martes, 3 de noviembre de 2009

I Semana de la Literatura Fantástica (2)


Hoy no hay preámbulo que valga… tengo exámenes que corregir, cuestionarios que elaborar, copias que hacer, clases que impartir, niños a los que gritar, compañeros a los que marear, padres a los que lidiar y un sinfín de cosas más, propias de este curro que tengo (y me doy con un canto en los dientes porque otros no saben lo que es disfrutar de un trabajo). Si a esta enumeración le añadimos que la obra de hoy, los siete volúmenes que componen Las crónicas de Narnia es otro gran ejemplo del género de literatura que desgrano esta semana, no hay tiempo ni renglones para más tontunas.
Una apreciación: antes de leer parte (lo confieso) de la obra cumbre de C. S. Lewis, me decanté por otro librito suyo llamado La experiencia de leer. Evidentemente, una obra de crítica y opinión literaria nada tiene que ver con otra de ficción. Aun así pude entresacar ciertas ideas claves que, creo, gobiernan la narrativa de Lewis…
Escritor marcado en su niñez por acontecimientos tales como la temprana muerte de su madre o una rigurosa educación religiosa (no olvidemos su origen irlandés), Lewis desarrolla los volúmenes del mundo de Narnia mezclando, principalmente, las bases de las mitologías griega y romana, junto con elementos propios de la magia que destilan los cuentos de hadas, consiguiendo así seducir a un público más joven, incluso infantil, que el que sigue a Tolkien, compañero y contemporáneo suyo. Junto a esta primera diferencia entre ambos escritores, surge otra, a mi juicio más importante: Lewis, aunque no abandona la crítica social y los paralelismos entre su obra y la realidad de su tiempo, profundiza en la carga mística y simbólica de los acontecimientos y los personajes creados por él, quizá por ello el mundo de la crítica literaria haya sido algo duro con él, ya que su obra puede confundirse frecuentemente con una defensa a ultranza del cristianismo, religión que abrazó más fervientemente durante su última época (en este punto algunos se empeñan en establecer similitudes, que yo no entiendo, con Chesterton). Aparte de encasillamientos de todo tipo y que, aviso, no me gustan en absoluto, más que nada porque las ventas (y de paso los lectores) mandan aquí y C. S. Lewis, si se descuida, vende hasta el papel de fumar.
Si alguno está más interesado, que lea. Que lea El león, la bruja y el armario, que lea El príncipe Caspián: regreso a Narnia, que lea La travesía del viajero del alba, que lea La silla de plata, que lea El caballo y el muchacho, que lea El sobrino del mago y que lea La última batalla. Que lea todo esto, y si le sobra tiempo y quiere aprender más que también lea a Luis Daniel González, el experto en lo que a esta obra –y a otras- se refiere.

2 comentarios:

miriabad dijo...

Hola Román, ¿y en qué orden los leemos? ¿El Leon, la bruja y el armario es el primero?
Saluditos, Miriam

Rosa dijo...

"El león, la bruja y el armario" fue el primero que se publicó, y los demás van en orden cronológico con dos excepciones: "El sobrino del mago", con el que C.S. Lewis quiso explicar algunas cosas del origen de Narnia (y que es, por tano, lo que hoy llamaríamos una precuela) y "El muchacho y su caballo", que es un relato intemporal en el que los niños protagonistas sólo desempeñan un papel secundario.

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