martes, 15 de diciembre de 2009

Nieve y arena


Ayer nevó. ¡Vaya si nevó! Nieve, nieve y más nieve. No vi otra cosa durante toda la jornada. Y si tenemos en cuenta que recorro parte de La Mancha a diario, la superficie cubierta de blanco era todavía más sobrecogedora. Inmensa. Tanto, que había momentos en los que desconocía mi paradero, confundiendo la submeseta española con las planicies siberianas. Paradojas del clima, paradojas del color, paradojas de lo puntual.
Paradójico es también el cerebro humano… Cuando somos niños, hay algo en todos nosotros –llamémosle curiosidad, llamémosle sorpresa-, que nos hace mirar lo desconocido con una pizca de ilusión. La mirada del niño frente al mar y la del chiquillo ante una nevada comparten ese algo especial que nos invita a empujarles al chapuzón, a la torpe aventura, para que instantes después rían de alegría entre chapoteos o batallas a base de nívea munición.
Por mucho que insistamos en nuestra madurez y responsabilidad, y pretendamos olvidar los revolcones en la nieve o el rodar de las gigantescas bolas con las que fabricábamos el muñeco más grande, todos los adultos guardamos ese germen en nuestro subconsciente cuando se aparecen los primeros copos del invierno tras la ventana. Y es entonces, mientras los vemos guerrear con lo blanco en la puerta del colegio, cuando caemos en la cuenta de que la infancia nunca se muere, únicamente se torna marchita.
¿Y esos niños que nunca han visto la nieve? ¿Y los que jamás han contemplado el mar? ¿Germina en ellos esa semilla? Seguro que sí. Allí donde no hay orilla, allí donde el blanco se termina, queda lo perpetuo del desierto, de la dorada arena que cubre las mil y una noches.

Esterl, Arnica. 2009. Los mejores cuentos de las mil y una noches. Ilustrado por Olga Dúgina. Madrid: SM.
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