos de ellas, “Algo” e “Historia de una madre”. Ambas tienen un alto contenido moral (como casi todos los cuentos de Andersen…), una, de un modo práctico y la segunda, más pasional, pero las dos me calaron profundamente cuando las leí por vez primera (no mentiría si dijese que fue hace mucho tiempo ya que un servidor contaría aproximadamente los ocho años de edad).

Mi padre, gran aficionado a las ofertas de “Galerías Preciados” (todo un clásico, ya inexistente, de los grandes almacenes que han existido en este país), encontró un volumen de los cuentos de Andersen y lo adquirió sin reparos. Probablemente, es una de las acciones que me haya hecho sentirme enormemente agradecido a mi progenitor (la otra es la de darme sus genes de forma altruista –también es cierto que, biológicamente, el instinto de perpetuación de la especie contribuyó a ello-).
Todavía releo ese tomo de canto dorado (le da cierto toque de glamour al asunto literario…aunque creo que el cambio en las modas está repercutiendo negativamente en él), paso de página a página y disfruto de la genialidad del autor danés, de su capacidad para acercar ciertos conceptos extremadamente complejos a los pequeños lectores: el afán de superación, el valor de la voluntad, la humildad, lo deleznable de la vida, lo efímero de la belleza, la sencillez, la contribución de lo absurdo a nuestra existencia, …
¿Y por qué “Algo” e “Historia de una madre”?... Es cierto, podría haber elegido “La Pulgarcilla” o el conocidísimo cuento de “El patito feo”, pero creo que mi sentido romántico de la vida, me hizo decantarme por dos historias algo más trágicas.
Yo aspiro a ser algo, decía el hermano mayor de otros cuatro: quiero ser útil en el mundo. Aunque de humilde oficio, si de él reportan mis semejantes algún provecho, llegaré a ser algo. Voy a ponerme a ladrillero, y como los hombres no pueden pasar sin ladrillos, he aquí que ocupándome en fabricarlos, podré decir que sirvo de algo […]. Un gran comienzo para una historia que se introduce en la condición humana, en algo tan vigente como la ambición de ser respetable y reconocido, el placer que conlleva un logro, poder contribuir a la construcción del mismo mundo, de sentirse satisfecho tras la propia obra y disfrutar del afán de superación.
Del mismo modo que aborda estas facetas del ser humano, también se puede contar entre las obras que tratan una cuestión bastante importante en la juventud de hoy día: la desidia y la falta de voluntad para contribuir a esa empresa que es la del avance de nuestra realidad actual.
La motivación, esa gran carencia que no sólo afecta a nuestra juventud, sino a todas las que han poblado nuestro planeta a lo largo de la Historia, es uno de los pilares de este sencillo cuento que ahonda en la idiosincrasia humana.

Hasta que no leí “Historia de una madre” no fui consciente del lado humano de la muerte y su necesidad. La muerte en la Literatura Infantil es un tema funesto, desagradable, que roza el tabú, casi prohibido (Breve inciso: esto es lo que ocurre actualmente, pero en épocas pasadas, la niñez no era un periodo tan longevo, así como la sobreprotección de la infancia no era extrema, como ocurre hoy día, por lo que estos temas podrían tratarse con más naturalidad), pero Andersen lo convierte en una necesidad. Explica de una manera abierta y simple la función que la muerte tiene sobre la humanidad entera, sobre nuestras vidas, enfrentándose y encontrándose con sentimientos opuestos como son el valor, el coraje, el dolor, el duelo y la resignación de la pérdida.
Mención especial es la que merece la descripción del invernadero que cultiva la muerte: […] Ésta la tomó luego de la mano y juntas entraron en el vasto invernáculo donde crecía formando soberbias espesuras una vegetación maravillosa. Jacintos delicados colocados bajo campanas de cristal estaban junto a peonías hinchadas y vulgares. Veíanse plantas acuáticas, las unas exuberantes de savia y las otras casi marchitas y con las raíces rodeadas de asquerosas culebras. Algo más lejos se erguían esbeltas palmeras, copudas encinas y frescos plátanos, y en un rincón extraviado ostentábanse grandes cuadros de perejil, tomillo y otras yerbas de cocina […].
En definitiva, toda una delicia… como “la sopa al asador”, pero esa es otra historia…

lunes, 19 de mayo de 2008

Crisis económica y libros




La indignación corre por mis venas, no diría que arrasándolo todo, tampoco quemando la sangre, pero sí que es suficiente para cabrearme un poco… A veces uno se indigna sin motivo, otras porque sí o porque no, pero el cabreo de hoy tiene su causa: el coste de la vida.
La pasta da problemas, y no me refiero a los spaghetti, ni a los penne-rigate, tampoco a los tagliatelle, ni a los gnocci, me refiero a esos billetes verdes que tanto hacían reír en boca de Emilio “El Moro”, pero que hoy, a la postre, producen la expresión contraria. Y es que, amigo, estamos en crisis.
La economía va mu’ mal, de culo y contra el viento. Y aunque un servidor siga sin saber nada de tipos de interés, índices de morosidad, caídas bursátiles, tasas de crecimiento y otras mierdas mercantiles, tengo un indicador que no falla, el bolsillo. La buchaca está vacía, señor, y por más que lo intento, el alquiler, los víveres y otros menesteres, no me permiten el desahogo que necesito… algunos se indignarán al leer esto por encontrarse en una situación mucho peor que la mía, pero como las comparaciones son odiosas, simplemente, desde aquí les envío mis ánimos, porque lo que es papel moneda, tengo poco.

Lo cierto es que cuando arriban estas épocas tan sangrientas para la cartera, recuerdo el diálogo de una película. Decía que todos deberíamos nacer dos veces, una, pobres y otra, ricos, pero esta realidad es la que tenemos, así que, acostumbrarse es el único consuelo.

¡Si por lo menos hubiese bajado el precio de las judías verdes, de los tomates o la leche…! Tendremos que alimentarnos de alcachofas, que este año han bajado un poco… Hasta el papel se ha convertido en un producto de lujo. El del culo y el impreso. Lee bien usted… El otro día, sin ir más lejos, di con un par de libros muy sugerentes, Desencuentros y El sonido de los colores, ambos de Jimmy Liao (Editorial Barbara Fiore) -también autor de La piedra azul-, y al ver su precio, casi me desmayo… Creo que es excesivo pagar semejantes cantidades por un libro-álbum, bien sea para niños o para adultos –como es el caso-, tenga un formato enorme o uno pequeño –como éste-.

El caso es que son dos historias preciosas. La una trata sobre la visión del mundo que tiene una niña ciega, llena de imágenes simbólicas, ilustraciones muy conseguidas, cierto surrealismo y amplia sencillez. Desencuentros nos narra lo absurdo de la vida, sus designios, sus coincidencias, lo simple de su camino, todo ello desde el punto de vista amoroso.
Dos historias hermosas a precio de oro, decida usted si le merece la pena invertir en ellas.

Lo dicho: ¡cómo está la vida!

jueves, 15 de mayo de 2008

Niños geniales

A Luz


Rafik Schami, en una de sus obras, dice algo así como que los genios, sólo lo son en una décima parte, las nueve partes restantes son, simplemente, niños.
La verdad, que hay algo especial en los niños, no sé qué es, pero lo hay. Puede ser que ese maravilloso compendio entre la supuesta inocencia que destilan, su innegable sinceridad, lo amplio de sus sonrisas, la mentira que a veces encierran en sus lágrimas que nos hacen sentir culpables o lo curioso de sus atentas miradas, los haga tan especiales.
Niños, como adultos, los hay de muchas clases: embobados, despiertos, soñadores, solitarios, malvados, bondadosos, amigables, listos, salvajes, divertidos, bromistas, deportistas, saltarines, aventureros, llorones y tranquilos. Eso sí, la mayor parte son inofensivos, cosa que no ocurre en el caso de las personas creciditas… Si nos atrevemos, pensemos en porqué…

A tenor de estas cosas de niños -también de adultos-, recomendar la obra de un autor que nos enamora (a algunos) con sus conversaciones de niños, tan graciosas, sonoras y amenas que nos sentimos desbordar: Luis Pescetti (El pulpo está crudo, Frin). Como muestra, un botón. Disfrútelo:

- ¿Mo me quelé?
- Chi.
- A mer…¿cuánto?
- Muto.
- ¿”Muto” o “muto muto”?
- Mtísimo…¡Achí!
- Uh, qué lino.
- ¿Y mó? ¿Me quelé?
- ¡Uh! Maquel chol.
- ¿El chol nomá?
- El chol, la luna, lasteyas, la tiela…toro. Toro, toro, toro. Achí, má que toro nel nivercho. - Uh, qué lino…Amél, namun mechito.
- Tomá…muá.
- Oto.
- Muuá.
- Oto.
- Muuuuá.

martes, 13 de mayo de 2008

El ocaso de lo sublime

Charles Lyell

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Frances Hodgson Burnett

Definitivamente, la capacidad del hombre para establecer relaciones sociales es una característica evolutiva (qué afirmación categórica acabo de emitir gracias al aparato fonador…). No es que utilice el Darwinismo Social para justificar mis observaciones, pero es un buen arma para establecer hipótesis si la esgrimes correctamente… Entonces, ¿el amor es evolutivo, los celos son un mecanismo adaptativo y la promiscuidad una forma de hacerle frente a la dilución de la información genética? Todo es posible, dependiendo del prisma con el que se estudie el problema. Una de estas lentes, que cambian el aspecto de las cosas, que las agrandan o las empequeñecen a su antojo, que las velan de tono azulado o las colorean dependiendo de donde proceda el foco luminoso es, sin duda, la Teoría Evolutiva.
Y pensarán mis lectores: ¿Con qué cuento chino –hablando de cuentos…- nos va a deleitar este energúmeno ahora…?
Y aquí mi respuesta: he decidido amargar la existencia de todo aquel que siga esta secuencia de palabras mediante una mera divagación sobre la relación entre la Teoría de la Evolución Biológica y la Literatura Infantil y Juvenil que, aunque no lo parezca, existe.
Seguramente, el reinado de Victoria I de Inglaterra, fue una de las épocas más prolíficas de la Historia Europea, y no sólo a nivel cultural, sino también a nivel científico y tecnológico. Durante la época victoriana se desarrollaron las teorías que cambiaron, sobre todo, los paradigmas de las Ciencias Naturales (Biología y Geología), entre las que brillaron las de Charles Lyell –padre del Uniformismo- y Charles Darwin (sin comentarios). También, mucho estudiosos de la literatura, sobre todo infantil, consideran dicha época (la mayor parte del siglo XIX inglés) como una de las más prolíficas. Desde Peter Pan, pasando por cualquier obra de Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro), y terminando en El jardín secreto (su autora en la segunda foto), hasta otros autores anteriores que también tuvieron su influjo en esta etapa histórica, como Oscar Wilde (El fantasma de Canterville o El príncipe feliz), Lewis Carroll -Alicia en el País de las Maravillas- o Dickens, desarrollaron las obras que por antonomasia han alimentado los sueños de muchas generaciones.

Estos dos mundos, el literario y el científico, y su contribución a las diferentes disciplinas, también comparten una realidad hoy día, que no es otra que el ocaso de su hegemonía. Por un lado, la visión evolutiva de Darwin está siendo enormemente enjuiciada a tenor de los nuevos descubrimientos científicos, como pueden ser aquellos que consideran la transmisión lateral de genes, es decir entre especies muy separadas filogenéticamente, la existencia de genes como los Homeobox que establecen patrones morfológicos combinatorios o el carácter preadaptativo de la mutación (impensable desde el punto de vista del neodarwinismo imperativo del siglo XX). Por el otro, la literatura que encandiló a muchos de los niños que hoy día son abuelos, está aparcada hoy día en muchos estantes polvorientos, carente de interés para los lectores principiantes. Peter Pan, el Capitán Garfio, Alicia, el Sombrerero Loco o la golondrina que acompañaba al Príncipe Feliz se están convirtiendo en meros espejismos casi anecdóticos que empiezan a engrosar páginas antiguas de nuestra Literatura Universal, a los que restan importancia infinidad de personajes sin carácter propios de títulos pseudos-literarios de usar y tirar.
A pesar de todo ello, hay una cosa cierta, la contribución al engrandecimiento de la Humanidad por todos ellos ha sido inmensa, bien por arrancarnos una sonrisa, explicarnos el miedo ante el peligro, ayudarnos a conocer nuestro origen,… o, lo que es más importante, hacer más agradable nuestra propia existencia.

lunes, 12 de mayo de 2008

Historia, guerras y tebeos


Las guerras son algo innato en nuestra condición humana, incluso podría decirse que marcan a fuego el curso de la humanidad, tanto, que son ellas y no otros acontecimientos históricos, los que delimitan etapas históricas de relevante importancia. Desconozco si esto se debe a lo terrorífico de sus resultados, a la triste evidencia de la naturaleza del hombre o a las crisis económicas y sociales que ocasionan, pero lo cierto es que, desde la primera guerra hasta las de última hornada, todas, sin excepción, tienen severas consecuencias sociales, económicas y culturales. Dentro de ese marco cultural al que me refiero, han sido decenas de guerras las que ha descrito la Literatura, sangrientas luchas, tristes escenas. Y es que la literatura es una imagen de la realidad, y la palabra, el espejo de la vida.
Este belicismo ha sido muy utilizado por ciertos autores para imprimir cierto carácter a sus obras, a sus historias. De entre los géneros que más destacan por hacerlo abiertamente, está el del cómic, verdadera vía de expresión literaria donde las aventuras y el dinamismo se sirven de la pluma y las acuarelas –cada vez más del diseño gráfico…- para llegar a un público creciente en número y exigencia.
Son numerosos los tebeos que nos muestran los enfrentamientos bélicos, el sonido de las balas, los cortes de la metralla, el olvido de los muertos, la subsistencia, el pánico y el desánimo, la crueldad del mundo que habitamos… Además de todo ello, también nos enriquecen, ubicando históricamente las contiendas, tanto espacial como temporalmente, contextualizándolas debidamente. Si bien es cierto que algunas obras adolecen de ciertos aspectos imaginados y fantásticos, también sirven para reflejar numerosos aspectos de las mismas.

Y en mi empeño porque la literatura, en cualquiera de sus tipos, llegue al joven, al niño, continuo animando al docente, a madres y padres, al bibliotecario, para que hagan uso de estas obras, verdaderas armas capaces de estallar en nuestras manos, minar nuestra mente de palabras, de pensamientos que nos fortalezcan y forjen nuestros conocimientos sobre la Historia del ser humano.

Dorison, X. & Breccia, E. Los centinelas. Norma Editorial: Barcelona.
Giardino, V. No pasarán. Norma Editorial: Barcelona.
VV. AA. Tormenta sobre España. Glénat: Barcelona.
Gímenez, Carlos. 36-39 Malos tiempos. Glénat: Barcelona
Gómez, Juan & Alessio, Agustín. Martillo de herejes. Dolmen: Palma de Mallorca.
Guibert, Emmanuel. La guerra de Alan. Ponent Mon: Barcelona.
Pratt, Hugo & Oesterheld. Ernie Pike. Norma Editorial: Barcelona.
Tekuza, Osamu. Adolf. Planeta DeAgostini: Barcelona.
Katin, Miriam. Por nuestra cuenta. Ponent Mon: Barcelona.
Gibrat. El vuelo del cuervo. Norma Editorial: Barcelona.
Croci, Pascal. Auschwitz. Norma Editorial: Barcelona.
Spiegelman, Art. Maus. Mondadori: Barcelona
Bonvi. Sturmtruppen. Nuevas Fronteras del Arte: Barcelona.
Dixon & Mahnke. Team Zero. Norma Editorial: Barcelona.
Eissner, Will. El último día en Vietnam. Norma Editorial: Barcelona.
Yann, Berthet. Pin Up. Big Bunny. Norma Editorial: Barcelona.
Séra. Callejón Rojo. Norma Editorial: Barcelona.
Sacco, Joe. Palestina. Planeta DeAgostini: Barcelona.
Sacco, Joe. El mediador. Planeta DeAgostini: Barcelona
Sacco, Joe. Gorazde. Planeta DeAgostini: Barcelona.
Sacco, Joe. El final de la guerra. Planeta DeAgostini: Barcelona.

viernes, 9 de mayo de 2008

Ciudades lectoras


Seguramente, si buscan una relación entre el fútbol y la lectura, encontrarán muchas cuestiones, sobre todo en lo que a prensa deportiva se refiere, la que mayor número de lectores reúne en este país, tan centrado en eventos de balón y pelota. Hace un par de días presencié el derbi más esperado de toda la liga, el enfrentamiento entre el Real Madrid y el Barça, todo un acontecimiento para blancos y culés. De los resultados no hablo, seguramente no quedaría como un señor, cosa que no puedo permitir… Si los seguidores de ambos equipos, se dedicasen a buscar una relación que les uniese, en vez de dedicarse a despotricar toda suerte de improperios y chorradas, esta sería, sin lugar a dudas, la lectura. Increíble pero cierto. Hace unos días viajé a ambas ciudades en busca de algo de ocio y turismo nacional. Lo conseguí, soy un hombre tozudo. Además de esas merecidas vacaciones me percaté de diversas cuestiones que me parecieron destacables.

Madrid y Barcelona son cuna de muchos lectores –también de bastantes escritores-, y como tales se comportan. Barcelona está plagada de buenas librerías, temáticas, dedicadas al buen hacer lector; también tiene buenas bibliotecas, sin ir más lejos, bajando del sueño que es el Parque Güell, me topé con una biblioteca de las buenas, la Biblioteca Jaume Fuster, recién estrenada y muy bien ideada: fantástica luz natural, salas bien delimitadas, y con una cafetería donde leer los libros que desee acompañados por un buen café. Se la recomiendo. Y si entre libros anda el juego, de libros hay que llenar las ciudades, aunque sea erigiendo estatuas a este oscuro objeto de deseo… De ahí la instantánea que acompaña este artículo, ubicada en pleno Paseo de Gracia, arteria femoral de la Ciudad Condal.

Madrid siempre ha leído mucho, sobre todo en el subsuelo. El metro es el lugar de recreo para muchos lectores, ávidos de momentos, palabras y otros menesteres que hagan el vieja más llevadero. Como producto de esta pasión por la lectura ha nacido la idea del BiblioMetro, unos reducidos espacios –pero suficientes- donde el préstamo es llevado a los túneles, favoreciendo el enriquecimiento del usuario del metropolitano.

Y es que si tú no vas a los libros, qué menos que los libros se acerquen a ti…

martes, 6 de mayo de 2008

Cartas y carteros


Escribir de buena mañana es una sensación bastante placentera, lo que no me explico todavía es cómo el encéfalo se encuentra despejado después de un colapso a base de vino de cartón para tener ciertas ocurrencias…
Hace tiempo que no escribo carta alguna. Creo que la última se remonta al pasado abril. Recuerdo la sensación de la tinta sobre el papel, de cómo me las ingeniaba para ahorrar sobres, de los errores manuscritos, de su sabor tangible, real, de esa emoción al recibir la correspondencia… Todo está extinto. No es de extrañar que el mundo avance, que las nuevas tecnologías suplan a las antiguas y que la pérdida del romanticismo sea otra de las muchas consecuencias de este mundo loco, fugaz.

NOTA: Fíjese, amigo lector, si mi mente está activa, que acabo de tener una idea pasmosa… Mañana, a no más tardar, mis queridos pupilos deberán escribir una carta al científico que deseen, de tal forma que, en ella, deben incluir, de manera indirecta, datos biográficos de éste y algunos de sus descubrimientos y/o investigaciones. Perfecto: otra actividad más. Lástima que estas contribuciones no se contemplen en el salario.

Hablando de misivas, me vienen a la mente unos versos de María Cristina Ramos (Papelitos), que dicen así:

El maestro quería
una carta explicar:
cómo armar su escritura,
qué pensar, qué anotar.
Pues la carta –decía-
tiene un efecto tal
que hace que los lejanos
se vuelvan a juntar.

Otro gran ejemplo de lenguaje epistolar lo encontramos en la obra de Lygia Bojunga Nunes (imprescindible), concretamente en su relato El bistec y las palomitas incluido en su recopilación de relatos Adiós (por desgracia, descatalogado, así que haga uso de sus impuestos y diríjase a una biblioteca), donde la denuncia social y la amistad se encuentran gracias a la gastronomía.
Por último, recomendar un álbum ilustrado elegante, ocurrente y divertido: El cartero simpático o unas cartas especiales de Janet y Allan Ahlberg. Además de contar con un elenco de personajes literarios sin igual, entre sus páginas se insertan sobres repletos de mensajes que aportan ideas frescas a los clásicos cuentos de hadas capaces de arrancar las sonrisas del ávido lector. Y con este título, me despido hasta la próxima, enviando un saludo al cartero de mi barrio, un ejemplo de labor bien hecha y simpatía.
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