jueves, 20 de agosto de 2009

Seguimos en el agua...


Siguiendo con la tónica de ayer, continuaremos vagando por el agua, ¡que ojalá fuese salada!...
No recuerdo haberles contado que los manchegos adoramos contemplar el mar (y si lo he hecho, lo vuelvo a hacer… es una de esas cosas que me encanta narrar). Siempre he creído que las vastas llanuras que nos rodean podrían hermanarnos con los marineros del azul horizonte, sólo que éste, el nuestro, es de terruño y gasón.
Me comentaba cierto conocido que lo que más añoraba de su Cádiz natal era el rumor de las olas, los paseos por la arena. Algo parecido nos ocurre a nosotros cuando pasamos un tiempo entre cumbres y colinas. Encerrados entre picos escarpados surge esa necesidad de vislumbrar la línea completamente horizontal que separa el cielo de la tierra. Y no crean que en mi océano no hay olas. Las hay. Sólo que no están echas del líquido elemento, sino de cebada y hojas de vid, del tremolar de las espigas. Lo malo de estas ondas es que no permiten flotar, no permiten viajar a la deriva… Así, flotando, llega la recomendación de hoy, un álbum ilustrado de David Wiesner que, aunque sin muchas pretensiones y como mero entretenimiento -a veces hay que disfrutar de libros como estos… se lo digo yo…-, encierra buenas historias, bucólicas imágenes que, a modo de juego se internan en el pasado, en la fantasía y en lo profundo de los mares.
Una última apreciación. Cuando lean Flotante, nunca olvidarán la cámara de fotos en casa… Pueden perderse recuerdos de gran valor.

Banda sonora original: Giorni dispari. Ludovico Einaudi.

3 comentarios:

Mary Carmen dijo...

En mi opinión sí se puede flotar en nuestra extensa mancha, allí donde se unen tierra y cielo, las nubes nos hacen flotar y las aves volar.

amparo dijo...

ESto te pasa por hablar de estas cosas, aquí tienes un soneto de uno de mis poetas preferidos. ¿Quién dijo que en Albacete no había mar?
Me invento un mar de interminables olas.
Me invento un mar de interminables olas,
por estos surcos donde van mis pasos;
y nadan a la orilla los fracasos
mojadas sus heridas de amapolas.

Un mar sin marineros ni “gaviolas”
donde posar mis ojos. Los ocasos
son en mi mar más tristes y más rasos
y las playas más ásperas y solas.

Un ancho mar al que a remar acudo
buscando el horizonte, en el que dudo
que Dios haga el milagro de los peces.

Un ancho mar por el que voy dejando
mi quila deslizarse, y navegando
con la misma esperanza de otras veces.

Ismael Belmonte, Poemas. Albacete, 1981. pág. 94
Saludos, Amparo

Román Belmonte Andújar dijo...

¡Mira que os ponéis profundas!

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