lunes, 31 de agosto de 2009

Volver...


Se hace extraño terminar las vacaciones así… Un lunes, tras dos meses de vacaciones, no es forma de cambiar de hábitos, de costumbres. Pese a ello hay que regresar a la actividad, a la rutina, una buena manera de hacerle frente a diversas tontunas que llenan mi materia gris desde hace unos días.
Y aunque la incertidumbre me embriague (lo hace todos los años por estas fechas de cambios) el estar frente a un nuevo destino de laboro, los caminos que hacia allí me lleven, alumnos desconocidos y unos nuevos compañeros, es preferible mantener la mente ocupada en nuevas metas y recorridos, que no hacerla divagar sobre los inútiles meandros de la vida.
Para ello, y como corresponde a un profesorcete como el que aquí suscribe, no hay mejor modo de entrar en harina que con un libro de pupitres y novatadas, de profesores inexpertos y otros más duchos en las malas artes del embauco y la política, en definitiva, con un libro donde la enseñanza y la existencia se unen de la mano, Botchan.
En esta obra canónica -pese a dudas y chanzas- de obligada lectura e icono de la literatura moderna nipona, Natsume Soseki narra las experiencias de un docente (él mismo puesto que en cierto modo es autobiográfica) que es destinado a un instituto de educación secundaria provinciano.
Aunque con lenguaje sencillo, casi de corte juvenil, sus páginas encierran el curioso descubrimiento que el ingenuo protagonista hace de la naturaleza humana. A base de humor, descaro, sorna y alguna quijotada, Botchan desmenuza las prioridades, bajezas y ambiciones de los que le rodean, es decir, sus compañeros de claustro, un elenco -les advierto- muy real de lo que un centro educativo (o cualquier lugar de trabajo) puede albergar. No la desestimen, seguramente descubran en su lectura a alguien cercano… Y de paso logren reírse sin miramiento alguno.

jueves, 27 de agosto de 2009

Una historia cualquiera...


Y como la última categoría del I Certamen “Librografía”, la dedicada al cómic, no tuvo aspirante alguno, me toca elaborar una reseña, así que allá voy… (aviso que nunca sería ganadora y se realiza por el mero hecho de invitarles a leer una obra de cierta calidad):

Aunque hace bastante tiempo me quejaba -sin llantos, que conste- de lo proclive que es el mundo literario a explotar las miserias de los genocidios como excusa argumental, sobre todo en esta Europa de dimes y diretes (Viejo Mundo, olla a presión), se agradecen historias que no caen en el cliché lacrimógeno y nos permiten cavilar más de la cuenta.
Nadie imaginaría al ver las caras infantiles que ilustran la portada de 1928, Una historia de Hamburgo, que encierra una intrincada relación en la que tres excombatientes en la I Guerra Mundial vuelven a enlazar sus vidas a tenor de los acontecimientos que desencadenan la II Guerra Mundial (Hitler ¿recuerdan?).
Más que una gran narración, Matz Mainka desgrana un paseo cotidiano por una ciudad alemana de principios del siglo XX que, en trazos de negra tinta, esconde sensaciones en cada esquina y hurga en el eterno dilema ético y moral, consiguiendo no dejar indiferente al lector.
A veces pienso en el individualismo como si se tratase de un cáustico aceite que nos permite flotar, sobrevivir. Otras, desecho esa idea y dejo paso a otra más fraternal, colectiva, que nos aupa a sentirnos parte de un mismo proyecto. Esta vez, recomendando 1928, Una historia de Hamburgo, prefiero decir que solo o acompañado, el hombre forma parte de la misma y terrible belleza, la suya propia.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Palabras mágicas en la "Selección Poética de Miguel de Unamuno"


La extraordinaria poesía infantil de Miguel de Unamuno (1864-1936), crea un mundo didáctico, con un interesante juego de ideas, palabras, letras, más el encuentro con la naturaleza. En la obra El grillo asierra la siesta, en los versos se halla la sonoridad por esa continua onomatopeya, los usos de las “rr”, permite ver al grillo emocionarse prolongando su pertinaz canto; por otro lado, la letra “ll”, no se quedaría apartada en los leves rasgos que intenta espigar y emerger en el laberinto de las fúlgidas ideas. El juego de estas letras “rr” y “ll” se dirigen a observar sus pasos reiterativos, la una, se arrastra entre tarea y tarea, y no deja de ser la que “asierra”; pero las otras, agigantadas, imponen sus nombres “pillo”, “pillín”. Los adjetivos no descansan, se pasan animando dudas: entre poco, mucho, oscuro, puro y crean su primer epíteto “sol puro”; un sol que en todo su resplandor no ha perdido la cordura sigue siendo sencilla y cristalina. Todo el texto es un conjunto, se encuentra animado por sustantivos, adjetivos, verbos y otras palabras variables e invariables. Con “su cri cri cri aserrín/aserrán” una línea de ritmos y figuras; el grillo reitera su alegría y mediante el encabalgamiento, la producción del remedo, no cesa de ser ese sonido en movimiento. En el poema, el autor ha personificado al grillo dejándolo en un ambiente cálido. Miguel de Unamuno se aparta de las palabras turbulentas, y deja en su mágica antología de poemas que fluyan las ideas hasta convertirse en un lector apasionado.

Autor de la reseña: Pablo Rafael Idrovo Recalde. Quito (Ecuador).

martes, 25 de agosto de 2009

El capote



“EL CAPOTE” de Nikolái Gógol. Ilustraciones de Noemí Villamuza. Nórdica Libros: noviembre de 2008.

Un pequeño tesoro se hace grande cuando quien lo toca y lo retiene posee un alma humilde. Akaki, en este relato, es esa alma humilde cuya paupérrima vida da un giro por el simple hecho de verse obligado a encargar un capote nuevo, que ha de sustituir a su ‘casi transparente’ capote viejo.
En su insignificancia y pobreza, la simple perspectiva de poseer algo nuevo y bello hace sentir a nuestro protagonista como un hombre animado, decidido y acompañado. A pesar de que su ansiado tesoro vaya a ser de tela común, y vaya a ser adornado con piel de gato y no de marta; el capote es para nuestro antihéroe del ‘material del que están hechos los sueños’.
Para llegar a alcanzarlo, Akaki desarrolla toda una pequeña estrategia, busca mil veces alternativas, y ahorra de las formas más peregrinas: incluso saltando por las baldosas para no gastar las suelas de sus zapatos.
Gógol relata esta pequeña historia con tanta ironía: que nos arranca una sonrisa; con tanto descaro: que dejamos que conduzca la historia hacia donde desee; con tanta libertad: que no nos extraña que deliberadamente sea impreciso en sus descripciones, e incluso crítico con otros escritores que creen en la omnisciencia del narrador.
Y aunque Gógol es irónico, fresco y libre; su mensaje es desgarrador: ‘Cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se ocultan en los modelos más refinados e irreprochables …”; y nuestro héroe no tiene otro destino que el de ser vapuleado primero por sus congéneres, y después por un ‘personaje importante’ que le sume aún más en la desgracia, sólo vengada gracias al libre albedrío de su creador.
Noemí Villamuza subraya con sus ilustraciones la pequeñez física de Akaki y su carácter apocado. Así como la veneración de nuestro héroe por el único objetivo de su vida antes de encargar su capote: copiar con buena letra aquello que escriben otros. Noemí nos permite también admirar la arquitectura sanpetersburguesa, rica y refinada, cuya cúspide sólo llega a alcanzar, efímeramente, Akaki portando su capote nuevo.
Y nuestro pequeño tesoro será abrir este libro, y dejad que acaricie nuestro intelecto, nuestros ojos y nuestros dedos. Sin siquiera la ambición de poseerlo, sino de disfrutar del material del que están hechos los sueños.
Autora de la reseña: Miriam Abad Peña. Madrid (España).

lunes, 24 de agosto de 2009

Las plumas del dragón


Ni bien se leen los primeros párrafos de Las plumas del dragón, de Arnica Esterl, se percibe que nos hallamos ante un relato maravilloso de corte tradicional que, en su desarrollo, cumple con varias de las funciones señaladas por Propp en su estudio sobre el género.
Un joven leñador, para poder concretar su amor con la bella hija del rico posadero, debe partir para superar la prueba señalada por éste: conseguir las tres plumas de oro del dragón que dan título del cuento; el posadero confía en que su pedido ponga punto final al romance, seguro de que el dragón habrá de devorar al pretendiente cuando intente apropiarse de lo solicitado.
Durante su viaje, el enamorado se topará con un padre afligido por la enfermedad de su hija, un grupo de personas que se lamentan porque un manzano que solía brindarles frutos de oro ya no lo hace, un viejo barquero condenado a cruzar eternamente con su bote de un lado a otro del río... Todos esperan que el dragón posea la respuesta para sus males, y a todos el leñador promete buscarla.
Ya en el castillo de la fiera, recibirá la ayuda de su mujer, “una dama dulce y generosa”, según la define el relato. Finalmente, el joven regresará a casa con las plumas de oro y las respuestas prometidas, dando solución a los problemas de todos y permitiendo el final feliz que es ley en este género. No hay sorpresas ni vueltas de tuerca que señalen la historia como algo destacable, o fuera de serie. Si esto fuera todo, Las plumas del dragón sería solo otro grato cuento maravilloso, y nada más.
Lo que lo hace notable en la edición del Fondo de Cultura Económica y maravilla a niños y adultos por igual, son las excepcionales ilustraciones de Olga Dugina y Andrej Dugin.
Verdaderas obras de arte, dignas de minuciosa atención, que permiten rastrear influencias como la de El Bosco, una de las más evidentes; polisémicas, es decir, abiertas a múltiples significados, juegan con una riquísima simbología que trasciende el contenido del cuento que las incluye. Sin duda, estas lecturas extra no estarán al alcance de los niños, pero eso no impedirá que disfruten de las coloridas imágenes que completan el texto; por otra parte, ellas logran que este libro se constituya en objeto de deseo de cualquier adulto interesado en el arte, la Literatura Infantil y juvenil, y que sepa valorar en su justa medida la propuesta del Fondo de Cultura; una editorial que, año tras año, y volumen tras volumen, demuestra su respeto por el género y por sus destinatarios, a través de ediciones cuidadas, bellísimas, que van más allá del puro interés comercial. Cabe aplaudir la actitud de la empresa y, en particular, de Daniel Goldin, coordinador de la colección.Invito a emprender la búsqueda de estas Plumas de Dragón, un verdadero tesoro rebosante de magia, que no ofrece otro peligro que el de enamorarse para siempre de sus maravillosos ilustradores y de libros tan preciosos como éste.

Las plumas del dragón. Texto: Arnica Esterl - Ilustraciones: Olga Dugina – Andrej Dugin
Colección Los especiales de A la orilla del viento, Fondo de Cultura Económica, 2001. México.

Autora de la reseña: Olga Appiani de Linares. Buenos Aires (Argentina)

viernes, 21 de agosto de 2009

Dictamen del I Certamen de Reseñas de LIJ "Librografía"


Finalizado el plazo de presentación de los trabajos aspirantes y habiendo recibido un total de cuatro trabajos, de los cuales uno queda desestimado por no estar sujeto a las bases del certamen, publicadas estas en el blog “Donde viven los monstruos: Literatura Infantil y Juvenil” http://romanba1.blogspot.com/, se remiten los tres restantes, uno por la categoría de álbum ilustrado, otro por la categoría de novela y el último por la de poesía, a los diferentes miembros del jurado para su valoración y posterior dictamen.

Tras leer, considerar y valorar los trabajos aspirantes, el jurado del I Certamen de Reseñas de Literatura Infantil y Juvenil “Librografía”, constituido por Dña. Fátima Fernéndez Méndez, Dña. Concepción Jiménez Fernández, Dña. Beatriz Oses García y D. José Rovira Collado, ejerciendo como secretario D. Román Belmonte Andújar, decide:

Declarar desierto dicho certamen en cada una de sus categorías.

Pese a ello, y sin que sirva de precedente, el jurado, a instancias de la organización de este certamen, decide que los tres trabajos aspirantes sean publicados en el blog “Donde viven los monstruos: Literatura Infantil y Juvenil” http://romanba1.blogspot.com/, para agradecer su esfuerzo y participación en la primera edición de un certamen que sin ayuda institucional, sin publicidad y sin grandes premios, pretende aupar la crítica de obras de creación para el público infantil y juvenil.

Por último, si los autores participantes desean información sobre su trabajo, así como otros aspectos que pueden mejorarlo, tanto el jurado, como la organización creen oportuno hacérselos llegar. Para ello deberán dirigirse a la dirección de correo electrónico librografia@yahoo.es y solicitarla de manera formal.

En Albacete, a día 21 de Agosto del año 2009.

jueves, 20 de agosto de 2009

Seguimos en el agua...


Siguiendo con la tónica de ayer, continuaremos vagando por el agua, ¡que ojalá fuese salada!...
No recuerdo haberles contado que los manchegos adoramos contemplar el mar (y si lo he hecho, lo vuelvo a hacer… es una de esas cosas que me encanta narrar). Siempre he creído que las vastas llanuras que nos rodean podrían hermanarnos con los marineros del azul horizonte, sólo que éste, el nuestro, es de terruño y gasón.
Me comentaba cierto conocido que lo que más añoraba de su Cádiz natal era el rumor de las olas, los paseos por la arena. Algo parecido nos ocurre a nosotros cuando pasamos un tiempo entre cumbres y colinas. Encerrados entre picos escarpados surge esa necesidad de vislumbrar la línea completamente horizontal que separa el cielo de la tierra. Y no crean que en mi océano no hay olas. Las hay. Sólo que no están echas del líquido elemento, sino de cebada y hojas de vid, del tremolar de las espigas. Lo malo de estas ondas es que no permiten flotar, no permiten viajar a la deriva… Así, flotando, llega la recomendación de hoy, un álbum ilustrado de David Wiesner que, aunque sin muchas pretensiones y como mero entretenimiento -a veces hay que disfrutar de libros como estos… se lo digo yo…-, encierra buenas historias, bucólicas imágenes que, a modo de juego se internan en el pasado, en la fantasía y en lo profundo de los mares.
Una última apreciación. Cuando lean Flotante, nunca olvidarán la cámara de fotos en casa… Pueden perderse recuerdos de gran valor.

Banda sonora original: Giorni dispari. Ludovico Einaudi.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Acuático


Teniendo en cuenta que el kilometraje de estas vacaciones ha sido escaso y pese a que menearse del sofá a la cama y de la cama al sofá es todo un ejercicio de éxtasis estática, es necesario realizar un desplazamiento mayor para realizar lo que los físicos llaman “trabajo” para así lograr quemar esa capa de grasa que albergamos bajo la dermis.
Al abrigo de las anteriores consideraciones, durante el transcurso de estas vacaciones, ni corto, ni perezoso, me he convertido en un excelente nadador. No crean que el mérito es sólo mío. No. En esta metamorfosis intervienen dispares elementos que a continuación enumero: Marian, mi excelente monitora de natación, Marifé, amiga -no tan excelente como la anterior…, ja, ja, ja- y compañera de piscina, el baratísimo abono del IMD de mi ciudad (dieciocho euros durante un mes, sin limite de baños… lo sé, algunos no dais crédito…) y el hartazgo que suponía que me confundieran con una morsa -ésta va por ti, pedazo de cabrón- (ríanse, les dejo).
Parecerá un tópico, pero cuando uno descubre que es capaz de nadar veinte largos seguidos en una piscina olímpica a diario -y apunto: sin vomitar, ni sufrir paros cardiacos-, se es más capaz, ligero y feliz.
Les aviso que espero continuar con esta afición tan repentina al tiempo que se la recomiendo. Es preferible adelgazar así que no acudir al Naturhouse® para que te desplumen como a un gallino y al cabo de un mes pilles más quilos que Cuqui Fierro.
Y como hoy me siento acuático, no cabría otra opción que refrescarles el día con un libro pasado por agua como por ejemplo uno que, gracias a los pequeños lectores y eso de la educación en valores, ha tenido más secuelas que Rocky. El pez Arcoiris, obra de Marcus Pfister es una fábula marina sobre la solidaridad que supongo que todos conocerán. Y si no es así, léanla y refrésquense.

martes, 18 de agosto de 2009

Regaliz y otras galguerías


Es sabido por mucha gente que el habla de esta tierra, la mía, es algo particular, sobre todo ahora que ciertos paisanos humoristas -hay que añadir que con poca imaginación- se están haciendo de oro a cuesta de un puñado de palabros que forman parte del bagaje cultural manchego. Aunque “gobanilla”, “gatete” y “bonico” ya fueran recogidos por Jose S. Serna en su Como habla La Mancha (Diccionario manchego) allá por el año 1974, en lo últimos años y gracias a la introdución anglosajona y el lenguaje publicitario al que estamos sometidos, sobre todo la tercera edad, se han inventado algunos más como “danón” o “caldofrán”.
Si un día me dieran a elegir una palabra de entre todas éstas, cogería una que me trae muchos recuerdos: “galguería”… Eran las tres y cuarto de la tarde y decenas de salvajes nos arremolinábamos en la puerta de la papelería que separaba la calle del Muelle con la de Cervantes. Unos la llamaban “La GA”, en honor al luminoso de la imprenta que la precedía, y otros “Serafín”, el nombre de su propietario. Allí nos hinchábamos a galguerías de todos los colores, formas y precios…, galguerías de a peseta, tres un duro, cinco o diez (las más cotizadas). También cabe decir que, excepto las pipas, los quicos y los gusanitos, el resto compartían el sabor dulce. Y si a uno no le sobraba el duro de rigor al comprar la cartilla de caligrafía “Rubio” o la regla que Doña Berta nos había pedido, siempre había otro que compartía con ganas y simpatía alguna de sus galguerías con el uno más desafortunado.
Los niños de mi barrio ya no comen galguerías. Entre otras cosas porque prefieren llamarlas “chuches” (muy feo y cursi), tampoco son muchos los que se animan a compartirlas, y menos todavía los que se atreven a ir a comprarlas ellos solos.
El tiempo pasa, las palabras cambian y los hombres envejecemos. Sólo espero que, llegado el momento, cuando esto se acabe y llegue a ese sitio que algunos dicen que existe, los que compartieron conmigo sus galguerías y los que probaron las mías, me reconozcan por lo que siempre llevaba en la boca durante esos días: una barra de regaliz.

Van Ommen, Sylvia. 2005. Regaliz. Madrid: Kókinos.

lunes, 17 de agosto de 2009

Perros y estrellas




Hoy hace un año que nos conocemos. También un año desde que fundamos nuestra particular sociedad secreta. Susurrándonos verdades, inventando correrías. Como Joel y Ture. Lo único que nos diferencia de éstos es que yo jamás te obligaría a trepar a lo alto de un puente o acercar la lengua al congelado acero por mera diversión. Y, aunque no hemos conocido a ningún Papá Samuel y nuestra madre no haya sido un mascarón de proa, tenemos otras historias que contar, si es que alguien se atreviese a oírlas…
Como Simón Tempestad, te he acompañado cien veces a gritar tu nombre en el Lago de los Cuatro Vientos. Ya sabes que se pueden alejar las penas cantando, que se pueden alejar los recuerdos horribles silbando de manera que ya no se atrevan a volver…, aunque seas demasiado terco para hacer la prueba.
Ya sabes que somos monstruos que, como Gertrud la Sin Nariz, como el propio Joel, necesitamos barnizar groselleros para estar cerca de otros iguales, para darnos cuenta de que la soledad es un lastre pasajero que se pierde con una simple sonrisa.
Y este lunes, trescientos sesenta y cinco días después y tras leerme el primer libro que me has recomendado, te pregunto, ¿alguna vez iremos a Suecia y daremos alcance a ese perro que corre hacia una estrella lejana?

Mankel, Henning. 2000. El perro que corría hacia una estrella. Madrid: Siruela.

viernes, 14 de agosto de 2009

Animales mitológicos




No está. Pero es hermoso.
Nunca fue. Pero existe.
Pasa como una sombra.
Como una lumbre vive.

Galopa por mis ojos
y no lo veo, ríe
cuando llora, relincha
dulcísimo y terrible.

Blanco. Luna en la nieve.
Gota de armiño. Cisne.
Cal en la cal. Relámpagos
sus patas y sus crines.

Rinocorcel esclavo.
Caballeronte libre.
Unicornio: fantasma
posible e imposible.

Carlos Murciano.
El unicornio.
En: Letras para armar poemas. Antología de poesía.
Selleción de Ana Pelegrín
2000. Madrid: Alfaguara.

jueves, 13 de agosto de 2009

Una selva en el asfalto


Desde que dejé la adolescencia –eso espero, haberla dejado- me prometí no recolectar ni guardar más que lo necesario. Todavía no entiendo ese impulso primario que, como urracas, nos mueve a coleccionar lo menos pensado. Mecheros, llaveros, discos de vinilo, sellos, muñecas de porcelana o dedales, cualquier objeto que adopte mil formas y colores es susceptible de verse confinado en una vitrina o, en el peor de los casos, en una caja de zapatos donde las polillas pueden hacer su agosto.
Les he de confesar que un servidor tiene un síndrome de Diógenes un tanto particular… Además de libros –típica rareza entre los seres humanos-, también colecciono plantas. Lo más normal es que si lo hiciera con éstas bien prensaditas y colocadas en pliegos de papel de estraza, ocuparían el mínimo espacio posible, pero la manía que tengo es la de mantenerlas vivas, y eso, además de gasto añadido, implica un espacio considerable… Cogiendo esquejes de aquí y allí, pedigüeñeando a esta o aquella vecina, que si Doña Pilar me regala unos cactus, La Ascen aloes, o comprando alguna que otra, he conseguido recrear ese pedazo de selva amazónica donde nació el marsupilami. ¿Qué no conocen a este bello engendro del cómic? ¡Me enfadaré como no pongan pies en polvorosa hacia alguna biblioteca y disfruten de cualquier historia protagonizada por los buenos de Spirou y Fantasio!
Y sobre mi vergel, me pregunto ¿resistirá el frío invierno albaceteño? Ya veremos… A veces nos empeñamos en vano, en traer las imágenes de los libros a nuestra realidad…

miércoles, 12 de agosto de 2009

¿Todos iguales...?


Hay algo en el ser humano que no logro descifrar. Casi contradictorio. A menudo pienso en lo extremo de nuestra especie, capaz de virar el rumbo de sus hechos en el instante en el que una mariposa mueve sus alas… ¿Serán alucinaciones absurdas? Quizá sea así, quizá no…
Con frecuencia se afirma que todo ser humano expuesto a riesgos extremos desarrolla recursos desconocidos hasta el momento para él, véanse como ejemplo el asesinato de un vástago, la pérdida del hogar o una enfermedad para la que no existe cura, situaciones todas ellas nada deseables. Probablemente sea esta cualidad y no otra la que nos une a todos en descuidada armonía, lejos de rasgos físicos, formas de subsistencia o éste o aquel modelo de teléfono móvil. Si hay algo que nos hace iguales es nuestra respuesta ante lo inesperado.
Con completa seguridad a muchos disguste esta reflexión, sobre todo a aquellos que pretenden una sólida unión sin peros ni prejuicios, pero les recuerdo, no sin tristeza –lo cortés no quita lo valiente- que es la violenta lucha por la existencia –propia y genética- (no vean en estas afirmaciones atisbo alguno de eugenesia), lo que desata nuestra primaria naturaleza, la que nos hace hombres.
Y esperando que la maravillosa vida derrumbe estos pensamientos, les dejo con un título que ha sido muy señalado en los espacios dedicados a la LIJ, Los de arriba y los de abajo (editorial Kalandraka), una declaración de principios por parte de Paloma Valdivia, que, con gran sencillez y alguna que otra simbología, traza una perspectiva algo parecida a la que yo he expuesto, eso sí, más optimista y más pedagógica. Y es que todos somos iguales vengamos de arriba, vengamos de abajo… ¿o no?
Hoy sin banda sonora original.

martes, 11 de agosto de 2009

Competencias e incompetentes


- Me cago en la leche… ¡Yonataan!
- ¿Qué pasa?
- ¡Te tengo dicho que a los asesores educativos, no!
- Pero ¿qué dices…?
- ¿Pa' qué coño les echas brotes verdes? ¡Te lo he advertío mil veces, so anormal!
- A mí no me digas na’ que ha sio el Cristian…, joder.
- ¡Cristiaaan, so cabrón! ¡Te via matal! ¡¿Cuántas veces te he dicho que a éstos no les eches forraje con efectos alucinógenos?! ¿No ves que se les va la pinza y empiezan a dar la vara…? A estos, ¡alfalfa!
- Anda, Mama, no te mosquees…
- Si es que estáis medio gilipollas y luego os pasa lo que os merecís… ¡Ah, pero como el año que viene me suspendas la competencia lectora te via hinchar a palos!
- Mama, si es que es mu’ difícil…
- ¡Ni difícil, ni pijos! ¡Que encima de gandules, empanaos!
- Perdona, Mama…
- ¡Esto no es marcha! Si se dice que alfalfa, es alfalfa, ¡analfabeto! Que pa’ eso nos paga el Ministerio… ¡Están hasta el pepe de que os equivoquéis! ¡¿No os dais cuenta de que así no hay quien haga leyes en condiciones?! Que si planes, que si competencias…
- Jo…
- ¡¿Quién me detendrá?! ¡¿Quién me detendrá?! ¡Me vais a quitar la vida! ¡Ay de ti como te vuelvas a equivocar…! ¡Te cuelgo, so incompetente!

lunes, 10 de agosto de 2009

Gustarse o no gustarse


De vez en cuando, aprovechando la coyuntura, les recomiendo algo de música y aunque no me considero un gran melómano, sí puedo decir que me gusta brujulear entre todo tipo de tendencias y de paso hacerles partícipes de lo que escucho.
Aunque el pasado mes de julio me han acompañado muchos artistas y tipos de música, véanse aquellos que he ido recomendando estos días en al final de cada escrito, me he inclinado notablemente por Michael Jackson y su obra. Es cierto que su muerte ha propiciado una reconciliación entre su obra y aquellos que nos criamos escuchando Thriller, Beat it, Leave me alone, Smooth criminal o Who is it?, pero también a dejado al descubierto la decadencia de un genio que se ha consumido a sí mismo. Es una verdadera lástima que la inseguridad, los complejos, junto con la harka de carroñeros, parásitos y algunos depredadores que rodean a algunos creadores, acaben con muchos de ellos. Seguramente, el quid de la cuestión que previene estas situaciones está en desarrollar un carácter auténtico, capaz y reflexivo, rodearse de buenos profesionales, hacer caso omiso de los aduladores y otros trepas, y seguir mirando hacia delante por muy lejos que hayas llegado.
Para ello, y sin que sirva de precedente para aconsejarles ningún libro terapéutico y de autoayuda –ya saben lo que opino al respecto-, les sugiero un título que me agradó mucho cuando hace unos años cayó en mis manos. Me gusto, de Jamie Lee Curtis –actriz convertida en creadora literaria (¡algunos no le temen a nada!)- y Laura Cornell (editorial Serres) es una divertida oda a la autoestima que más de uno debería leerse, aunque sea sólo por quererse un poquito y aprender a valorarse.

Banda sonora original integrada en el texto.

viernes, 7 de agosto de 2009

De piratas y corsarios (V)


Es más que evidente que los que nacimos piratas desdeñamos con demasiada ligereza la fragilidad del resto de los humanos. Fea costumbre esta que a veces se torna en nuestra contra, sobre todo en los veranos que prometen océanos tranquilos sobre los que navegar en un dulce vaivén… La suerte -o desgracia- es que todavía quedamos piratas. Piratas que contemplamos el horizonte con el romanticismo de antaño, que dejamos a la brisa curtir la libertad y nuestra bandera a la vista de cualquier horizonte.

Con diez cañones por banda
Viento en popa, a toda vela,
No corta el mar sino vuela
Un velero bergantín:
Bajel pirata que llaman
Por su bravura el Temido,
En todo el mar conocido
De uno al otro confín.

La luna en el mar rïela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul;
Y ve el capitán pirata,
Cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, a otro Europa,
Y allá a su frente Estambul.

“Navega, velero mío,
Sin temor,
Que ni enemigo navío,
Ni tormenta, ni bonanza
Tu rumbo a torcer alcanza,
Ni a sujetar tu valor.”

“Veinte presas
Hemos hecho
A despecho
Del inglés,
Y han rendido
Sus pendones
Cien naciones
A mis pies.”

“Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.”

José de Espronceda.
Canción del pirata.
En: El Diablo Mundo. El Pelayo. Poesías.
1992. Madrid: Cátedra.

jueves, 6 de agosto de 2009

De piratas y corsarios (IV)


En los últimos años asistimos a un fenómeno tremebundo, la aparición de los “chachabuelos” (¡con qué facilidad invento nuevo vocabulario!). Pese a que muchos hijos lo niegan, la esclavitud de la tercera edad está al orden del día. Seguramente me llamarán retrogrado y hasta fascista –esto de decir lo que uno quiere es la mar de sufrido…-, pero opino que la integración en el mercado laboral de todo bicho viviente ha dejado muy desfavorecidos a los abuelos y abuelas de este país, más todavía si el anciano en cuestión está jubilado. ¿Este es el modelo “zapatista” para salir de la crisis? Manda lereles que esto del amor paterno-filial se traduzca en un ahorro de unos cuantos miles de millones a las arcas públicas. ¡Así también monto yo un estado del bienestar! Lo peor de todo es que ya lo pagaran en traumatólogos y fisioterapeutas (o eso esperamos los que tenemos una fe ciega en la asistencia sanitaria pública española), porque a base de carricoches, nenes llorones, columpios, bolsas de la compra, plancha, lavadora y sartén, nuestros pobres abuelos y abuelas van a terminar con la espalda hecha bicarbonato. Aun así, seguiré confiando en la vitalidad de todos esos mayores que, más que criadas, parecen piratas.
El ejemplo más claro de esta actividad ilimitada lo tenemos en el título de hoy, Mi abuelo es pirata, obra descatalogada de Jan Lööf, autor también de La historia de la manzana roja (algún día tendré que dedicarle unas líneas…).
Aunque integrada dentro del género del álbum ilustrado, bien podría tratarse de un libro de aventuras, porque escúchenme: entre la búsqueda de un tesoro, la lucha con el malvado Omar, escapar de una prisión y pilotar un dirigible, ¡este abuelo tiene cuerda para rato!... ¡Jo, yo también quiero un abuelo pirata!

Banda sonora original: Love of my life, Erykah Badu.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De piratas y corsarios (III)


Aunque muchos cuentos clásicos nos adviertan de que pretender ser lo que no se es a veces trae más de una complicación, también es de agradecer un poco de condimento a nuestras andaduras diarias, siempre y cuando estos suplementos no sean tan exagerados como los pechos de Yola Berrocal (aquí mi guiño a la diva de la caspa patria…).
Uno puede tener ínfulas de consumado actor pese haber desarrollado su carrera en los teatrillos de provincias, también los hay maestros en las bellas artes, cirujanos plásticos de escoplo y serrucho, e incluso algunos nos dedicamos a esto de la crítica con mucho ego, pero lo que hay que tener bien claro es que con profesionalidad, humor y gallardía se puede ser lo que se quiera, incluso pirata.
Estoy convencido de que el libro de hoy es un gran libro de piratas, sobre todo de piratillas, piratas de medio pelo o piratas de tres al cuarto, lo que no quita para disfrutar de una buena historia de la mano de Ingrid y Dieter Schubert, un matrimonio literario-pictórico que ha contribuido enormemente a esto del género del libro-álbum.
En El viejo pirata nos encontramos con el delicioso tándem adulto-niño, Jack y Pablo para más señas, que entablan una sincera amistad en torno a las fantasías del adulto: Jack ha sido en un pasado un temido pirata, tanto, que el mapa de un tesoro, la morada de una sirena y el diente de un tiburón muy extraño atestiguan este hecho… Lástima que el arrojo e inocencia de Pablo desenmascaren a Jack que, finalmente, confesará algo muy vergonzoso… Y no les digo más.

Banda sonora original: No hay nadie como tú, Calle 13 con Café Tacuba

martes, 4 de agosto de 2009

De piratas y corsarios (II)


Desconozco si hay mundanal ruido en otros planetas anejos, pero lo que sí sé es que sobre éste, mundos hay a porrillo. Mundos de color de rosa, submundos, el primero, el segundo y el tercer mundo, los mundos de Yupi y algún que otro mundo personal e intransferible. Lo peor de tanta diversidad es que cada uno vivimos en un mundo ajeno al resto, y claro, así no hay quien pueda…
Como pájaros enjaulados, los humanos nos empeñamos en colocarnos las orejeras y no ver más allá de lo que nos permitimos –o nos permiten-. Limitamos el cariño, el amor, nuestros saberes, los caminos conocidos, otras cocinas, otros libros e incluso las ropas y los vestidos.
Arriesgarse a descubrir lo que habita ahí fuera, lo que vive detrás de esos barrotes que nos apresan día tras día no es tarea fácil a menos que encuentres un corsario viajero que, en una ligera goleta, te muestre lo vasto del océano y te invite a contar los mil y un mares que quedan por navegar. Y tú, como la hermosa princesa que habita una torre de plata y marfil, decidas abandonar esa vida de falsos príncipes y discursos preestablecidos cogido de un brazo amigo.
Y si no me creen, échenle un ojo a La princesa y el pirata, un libro ilustrado de Alfredo Gómez Cerdá y Teo Puebla que el deslenguado y genial Francisco Umbral describió como un “cuento progre” y a lo que un servidor añade “pero lleno de libertad”.

Banda Sonora Original: Time after time, Cindy Lauper (versión acústica).

lunes, 3 de agosto de 2009

De piratas y corsarios (I)


Puesto que no son pocos los bucaneros, piratas y otros lobos de mar que ha recogido la LIJ, seguramente miles de páginas dedicadas a estos personajes que simbolizan la más extrema dualidad del ser humano, es casi inadmisible no dedicar un espacio de esta bitácora a cerrar los ojos y disfrutar del olor a salitre que impregnan todas esas historias de corsarios y navíos.
Aunque en un principio, probablemente fueron incluidos en la cultura, sobre todo la de tradición oral, como villanos de las narraciones de corte clásico, la figura de los piratas cambió para tornarse más apetecible, más compleja que la de un simple rufián que saqueaba los veleros de las rutas mercantiles. Con seguridad es el Romanticismo y algunos autores anteriores los que recrean el pirata que trasciende a la literatura de hoy día. De carácter complejo que muta en cada circunstancia, con unos valores indefinidos, casi caóticos, el pirata de nuestros días encarna al personaje subversivo que tanto defiende la LIJ actual, fiel reflejo de la personalidad del niño que se enfrenta a los cánones establecidos por el paternalismo adulto, de ahí que sea uno de los personajes claves en las obras de ficción. El pirata, como el niño, no duda en desafiar a la sociedad, quebranta las reglas una y otra vez para alcanzar la figura de un dios terrenal, símbolo de esa imperfección que, con equilibrio, permite vivir plenamente.
Espíritus luchadores, corruptos, indómitos, aventureros y románticos encarnan el anhelo de la libertad imposible. Queramos o no, Long John Silver, el Capitán Garfio o el Sandokan que se escondía bajo el sobrenombre de Tigre de Malasia, forman parte de nuestro mundo, de nuestro ideario. Bien sea durante el carnaval o a diario, con parche o sin él, muchos soñamos con izar la bandera pirata y surcar los océanos en pos de la propia vida.
Y para terminar este preámbulo de una semana veraniega llena de parches, garfios y patas de palo les diré que sigo siendo el pirata que nunca fui. Un pirata de agua dulce que surca mil caminos. Un pirata y nada más.

Ilustración: Monro S. Orr (1934)
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