miércoles, 9 de diciembre de 2009

De ignorancia, orgullo, necesidad y rencor


Tras estos días de inmerecido asueto y ¿paz nacional? (es lo que tiene celebrar la proclamación de LA carta magna –podría haberla calificado como “nuestra”, pero prefiero dejar el posesivo para cuando un servidor vote por su modificación, sobre todo aquella que incluya cambios en la ley electoral-), vuelvo al tajo con aires de cambio, no sólo por la lista de etiquetas que he incluido en la zona derecha de este espacio, sino porque nos acercamos al final del año y, como bien marcan todas las sabias proclamas –televisivas o de otra índole-, hay que renovarse o morir… Y como no pretendo diñarla tan pronto, tendré que cambiar el fondo de armario, pero hasta que lleguen las rebajas de enero, seguiré importunándoles con los libros.
No hace mucho tiempo se estrenó en las pantallas la adaptación cinematográfica de El lector, novela de Bernhard Schlink que narra la historia de dos vidas unidas por el amor, los libros y el analfabetismo (perdonen que sea tan básico, no quiero desvelar sorpresas propias de la Literatura) en los años posteriores a la caída del Tercer Reich, y que he tenido la oportunidad de leer durante las tardes pasadas. No es de extrañar que muchos piensen que no es un libro apto para jóvenes pero, tras la buena dosis de glucosa que han consumido mis neuronas esta mañana, me creo capacitado para defender esta lectura como necesaria en púberes que sobrepasen los quince o dieciséis años de edad.
Pese al estupro que inicia el relato (morbo a chorros al que creo se deben las reticencias de las que he hablado antes), se destapa el viaje, casi iniciático, que recorre su joven protagonista a caballo entre la justicia, esa que se escribe con mayúsculas, y los sentimientos, dos parámetros que se enfrentan en el desarrollo de cualquier joven. Hanna es su primer amor, quién le desvirga, al tiempo que representa sus anhelos, su presente, pero también el rencor por haberlo abandonado sin explicaciones, en silencio. Durante el juicio, todo ello se muda en impotencia o quizá venganza, y prefiere callar el secreto que ambos comparten y así condenarla para, demasiados años más tarde, transformarlo en compasión por la que amó.
Este sencillo relato admite una segunda lectura: ¿qué habríamos hecho nosotros de haber sido nombrados cuidadores de Auschwitz?... Es fácil decirlo pero les conmino a que recapaciten sobre la necesidad y el ser humano. Nadie es consciente de sus instintos básicos cuando se acostumbra a la barbarie, ni mucho menos cuando prima la necesidad y/o la responsabilidad.

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