lunes, 29 de septiembre de 2008

¡Marchando otra de viñetas!




Siempre he tenido la sensación de que, en nuestro país, las historietas de Charlie Brown no han tenido la misma aceptación que en otros territorios del mundo. Creo que esa especie de repulsa se debe a los prejuicios por uno de sus personajes, Snoopy, ya que durante un tiempo fue auténtico icono del “pijismo” en muchos entornos de esta España criticona y cateta, cosa que denota, en estado máximo, que aquí, por no leer, no se leen ni las señales de tráfico, otra prueba más de que así nos va en la circulación rodada (no sé si existirá una correlación entre tener las bibliotecas vacías y sufrir las carreteras infestadas de gilipollas al volante). Si en vez de prejuzgar, hubiésemos disfrutado con el humor inteligente que destilan todos los personajes de Peanuts, nombre que recibieron las tiras cómicas de Charles M. Schulz, creador de Lucy, Sally, Linus, Marcie, Patty y el resto de la familia de Charlie Brown, probablemente, no los hubiésemos erigido como símbolo de “niñatos” repeinados con brillantina y ropa uniformada y bien planchada. Hubiesen sido más. Nos hubiesen ayudado a comprender un poquito mejor la vida, que no es poco…
Me gusta Charlie Brown. Esa inocencia tan patente, despistado y tímido hasta la saciedad, con tan mala suerte… Es la figura del eterno perdedor, pero que pese a todo guarda una chispa de optimismo, cree que todo puede ser mejor, base del espíritu americano. Si nos fijamos con mayor detenimiento, él sería el único niño que encontramos en todas las viñetas, los demás, aunque con aspecto infantil, son verdaderos monstruos, contaminados por el saber hacer y decir adulto, son un fiel reflejo del mundo, de la crueldad que nos rodea a cada paso, por ello, loar al pequeño Charlie es un ejercicio de reconocimiento hacia el representante de la honestidad, de la simpatía, de la bondad.
¡Estoy harto de que Lucy maltrate a ese pobre chaval! ¡Estoy harto de la maldad que encierran mis iguales! ¡Viva Charlie Brown! ¡Viva!

domingo, 28 de septiembre de 2008

De viñetas



Me he percatado de lo poco considerado que soy con el género del cómic en este espacio y créame: no doy crédito, ya que me he criado entre viñetas, se lo aseguro. Ayer mismo, mientras paseaba, me crucé con el escaparate de una de las pocas tiendas que hay dedicadas al tebeo en mi ciudad y, tras echar un vistazo, descubrí con sorpresa que todavía seguían editándose sendas colecciones en tapa dura de dos de mis series favoritas en la infancia, Percevan (Fauche/Leturgie/Luguy) y Yakari (Derib/Job).
Recuerdo que me apalancaba en las sillas de la sala infantil de la Biblioteca Pública, la del parque, como todos la conocemos, y pasaba los ratos con aquel par de héroes tan especiales…. Para aquellos que no los conozcáis (será lo más probable ya que no ha existido mucho reconocimiento hacia ambos personajes…), os los presento:
Yakari es un pequeño indio, creo recordar que de la tribu sioux, que tras algún hechizo en el que interviene Gran Águila, su totem protector, adquiere la capacidad de hablar con los animales. Gracias a este don, Yakari, puede sortear los peligros que se suceden en sus aventuras, así como nos interna en las tradiciones indias, sus leyendas, e incluso, lanza mensajes ecologistas y de conservación del medio natural.
En segundo lugar, Percevan es el clásico héroe de la literatura fantástica que bebe de la estética escandinava. Entre brujos, magos, sortilegios, hechizos, espadas encantadas, y extraños seres, Percevan recorre tierras desconocidas junto a sus compañeros de viaje, su escudero y amigo, Kervin, y Guimly, un ser adorable (me recuerda a los gremmlis, ¿usted qué opina?). Como curiosidad le diré que todavía ando en ascuas con cierto final de una de sus aventuras, no he conseguido encontrar el volumen… Ese es otro de los encantos del mundo del cómic, el de lo inconcluso… y si no lo cree, hágame caso: intérnese en él.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Buenos regalos


Emanciparse es un asco, lo digo yo que lo he hecho un par de veces. La primera fue con los dieciocho casi recién cumplidos… Con la tontería esa de que quería ver el mundo, romper esos grilletes invisibles que te anudan al cariño paterno y vivir la vida, marché a Madrid, y allí estuve (estar no es vivir, fíjese en tal apreciación), durante seis años, mamando polvo y gases tóxicos, subiendo y bajando escaleras y aprendiendo. Algo es algo… La segunda fue tan necesaria como la primera, pero más a disgusto, y pasé de la supervivencia en la gran urbe a la asfixiante situación rural, pormenores que relataré en otra historia que bien merece ser narrada…
Destetarse es necesario, aunque no deje de ser casi traumático (¡esas croquetas, ese cocido materno que nadie iguala…!), mas que nada por lo solitario de la vida adulta, ya que, además de la ingesta de manjares, uno necesita que alguien le dé las buenas noches, te dedique un perla molesta o te recuerden una y mil veces que hay que bajar la tapa del inodoro una vez terminados los menesteres excretores.
Y hablando del calor del hogar, hoy me decanto por un libro muy “paterno-filial”, El regalo, a mi modo de ver las cosas, la obra cumbre de Gabriela Keselman (por el momento…) junto con Pep Monserrat. El regalo habla de esos presentes desorbitados, de esos gigantescos, de tamaño desproporcionado, que cuanto más grandes son, más nos hacen abrir la boca. También nos habla de esos regalos exóticos que vienen de los confines del mundo, de los sitios más extravagantes. Pero también nos cuenta cosas de esos regalos que todos escondemos en lo profundo de nuestro corazón, de esos regalos que se sienten, los que hay que buscar de verdad. Espero que, si alguna vez has de regalar algo, encuentres estos últimos, son los que más gustan, los que llenan el corazón.
Lástima que Miguelito tenga que pedirlos, yo nunca he tenido que hacerlo.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Con cuatro esquinas...


Los entendidos en palabras dicen que en los libros hay frases que, cuando las lees, son capaces de estremecerte. Pero ¿esto siempre sucede con la misma frase, el mismo fragmento? Mi naturaleza de científico –la poca que tengo- decidió un día poner a prueba el efecto de esas “lápidas” literarias. Empecé a recordar obras que contuviesen alguna frase sorprendente, que me hubiesen erizado el vello, y di con algunos títulos. Excavé entre los volúmenes de mi biblioteca y empecé a releer. Tras leer tres títulos y no habiendo obtenido con ninguno de ellos las mismas o semejantes sensaciones que en el día de la primera lectura, desistí, concluyendo con que, muchas obras, dependiendo del instante de su lectura, causan un efecto u otro sobre un mismo lector. Y con esa cantinela, compartida con muchos lectores ajados y experimentados, he ido desmoralizando a todos los lectores noveles que tienen su primera experiencia mística con esta o aquella novela de moda.
Hace un par de años, pidiendo consejo bibliográfico para ciertas jornadas por el llamado Plan de Lectura, Beatriz, de la Sección de Programas de la Red de Bibliotecas Municipales de Albacete, me recomendó cierto libro que no conocía, Por cuatro esquinitas de nada, de Jérôme Ruillier –Editorial Juventud-, aduciendo a su favor que fue todo un éxito en el programa de Cuentacuentos. Sopesé con ciertas dudas el título, pero finalmente, opté por buscarle un sitio en mi maleta. Una vez llegado el momento, rodeado por quince maestros y algún que otro despistado, cogí el libro entre mis manos y empecé a contar la historia que entre sus páginas estaba encerrada…: que si los redonditos por allí…, que si cuadradito por allá…., que si el uno…, que si los otros…, hasta que llegué al punto mágico del relato… Entonces, recortan cuatro esquinitas, cuatro esquinitas de nada… y se me anudó la garganta, y se me secó la lengua, y casi se me aguan los ojos… ¿Y saben qué?... Desde ese día, en todos los cursos que imparto, leo ese libro, y se me anuda la garganta, y se me seca la lengua, y casi se me aguan los ojos. Y así, con cuatro esquinitas de nada, animo a que los demás lean, a que se les anude la garganta, a que se les seque la lengua y a que se les agüen los ojos.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Si Nicolás visitase el instituto...


Antes de dedicarme a la educación de nuestros adolescentes, tuve la gratificante oportunidad de trabajar con niños de edades comprendidas entre los tres y once años durante unos pocos meses, cosa que, aunque les parezca incomprensible, me ha ayudado con mi labor a posteriori, ya que, conociendo el origen y primeros comienzos en la educación actual, te percatas de las causas de muchas de las consecuencias finales de la misma.
Por lo general, el gremio de los docentes se encuentra escindido en dos grupos. De un lado tenemos a los maestros de la Educación Primaria y por otro, a los que se dedican a la etapa de Secundaria. También es cierto que tanto los unos como los otros, se achacan mutuamente los problemas del sistema educativo, lo que, a veces, roza el coñazo. Y desde aquí, mi misiva de viva voz: conozcan ambos mundos, que la escuela vaya a los institutos, y los centros de secundaria visiten los patios de los colegios, mézclense, sean conscientes de las dos facetas de la misma realidad, ya que, además de ser útil a la hora de desempeñar el trabajo, es necesario para comprender el libro que tengo entre mis manos en este momento, El pequeño Nicolás, de Jean Jacques Sempé y René Goscinny, una de las obras cumbre de la LIJ.
Nicolás es un niño cualquiera, con una vida cualquiera, con sus cosas buenas, sus cosas malas, su inocencia, con ganas de vivir y divertirse. Le gusta el futbol, lleva malas notas a casa, se pasa el día riñendo con sus amigos y compañeros, y tiene unos padres estupendos. Eso sí, ¡ya quisieran muchos profesores tener el humor de Nicolás!
P.S.: Decidido, comenzaré con la lectura en voz alta en clase de este libro el próximo día… Espero que les guste… je, je, je.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Cine "Manga" y Literatura


Cada año me gusta más la feria. Su sabor a fritanga, ese aroma a rancio que destila, el “caldico” reparador, el bullicio a horas intempestivas, esa mezcla de polvo y carcoma con plásticos de nueva generación. En fin, la feria es la feria, no hay más tu tía…
A lo largo de estos días de juerga, además de deshacer los hepatocitos durante las tardes mutadas en noche, después de las comidas, me propuse recuperar energía disfrutando con obras del séptimo arte, eso sí, como el cuerpo no estaba para películas de mucho discurrir, preferí deleitarme con un ciclo del director Hayao Miyazaki, que dicho así, tan árido, seguramente os sonará a pocos… Hayao Miyazaki es uno de los directores más aclamados de cine japonés de dibujos animados -género manga-. Entre sus obras destacan El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o Ponyo en el acantilado. Descubriendo a este artista, esta feria, me he topado con dos sorpresas, Cuentos de Terramar y El castillo ambulante, dos ejemplos de unión entre cine y literatura juvenil, un binomio casi necesario.
El primer título bebe del mundo fantástico de Terramar, creado por la escritora Ursula K. Le Guin para ubicar sus novelas La palabra que libera, Un mago de Terramar, Las tumbas de Atuan, La costa más lejana, Tehanu y En el otro viento. Cabe decir que Le Guin es una de las mejores exponentes de literatura de ciencia ficción y fantástica de nuestro tiempo.
La segunda película, basada en la novela de Diana Wynne Jones (Howl’s moving castle), afamada escritora de literatura infantil y juvenil, nos aproxima al destino, la juventud, el valor y el amor. Destacar que, en la obra impresa, se recogen numerosas referencias a títulos de la literatura clásica, desde El señor de los anillos, hasta Hamlet.
Por último, un consejo: no desmerezcan el arte sea cual sea su origen, no olviden que tanto las palabras, como las imágenes, proceden de lo más profundo de nuestra imaginación.

martes, 9 de septiembre de 2008

Letras por los libros


Animar a lectura es una tarea bastante difícil, bien lo saben muchos escritores, por este motivo, algunos, nos acercan a la lectura desde sus propias obras. Es bastante frecuente encontrar en los libros fragmentos que nos inviten a la lectura, al mundo de las palabras. En el último libro del que estoy disfrutando, además de hallar unos renglones de estas características, he encontrado unas líneas que hablan sobre la literatura infantil… Y con ambos, les dejo hoy:

[…] Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido. Ella entendía que el vicio o la virtud de leer dependían del primer libro. Aquel que llegaba a interesarse por un libro se convertía inevitablemente en esclavo de la lectura. Un libro te remitía a otro libro, un autor a otro autor, porque, en contra de lo que solía decirse, los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad del lector siempre quedaba insatisfecha. Y, al apelar otros títulos, iniciabas una cadena que ya no podía concluir sino con la muerte. […]

[…] Le conoció en la Biblioteca Nacional, la tarde que presentó una colección de libros de cuentos. El salón, como era lógico, estaba lleno de gente relacionada con la literatura infantil, pero la tesis que sostuvo Primo fue que los cuentos no interesaban en absoluto a los niños, que lo que los niños deseaban leer eran los libros que sus padres cerraban con llave en su biblioteca. […]

De: Señora de rojo sobre fondo gris. 1992. Miguel Delibes. Ediciones Destino: Barcelona. Col. Áncora y delfín. Vol. 677. ISBN 84-233-2100-2.
Fotografía: David Escobar y Sara López.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Antígona y la educación de los ciudadanos


No suelo dedicarme a la lectura del género teatral… Excepto algunas obras de Shakespeare, Calderón de la Barca y Cervantes, no he leído demasiado, entre otros motivos porque se me hace algo difícil la comprensión de una obra que esta escrita para ser espectador más que lector (lo sé, soy un lector mediocre…). Pero esta semana, siguiendo una sugerencia de Luis Daniel González, toda una autoridad en lo que a LIJ se refiere, he hecho una excepción por el género y me he leído un drama, un señor drama, y comulgo con su opinión de que, Antígona (1), de Sófocles, uno de los dramaturgos clásicos griegos, es una obra más que vigente, ya que trata del enfrentamiento de los valores personales, la libertad individual, las creencias, el valor de los sentimientos y la figura de la familia, contra el poder del estado, la autoridad y el paternalismo de los gobiernos. También recomienda González su lectura como un punto de partida, como origen de una reflexión sobre la nueva asignatura que se ha enmarcado en la Educación Secundaria de nuestro país, “Educación para la Ciudadanía”, a lo que yo añado que, no sólo debe ser una lectura que incite al profesorado o al público en general a preguntarse sobre la adecuación de esta materia dentro del contexto educativo, sino una lectura obligada dentro de la misma para todo aquel alumno que la curse, si es que lo que pretenden las autoridades es formar ciudadanos, claro está… cosa que dudo.
Y para finalizar, una adenda: ¿es una necesidad educativa de primera magnitud crear y reglar una asignatura que dogmatice, que se interne en los principios del individuo? Es evidente que necesitamos nuevas estrategias que hagan frente a los cambios sociales, pero de ahí a que tenga que ser la Escuela la última responsable de hacer frente a esta realidad de propiedad comunitaria, va un trecho… Por no hablar del empeño del Estado en guiarnos como ovejas por linde... Pero en fin, habrá que aguantar que las autoridades intenten dirigir hasta “el rincón más íntimo del alma” (2), que no es poco.

(1) En: Tragedias. 1986. Sófocles. Editorial Gredos: Madrid. ISBN 84-249-0099-5
(2) De: El hereje. 1998. Miguel Delibes. Ediciones Destino: Barcelona. Col. Áncora y delfín. Vol. 827. ISBN 84-233-3036-2.

viernes, 5 de septiembre de 2008

La soledad


A Rosa...,que sé que lo está pasando mal.

A veces, descubrir facetas desconocidas de uno mismo puede resultar sorprendente, otras, esto puede ser bochornoso. Aun así, esto no nos impide seguir viviendo esa vida que tanto defiende Ayala, la de las cosas buenas, la de las cosas malas, la que se vive.

Me obnubila la naturaleza humana, no sé, es algo llamativo lo que le sucede al hombre, pura dialéctica, puro instinto animal, hecho de una mitad de aceite y otra parte igual de agua, una dura y bella quimera. Eso sí, tampoco hay que obsesionarse demasiado con semejante cuestión, si no, uno se desvive por hallar una explicación a tales propósitos vitales y lo que, en un principio era mero discurrir, se torna en hacer muchas cábalas que, a la postre, perjudica a cualquier ser humano, por lo general, poco ducho en estos menesteres. Es lo que tienen los sentimientos: incognoscibles, imposibles y, a veces, insufribles. Véase la soledad, tamaño sentimiento, omnipresente estado vital. La soledad, por antagonismo verbal, nos acompaña a todos, nos envuelve en algún momento de nuestra vida. Muchos hablan de que tenemos que apartarla, otros la obvian y los menos alaban su necesidad. De la soledad nacen las mejores palabras, se han escrito excelentes novelas y han surgido bellas ideas. También es cierto que si es buena medicina, hay veces que es peor enfermedad. La soledad quiebra corazones, desgaja pensamientos, entierra sonrisas y desbarata mentes cuerdas. Unas veces buena, otras, mala, pero hay está, así que, vivámosla, no podemos hacer otra cosa mejor.
Y para que vea que la Literatura Infantil no está exenta de soledad, le recomiendo dos novedades editoriales del género del álbum ilustrado, Soledades de Neus Moscada y Chiara Fatti –Editorial OQO- y El gran viaje del señor M, de Gilles Tibo y Luc Melanson
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