lunes, 30 de noviembre de 2009

Buscando palabras para no olvidar


Tras un fin de semana espléndido (¡sin catarro!), dimes y diretes de todas clases y sabores, y algún que otro chiste, he llegado a una conclusión muy apropiada para este blog, o al menos eso creo… ¡Allá voy!
Muchas palabras de nuestra lengua, la española, dentro de unos años, formarán parte del pasado, estarán condenadas a la extinción. No es que no albergue esperanzas en los hispanohablantes que vendrán, pero permítanme dudar de que perpetúen nuestro idioma tal y como hoy lo conocemos. Sería de necios pensar que las lenguas son inmutables, estáticas, ya que, nos refiramos al alemán, el bereber o el malayo, todas sufren cambios, evolucionan como cualquier ente vivo.
Poco queda ya en nuestro vocabulario de los tiempos del arado y la siega, de las medidas de grano, de utensilios con los que trabajaba el artesano…, simple y llanamente porque ya no nos hace falta nombrar nada de aquel pasado. Ahora, amén de la tecnología o del avasallador periodismo, muchos inventan nuevos vocablos que sustituyen a otros de factura más arcaica.
(Suspiro). Sea romanticismo o terquedad, uno se resiste a dejar tras de sí un reguero de palabras como si de meros cadáveres se tratasen, porque muchos las crean inútiles o en desuso. Por eso recojo palabras de los caminos, reúno las palabras perdidas. Palabras como celemín, romana, badil o alhábega. Porque quien deja morir una palabra, pierde un poco de sí mismo.
Es un consuelo saber que siempre nos quedará el diccionario y así poner una pizca de amor en nuestras vidas con palabras como biznaga, espeto, bujía, ñoño o gardenia.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Adivinando resfriados


Las segundas oportunidades me llevan a tierras jienenses durante lo que queda de este día y los próximos… Aunque la meteorología pinte gris y aguada, uno es valiente y se echa a la carrera, que bien valen arrojo y curiosidad, en vez de pasmarse por un día cualquiera… Arriesgarse, nos arriesgamos, lo malo es pillar un resfriado, ¡Dios no quiera! Y por si acaso, lo voy vaticinando con los versos que siguen.
¡Hasta el lunes!
P.D.: Y no se preocupen, seguro que les traeré algún recuerdo de mi fin de semana serrano.


Traquetea por la tráquea
con runrún acotorrado
un tren que transporta oxígeno
por un túnel embarrado
cruza bronquios como ramas
y bronquíolos de emparrado
hasta las úvas de los alvéolos
con motor descacharrado.
Silba, arranca el tren, tose…
¡La que me he agarrado!


Adivinanza tajú-tajú.
Juan Cruz Iguerabide.
En: Zumo de naranja y un tictac. Cuerpoemas II.
Ilustraciones de Elena Odriozola (misma autora de la ilustración que hoy nos acompaña).
2009. Madrid: Pearson-Alhambra

martes, 24 de noviembre de 2009

Cuestiones, interrogantes


El ser humano no tiene a bien eso de preguntar. Será miedo, timidez u otro tipo de temblores, pero lo cierto es que cuestionar se hace tedio cuando debería ser todo lo contrario. Y es raro. Más que nada porque la mayoría de los humanos, a temprana edad, somos capaces de sacar de quicio a todos los adultos que se interpongan entre nosotros y lo desconocido, hecho muy curioso si nos percatamos de las pocas partículas interrogativas que utilizamos a diario. Por qué, quién, cuándo, dónde o qué, son los machones de nuestra existencia, o si no, al menos, de nuestro aprendizaje.
Por h y por b, les repito a mis alumnos las bonanzas de la interrogación. No hay mejor forma de salir de la duda… y de aprender. Ellos creen –ilusos- que en los manuales está todo, que no hay nada más allá de las satinadas páginas de un texto educativo, aunque más llamativo me parece que muchos adultos también lo crean… Si esto fuese así, no tendría que preguntarle a mis compañeros sobre las extrañas costumbres de mi ordenador, ni tampoco martillear a mi madre con lo adecuado de este tejido o aquella estantería.
Concluyendo. En esto que llamamos vida no hay libros de instrucciones que valgan. Hay experiencias, hay edad, hay gente diversa. Por lo que, sólo en contadas ocasiones nos podemos fiar de nuestra mera intuición y hacer caso omiso del saber de otros. Y como muestra, esta pequeña joya de papel que les traigo hoy, El rey y el mar, de Heinz Janisch y Wolf Erlbruch (dos prolíficos autores y de categoría), una excelente lección de que preguntando, se aprende.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Gestando ciudades


Según un estudio (¿o era una encuesta?) realizado recientemente sobre diferentes aspectos y servicios de las ciudades españolas, véase transporte urbano o programaciones culturales, la población en la que vivo, Albacete, se encontraría en la sexta posición en lo que se refiere a calidad de vida. No sería bueno eso de disentir, ya que uno siente verdadero apego por sus concurridas calles y bajos precios, pero a veces no puedo evitar ser carcomido por la ira del verdugo y tratar mal a mi ciudad natal. Escrutando con cercanía, nunca con la mirada distante de un turista, lo que es Albacete, se podrían extraer numerosas conclusiones que echarían para atrás a más de un japonés, pero como no me interesa recibir comentarios grávidos y poco sutiles, prefiero dejar la apostasía ciudadana para otro momento de más ira y dejadez.
Es innegable que ciudades hay de todas las clases, para todos los gustos: unas más apagadas, otras exultantes de sabor, gigantescas o pequeñitas como cajas de fósforos, repletas de gente o tristemente fúnebres, de grata fisionomía, de geométrica utilidad o con mucha solera y tronío. Sean de un tipo u otro, todas, a la postre, se resumen en montañas de ladrillos, acero, asfalto y cemento… ¿O no? ¿O quizá una ciudad es algo más? Puede que una ciudad sea el latido de todos los corazones que la pueblan, puede que sea una melodía orquestada por las vidas que por sus calles corren, puede que sea un mero invento… Mientras lo piensan, les dejo con Popville (Anouk Boisrobert, Louis Rigaud y Pablo Guerrero), un libro de la editorial Kókinos muy colorido, dinámico y bien gracioso, que habla de eso, de ciudades: cómo se gestan, cómo nacen, crecen y se transforman.
Y si les resta algo de tiempo, dibújense dentro de sus páginas, los autores se olvidaron de lo más importante en las ciudades: quienes las habitan.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Caminar...


Destino… Una palabra que abunda en los cuentos… Cuentos castellanos, rusos, moldavos o kazajos, todos dan buena cuenta del destino como si de la única inercia que mueve el argumento se tratara. ¿Y dónde queda la voluntad de los personajes? Ahí está, en buen lugar, cuestión de la que doy fe… Si un protagonista no eligiese, no tomase decisiones correctas o erróneas (de todo nos pasa), el cuento, más que espejo, sería espejismo de la realidad, y ya no serviría de yesca con la que encender la lumbre en torno a la cual se escuchan las historias de los viejos. Esto que afirmo no implica que uno no crea en las casualidades. Creo en ellas firmemente, tanto, que a veces atento irresponsablemente contra mi propio corazón… pero en definitiva, la vida es un cúmulo de circunstancias, de casualidades muy hermosas (¡Sí, tú, sopetón malagueño!), de grises tropezones que, si no te levantan el ánimo, bien encienden la chispa de nuestra misma historia, y esa, déjenme que les diga, sí merece la pena de ser narrada.


II

Junto al agua negra.
Olor de mar y jazmines.
Noche malagueña.


XLIV

Todo pasa y todo queda,
Pero lo nuestro es pasar,
Pasar haciendo caminos,
Caminos sobre la mar.


Antonio Machado.
En: Antología poética.
1975. Madrid: Agrupación Nacional del Comercio del Libro.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Desgarro


Cuando el mundo se vacía de amor, no hacen falta las palabras...
MATSUBARA, Hisako. 1982. Samurai. Barcelona: Tusquets.

martes, 17 de noviembre de 2009

De consumismo



El pasado sábado, haciendo caso omiso de las consignas que de todo tipo se lanzan contra el imperio Ikea, me acerqué en compañía de unos amigos a una de las tiendas que esta factoría tiene en la Península Ibérica, concretamente a la de Murcia. Y sin más datos introductorios, les describo a continuación el panorama de lo que allí contemplé (y sufrí…).
El sambódromo de Río de Janeiro se quedaría pequeño para tanto público. Curiosos –los menos-, consumistas –los más- y perdidos –casi todos- se dejaban la guita casi a coscorrones: a base de sillas insufribles, cachivaches sin sentido, artilugios bien pensados y alguna que otra necesidad.
Sería un necio si les dijera que me fui de vacío… Adquirí bastantes chorraditas ¿innecesarias? Perchas, bombillas, una espumadera y marcos de varios tamaños componían mi peculiar cesta de la compra. A pesar de ello, no crean ustedes que no tuve unos cuantos remordimientos, referidos todos a los principios de “hágaselo usted mismo” “utiliza lo que otros desechan” y “¿usaré alguna vez esta monería?”. Pero al final, compré. Compré pese al dilema, compré pese a todo.
Causa y efecto se encuentran tan ligados, que será inevitable hacerle frente a ese castigo que la madre Natura nos tiene reservado por desoír las leyes no escritas del equilibrio y el orden. Y sólo entonces, contemplando las consecuencias de la efímera abundancia, encontraremos el sentido de las bellas imágenes que llenan los libros de Keizaburo Tejima.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Amor y bibliotecas


Tuve que marchar a Madrid, a buscarme un hueco para vivir y un colchón donde dormir… De aquel día sólo recuerdo a Padre levantando la mano tras el polvo que levantaban las ruedas. Me despidió con aquella perdida mirada…
El principio fue, más que triste, sucio. Sucio por el gris asfalto, sucio por la desesperación, sucio por el silencio. Lo único que brillaba en aquellos días era el zurcido que Madre había trazado en la chaqueta. ¡Parecía todo un dandi con ese costurón camuflado entre las hebras de lana!
Paseaba de Sol a Correos, desde Fuencarral a la Calle de Atocha, cruzaba Embajadores y rodeaba la Plaza de España, todo ello para buscar un empleo como mozo, dependiente o aprendiz. Al final, encontré un quehacer en el mercado de Legazpi: acarrear plátanos. El salario no era gran cosa, pero la felicidad era inmensa. Malvivía dignamente, por lo que me podía permitir algunos minutos de ocio. Al principio me decidí por el teatro, pero viendo que aquella no era ocupación de pobres, preferí acudir a la biblioteca.
Me gustaba pasear entre las estanterías, esos inmensos tapiales de papel. Por aquel entonces, prefería el mus a leer, pero aún así, iba de la “A” a la “Z”, despacito, buscando algún título sugerente que me invitara a la lectura… Este sí…, este no…, buena pinta…, no tan buena… Finalmente me decidía por algún autor español y pasaba el tiempo leyendo algunos fragmentos. Así pasaba una tarde a la semana.
Por aquel entonces, los pocos que acudíamos allí éramos hombres. Entablé amistad con un chico de mi edad; el pobre estudiaba para notarías y no daba abasto con tanta ley. Solíamos regalarnos un intermedio, conversación, algunas risas y un cigarro a medias. Mientras él recitaba en silencio, yo me dedicaba a buscar entre las páginas algún soneto que le arrancase una sonrisa a la frutera de la Plaza de Santo Domingo.
Corría abril y la lluvia no daba tregua al paraguas. Llegué como una sopa y tras librarme de la gorra y la gabardina, ensimismado y algo desorbitado, me senté a la mesa acompañado por Espronceda y el rumor del agua que caía fuera. Empecé a leer.
La canción del pirata.
Levanté la vista y me fijé en aquella melena empapada, recogida en un destartalado moño. Estudié las olas de su pelo. Sus ojos cumplirían veintidós años ese otoño. Si alguna mujer tenía que encadenar a un corazón tan avieso como el mío, esa, sin duda, era ella.
Y en ese instante, decidí leer, leer de verdad. Leí Guerra y paz bajo su atenta mirada. Doctor Zhivago mientras ella se mordía las uñas. Sus sonrisas de reojo marcaron cada página de Lolita. Me acostumbré a su respiración durante la lectura de Los novios. Poco a poco, leyendo, me prendé de su olor.
Cada vez que ella se levantaba, fingía seguir leyendo para después serpentear entre las estanterías, buscando algún hueco entre los libros que me sirviera de mirilla desde donde espiar sus movimientos, la línea de sus pantorrillas. De vez en cuando, coincidíamos entre las baldas, y nuestros ojos chocaban mientras saltaban sobre los títulos. Ella siempre buscaba una excusa para esconder las sonrisas que me dedicaba.
Y empezaron los tropiezos. Me tropecé con una baldosa rota, rozando así su blusa y arrancándome un mudo “perdón”. Tropezó ella, y pude recoger sus libros, caídos a mis pies. Tropezaron otros, a los que levantamos entre ambos.
Y llegó el día. Leí muchas primeras frases, como “Todas las familias felices se asemejan” o “Cuando una mañana Gregorio Samsa se despertó de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”, pero sin duda, como aquella, ninguna…
- Esa es la historia más triste que jamás se ha escrito…
Levanté la vista de aquella edición de Grandes Esperanzas y, boquiabierto, miré las pecas de sus mejillas, sonrosadas, como un melocotón maduro. ¡Qué imbécil fui! Semanas esperando aquel momento y lo único que pude articular fue un entrecortado “¿Por qué?” Menos mal que las mujeres siempre obvian la estupidez de los hombres y me regaló por respuesta un “Porque es un amor sin fin” acompañado de la curva de sus labios.
Y después de esas palabras, vinieron otras, y luego, otras. Y empecé a oír sus “Te quiero” y ella a sonrojarse con mis “¡Ay, pájara…!”. Y cada tarde, en la puerta de la biblioteca, agarraba mi dedo índice como si fuese una niña, y ensartábamos las letras, cosíamos las palabras, hilábamos las frases... Cada tarde, hasta hoy.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Luces y miserias



El otro día leí en cierto periódico que cada alumno que repite curso en nuestro país, supone la friolera de casi unos 6000 euros al año a los españoles, asunto peliagudo que debería crispar todavía más a la comunidad educativa y a los mismísimos gobernantes. Pero nada, entre las pocas luces de unos y lo poco que se les enciende la bombilla a otros, les propino con una oda a la bujía eléctrica. ¡Hasta el lunes!


Sí. Cuando quiera yo
la soltaré. Está presa
aquí arriba, invisible.
Yo la veo en su claro
castillo de cristal, y la vigilan
-cien mil lanzas- los rayos
-cien mil rayos- del sol. Pero de noche,
cerradas las ventanas
para que no la vean
-guiñadoras espías- las estrellas,
la soltaré. (Apretar un botón.).
Caerá toda de arriba
a besarme, a envolverme
de bendición, de claro, de amor, pura.
En el cuarto ella y yo no más, amantes
eternos, ella mi iluminadora
musa dócil en contra
de secretos en masa de la noche
-afuera-
descifraremos formas leves, signos,
perseguidos en mares de blancura
por mí, por ella, artificial princesa,
amada eléctrica.

Pedro Salinas.
35 Bujías.
En: La rosa de los vientos. Antología poética.
Selección de Juan Ramón Torregrosa.
Ilustraciones de Jesús Gabán.
2007. Barcelona: Vicens Vives.
Imágenes de esta noticia: Tomás D’Espósito Müller.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Made in Spain


Como muchos jueves queda dedicado este espacio a la viñeta y el bocadillo, hoy, 12 de noviembre, le llega el turno al cómic patrio de la mano de los imposibles Mortadelo y Filemón. En un alarde de sinceridad les confieso que en mi niñez no fueron de mis personajes favoritos pero, conforme fui creciendo y conociendo adeptos de sus historietas, pasaron a ser una especie de necesidad nacional. A muchos, las pifias de estos agentes especiales, les pueden parecer chorradas, mamarrachadas e incluso humor clásico que provoca fácil carcajada, pero déjenme decirles que tras los disfraces del ocurrente Mortadelo y la estúpida sensatez de Filemón, se encierra una estupenda crítica social a esta España, a cualquier a de las Españas que delimitan nuestras fronteras. Detrás de cualquier evento de rabiosa actualidad están los dos agentes de la T.I.A., ¿capitaneados? ¿dirigidos? por el malhumorado Súper, nulo representante de la autoridad, que pretenden resolver cualquier problema transformándolo en otro de mayor envergadura, sobre todo para él mismo que siempre sale malparado al final de cada historieta mientras sus subordinados se esconden en los parajes más recónditos del planeta. Si a éstos añadimos la suficiencia investigadora del Profesor Bacterio (¡Cuánto es el rencor que le guarda Mortadelo a tenor de su calvicie!), la calidez humana de Ofelia (¿Nos reímos?) y la aparición de la curvilínea Irma, nos queda darle las gracias a la pluma de Francisco Ibáñez (su creador allá por 1958), que no sólo nos ha regalado buenas dosis de terapia abdominal a base de cientos de risas, sino también por procurarle al mundo del tebeo unos héroes de bandera grana y oro.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ismos


Como uno debe hacerse eco de los temas de candente actualidad y tiene a bien relacionarlos con algún que otro libro, no podía dejar pasar la oportunidad de comentar la celebración de la caída del muro de Berlín con la que hemos sido bombardeados durante las pasadas jornadas. Como ¿todos? sabemos la historia de esta pared de hormigón más larga que un día sin pan, utilizada a modo de navaja en el reparto de la castigada Alemania (hay tartas de cumpleaños para todos los gustos) entre los aliados de la Segunda Guerra Mundial, sobran los discursos historiográficos. No en cambio se han de obviar las palabras que han sido lanzadas estos días desde los púlpitos que la señora Merkel ha puesto al servicio de los gobernantes de esta vieja Europa… Sin señalar a nadie -no soy acusica- me gustaría cerrar la puerta de la demagogia, esa tan abierta en los últimos años, y reparar el daño ocasionado por el analfabetismo de algunos políticos que, confusos ellos o confusos sus asesores, no saben (o no quieren) diferenciar fascismo de comunismo. Aunque los dos sean ismos, que no istmos, no comprendo todavía qué tienen que ver los cojones para comer trigo o qué relación hay entre el agua y el aceite. Me gustaría pensar en la referencia a dos autoritarismos, lo que no descarto de partida, pero lo más gracioso de todo es que el que lanza estas proclamas se dedica al socialismo, léase hijastro del comunismo, y apoya la causa del castrismo (¡vaya lío!)... Si a todo esto le unimos que practica un capitalismo encubierto de falaz ecologismo, me quedo anonadado con tanto buenismo.
Y yéndome a almorzar, me despido con un último consejo para el hombre con semejante lío… Sé de buena tinta que es íntimo amigo de Fernando Savater. Le recomiendo se deje instruir, que no dogmatizar, por él, filósofo y pensador. Puede que encuentre las diferencias entre nazismo y liberalismo. Y si no puede ajustar su apretada agenda para degustar un café con él, lea su Política para Amador, un libro ameno para cualquier adolescente que quiera iniciarse en estas lides. Y poco más…

martes, 10 de noviembre de 2009

Deconstruyendo el mundo


Si tenemos en cuenta la cantidad de bodoques que prestan servicio en todo tipo de oficios, se figura un gracioso consuelo percatarse de que los pájaros no maman, dato que, a pesar de las expectativas, muchos letrados y doctores “honoris causa” desconocen. ¿Será lícito que este mundo quede orquestado por esta panda de ignorantes y mamones de medio pelo? La verdad es que, llegados a este punto de no retorno, me la suda. Derrotismo aparte, me gusta pensar que todo tiene una o varias soluciones, aunque éstas consistan en subir a más de uno al paredón y colgarlo de los huevos pendiendo de una cuerda de guitarra… Aunque pensándolo mejor, habrá que buscar alternativas, no sea que me decapiten por tajante y tocapelotas, que no está el horno para bollos ni la cola del paro para más madera. Quizá podríamos matricularlos en algún curso de formación, que los hay de todos los colores, sabores e ideologías… También sería de utilidad que muchos obtuvieran el certificado de la “eso” para atestar así las aulas de educación de adultos más de lo que están (¿alguien pensó en las consecuencias de afirmar aquel “España va bien”?... quien no lo hiciera que se joda o se vaya a las Bahamas a ponerse negro). Siento ser tan descollante hoy pero es lo que tiene la monda del azafrán, que, entre estigma y estigma, me da por pensar en lo que hemos parido en los últimos diez años: licenciados analfabetos, alumnos presidiarios, presos con derechos, médicos sin vocación, padres con correa y bozal, jubiladas anoréxicas, políticos “cum laude”, líderes sin carisma, progres fascistas, perroflautas del petisuís, catedráticos metidos a promotores inmobiliarios y beatas con tetas postizas. Quien piensa que lo que conocemos por mundo acabará en breve, se equivoca: el mundo hace años que terminó.
¿A quién se le ocurriría dejar de editar Cuando Lía dibujó el mundo? ¡Necesito algo de esperanza! ¡Me oyen!: Necesito creer que, de la mano de Viví Escrivá, un día llegará una niña que, con un lápiz a medio afilar, pintará un mundo nuevo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Opinando y confesando


Mientras espero que los libreros y las editoriales me deslumbren con novedades dignas de elogio, me he decidido por comenzar la semana con una pequeña reflexión sobre los lectores, y no precisamente sobre los míos, sino sobre los lectores adolescentes.
De lectores con acné actuales, algo sé. .. Por mi trabajo, por confesiones de algún allegado y porque yo mismo he sido adolescente hasta bien poco (déjenme sentirme joven pese a los achaques, en parte, todos los que amamos las letras para niños y jóvenes poseemos una edad mental que no se corresponde con la que nos golpea el carné de identidad).
Desde bien pequeño fui un lector insaciable, tanto, que empecé a leer a los tres años gracias al empeño una maestra de guardería de origen alemán…, pero algo cambió a la entrada del instituto: dejé de leer, mi voracidad por la palabra impresa se quedó dormida. Así, de repente, no leía ni los folletos de Simago. Claro está que me dedicaba a otras lides menos decorosas: callejear, deambular, tontear, parlotear, trotar y fumar. Leía por deber, nunca por querer. Obligado por mis profesores, obligado por las cantinelas de mi padre, leía sin saber para qué… Así vivía yo en mi nube lectora de poca chicha y mucho tedio hasta que, de nuevo, surgido de un recóndito lugar de mis necesidades, retornó a florecer ese perdido apetito. Eso sí, no crean que regresó tan voraz como se marchó. Volvió quieto, pequeñito, desinflado…, nada que no pudieran arreglar dos viajes en metro diarios de unos cincuenta minutos y una biblioteca de adopción.
Ahora me extraño, nos extrañamos, de esos lectores que dormitan bajo pantalones de talla inimaginables, gorras, zapatillas de última generación y afición por los botellones, pero lo cierto es que esos lectores, más que sesteando, se encuentran perdidos, desorientados. La lectura, como otra actividad más del ser humano, está condicionada por muchos factores, por ejemplo el fisiológico, el emocional o el psicológico. Si a ello unimos que los jóvenes se encuentran en una fase de la vida en la que pocas cosas son susceptibles de llamar su atención, la lectura pasará igual de desapercibida que el aleteo de una mosca.
Puede que la clave para que regresen esos lectores, los que se pierden en el laberinto de la adolescencia, esté en dejarlos en paz mientras las hormonas estén en pleno ajetreo… O quizá el secreto esté en leerles en voz alta Peter Pan y Wendy… ¿quién sabe?

Ilustración: Sophie Blackall (Más información en http://librosfera.blogspot.com/)
Banda sonora original: Wo willst du hin?. Xavier Naido. MTV Unplugged.

viernes, 6 de noviembre de 2009

I Semana de la Literatura Fantástica (4)


Y para finalizar esta semana, no he encontrado mejor manera que una ristra de adivinanzas rimadas, concretamente aquellas con las que Bilbo Bolsón arrebata a Gollum el conocido anillo, ese que dio nombre a la obra cumbre de J. R. R. Tolkien. Y así, con el mismo autor que comencé, les abandono hasta la semana que se avecina instándoles a que se expriman el melón y den con las soluciones a los siguientes acertijos… y si no, lean El Hobbit para dar con ellas.

Las raíces no se ven,
y es más alta que un árbol.
Arriba y arriba sube,
y sin embargo no crece.

[…]

Treinta caballos blancos
en una sierra bermeja.
Primero mordisquean,
y luego machacan,
y luego descansan.

[…]

Canta sin voz,
vuela sin alas,
sin dientes muerde,
sin boca habla.

[…]

Un ojo en la cara azul
vio un ojo en la cara verde.
“Ese ojo es como este ojo”,
dijo el ojo primero,
“pero en lugares bajos,
y no en lugares altos”

[…]

No puedes verla ni sentirla,
y ocupa todos los huecos;
No puedes olerla ni oírla,
está detrás de los astros,
y está al pie de las colinas,
llega primero, y se queda;
Mata risas y acaba vidas.

[…]

Caja sin llave, tapa o bisagras,
pero dentro un tesoro dorado guarda.

El hobbit.
J. R. R. Tolkien.
Anotado por Douglas A. Anderson.
2006. Barcelona: Minotauro.

jueves, 5 de noviembre de 2009

I Semana de la Literatura Fantástica (3)


Y tras haber llorado la muerte de Francisco Ayala (algo le tengo reservado por ahí…), Jose Luis López Vázquez y Claude Lévi-Strauss, y acabar hecho mixtos de tanto zarandeo laboral, hoy le llega el turno a Mr. Potter, Harry Potter… Algunos aprobarán esta elección mía para esta primera semana de la Literatura Fantástica, en cambio, otros, preferirían no haber tecleado la dirección de esta página para darse de bruces con un claro espécimen de paraliteratura… Pero bueno, como lo mío es intentar convencerles de las bondades de las letras, allá voy…
Más de una vez, los que leemos, nos encontramos con fenómenos de calibre incomprensible -véase el caso- pero, lejos de desecharlos por puro hedonismo, desprecio a la mediocridad o desconocimiento, debemos hacer un ligero esfuerzo por entender qué hay detrás de las ventas, de esos “otros lectores” (me refiero a esos paladares quizá atrofiados, quizá conformistas), aunque lectores al fin y al cabo.
No hay pocos aficionados que anhelan dar con el secreto que ha llevado a J. K. Rowling al estrellato (¡Pobres…!) y hacerse de oro vendiendo historias de magos prepúberes afectados de acné, cosa que me parece improbable, pero, por si quieren atender, les comento que un servidor, tan cachondo él, cree haberlo hallado…: pese a quien pese, no es más que unos ingredientes de éxito en el torbellino de una elegante batidora. Analicemos: Harry es un huérfano (léase también Oliver Twist, Peter Pan o Mogwli), diferente (¿Qué adolescente no se pirraría por ser diferente, por destacar?), cuyo bondadoso corazón es capaz de enfrentarse a la Maldad de Voldemort, asesino de sus progenitores (venganza, justicia y eterna lucha del bien contra el mal…). Si añadimos que Harry tiene un mentor y unos compañeros de aventuras (estudien las funciones de Propp) y enmarcamos la acción narrativa en un ambiente a caballo entre los cuentos de hadas clásicos, las mitología de todo tipo y la rabiosa actualidad (preste atención al deporte como elemento fundamental narrativo –“quidicht” y otros torneos-, el humor, la paridad entre hombres y mujeres, el acceso a la educación, la normalización social, la visibilidad homosexual, etc.), tenemos el mejor cóctel pseudoliterario que ha dado Inglaterra en mucho tiempo.
Para terminar, una última cuestión: ¿a quién no le gusta Harry Potter?

martes, 3 de noviembre de 2009

I Semana de la Literatura Fantástica (2)


Hoy no hay preámbulo que valga… tengo exámenes que corregir, cuestionarios que elaborar, copias que hacer, clases que impartir, niños a los que gritar, compañeros a los que marear, padres a los que lidiar y un sinfín de cosas más, propias de este curro que tengo (y me doy con un canto en los dientes porque otros no saben lo que es disfrutar de un trabajo). Si a esta enumeración le añadimos que la obra de hoy, los siete volúmenes que componen Las crónicas de Narnia es otro gran ejemplo del género de literatura que desgrano esta semana, no hay tiempo ni renglones para más tontunas.
Una apreciación: antes de leer parte (lo confieso) de la obra cumbre de C. S. Lewis, me decanté por otro librito suyo llamado La experiencia de leer. Evidentemente, una obra de crítica y opinión literaria nada tiene que ver con otra de ficción. Aun así pude entresacar ciertas ideas claves que, creo, gobiernan la narrativa de Lewis…
Escritor marcado en su niñez por acontecimientos tales como la temprana muerte de su madre o una rigurosa educación religiosa (no olvidemos su origen irlandés), Lewis desarrolla los volúmenes del mundo de Narnia mezclando, principalmente, las bases de las mitologías griega y romana, junto con elementos propios de la magia que destilan los cuentos de hadas, consiguiendo así seducir a un público más joven, incluso infantil, que el que sigue a Tolkien, compañero y contemporáneo suyo. Junto a esta primera diferencia entre ambos escritores, surge otra, a mi juicio más importante: Lewis, aunque no abandona la crítica social y los paralelismos entre su obra y la realidad de su tiempo, profundiza en la carga mística y simbólica de los acontecimientos y los personajes creados por él, quizá por ello el mundo de la crítica literaria haya sido algo duro con él, ya que su obra puede confundirse frecuentemente con una defensa a ultranza del cristianismo, religión que abrazó más fervientemente durante su última época (en este punto algunos se empeñan en establecer similitudes, que yo no entiendo, con Chesterton). Aparte de encasillamientos de todo tipo y que, aviso, no me gustan en absoluto, más que nada porque las ventas (y de paso los lectores) mandan aquí y C. S. Lewis, si se descuida, vende hasta el papel de fumar.
Si alguno está más interesado, que lea. Que lea El león, la bruja y el armario, que lea El príncipe Caspián: regreso a Narnia, que lea La travesía del viajero del alba, que lea La silla de plata, que lea El caballo y el muchacho, que lea El sobrino del mago y que lea La última batalla. Que lea todo esto, y si le sobra tiempo y quiere aprender más que también lea a Luis Daniel González, el experto en lo que a esta obra –y a otras- se refiere.

lunes, 2 de noviembre de 2009

I Semana de la Literatura Fantástica (1)


Mis lectores denotan con frecuencia un toque periodístico en mi narrativa. El aquí firmante disiente en parte de esta categorización… Reconozco que aunar actualidad y opinión en los renglones que redacto casi a diario puede acercarse (muy de lejos, claro) al trabajo de ciertos columnistas de cualquier rotativo, pero también he de añadir que, junto a esas críticas sociales o personales que a veces me permito, siempre realizo mi labor, la de sugerir lecturas, no dejando al libre albedrío de mi idiosincrasia las recomendaciones de los libros que devano día a día… De todos modos, es un consuelo decir que, joven e inexperimentado -como García Márquez-, todavía me queda mucho por aprender para estar a la altura de los consagrados articulistas que se permiten el lujo de destripar todo y a todos… Si fuera de esos, hoy me dejaría de pamplinas y les hablaría del botellón que trae de cabeza a mi vecindario, de las ridículas medidas que la alcaldesa a llegado a tomar para atajarlo, de la ruina en la que se ha convertido CCM, de los trajes de Camps, Garzón y demás egocéntricos, del esperado incremento en la venta de “la píldora del día después”, de la demolición del Hotel Atlántico de Cádiz o de lo harto que estoy del poco apoyo que recibimos los docentes…, pero como soy un intelectual mediocre y pretencioso (el/la que tenga algo que añadir que lo haga hoy o calle para siempre) me limitaré a comentar la obra cumbre de la llamada Literatura Fantástica, El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien.
Convertida en centro de gravedad de este género al que dedico las noticias de esta semana, El señor de los anillos marca un antes y un después, no sólo en la Literatura concebida como arte universal, sino concretamente en la literatura “joven” (permítanme esta licencia…). Leído de forma masiva desde la década de los 60 -los jipis lo tomaron como bandera- hasta nuestros días, es el libro que deja entrever que los mundos imaginarios, el misticismo y los personajes mitológicos que podíamos englobar dentro de la tradición oral, interesan sobre todo a un rango poblacional concreto, aquel comprendido entre los 15 y los 35 años de edad (estudio de campo cualitativo) y que podríamos llamar “transicional” –léase “juvenil”-. Tolkien, además de proveer de un grado de complejidad superior a las sagas y leyendas tradicionales del folklore escandinavo, las actualiza hasta su época a través de elementos de crítica política y social (¡éste sí que sabía fusionar literatura y actualidad!), lo que aporta originalidad a su obra. Decir también que son Tolkien y sus contemporáneos quienes establecen el punto de partida de un fenómeno literario destinado a atestar las baldas de las librerías –no sabría decirles el número de novelas fantásticas dirigidas al lector juvenil publicadas en España en lo que vamos de año, pero muchas, quizá demasiadas-.
Y así, con el sacrificio y la voluntad (Frodo), la leal amistad (Sam), la justicia (Aragorn), la dualidad del ser (Gandalf), la necesidad de los males humanos (Gollum), la transigencia entre diferentes (Legolas y Gimli), el discurso ecologista junto con el enfrentamiento a la revolución industrial (Barbol), el avance del capitalismo (El señor Oscuro y Gondor) y el poder de la guerra, les dejo hasta mañana.
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