viernes, 30 de abril de 2010

De niños y gusanos


Mis alumnos no paran de sorprenderme. Si no es por “h” es por “b”, si no es por “j” es por “q”… La cuestión es que dejamos otros tiempos de lado y la infancia queda encerrada en una pompa de jabón…, aunque, si los profesores servimos para algo es, precisamente, para romperlas con el ligero roce…
Tratando en clase las materias primas de origen natural utilizadas en la industria textil, pregunté un día a mis alumnos del primer curso de Bachillerato la procedencia de la seda. “De las plantas”, contestó una osada mientras el resto del grupo callaba por puro asentimiento. Yo, entre divertido y boquiabierto, propiné una pequeña reprimenda y pregunté si, cuando eran niños, no habían alimentado a los gusanos de seda a base de lustrosas hojas de morera. Sólo una alzó la voz y dijo que sí, y añadió que su hermano pequeño todavía lo seguía haciendo, por lo que le pedí amablemente que trajera unos cuantos para adoptarlos como mascotas…. Y así es como este maestro de poca monta espera rescatar un trocito de la infancia de sus alumnos.

¡Qué gusano más feo!
Rayas blancas y negras
se estiran, por las hojas
Fresquitas de morera.

¡Vaya vida más tonta
la que este bicho lleva!
No sale de la caja…
Devora lo que encuentra…

Y de repente, un día,
el gusano se encierra
en el leve prodigio
de un capullo de seda.

El gusano de seda.
En: Columpio de versos.
Ana María Romero Yebra.
Ilustraciones de Alberto Urcaray.
2006. Valencia: Brosquil.
Ilustración de la noticia: Aldo Islas.

miércoles, 28 de abril de 2010

Abecés




[…] Por lo que la profesora, harta de cacharrear entre cuadernos escolares, gomas de borrar mordisqueadas y el polvo que los años había ido acumulando en el fondo del cajón, tomo con decisión el lápiz y escribió con letra amplia y clara sobre el papel:
“Se busca Abecedario con veintisiete letras, ordenado y fácil de aprender. Tiene las tapas negras. Cada letra viene acompañada de un dibujo y una frase pequeña pero intensa. Se perdió antesdeayer, cuando la lluvia mojaba las aceras y la primavera llegaba. Atiende también al nombre de Abecé y Alfabeto. Es suave, agradable y bastante redicho. Adora a todo el que no sabe leer, sobre todo a los niños con los ojos muy abiertos. Aquel que lo encuentre, será recompensado con un buen libro.”
Y hecho esto, dobló el anuncio, lo guardó en su bolsillo y se dirigió a la redacción del periódico. […]

Primera imagen: Ventura, Antonio. 2010. ABCdario. Ilustraciones de Noemí Villamuza. Barcelona: Nórdica Libros.
Segunda imagen: Abecedario realizado con patrones de coloración de alas de mariposa. http://www.sciencenewsforkids.org/articles/20051116/Feature1.asp
Tercera imagen: http://www.behance.net/Gallery/Diary-Type-01/133391

lunes, 26 de abril de 2010

Olvidando. Recordando.


Mi confesada pasión por las palabras me lleva a detenerme en una que, durante estos días, está de moda o, por lo menos, debería estarlo (ya se sabe que no siempre se acierta con las tendencias)…“Amnistía” es un vocablo sonoro y abierto, con su dificultad, su tilde (¿las palabras hermosas son así?) y su significado -uno potente, de esos que no admiten equívocos-: “Olvido legal de delitos, que extingue la responsabilidad de los autores”.
Tras ver todo tipo de trifulcas, televisivas y de otras naturalezas, uno se torna cabizbajo y sombrío y piensa aquello de: ¿adónde nos llevará la memoria de unos, la memoria de otros…? Puede que a un triste final, puede que a los tristes comienzos… Y eso, a fin de cuentas, no es ningún sitio.
Rezan hermosas sentencias sobre lo incompetente de la memoria humana, de sus miserias y pestes. Y no llevan poca razón, digo. Más cabría añadir que, si de algo adolece la memoria, es de su sed de venganza, solución más esperable cuando no se discierne entre justos e injustos, entre vencedores y vencidos, que, pensado con detenimiento, es peor castigo que sepultar el recuerdo bajo la losa del olvido.
Lo peor de todo es el uso que dan a esta nostalgia -tresnas convertidas en consignas- todos los que aspiran al trono, la batuta y las subvenciones del Ministerio de Cultura (¡ah!, ¿pero existe?). Entre la superioridad moral de unos (que alguien me diga de dónde viene, por favor) y el complejo de verdugo de otros (unos tienen la fama…), a lo único que alcanza el presupuesto de este circo es para un puñado de insultos que jóvenes momificados con pseudo-kufiyyas de Zara® lanzan a otros tantos uniformados con pantalones de pinzas y flequillos superlativos en aras de un futuro igual de crispado.
¿Y saben lo que les digo? Que me parece inadmisible que sigamos así, tan alienados, tan manipulados...
La única medicina que me resta recetarles es la lectura de Juan Farias y sus Años difíciles (perteneciente a la trilogía Crónicas de Media Tarde), donde no hay nombres, donde no hay bandos, sólo la mera tristeza, que ojalá se diluya como el rocío sobre nuestras cabezas, que ojalá se pierda con esa amnistía que firmamos aquel día.

viernes, 23 de abril de 2010

Día del Libro 2010


Espero no tener que hacerles esas dichosas preguntas que todos los años, tal día como hoy, hago a mis alumnos… “¿Qué día es hoy?” “¿Y por qué celebramos este día?” Pues sí, han dado en el clavo, hoy, 23 de Abril (aguas mil), es el Día del Libro, a la par que San Jorge o Sant Jordi, un día en el que se celebran cientos de actos en todas las bibliotecas, públicas o privadas, universitarias o escolares, en los centros de enseñanza y demás lugares donde campa la lectura, a veces o a diario. Y, como hoy estoy inspirado, les regalo unos versos algo facilones de mi autoría… Y lean, es sano para el corazón la mayoría de las veces.


-Libros que abren puertas…
-¡Ciérralas!
¡Se escapan las letras!

-Libros que asustan corazones…
-¡Calla!
¡Ruges como mil leones!

-Libros que desatan la risa…
-¡Shhh! Flojito,
que la boca se hace trizas.

-Libros que acarician el pelo…
-¡No sigas
que de cosquillas lo tengo lleno!

¡Mamá!
¿Quieres dejarme
leer en paz?


Autor: Román Belmonte Andújar.
Ilustración: Catia Chien.

miércoles, 21 de abril de 2010

¡Que viva la crítica!


Las buenas maneras, lo políticamente correcto, el pulimento, en definitiva, todo eso a lo que yo llamo cariñosamente “el adobo”, es casi una peste social. Como no viajo mucho, desconozco si también se habrá globalizado el mamoneo, ustedes dirán… Lo cierto es que, como greda reseca, tanto engendro sonriente y adulador, más que favorecer el florecimiento de todo tipo de disciplinas, se antoja homogeneizador y al que saca los pies del tiesto para poner en tela de juicio ciertos asuntos, le asestan una buena colleja en toda la cepa de la oreja. Por listo, que aquí no se cantean ni los del grupo Prisa (y eso que son los que más mandan…).
A veces, bajo esa capa de mugre que es la hipocresía, se puede encontrar algo que reluzca, aunque sea una pizca. Y durante mis lecturas, esta vez de ensayo, he encontrado algo que me ha gustado, y mucho. Y aquí se lo traigo.
¿Alguien sabría definirme “Literatura Infantil y Juvenil”? Echen mano del medio que quieran y seguramente llegarán a la misma definición: “literatura dirigida a niños y jóvenes”. No más. La segunda cuestión: ¿Qué características debe reunir dicha literatura? Y ahí es donde pinchamos. ¿Debe ser inofensiva, cursi, de fácil lectura o subversiva, cruel o compleja? Siento no poderles ayudar con un razonamiento coherente y preciso. No sé la respuesta. Todavía menos desde que leí De Robinson Crusoe a Peter Pan. Un canon de literatura juvenil, de Vicenç Pagès Jordà (editorial Ariel).
Este libro, además de reunir un conjunto de obras cumbre de la literatura infantil (yo leí muchas de estas obras siendo un niño, ¿por qué no llamarlo así?) y juvenil, establece una serie de consideraciones que me han hecho pensar más todavía en muchos aspectos de este tipo de literatura que, no nos engañemos, lo definen enteramente.
Si quieren saber cuáles son los títulos de la selección elaborada por el autor –para gustos, los colores-, tendrán que echarle un vistazo, pero les sugiero que si algo no deben perderse todos los profesores de la asignatura de “Lengua y literatura” que pululan por este sitio de vez en cuando, es su decálogo sobre lo que no debemos hacer con los libros, porque: No cabe duda de que una convicción cualquiera gana una infinidad en cuanto otra alma cree en ella (Novalis).

lunes, 19 de abril de 2010

Fabricando nubes


Parece ser que la atmósfera nos va a conceder una pequeña tregua durante los días venideros, aunque, con la meteorología, todo está por confirmar, sobre todo si atendemos a las dispares y variopintas condiciones climatológicas con las que se nos ha presentado el invierno, crudo y retrechero.
Más centroeuropeas que mediterráneas, las nubes que surcan los cielos de una parte a otra de la geografía española, están empeñadas con hacernos sufrir un poco más, a nosotros y a todo bicho viviente (que se lo pregunten al cultivar de crisantemos que he plantado en mi balcón…), que no sólo el hombre vive de rayos de sol. El único consuelo que nos queda, a nosotros y todos los ingleses que vienen a ponerse cicateros -de todo- a la Costa Brava, es que el verano nos azote como es debido, con cuarenta grados a la sombra hasta que nos duela el pellejo de tanto sudar, y así poder seguir quejándonos, que es otra de las aficiones patrias.
Durante la espera (que será breve…, por ello rezo) y para no acusar sobremanera a esas culpables de la lluvia de estos días, las nubes, aquí les traigo un librillo la mar de nuboso y fresco. La fábrica de nubes, una de las novedades de esta primavera, de Arianne Faber y editada por A Buen Paso, es un buen libro de imágenes para prelectores que aúna uno de los juegos más antiguos del mundo, el adivinar las figuras que dibujan las nubes, y algo de fantasía. Las ilustraciones se podrían relacionar con el mundo del cómic y el garabato infantil, aspecto que unido al formato del libro (alargado), le da un toque muy actual.
¡Acabo de ver una libélula con forma de nube! ¿O puede que sea una nube con contorno de libélula?

viernes, 16 de abril de 2010

Conociendo laberintos


La vida, maestra de todas las cosas, nos alecciona sobre esto, aquello y lo otro, y, aunque pensemos que la divina providencia es la que marca los pasos del camino, somos nosotros quienes damos la última palabra. Elegir entre esta salida o la de más allá, si giramos a la izquierda o torcemos tras esa esquina, nos forja lentamente. Y tras los itinerarios del laberinto que dibujan los días, la elección es nuestra única guía, esa que te hace toparte con cientos de caras desconocidas, con algunos hombres sin nombre y con otros que ya conoces y no quieres perder.
*
En mi ciudad hay mil barrios.
En cada barrio hay cien calles.
En cada calle hay diez casas.
En cada casa hay un hombre.
¿Y a este hombre qué le pasa?
Pues le pasa (no te asombres)
que nadie sabe su nombre,
ni le escribe, ni le abraza.
Le pasa que no le conocen
ni en su calle, ni en la plaza.
Le pasa que no tiene patio,
ni ventana, ni terraza.
Le pasa que nada le pasa
al hombre que vive enfrente
de la puerta
de tu casa.

Pedro Mañas.
El hombre sin nombre.
En: Ciudad Laberinto.
Ilustraciones de Silvina Socolovsky
2010. Vigo: Faktoría K de Libros.
Imagen: Suburbios. Silvina Socolovsky

miércoles, 14 de abril de 2010

Personajes y personas


Si algo bueno tiene la calle, es que provee al creador literario de todo tipo de personajes para las obras que hornea con tanto mimo. Desde seres mundanos hasta los de otra galaxia son bienvenidos en este repertorio sin límites de edad, sexo u oficio. Contemplen este surtido catálogo. Es gratuito y sin obligación de compra (¡estaría bonico!). Puede usted encontrar jueces venidos a menos por ganarse favores de unos a costa de la basura de otros, faranduleros con pose de eruditos, politicastros corruptos de pelo engominado que aspiran a usureros sin dignidad o ministras que quieren mudar la piel de la tradición oral a favor de intereses partidistas…
Pero otra cosa les digo: si yo me dedicara a esto de la narrativa, optaría por personajes más llamativos, que ando harto de tan copiosa realidad y me veo carente de esa suculencia que derrochan aquellos que se tambalean sobre los pasos de peatones mientras intentan esquivar lo raudo de los automóviles. Alguien como yo, como usted, no como ellos… Nosotros tenemos cosas más hermosas, más extrañas, más ladinas, más cínicas, más divertidas, más tortuosas, más grises y más tórridas que contar. ¿A que sí? Y mientras espero que a través de sus comentarios me cuenten asuntos algo inconfesables (y aquí viene lo difícil) relacionados con ustedes y los libros, les presento al personaje con el que Quentin Blake y la editorial Kalandraka pretenden hacernos sonreír estas tardes de tierra mojada… Lola. Conózcanla y ábranle la puerta de su risa, y si no encuentran el picaporte, búsquenlo en Los bolsillos de Lola, creo que es el lugar más indicado para encontrarlo…

lunes, 12 de abril de 2010

Días de primavera


Y como en el interior de las fosas nasales empiezo a notar un ligero picor que anuncia la plenitud primaveral, adivino que es el momento ideal para proveerse de buenas dosis de antiestamínicos y dejar que las mucosidades fluyan al exterior del organismo, que la congestión no es favorable para el estudio… Y no sólo son días de astenia primaveral, altibajos emocionales y hormonas desbocadas, no. Junto con los granos de polen y otras menudencias, también viajan las novedades editoriales, a las que dedicaré mi tiempo bloguero durante las próximas jornadas.
Si algo caracteriza a la primavera es que a más de una le da por parir… No por mero capricho o ciencia infusa, claro está, sino por salir de cuentas en esta época de tanto trino y gorjeo, tras los nueve mese de gestación que comenzaron con los arrebatos veraniegos, ¡qué nos gusta el calorcito, odo! Créame. Y si no lo hace, elija un cómodo asiento donde apoyar las posaderas y con vistas a una avenida populosa, y vaya contando los innumerables carricoches que frente a usted desfilan en cualquier tarde juguetona de abril. En lo que a mi respecta, subrayo que prefiero destinar mi tiempo a sorber caracoles que a acallar los berrinches espontáneos de un recién nacido (¿y quién no?), aunque, rompiendo una lanza por todos aquellos que sienten la llamada de la paternidad durante estas fechas, también admitiré que arrullos, arrumacos y arrebujos son necesarios para que la vida siga su curso.
Y hablando de hijos, madres y padres, este lunes en el que la sombra de muchos acontecimientos indeseables nos nubla la cabeza, he decidido encender una tea que lleva por título Días de hijo y alumbrar un poco su sonrisa. Porque esta obrita (asigno el diminutivo por el tamaño de la edición) de Philip Waechter, aunque no es canónica –hay muy pocas de estas-, sí es graciosa, luminosa, entrañable y cálida. ¡Ah! Y un inmejorable regalo para madres y padres primerizos.
¡Hasta mañana, que anuncia lluvia!

viernes, 9 de abril de 2010

Sobre "Le petit prince"



Le he dado muchas vueltas a este colofón parisino, a este final francés. Dudaba entre terminar a la usanza, con versos incluidos, o ser más aleccionador y crítico. Pero al final, en el momento menos esperado, bien temprano, a bordo de un automóvil y conversando con mis tres compañeros de viaje, ha surgido la luz, y aquí se la traigo, radiante como la primavera que nos invade.
Cuando he de hablar de un libro como este, tan leído, tan idolatrado, tan consagrado, acostumbro a pensar mis palabras, no sea que alguno sienta herido su ego lector y sufra el arrebato de retorcerme el pescuezo…
A tenor de las lecturas escolares, decían los de esta mañana (ninguno de ellos maestro, aviso…) que los libros de ahora, unos efímeros, otros inadecuados, no son como los de antes, sempervirentes y de exquisita redondez. Y ponían como ejemplo la obra que trato hoy, El principito de Antoine de Saint-Exupéry. Y hablaban de cómo su texto tenía la capacidad de adaptarse a las edades del hombre, de sus variados niveles de lectura, de cómo las acuarelas del autor seguían vivas tras tantos años…
Les seré sincero: yo soy de esos que han leído El principito a una edad tardía. Y como cualquier hijo de vecino, he tenido mis razones para no hacerlo antes. Veamos…: en mi niñez prefería títulos con argumentos más dinámicos, con buenas dosis de aventura, o si no era así, exóticos al menos, por lo que la ñoñería y parsimonia de ese niño caído de un planeta con nombre de ecuación matemática no me sugerían ni un ápice de curiosidad, mucho menos después de intentar ver la versión cinematográfica de Stanley Donen: horrible (todavía hoy lo sigo pensando). Hasta que llegó un día, el día adecuado. Y lo leí. Y me atrapó… Como ya saben, cuando caes en las garras de un libro especial, te devora una extraña quemazón. Y te envenena.
Conozco a mucha gente a la que no agrada este príncipe que arrancaba baobabs (costumbre que me pareció insolidaria y fea de solemnidad desde que leí que este árbol, debido a su soberbia y vanidad, fue condenado por los dioses a esconder su corazón en la tierra y mostrar eternamente sus raíces) y hablaba con zorros, pero quizá, conforme pasen los años, opten por la quietud, por la calma, y se endulcen como la fruta con libros como este, para dejar de ser viejos, para dejar de ser niños.

jueves, 8 de abril de 2010

Sorpresa gris sobre fondo multicolor


Calificaríamos de paradójico lo que me aconteció con los libros en la capital francesa, sobre todo si atendemos a la luminosidad de sus calles y lo vistoso de sus rincones (a pesar de que un servidor no pueda continuar con esa fama de romántica que se gasta –lo siento, la Lisboa de Pessoa transmite más emociones-, sí que admito lo pintoresca que llega a ser), por ello y para meterlos en el ajo, se lo intentaré trasladarles a continuación.
Manda huevos que el aquí firmante, haya tenido que viajar hasta la primavera parisina, esa de límpido cielo, de coloridas plazas, para toparse con una librería sita en la “Rue de Rivoli” cuyo escaparate permanecía atestado de obras de Edward Gorey, autor macabro y siniestro donde los haya. Aun así, he de reconocer algo: si hay un punto que une lo florido de París (¿¡será por floristerías!?) con los dibujos entintados y retorcidos de Gorey, ese es el del encanto.
Relegado a una segunda categoría de ilustradores, quizá por su escasa formación, quizá por lo tétrico, quizá por considerarse a sí mismo un autodidacta, Edward Gorey, es el primer autor de un estilo muy en boga hoy día, un tiempo en el que, en cualquier librería, se prodigan un sinfín de personajes con esa estética cabezona y cuerpos raquíticos (he aquí al predecesor de Tim Burton, que se sepa abiertamente), un tanto fantasmagóricos pero con mucho chiste.
Aunque no alcanzó la notoriedad hasta bien entrado en años (consecuencias de las modas y de los cambios sociales), Gorey -junto a sus numerosos pseudónimos- ilustró historias propias, todas ellas con un sutil y sinsentido humor negro que trata temas que van desde la soledad o la infancia a la muerte, pasando por la maldad o la inocencia (véanse como claro ejemplo Amphigorey, Amphigorey tambien, Amphigorey ademas -las tres publicadas por la editorial Valdemar-, The unstrung harp, en castellano El arpa sin encordar, o The gashlycrumb tinies -Los pequeñines macabros-, un abecedario de corte infantil y buen exponente de lo sórdido y mordaz de su pluma, y obra a la que pertenece la imagen de esta noticia), y otras historias de diversos autores como Edgar Allan Poe o Edward Lear, a quienes él mismo admiraba, entre otros escritores, pintores o cineastas.
Seguramente el estilo de Gorey no encaje entre los niños, pero tampoco creo que sea un autor para adultos. Pienso que está ahí, buscando un hueco entre los deseos y miedos de unos y otros, porque, y séanme sinceros, ¿hay alguien más cruel que un niño?

martes, 6 de abril de 2010

Le printemps parisien


El regreso al trabajo podría ser una senda de gran pendiente si no fuera porque las vacaciones nos regalan momentos de descanso y recreo…, aunque he de sincerarme y cuchichearles que ayer estaba deseando que el día de hoy no llegara de manera tan precipitada… Me creerán poco profesional, pero con mucho descaro les sacaré la lengua y reiteraré lo que llevo pensando un par de días: ¡Mamá, quiero volver a París!
Sí, amigos, he pasado una Semana Santa a la “parisienne”. Pero como este blog no versa de arquitectura barroca, sino de libros, tengo intención de narrarles algunas impresiones que sobre la lectura me ha descubierto la Lutecia romana, comparada, por supuesto, con esta España incalificable (uno se va unos días y se encuentra a su regreso con que a niñas de la edad de mis alumnas les da por matarse… una pena…).
Además de pasear por avenidas, parques y alguna callejuela, también he pisado un par de bibliotecas (¡cómo no!) y –esto es verídico-, casi me dan ganas de llorar: jamás había visto tanto joven acudir de forma tan masiva a una biblioteca un sábado. Muchos pensarán que, claro, en una ciudad que tiene fama de tener una oferta de ocio etílico tan pobre, los chavales se ven obligados a leer para entretenerse del modo más inofensivo posible. Pero les aviso que de eso, nada. A París le sobran bares, terrazas y discotecas abarrotadas, tantas como las de Madrid. ¿Y las bibliotecas parisinas? ¿Son como las de aquí? Mucho me temo que sí. Excepto alguna cosilla, léanse las secciones sobre cómic (toda una pasión en “La France”) o el escaparatismo bibliotecario (si hay que vender el producto, se vende), son un calco de las de aquí
- Entonces Mengano, ¿qué títere llevan esos gabachos en la cabeza que no les impide compatibilizar libros con cubatas?
- Pues mira, Zutano, el mejor de los elixires para ampliar las miras cerebrales se llama “costumbre”, así que te recomiendo que te hinches de ese veneno en el próximo botellón y vayas cambiado esas preconcepciones hispánicas un tanto obsoletas que nos dicen que a las bibliotecas se va a vegetar.
Y con esto y buenas dosis de pintura impresionista, les invito a visitarme mañana para seguir con “le printemps parisien”.

Imagen superior: Fantin Latour. 1861. La liseuse. Musée d’Orsay.
Imagen inferior: Emile Friant. 1885. Autoportrait dit un étudiant. Musée des Beaux-Arts, Nancy, Lorraine.
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