lunes, 22 de febrero de 2010

Segundo aniversario de este blog


No es poca cosa eso de cumplir años, sobre todo cuando estos no se te incrustan en el organismo a modo de lapas y puedes moverte libremente sin las preocupaciones que dan el deterioro y la enfermedad. El caso es que hoy celebramos el segundo aniversario de este trocito de espacio que les otorgué en su día a los monstruos. A los monstruos como tú y como yo que vivimos encantados por esa magia que tienen los libros infantiles. En un principio pensé que sería uno más de mi larga lista de caprichos con principio desenfrenado y final despreocupado, pero una vez cumplido el par de años en esta empresa, apuesto por definirla como una realidad constante.
Y como no, además de dos velas sobre la tarta, también he de coronarla con una guinda: ¡qué mejor que un libro!... Y en honor a ese, el culpable de todo este embrollo, a quién robé el nombre de este lugar, el título elegido es Dídola, pídola, pon o La vida debe ofrecer algo más, del genial Maurice Sendak.
Como cualquier obra de Sendak, las andanzas de Jennie, entre tanta rima facilota y tanto animalito suelto, pueden parecer estúpidas e insulsas (así piensan la mayoría de los adultos que no han cogido jamás un libro infantil entre sus manos). Lo jodido viene luego, cuando yo afirmo categóricamente que se trata de una gran oda al inconformismo. Veamos: la perrita Jennie encarna a la típica niña pija que está más que harta de vivir una vida sin fuste y repleta de comodidades, que pasa sus horas preguntándose si merece la pena una existencia tan estática. Al final, como si de una Paris Hilton más se tratase, decide largarse y comprobar que el mundo tiene algo más que ofrecer: aventuras a raudales, sinsabores de todas clases y vértigo, ese vértigo que le da valor al correr de las agujas del reloj (N.B.: Me encantan las palabras que terminan en “j”, ¿a ustedes no?). Resumiendo: que tanto la Jennie, como la Fani, la Sarai, el Cristofer, la Janira y el Yonatan, necesitan comprobar por sí mismos que el mundo, cuando abre sus puertas de par en par, puede parecer enorme, complejo e incluso paradójico, pero jamás defrauda.
Y terminando esta perorata he de reconocer algo…: Como la protagonista de esta historia, nunca imaginé la cantidad de personas que iba a conocer gracias a los libros que enhebran la pantalla de este ordenador. Por ello, reconociendo mi sorpresa por tener tantos y tan buenos lectores, a todos vosotros, gracias.

viernes, 19 de febrero de 2010

Baladas en vez de canciones

A todos aquellos que, desde Latinoamérica, no se olvidan de este lugar.

Una de estas tardes de lluvia (¡miren si son bonitas!), brujuleando entre estanterías, recovecos y catálogos de novedades, me topé con un título reseñable, Narices, buhitos y volcanes y otros poemas ilustrados, con selección –estupenda- a cargo de Herrín Hidalgo y dibujos –vivarachos y gamberros- de Carlos Ortin (editorial Media Vaca). De entre todos los poemas que recoge el título, tenía la intención de transcribir el titulado Cancioncilla, de Horacio Rega Molina, pero me ha sido imposible ya que la desordenada disposición de los versos no me ha ofrecido orientación alguna ni para leerlo adecuadamente, ni para vislumbrar donde empieza y termina el fraseo propio de sus versos (pormenores de las modernas ediciones), por lo que les dejo con una balada de ese mismo autor: la balada que, de niños, todos hemos cantado alguna vez…

Mañana el maestro dará prueba escrita.
(Mi infancia no tuvo sino días malos).
Sentada en un banco mi infancia recita:
Colón ha partido del Puerto de Palos.

Es día domingo. Llovizna. Hace frío…
…el cuarto es muy grande, yo estoy solo en él.
Parece que arrastra en el cuarto sombrío
Su cola de seda la reina Isabel.

Es día domingo.Con una constancia
que más dolorosa no pudo haber sido,
sentada en un banco, repite mi infancia:
del Puerto de Palos, Colón ha partido.

Las seis de la tarde. Se encienden candelas.
Se cierran las puertas. La casa es distinta…
Dan miedo, dan miedo, las tres carabelas,
la Santa María, la Niña y la Pinta.

Balada de un domingo de mi infancia.
Horacio Rega Molina.

jueves, 18 de febrero de 2010

Batallas libradas con astucia



Hace un par de días comprobé que es mejor pecar de astucia que dejarse llevar por los nervios. La cosa no sólo está en templar las fibras axónicas como si fuesen cables del mejor acero, sino en que no se note que éstas tiemblan al mínimo roce emocional… ¿Por qué? Hay una razón muy obvia: siempre hay algún zorro agazapado a la espera de que lo hagas para asestarte un buen golpe en la nuca y ganar tu cabeza como si del mejor trofeo se tratase. Y no nos engañemos, raposas hay tantas como conchas en el mar.
No se asusten, todos nos hemos comportado alguna vez como conejos despavoridos. de esos que elevan orejas y cabeza repentinamente, al mínimo tremolar de la yerba, ante un insignificante movimiento…
Pero no nos compadezcamos de nosotros mismos, de eso trata la vida, de aprender. Comprender que el campo no está lleno de orégano, que hay garbanzos negros que amargan el sabor de la olla y que las manzanas podridas son capaces de pudrir el resto del saco. En definitiva, que buena cuenta nos trae estar en alerta ante las amenazas. Porque hoy en día no se estilan las batallas campales de antaño, no son batallas sangrientas del pasado, sino las que se desatan en los despachos, en las comilonas derivadas del trabajo, entre compañeros, en las que penden de los lazos familiares, donde la estrategia se basa en el instinto, en el razonamiento puro y duro, en el lenguaje adornado, en la pantomima, el drama y esas migajas de ironía que llenan nuestras horas.
Y así, con El sastrecillo valiente de Arnica Esterl y las (por cierto, bellísimas) ilustraciones de Andrej Dugin y Olga Dugina -me encantan las imágenes de estos creadores… su aire flamenco, sus filigranas-, les dejo con una buena dosis de sagacidad, muy necesaria para los días que vivimos.

martes, 16 de febrero de 2010

De sentimientos basicos...


Pasado ese día que los grandes almacenes dedican a Eros y habiendo oído a detractores y fanáticos de esta fiesta tan amorosa (ya se sabe lo que da de sí todo este tipo de cortejo florístico), uno opta por dejar de lado esa especie de debates públicos que pasan a formar parte del pan de cada día y que –les aviso- también utilizan los politiquillos de tres al cuarto para desviar las atenciones de su amasado diario.
No es que prefiera los círculos de más alcurnia intelectual, pero es preferible que me dedique a otras empresas más productivas y nos dejemos el amor para la intimidad, esa entre los amantes y las sábanas, porque, a la postre, son los únicos interesados (entre los que me incluyo sin mucha dilación). A lo sumo, señalar que, para formas de amar, los colores. Las preferencias son ilimitadas. Los hay que aman un día y el resto del año ni se acuerdan. Otros prefieren el amor a diario, algunos lo adornan con todo tipo de guirnaldas, piñatas y confeti, y los de más allá prefieren vivirlo en silencio –no se preocupen, ya termino la frase: como las hemorroides-. A los de provincias –véase mi caso- nos encanta hincharnos a chuletas de lechal o, en su defecto, de una buena fideuá, para atiborrarnos de toneladas de calorías y luego desfogar allí donde se tercie. Seguro que otros de alta cuna y mayor abolengo se desviven por una cena de perifollo y porcelana a raudales, tanta, que no se vea ni la comida, para después bailar al son de unos mariachis venidos de la misma Oaxaca.
En fin, todo esto para dejarles con una novedad de esta primavera –ya saben cómo son las editoriales…- que se está haciendo de rogar (a este paso colgarán carámbanos de mis pestañas…). El amor y la amistad, de Oscar Brenifier y Jacques Després y editada por SM, no se puede decir que sea un título de sobrada genialidad, pero sí es un librillo con su aquel… Con un trabajo gráfico muy actual (apto para el gafapastismo más exigente), intenta introducir al lector en dos sentimientos básicos del ser humano…, adivinen cuáles…

domingo, 14 de febrero de 2010

Carnaval


Y como marca la tradición (de este blog y del calendario festivo), estos días, a pesar de las inclemencias meteorológicas, son de mucha alegría, sobre todo esa alegría que va desde la Plaza Mina hasta el barrio de La Viña, desde Puerta Tierra hasta el Castillo de San Sebastián, ahí van unas rimas para que disfruten del carnaval gaditano. Entre otras cosas porque soy carnavalero (ea, sigo siendo un niño), entre otras cosas por hacerles ese regalo: las palabras.

Aunque no han nacido en Cádiz
y hayan nacido en otras ciudades,
sin saber la razón,
un día se engancharon a los carnavales.
Te miran a los ojos, dicen orgullosos:
"soy carnavalero",
porque en su calendario empieza el año nuevo
en el mes de febrero.
Es su pasión y forma parte de su vida,
es una droga que su sangre necesita.
El carnaval le abrió las puertas a la Tacita
que en sus escapaditas
vienen a descubrir.
Empieza la preliminar
con los nervios para escuchar,
retumban sus corazones
y visitan tus rincones
pero a través de las coplas,
después peregrinan aqui
te necesitan sentir
y cuando hablan de su Cádiz
se les llena la boca.
Donde quiera que estés esta noche
escuchando este pasodoble
espero que te llegue al alma
este aplauso que hoy te manda el Falla.
A tí, porque el nombre de Cadiz llevas por bandera
tú que eres la prueba
de que los carnavales no tienen frontera.
Gracias por querer a mi fiesta,
por querer a mi gente,
y por querer a mi tierra.

Francisco Javier Márquez Mateo.
Pasodoble.
Comparsa El G-15.
Música de David Márquez Mateo.
Carnaval de Cádiz 2010.

lunes, 8 de febrero de 2010

Regalo de cumpleaños


A la hora de recordar las fechas señaladas, suelo combinar los dígitos a mi libre albedrío, asunto muy propio que a veces da buenos resultados y otras se resume en sonora catástrofe. También ocurre que en ocasiones, la memoria me abandona por entero y lo único que resta es un vago recuerdo. Creyendo que hoy es mi día de suerte y que he dado con el regalo apropiado, te deseo que cumplas muchos más, pajarico.

Péiname
cuando me peines
con peinecitos de escarcha,
porque los peines de luna
me despeinan las pestañas.

Lávame
cuando me laves
con jaboncitos de trébol,
pues los jabones sin suerte
se escurren entre los dedos.

Sécame
cuando me seques
con un toallón sin puntillas
pues los hilitos finitos
se pegan en mis cosquillas.

Préstame
todos los días
un sombrero para el sol,
un sol para mi sombrero
y una sombrita de amor.

María Cristina Ramos
Todos los días.
En: Un sol para tu sombrero.
Ilustraciones de Raúl Fortin.
1999. Editorial Sudamericana: Buenos Aires.
Ilustracion del post: Isabelle Arsenault.

jueves, 4 de febrero de 2010

Viajes


No me agrada la filosofía de los trotamundos de hoy en día, sobre todo si son de esos que piensan que al no enganchar un Concorde®, es como si no se moviesen del bar de la esquina. ¡Cómo han cambiado los cabezos! En la década de los ochenta, irse de Valdepeñas a Torremolinos era lo más parecido a una turné desde Copacabana hasta Miami, y ahora, con tanta tontería de altos vuelos y tanta pulserita-de-coctel-al-canto, todo lo que no sea vacunarse contra la malaria o sobrevivir a una elefantiasis, se nos figura una castaña pilonga. Lo suyo es irse a pasarlas canutas, dejarse las cervicales en honor de una mochila prestada (o heredada que es peor) y arrimarse a cualquier chambao para dedicarse un pestañazo, pero no… Todavía recuerdo aquellos deliciosos manjares de cuando me dio por viajar en la lozana juventud: tortillas francesas a base de claras, páprika de la Bohemia checa o garbanzos portugueses…, es decir, nada comparado con lo que se lleva ahora: las cenas típicas pakistaníes (¿y el “fresisuís” del badulake?), la cena de gala(midad) del capitán o el ritual de iniciación sexual del Sudán.
Pero bueno, los que “semos probes”, todavía nos podemos conformar con limpiarnos la baba mientras disfrutamos de los hoteles del catálogo, las secciones viajeras de la prensa dominical o con las anécdotas de aquel que se fue a Madagascar a comer gorgojos con gabardina. Al final diré como mi madre, que pa’ viajar, los libros… Menos mal que en los últimos días he dado con un libro álbum de kilométrico alcance. Tokio, de Taro Miura (Editorial Media Vaca), es un excelente libro de viajes, sobre todo si tenemos en cuenta que no todos podemos ir a Japón (cosa que me encantaría… queda muy snob y aporta un toque de distinción a las reuniones de tutores del primer curso de la E.S.O….) y que son Mito, una niña bien lista, y unos animales la mar de salaos, quienes nos cuentan las curiosidades de esta enorme ciudad del Imperio del Crisantemo.

martes, 2 de febrero de 2010

De funeral...



No es lo mismo estar deslenguado que ser lenguaraz. Al desvergonzado nada le puede si mantiene la boca cerrada, mientras que el mutilado, si abre dicho orificio, la caga y su derredor se figura contenida carcajada. Paradojas del lenguaje y mofas aparte, hoy les invito a un entierro. No creo que sea esta una despedida triste, créanme, hay funerales que parecen un festín… No por la alegría contenida de unos, ni por el mar de lágrimas que derraman otros, tampoco por la de grescas que se lían por los bienes a heredar, ni por ese par de tórtolos que han encontrado el mejor lugar para dedicarse unos arrumacos. Este entierro tiene, más que gracia, ironía (no se asusten, no es comparable a L’elogio funebre de Alberto Sordi). Ironías de la vida, ironías por el que ha muerto. J. D. Salinger.
Jerome David Salinger fue un hombre de paradojas, mofas e ironías. Paradojas por desear un éxito que, a la postre, lo recluiría como un eremita, apartándolo del mundo y aislándolo en el ataúd de la vida. Mofas por su prosa, lúcida, radiante, vertiginosa, inmediata, sencilla y directa, riéndose de esa otra que se le antojaba de segunda clase, riéndose como se ríen los adolescentes que todavía son niños, como se ríen los adolescentes que aún no son adultos. Ironías las de sus palabras, las de sus personajes, las de las situaciones narradas, las de hoy, nunca las de ayer, esas que pertenecen a otro siglo.
Salinger fue un autor moderno, tan moderno que fue americano, como la sociedad moderna de hoy. Quizá Holden Caufield era de otro momento, pero su gorra roja sigue tan vigente como cualquiera de las de hoy día.
Hace años que leí El guardián entre el centeno. No me sugirió nada del otro mundo. Me pareció irremediablemente simple, tanto, que se me figuró tonta. ¿Qué podía aportarme un chico que vagabundeaba entre prostitutas, taxistas y vividores…? Hoy ya he cambiado –o eso creo- y sé que Holden era dueño de algo que me faltaba en aquel momento: lucidez. Por eso Salinger lo eligió guardián, nuestro guardián.

No sé por qué hay que dejar de querer a una persona sólo porque se ha muerto. Sobre todo si era cien veces mejor que los que siguen viviendo.
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