lunes, 22 de marzo de 2010

Desperdiciar


Mientras los enteros de mi cuenta corriente descienden inexorablemente a consecuencia de esa afición que se nos inculca desde la cuna, la de pagar facturas, un servidor sigue pensando en lo mucho que se malgasta, desde la celulosa higiénica hasta el correr del agua (vaticino una gran sequía este verano pese a las desorbitadas reservas de líquido material con las que nos ha sorprendido el invierno), sin tener en cuenta el tiempo, claro está, ya que muchos lo consideran innecesario… ¡Ya está!: la optimización de los recursos es la salida, ¿cómo? Les pongo varios ejemplos: lavar el coche con el agua de la lluvia (fue lo que hice ayer), reutilizar los sobres de las cartas (péguenles un papel que tape dirección, remite y franqueo, añadan los nuevos datos y échenla al buzón) o pinten una bonita felicitación de cumpleaños con los restos de café o té que siempre quedan en la taza. Siempre he creído que lo que algunos desechan, otros buscamos cómo utilizarlo en otros menesteres menos obvios… y eso requiere una buena partida de imaginación. Señor lector, por veinticinco pesetas (¿han pensado ustedes en el bonito nombre de nuestra divisa?), dígame nuevas formas de reciclar y reutilizar los recursos de los que contamos. ¡Un, dos tres, responda otra vez! Y si no sabe qué responder, por lo menos no siga el ejemplo del oso protagonista de la última obra de Oliver Jeffers, El misterioso caso del oso (Fondo de Cultura Económica) un buen alegato de eso que algunos llaman “buenas maneras por el medio ambiente”.
P.S.: Y sin haberlo pensado, he iniciado una semana muy ecológica, por lo que he decidido continuarla y terminarla de esa guisa. ¡Pasen y vean!
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