jueves, 31 de diciembre de 2009

Fines y comienzos


Para no bajarme de ese carro de insatisfacción del que hago gala durante todo el año, este último día de diciembre les seguiré propinando con ciertas objecciones, entre otras cosas para no perder las buenas costumbres...
Termina un año y empieza a girar otro, aunque si les soy sincero, para mí el tiempo continua, no se reutiliza, recicla o recupera (léanse las tres erres del tratamiento de residuos), solemne estupidez esta con la que nos tienen sorbido el seso todas las cadenas, y no precisamente la del váter, esa y única que todo lo desecha de manera solemne y eficaz. Ya saben ustedes -les considero enormemente inteligentes- que eso de caer en la repetición no es muy loable, la verdad. Se prefiere mirar adelante y abandonar esas carreras a modo de hámster con las que solemos drogarnos a diario. Si el año comienza, que comience, la cuestión no es andar en círculos (o elipses), que para eso ya está la Tierra orbitando alrededor del Sol.
Respecto a esa recomendación que nos hacen desde todos los púlpitos soberanos sobre examinar los trescientos sesenta y cinco días que hemos dejado atrás y valorar lo vivido, no sé si suspirar o emitir una sonora carcajada. Mejor ni lo pensemos, podríamos sufrir un telele de los malos y pasar la Nochevieja en manos de los matasanos, en los cuidados psiquiátricos o en casa de alguna abuela con ganas de cebar a cualquier incauto.
Y por dar el punto final a esta entrada de hoy, tan dicharachera y tajante, les dejo con un álbum ilustrado cíclico (algunos preferirían en término circular) gracias a Svjetlan Junakovic. Sin duda, A mi manera. Una historia de zapatos (Saga editorial) es de lo mejorcito del año -lo bueno se hace esperar- en cuanto a calidad literaria y artística. Una historia con principio y fin, sencillez, notas de tristeza, bastante sorna y mucha calidez. Como la vida misma.
P.D. 1: Espero verles por aquí el año próximo, ese 2010 que seguro nos regalará decenas de buenos libros, noticias muy agradables y no tan agradables, trabajo, mucho trabajo para todos los que sufrimos esta España, y salud (no se olviden de esto último...).
P.D. 2: ¡Y gracias! ¡Gracias por su tiempo y atención!

lunes, 28 de diciembre de 2009

De santos, deformaciones, contribuciones y Literatura


A pesar de la impecable organización con la que me gusta llevar este sitio, a veces cometo ciertos errores (asequibles, todo hay que decirlo). El último ha sido reseñar un libro donde debería estar otro (véase el caso del aquí reseñado y del que se recomendó el pasado viernes). El caso es que he llegado a la conclusión de que me importa un pimiento. Ea... Uno ya no tiene el sistema nervioso para tanto estertor y necesita una pizca de caos. Pero en fin, como no hay vuelta atrás y lo hecho, hecho está, comienzo con la diserta sugerencia de hoy, bastante navideña.
Durante los pasados días he leído (como ven, hago mis deberes... un poquito, no más) el libro no-tan-clásico de Lyman Frank Baum, Vida y aventuras de Santa Claus (editorial Valdemar). Cabe decir que es un título muy sugerente durante estas fechas, pero su importancia reside en otro punto que intentaré explicarles...
Llama la atención que, por lo general, creemos que la Literatura, concretamente el género narrativo, suele basarse en la realidad y que muy pocas veces una novela, un cuento, interfieren en el discurrir de las cosas. He aquí un ejemplo de lo erróneo de nuestro pensamiento... Últimamente, hasta las ardillas creen que Santa Claus, Papá Noel, Joulupukki, San Nicolás o como quieran llamarlo, es uno de esos mitos ancestrales que siempre ha deambulado por los cielos envuelto en un abrigo rojo ribeteado de armiño a bordo de un trineo tirado por no sé cuantos renos para proveer a todos los niños de cualquier latitud de los más variados juguetes y regalos.
Cuando uno lee el libro de Baum, piensa que este buen hombre añadió, allá por 1902, todo tipo de nuevos y desconocidos datos a la biografía de Papá Noel, obviando un poco el mito actual, deformándolo a su antojo, pero, tras indagar un poco en las fuentes de información existentes, uno se da cuenta de que este libro ha contribuido en gran parte a crear la figura de nuestros días, esa que he descrito antes... Baum, los inmigrantes holandeses, la revolución industrial, el avance del capitalismo, la compañía Coca-Cola o Thomas Nast han puesto su granito de arena para configurar eso que hoy llamamos Santa Claus.
Sólo me resta un deseo: esperar que hayan quedado contentos con sus regalos.

viernes, 25 de diciembre de 2009

El día de la víspera


Este cúmulo de circunstancias:

1. Hemos dejado atrás la Nochebuena.
2. La Navidad ha llegado con un Papa lisiado.
3. Cada año nos atiborramos menos de turrón y más de ácido úrico.
4. Estoy harto de tanto alcohol a propulsión.
5. Más harto si cabe de tanta gente deseosa de consumismo.
6. Echo de menos niños pidiendo los aguilandos.
7. Me duelen los riñones de limpiar tanto serrín.
8. ¿Qué regalarán en los bares que a todos nos vuelven locos?
9. ¿Por qué en estas fechas nos acordamos de los que no están y nos olvidamos de los que quedan?
10. Se me olvidó la letra de ese villancico...
11. ¿Dónde habré metido el belén?
12. Paz, armonía y mucho interés.
13. ¿Solidaridad, fraternidad o caridad? Pregúntenle a mi padre: se las sabe todas.
14. ¡Qué vuelvan los besos!
15. Aviso: No contestaré ningún SMS insustancial que reciba durante estas fiestas.

Me han obligado a tomarme unas pequeñas vacaciones, pero antes les dejo con el mejor cuento navideño que he podido encontrar (este año... el próximo, Dios dirá), El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry y Lisbeth Zwerger.

¡Ah! ¡Y Feliz Navidad!

martes, 22 de diciembre de 2009

Pormenores académicos


A los alumnos que han suspendido mi asignatura esta evaluación.


Bien saben los que me conocen que no es de mi agrado joder al personal sin aparente razón, cosa que, evidentemente, incluye a mis alumnos, esas personas, personajes y/o animalicos con los que comparto seis horas de mi diaria existencia (si lo piensan fríamente me encuentro más atado a ellos que a mi propia familia… ¡para que luego hablen de la conciliación de la vida personal con la laboral!). A pesar de ello, tengo infundadas sospechas acerca de lo que muchos de mis pupilos piensan sobre mi característica manera de mostrar el afecto hacia ellos… Y es que no nos engañemos: los sufro en exceso y me sufren en silencio –a veces… cuando sus atronadoras voces les dejan…-, por lo que de este dolor mutuo, de repente y como el que no quiere la cosa, surge un lazo invisible tejido de malas caras, dictados infinitos, preguntas sin ton ni son, alguna que otra carcajada, muchas palabras impronunciables y demasiada teatralidad.
Casi atragantándome y desatando los cientos de nudos corredizos que atenazan mis cuerdas vocales, lo confieso: adoro a mis alumnos. También me gustan sus dibujos monstruosos, esas palabras que inventan de carrerilla en los exámenes, su capacidad ilimitada para colocarte un buen mote, las perrerías que son capaces de idear, los mil y un pretextos que vomitan para convencerte de esta o aquella cosa o el bullir de sus hormonas esteroideas.
En el fondo y aunque me pese decirlo, los comprendo, lo que no quiere decir que los excuse. Hay asuntos que no tienen perdón, y el peor de todos, con creces, es la pereza, la fuente de todos los males que asolan a nuestros estudiantes… pero en fin, prefiero terminar diciendo que todavía no me he decidido entre un mal estudiante, como el protagonista del libro de hoy –Malvado conejito, de Jeanne Willis y Tony Ross (editorial Océano)-, y un estupendo delincuente… Seguramente pase olímpicamente de estas dos opciones y me decante por las personas de provecho. Y al que no le guste, que estudie.

lunes, 21 de diciembre de 2009

De mimos y otras chucherías


Toda cursilada tiene su momento. Afirmación categórica basada en el buen sabor de boca que queda tras unas jamagosas palabras dedicadas en el instante oportuno, porque, no nos engañemos, cuando los regalos edulcorados se reciben a todas horas, lo más que permanece es un regusto pastoso que atiborra solo de pensarlo. Pese a esta, mi opinión, para gustos, colores… Los hay que se pirran por piropos de pastelería cualquier día mientras otros, los ajenos (más por indigestión que por costumbre), esperamos la situación propicia para sonrojarnos con alguna galguería, lo que no quiere decir que permanezcamos ante estas como gélidos témpanos, porque, ¡oiga, uno tiene su corazoncito!… y pudor, mucho pudor (¡Ja, ja, ja!)… y también es muy machote (¡Ja, ja, ja!)…
Dejando a un lado la nota introductoria (como siga me va a dar la risa y hoy creo imposible pararla de golpe y porrazo… ¡Qué bueno es irse da vacaciones!) y lejos de criticar la de chucherías que recoge la Literatura Infantil (no me lo creo ni yo…), en este lunes en el cual -y finalmente- ha aparecido el sol, les regalo una recomendación de color pastel: Besos, besos, álbum ilustrado de la francesa Selma Mandine que con una estética muy actual (se ve que ahora se llevan los personajes cabezones a lo Tim Burton…) pregona a los cuatro vientos los pormenores y bonanzas de ese pequeño gesto llamado “beso”. ¿Alguno de ustedes sería capaz de diferenciar el beso de su abuelo del que le propinaría su perro? Si no se creen válidos para ello acudan a este libro, y de paso intenten ponerlo en práctica durante esta navidad.

Banda Sonora Original: Used to be the one. Ginuwine.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Madrugar


Después de un día como el de ayer –a desbordar de contratiempos, de tensión, de deberes (los míos), de derechos (los de otros) y de trabajo-, si hay algo que deteste con todas mis fuerzas es madrugar. Lo más gracioso es que hoy me ha tocado hacerlo y, créanme, pensando en el largo y desagradable día que me espera, se me parece la agorera parada de un terrenal vía crucis.
“Mire usted, a nadie le agrada eso de despertarse antes que el astro rey”, pensarán los más racionales. “Nos ha salido señorito el niño…”, dirán los descarados. ¿Y quién soy yo para quitarles la razón a unos u otros…? Sería mucho simplificar eso de establecer dos categorías de trabajadores (aparto a un lado a los ricos y pudientes), los que gustan de madrugar y los que odian hacerlo, pero como esta página es mía, categorizo lo que me viene en gana.
¡Con lo bien que nos sentaría ponernos en pie a partir de las diez! Cutis aterciopelado, ojos brillantes y desprovistos de sombras quemadas, y mente despierta para atizarle con un brindis a la vida. No tendríamos que acudir al médico cada dos por tres, el café no nos provocaría esos molestos dolores gastrointestinales, no inutilizaríamos el cigarrillo tras un par de caladas, por no hablar de ese beso que busca nuestra pareja cada mañana entre el barullo de las sábanas… y que supongo que, con un poco más de tiempo, daría con él…
Mientras se arregla el mundo de los horarios matutinos y nuestros ritmos circadianos se sosiegan, les invito a disfrutar con el madrugador y bien trazado álbum ilustrado de Martin Baltscheit y Cristoph Mett, El despertador del sol, sugerencia con la que pretendo acercarles a las disparatadas ilustraciones de uno (¿habrá sido caricaturista este hombre?) y al dilema que nos plantea el otro: ¿Quién despierta a quién? ¿El sol al gallo o el gallo al sol? Descúbranlo, leer está en su mano.

Banda Sonora Original: Wish I didn’t miss you. Angie Stone.

martes, 15 de diciembre de 2009

Nieve y arena


Ayer nevó. ¡Vaya si nevó! Nieve, nieve y más nieve. No vi otra cosa durante toda la jornada. Y si tenemos en cuenta que recorro parte de La Mancha a diario, la superficie cubierta de blanco era todavía más sobrecogedora. Inmensa. Tanto, que había momentos en los que desconocía mi paradero, confundiendo la submeseta española con las planicies siberianas. Paradojas del clima, paradojas del color, paradojas de lo puntual.
Paradójico es también el cerebro humano… Cuando somos niños, hay algo en todos nosotros –llamémosle curiosidad, llamémosle sorpresa-, que nos hace mirar lo desconocido con una pizca de ilusión. La mirada del niño frente al mar y la del chiquillo ante una nevada comparten ese algo especial que nos invita a empujarles al chapuzón, a la torpe aventura, para que instantes después rían de alegría entre chapoteos o batallas a base de nívea munición.
Por mucho que insistamos en nuestra madurez y responsabilidad, y pretendamos olvidar los revolcones en la nieve o el rodar de las gigantescas bolas con las que fabricábamos el muñeco más grande, todos los adultos guardamos ese germen en nuestro subconsciente cuando se aparecen los primeros copos del invierno tras la ventana. Y es entonces, mientras los vemos guerrear con lo blanco en la puerta del colegio, cuando caemos en la cuenta de que la infancia nunca se muere, únicamente se torna marchita.
¿Y esos niños que nunca han visto la nieve? ¿Y los que jamás han contemplado el mar? ¿Germina en ellos esa semilla? Seguro que sí. Allí donde no hay orilla, allí donde el blanco se termina, queda lo perpetuo del desierto, de la dorada arena que cubre las mil y una noches.

Esterl, Arnica. 2009. Los mejores cuentos de las mil y una noches. Ilustrado por Olga Dúgina. Madrid: SM.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Sucesos sucesivos


Frente al televisor, no por aburrimiento sino por mero afán de tranquilidad, he constatado la de miserias con las que nos ametrallan los medios de comunicación a todas horas. Contemplar tanto dolor ajeno, tanto sufrimiento obsceno, más que enganchar, repugna. No es que uno sea muy delicado a la hora de recostarse en el sofá y hacer ejercicios de monotonía con el pulgar sobre las teclas del mando a distancia, pero el mero pensamiento de verse transformado en un abuelo parapléjico y fetichista de los sucesos casi fúnebres, me obliga a apagar el asunto y ponerme a corregir exámenes (mi gran cometido durante los días que restan). Lo mejor de todo es que no sólo son lágrimas…, tenemos huelgas de hambre reivindicativas, atentados suicidas, manifestaciones de pantomima y hasta destripadores navideños. Únicamente me resta rezarle a la santísima Virgen de Cortes y pedirle que me libere (y a todo aquel que quiera) de tanto niño muerto…, aunque con total seguridad, Ella, desde lo más alto, acallará mis, nuestras súplicas, primero por pecadores y segundo, por no haber hecho ni un amparo, y sentenciará que ya está bien de cuentos, que aprendamos a sufrir la cruda realidad, las cosas que a veces pasan, con la salvedad de que dichos eventos difieran un buen trecho de los que recoge Kestutis Kasparavicius en su último trabajo, publicado en España por la editorial Thule, que, bien mirado, es una buena forma de evadirse de la rabiosa y cadavérica actualidad, por no hablar del nevazo que hoy lunes casi nos quita la vida en honor de los altos cargos educativos… ¡Lo raro es que no pasen más cosas de las que pasan!

viernes, 11 de diciembre de 2009

Idea de niños, mofa de gigantes


Mientras uno es pequeño puede decir todo lo que le apetezca porque nadie prestará atención a su discurso, y en el caso de que algún atrevido ose hacerlo, soltará una risita, despeinará tu cogote y se mofará de las ocurrencias del niño. Entonces, muy serios, torceremos el morro y pediremos en silencio a las fuerzas sobrenaturales que pululen cerca, que le suelten un capón a semejante idiota por reírse de tus inteligentes y bien discurridas ideas… Realidad que se torna paradoja cuando, hoy, siendo adulto (o casi), prefiero que hagan caso omiso de mis palabras, no sea que por tomar uno con demasiada ligereza aquello que opina, sean otros los que le endosen un sonoro bofetón.
Moraleja: Desléngüense durante la niñez, quizá sea menos gratificante, pero también menos doloroso que hacerlo en la madurez.


Ayer me dijeron
que yo era un enano.

Bueno, soy pequeño,
más no es para tanto.
Alcanzo a la mesa,
alcanzo al lavabo,
alcanzo a la caja
de los mantecados,
y cuando mi madre
guarda en el armario
los bombones rojos
que le han regalado,
arrimo una silla,
me empino y alcanzo.

“¡Este enano!”, dijo
mi padre enfadado,
porque estaba haciéndole
cosquillas al gato.
Me dio mucha rabia,
me metí en mi cuarto
y cerré, muy serio
pegando un portazo.

¡Yo ya soy un hombre!
¡Tengo cinco años!


Carlos Murciano.
En: Me llamo Pablito.
Ilustraciones de Emilio Urberuaga.
2004. Zaragoza: Edelvives.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Despotas a base de terrorismo


Todavía, no sé porqué, me sorprende lo que está sucediendo en este país. Ser testigo, día tras día, semana a semana, de las infamias que los unos soportan de los otros me produce vergüenza ajena, sobre todo si tenemos en cuenta que los otros proclaman la libertad y son –según ellos- más buenos que el fuagrás La Piara®, y los unos son peores que la carne de pescuezo, esa que te pone el morro chorreando pringue y deja el estómago de la misma guisa que el estofado de viento.
Esto es un dislate.
Jamás hubiese imaginado esta mente calenturienta (sí, la mía, lo admito) que los mártires pasasen a ser lobos y los mismísimos demonios, carne de cañón. La cuestión es que tanto “buenismo” empieza a tocarme la fibra…, y dejémoslo estar ahí, porque otras cositas son sagradas y prefiero un poco de dulzura cuando se trata de estas.
En fin, que todo este tejemaneje se me figura hasta soez y, por qué no, barriobajero. ¿Qué es eso de azuzar a las masas en contra de un periodista por expresar su opinión? ¿Qué es eso de acallar voces porque contrarían lo políticamente correcto? En una palabra (por cierto muy fea), fascismo. Y al que le pique, que se rasque, que ya está bien de pamplinas.
Y esperando que derroquen a todo aquel que no deje vivir más que a sus acólitos, les abandono hasta mañana, viernes (¡qué semana tan breve!), con un título ganador del Premio Nacional de Literatura Alemana en su edición del año 2007 y publicado en España por la editorial Juventud, Reina Gisela –Nikolaus Heidelbach-, que defiende una buena forma para plantarle cara al despotismo menos ilustrado.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

De ignorancia, orgullo, necesidad y rencor


Tras estos días de inmerecido asueto y ¿paz nacional? (es lo que tiene celebrar la proclamación de LA carta magna –podría haberla calificado como “nuestra”, pero prefiero dejar el posesivo para cuando un servidor vote por su modificación, sobre todo aquella que incluya cambios en la ley electoral-), vuelvo al tajo con aires de cambio, no sólo por la lista de etiquetas que he incluido en la zona derecha de este espacio, sino porque nos acercamos al final del año y, como bien marcan todas las sabias proclamas –televisivas o de otra índole-, hay que renovarse o morir… Y como no pretendo diñarla tan pronto, tendré que cambiar el fondo de armario, pero hasta que lleguen las rebajas de enero, seguiré importunándoles con los libros.
No hace mucho tiempo se estrenó en las pantallas la adaptación cinematográfica de El lector, novela de Bernhard Schlink que narra la historia de dos vidas unidas por el amor, los libros y el analfabetismo (perdonen que sea tan básico, no quiero desvelar sorpresas propias de la Literatura) en los años posteriores a la caída del Tercer Reich, y que he tenido la oportunidad de leer durante las tardes pasadas. No es de extrañar que muchos piensen que no es un libro apto para jóvenes pero, tras la buena dosis de glucosa que han consumido mis neuronas esta mañana, me creo capacitado para defender esta lectura como necesaria en púberes que sobrepasen los quince o dieciséis años de edad.
Pese al estupro que inicia el relato (morbo a chorros al que creo se deben las reticencias de las que he hablado antes), se destapa el viaje, casi iniciático, que recorre su joven protagonista a caballo entre la justicia, esa que se escribe con mayúsculas, y los sentimientos, dos parámetros que se enfrentan en el desarrollo de cualquier joven. Hanna es su primer amor, quién le desvirga, al tiempo que representa sus anhelos, su presente, pero también el rencor por haberlo abandonado sin explicaciones, en silencio. Durante el juicio, todo ello se muda en impotencia o quizá venganza, y prefiere callar el secreto que ambos comparten y así condenarla para, demasiados años más tarde, transformarlo en compasión por la que amó.
Este sencillo relato admite una segunda lectura: ¿qué habríamos hecho nosotros de haber sido nombrados cuidadores de Auschwitz?... Es fácil decirlo pero les conmino a que recapaciten sobre la necesidad y el ser humano. Nadie es consciente de sus instintos básicos cuando se acostumbra a la barbarie, ni mucho menos cuando prima la necesidad y/o la responsabilidad.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Otra de poesía visual














Imágenes procedentes del Concurso de fotografía "Libros y lecturas" convocado por la Biblioteca Nacional de España con la colaboración de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez (Abril-Mayo, 2009). Para ver autores: http://www.facebook.com/note.php?note_id=95443183368

jueves, 3 de diciembre de 2009

Enrevesados


Se habla, se comenta que, en los últimos tiempos, cada vez se hace más difícil toparse con personas que te comprendan instantáneamente, casi al cien por cien, tanto para un chascarrillo, como para hacer chirriar los muelles del catre... ¿Serán exigencias del guión o será el inconformismo que nos atrapa en un bucle de ensimismamiento…?
Aunque no suelo tener estos problemas, tampoco me veo exento de sorpresas: en ocasiones, yo también veo muertos… Líbreme el altísimo de pensar que no es asunto de mi incumbencia: lo es tanto, como de los que a mí se acercan.
El primer paso hacia la empatía, el conocimiento mutuo, es, obviamente, percatarse de los propios defectos. En la mayor parte de los casos, el previo autoanálisis nos puede evitar choques frontales (y alguno que otro lateral), por lo que es necesario un correcto punto de partida donde todas las partes involucradas sean conscientes de su “yo” interno. Pero no nos engañemos, cuestionarnos a nosotros mismos es el plato menos apetecible del menú. Véase mi caso. A bote pronto no encontraría fallo alguno en esta ingeniería de última generación que constituye mi persona, pero seguramente, en un alarde de autoevaluación, sería capaz de dedicarme los peores calificativos. ¿Qué quieren un ejemplo? Déjenme pensar… Enrevesado, soy enormemente enrevesado. Comprendo que nadie comprenda mis palabras o acciones a la primera de cambio, quedando muchos boquiabiertos ante semejante alarde de contrarias actitudes y enfrentados discursos. Si digo “a” quiero decir “m”, y si me refiero a “beta” significa que me decanto por “gamma”. Imagínense… Así que mejor no hablemos de mis sarcasmos… Ante ese “no hay quién te entienda”, gusto de esgrimir un “es preferible fiarte de mis actos que de mis palabras”. Por lo que no se asusten: si mientras les regalo una caricia me siento tentado por endosarles una locuaz ironía, quédense con la caricia.
Y para que sigan pensando en lo enrevesado de algunos elementos que pululamos por ahí, les dejo con el clásico básico de hoy, Inés del revés (obra de Anita Jeram, sí, la misma de Adivina cuánto te quiero), una ratoncita que es capaz de querer desorbitadamente pese a su rotunda negación.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Negando el servicio al poder


Como larva insaciable que, minuto a minuto, devora los brotes jóvenes, así es la indignación que corroe mi pensamiento estos días, presa del espanto que nuestra condición puede desatar… “¿A que se referirá éste, tan sentido?” Dirán.
Les hablo de ese desgraciado chaval, acusado en falso de infanticidio y que tantas portadas y telediarios ha copado. Tamaña gravedad que nos resultaría cotidiana si fuese verdad. Pero no, en este caso la inocencia se hizo esperar, tanto, que la democracia popular dictó rápida sentencia, eso sí, jaleada por las necias y arribistas palabras de políticos asquerosos y malnacidos. Pero ya es tarde: no hay justicia que resuelva esa afrenta de honor que pagará de por vida.
En ocasiones, con acontecimientos como este, siento el impulso de abandonar esta palestra, olvidarme de mi individualismo, resumirlo en miedo. Miedo al corrupto poder, al fascismo que esconden las siglas, a sus represalias… No importa quién seas o lo que hagas, ellas, las siglas, siempre estarán esperando, al acecho, para sacrificarte en aras de su victoria, de su encumbramiento, dejando entrever una vez más que el individuo no es libre hasta que las relega a un segundo plano, hasta que es dueño de su propia libertad, esa por la que luchamos en solitario cuando estamos acorralados. Libertad que Francisco Ayala promulgaba desde la azotea de la edad.
Lean a Ayala, el liberal español de todo un siglo. Lean estas frías tardes. Lean. Porque cuando alguien elige leer también hace uso de su libertad.
Dudo que la Literatura pueda hacer de nosotros mejores personas, pero sí, al menos, puede hacernos reflexionar sobre lo que nos acontece a diario pese a ser ese animal racional que otrora definieron los ilustrados.

martes, 1 de diciembre de 2009

Sobreexplotada...



Dado que muchos se extrañan de que un servidor no reseñe muchas obras de Rébecca Dautremer (tengo mis razones, no confundamos la velocidad con el tocino…), hoy les traigo una historia ilustrada por ella –y que por cierto, me encanta-, pero antes, las razones… La Dautremer, conocidísima ella (ha vendido más libros que aceitunas hay en Jaén), es una gran ilustradora, de eso no me cabe la menor duda -utiliza el lenguaje cinematográfico y la escena como nadie, alcanza texturas imposibles, movimientos elegantes, y es muy eficaz a la hora de aproximarse al lector infantil-, pero detesto profundamente que cope el mercado de una forma casi invasora, ya que desde hace unos años a esta parte, todas las librerías están plagadas de “merchandising” de Princesas olvidadas o desconocidas, secuelas de Nasrudín o novedades suyas que pasan a la historia sin pena, ni gloria. No creo que se deba a una vena recaudatoria de la artista, pero sí tendrá su origen en la sobreexplotación comercial que de su trabajo hacen “sus” editoriales, cosa sobre la que debería recapacitar, más que nada porque la clara orientación mercantilista que hoy en día se hace de cualquier producto de consumo provoca un éxito veloz, pero también un declive igual de estrepitoso, que a veces se hace acompañar de crudo olvido, feo asunto para una creadora de su talla, capaz de engrosar las filas de los mejores ilustradores de este siglo XXI.
Y para que no todo sea cal viva, de esa que levanta llagas, ahí lanzo mi sugerencia de lectura a favor de Thaï-Marc Le Thanh y la previamente desollada Rébecca Dautremer, Cyrano, una particular adaptación del clásico (y casi imperecedero) Cyrano de Bergerac escrito por Edmond Rostand, que, con una estética oriental muy lograda, texto ameno y sencillo, y trágico final, logró atarme al primer vistazo. Y no les cuento más..., únicamente les doy un consejo: amen… Nunca se sabe si al final, como el protagonista de esta historia, tras el paso del tiempo, tras el doloroso silencio, existe recompensa.
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