viernes, 10 de junio de 2011

Tripas a todo color



No cabe duda de que hurgar es cosa de niños… Guiscarse la pituitaria hasta encontrar petróleo, fisgonear en el cabello en busca de piojos o manosearse como monos, son acciones propias de infantes con ganas de descubrir el mundo, buscar el porqué físico de las cosas, en definitiva, ejercer de joven investigador hasta que, de un manotazo o algún disgusto, desaparezcan las ganas. He aquí el leitmotiv de los libros de aprendizaje o conocimientos, unas veces muy útiles, otras para desechar en algún contenedor de reciclaje…
Hablando de estos libros les diré que, cuando no levantaba tres palmos del suelo, mis favoritos eran aquellos que, sin mucha literatura y dibujos detallistas, eran capaces de dilucidar el engranaje de un coche, el fuselaje de un avión, el interior de un castillo del medievo o la constitución del cuerpo humano, grandes trabajos de disección que se merecen mi admiración y respeto, no sólo por la calidad artística, sino por el grado de investigación que esto requiere.
De entre los muchos autores que cabría reseñarles podría citar el maravilloso trabajo de Stephen Biesty (siempre me ha encantado la labor de este forense del lápiz cuyos originales pude admirar con motivo de la exposición “El lápiz mágico”, desarrollada en el año 2004 por el British Council y Biblioteca Nacional), pero por citarles un buen libro que, de este modo es capaz de explicarle a un niño nacido entre asfalto y nubes de dióxido de carbono cómo se organiza clásicamente una antigua casa de campo (una pena que queden pocas de estas, ¡con lo felices que serían muchos descubriendo todos sus rincones…!), les recomiendo La granja, de Philippe Dumas, un libro-álbum reeditado por la editorial Corimbo (en un formato menor, todo sea dicho…) que acabará destrozado a base de relecturas, el mejor final para cualquier libro.

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