martes, 29 de noviembre de 2011

Después de la guerra



Cuando oímos la palabra guerra, se suceden en nuestra mente imágenes de tanques, bombardeos y trincheras, de muertos, heridos y torturados, en definitiva, estampas del dolor más inmediato. Todo un alarde de paradójico salvajismo humano…
Sin embargo, la mayoría de nosotros obviamos la otra cara de la guerra, esa que protagonizan viejos, mujeres y niños, todos aquellos que no acuden a la primera línea de fuego y quedan marginados al plano de la miseria, la supervivencia y el abuso… Una lucha de otra calaña, nada que ver con la heroicidad que abarrota todos los frentes.
La guerra siempre la sufren los que se quedan esperando que llegue el final de los enfrentamientos para, con un suspiro, continuar la vida allí donde la interrumpieron (si es que pueden…).
A mi juicio, las obras literarias o de otra índole, léase cine o teatro, que abordan el peor espectáculo del mundo desde la perspectiva de la población civil, son mucho más enriquecedoras e impactantes que las que lo hacen desde el campo de batalla. El afán por sobrevivir al hambre, la fatiga, el frío, el rencor y la envidia, es un acto de entereza que demuestra una vez más que el hombre, no sólo es un animal cruel y fiero, sino digno y lleno de orgullo.
Por todas estas razones y en mi empeño por seguir presentándoles las novedades más reseñables de esta temporada, les traigo Camino de mi casa, un libro-álbum patrio de Ana Tortosa y Esperanza León (editorial Thule), en el que se habla (o al menos así lo he interpretado yo), de esas víctimas de los enfrentamientos bélicos, de esas almas en pena, que anhelan encontrar el camino que les devuelva a su vida, una vida que dejaron aparcada por el rumor lejano de las bombas.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De animales de compañía



Nos vamos haciendo viejos, cuestión que queda constatada por la cantidad de bodas, embarazos y bautizos que nos rodean. Será ley de vida esto de los altares, las mesas de parto y las pilas bautismales… ¡Ea!... Y a quién no le guste, que se compre un perro…
De perros, perras y otros mamíferos están llenas las tiendas de mascotas, lugares a los que peregrinan solteros de medio mundo para hacer más leve su soledad y de paso, esclavizarse hasta la pituitaria con las necesidades de bichos de toda índole. No es que me parezca mal…, pensándolo detenidamente, los niños te ladran a sabiendas y con malas intenciones, cosa que no sucede con los chuchos, las iguanas o las grajas. El mundo animal, aunque puede parecer de una complejidad pasmosa, no lo es tanto cuando convives a diario con él y terminas pensando que lo enrevesado se torna sorprendente.
Reconozco que los animales no son lo mío, pero admito que tener algo con vida girando en derredor, hace la estancia sobre esta tierra, esa sobre la que se depositan todo tipo de excrementos caninos, más llevadera y menos estática, con la pequeña aclaración de no comulgar con ese empeño de muchos dueños en tratar a sus mascotas como si de seres humanos se tratasen, ¡basta ya de correas de última generación, pret-a-porter animal y piensos de cinco tenedores!... Cobijo, comida, higiene, salud y cariño son las premisas básicas para mantener contento a su bicho de compañía, y si no me cree, lea los dos títulos de Janosch que la editorial El Jinete Azul ha sacado a la luz estos meses de hojas caídas y viento fresco.
Historia de Valek, el caballo y Valek y Jarosch tienen como protagonista a Valek, un equino con gran sensibilidad que, tras dejarse llevar por la pasión, descubre que detrás de un amo alegre y dicharachero, se encuentra la desdicha y la tristeza.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Olvidos



A nuestra especie, por lo general, le es fácil olvidar… Eso sí, hay olvidos y olvidos… Nada es comparable a olvidarse del primer amor, de traer un hijo al mundo o de ver morir a un inocente… La puntualización viene cuando nos percatamos de que olvidarse de apagar el brasero, de echar la bonoloto, de felicitar a Mengano por su quincuagésimo cumpleaños o de acudir a las urnas en una jornada de elecciones -siéndoles sincero, decirles que, entre equipajes, limpieza y arreglos florales, se me olvido votar… esta loca cabeza… je, je, je-, puede repercutir sobremanera en nuestras vidas.
Dicen por ahí que el olvido es el padre de todos los males, pero claro está, en su justa medida… Unos piden que no se olvide todo lo malo que hicieron otros para, a la postre, olvidar la razón por la que llegaron al poder… Llamémoslo necedad, es lo suyo...
Yo defiendo por tanto, una pizca de olvido y otra de recuerdo que, a partes iguales aporten la suficiente claridad para discernir entre lo necesario y lo sectario una vez arribe la hora…, y si no, que al menos la vida nos insufle un buen soplo de ignorancia para que, aunque no olvidemos con la facilidad deseada, seamos felices sin comprender el mecanismo que genera nuestro movimiento, cosa que siempre sucede de manera voluntaria al alma mediterránea que políticos y ciudadanos engordamos en nuestra mundana mortaja.
Y con unos olvidos y otros, les dejo, como no podía ser de otra forma, con El guardián del olvido, un clásico muy laureado de Joan Manuel Gisbert y Alfonso Ruano, que, sin caer en ese olvido editorial que tan poco nos gusta a los lijeros, ha sido reeditado por SM durante este otoño de bulla y trajín, para que los ciudadanos nos concedamos un momento egoísta y desconectar así de tanta urna y voto.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De inofensivos que son fieros



Apunta el saber popular que “perro ladrador, poco mordedor”, aunque de algunos que ladran a todas horas no quiero oír ni mu, que no tengo los tímpanos a prueba de bombas nucleares esta mañana… Si al anterior dicho añadimos que “de las aguas mansas líbreme el Señor, que de las bravas ya me libro yo”, les doy suficientes pistas para averiguar que las puñaladas de hoy van dedicadas a los dóciles en vez de a los fieros -un servidor ha de tenerlos contentos a todos…, je, je, je-.
Odio con todas mis fuerzas a los que, con palabras dulces y buenas maneras, se ganan los favores de otros. Detesto a todos aquellos que, con tono dulce y falsas caricias, son capaces de ganar terreno a otros y salir adelante.
Esta claro que el mundo no es mundo desde que David Bisbal y Elena Tablada están a la gresca, pero déjenme advertirles de que esa sociedad que formamos todos, valora más lo sibilino y jabonoso, que lo serio y transparente... No tuerza el morro, querido lector, la vida cambia a pasos agigantados y más nos vale reconocer que esas buenas maneras que lo visten todo, ya no sólo forman parte de la política y los negocios, sino también de la cesta de la compra y las aulas.
Sí, sí… Yo por mi parte sigo prefiriendo lo evidente y claro, lo directo y sincero, a lo amalgamado y retorcido, a los abrazos cargados de intenciones y a las máscaras que todo distorsionan… Así me va: como el culo.
Y hablando de esos lobos que no muerden y de esos corderos con pellejo algodonoso e inofensivo, pero interior interesado y mezquino, aquí les dejo el libro Los tres lobitos y el cochino feroz (editorial Ekaré, 2009), con Eugene Trivizas a la pluma y Helen Oxenbury al pincel, que, basándose en el cuento clásico del siglo XVIII, Los tres cerditos y el lobo feroz, invierten los papeles de los personajes, modernizándolo así para estar más acorde con el mundo que antes he descrito. Aunque puede resultar extraño, el libro es gracioso y fresco, cosa que se agradece dada la cantidad de reediciones y tontadas que se están publicando últimamente. Evidentemente me ahorraré el decirles que me ha encantado. ¡La última palabra es suya!

martes, 15 de noviembre de 2011

De botones y pedradas







A esos nostálgicos que se liaban a pedradas en cualquier descampado.

- ¡Hombre, Alfonso! ¿Cómo te va?
- ¡Mira! ¡El Chino! ¡Qué elegante! ¡Con traje y todo!
- Ja, ja… Quién me ha visto y quién me ve, ¡¿eh?!
- Ni que lo digas… Acostumbrado a recordarte con la cara tiznada y las rodillas desolladas…
- Je, je… ¡Anda calla, que tu eras peor! ¡Llevabas de mugre en aquella gorra…!
- Ja, ja, ja… Como sólo tenía una, había que sacarle todo el partido…
- ¡Y de pocos golpes que no te habrá salvado, pájaro!
- Ja, ja, ja… Su función hacía, no creas que no… Ja, ja, ja
- ¿Te acuerdas cuando liábamos aquellas guerras en el solar del barrio?
- ¡Vaya! ¡La de veces que nos habremos zurrado allí! ¡Menudas guerras!
- Piedras, latas, palos… ¡Y hasta huesos de aceituna! ¡Todo lo que pillábamos a mano!
- Y al día siguiente llevábamos mercromina hasta en el ombligo… Ja, ja, ja.
- Manolo El Repeines siempre se llevaba la peor parte… ¡Qué pringao era!
- Ja, ja, ja… Si no le abrimos la cabeza cien veces no se la abrimos ninguna…
- Aquello sí era jugar…
- Pobre… Creo que ahora está en el paro…
- Ea…, la vida no cambia, sigue tan perra como siempre…

La guerra de los botones.
Louis Pergaud.
1993. Madrid: Anaya

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando caen las hojas...







De puro milagro ha llegado el otoño… Ya empezábamos a pensar que esa brisa norteña que de amarillo y grana cubre el campo, se había olvidado de estas latitudes en las que el sol se erige como dictador supremo.
El cielo plomizo con su lluvia, castañas y setas, paraguas y chubasqueros, la merendera, el azafrán, y ese aroma a guiso caldoso que rezuma de entre las ventanas de los vecinos, se agradece a manos llenas cuando el sopor del verano se hace insufrible durante tantos meses…
No son mis huesos los que piden humedad y frío, pero sí mi adormilado cerebro, ese que de vez en cuando redacta para ustedes las reseñas más simpares del panorama ciberespacial.
Reconozco que brotar durante octubre o noviembre es difícil para la mayor parte de las plantas, y a un mismo tiempo les digo que también lo es para mis palabras. De ahí que durante el comienzo de este curso, no preste tanta atención a libros y otros engendros literarios, aunque me mantengo a la espera de que las bajas temperaturas y el frescor de la niebla, revivan esa creatividad mía que tanto agradecen ustedes.
Por el momento y haciendo acopio del insomnio, les traigo un título pintado para la ocasión, Pedro y su roble, con texto de Claude Levert e ilustraciones (siempre exquisitas) de Carme Solé Vendrell. Reeditado por El Jinete Azul, este texto un tanto poético de los ochenta -aunque obtuvo el Premio Nacional de Ilustración en 1979-, no sólo presta atención al dispositivo cíclico de la vida a través de los árboles (recuerden que es uno de los temas generatrices en la LIJ de ayer, hoy y siempre, tan adecuado para la didáctica repetitiva de la Educación Infantil y Primaria), sino que derrama en un mismo espacio un torrente de emociones hacia la naturaleza, hacia el entorno, que puede ser utilizado para despertar en el lector un sentido conservacionista de lo que le rodea, idea muy en boga hoy día con tanta educación ambiental y tanto ecologismo de pacotilla… En definitiva: una buena opción para lucir en los expositores de novedades de un otoño tardío como el que vivimos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Leyendo para los demás



Aparte de antiimperialistas, somos tontos de capirote… Nos pasamos la vida quejándonos de que Foster’s Hollywood está acabando con la dieta mediterránea, de que si la Barbie ha hecho mucho daño a la industria juguetera de Ibi, o de que no sabemos hacer deporte sin que Reebok salga bien parada, para, al final, defender a capa y espada el que nuestros hijos se disfracen tomando como excusa esa fiesta pagana llamada “Halloween” y se diviertan en detrimento de esa otra llamada “Todos los Santos”, más propia y compungida… Y voy más allá: tanto nos hemos empeñado, que hasta en los centros educativos se ha convertido en imperiosa necesidad académica… ¡No nos queda que ver…!
En el instituto almadenense en el que trabajo y al hilo de estas celebraciones, programamos una actividad de lectura en voz alta. Un servidor sabía de antemano el rotundo fracaso que iba a cosechar…: cuando se reúnen treinta y tantos alumnos en torno a un libro y sin mucha organización, lo más probable que suceda es un revuelo de agarrarse los machos… Pese a ello, lo más llamativo no fue el resultado, sino que corroboré, una vez más, la poca práctica que tenemos los docentes en leer de viva voz cualquier texto. Por ello, y haciendo referencia a un pequeño curso de lectura en voz alta al que asistí en la Biblioteca Pública de Socovos (Albacete) con Darabuc a la batuta, enumeraré una serie de pautas que les serán de utilidad. ¡Ahí van!
- Elija un tamaño de letra adecuado. La luz y la butaca también son importantes. Siéntase cómodo mientras intenta llamar la atención de los demás con sus palabras, si no lo está, probablemente despertará otras sensaciones menos agradables…
- Familiarícese con el texto. Léalo de antemano: ha de conocer qué quiere transmitir a su público. Los textos que mejor se leen en voz alta son aquellos que hemos interiorizado previamente. Si leemos a primera vista, se hace patente el desinterés, actitud muy contraproducente cuando hablamos de animar a la lectura.
- Tras esa primera lectura, concédase un minuto para pensar en la temática del texto y el tono que debe utilizar: cómico, dramático, dulce, indiferente… Todos caben en su voz, sólo ha de elegir el más apropiado.
- Realice notas en esa lectura previa, en el papel: sobre la entonación, sobre las palabras clave, sobre la modulación del volumen, sobre las pausas que ha de hacer… Transforme el texto en una partitura: las palabras son sonidos, y los sonidos, música.
- Trabaje con su voz unos minutos. Realice unos pequeños ejercicios de relajación de la mandíbula, haga vibrar sus cuerdas vocales y utilice su cuerpo como la gran caja de resonancia que es. Su público se lo agradecerá y su garganta también.
- Ubíquese enfrente de su público. Jamás detrás o ladeado. Procure mantener una postura erguida, sin elevar demasiado el soporte de lectura. Si pone el libro delante de su cara o baja demasiado la cabeza, sus palabras se harán ininteligibles y la atención de los demás irá decreciendo.
- Respire adecuadamente. No tenga prisa. No se atropelle. ¡Fuera nervios! Si usted necesita tiempo para hacer su lectura con éxito, su público necesita tiempo para captar y procesar las palabras que escuchan.
- Intente no declamar. Deje el teatro a un lado. Leer en voz alta no consiste en realizar lecturas dramatizadas. El exceso de efusividad, superar la barrera de la naturalidad, le puede costar más de una risa.
- Gesticule sin miedo y sin excesos. Contacte visualmente con el público. La empatía es muy importante en la lectura.
- Por último, el mejor de los consejos: sea usted mismo. Leer en voz alta también es leer para uno mismo y por tanto, un acto íntimo, una propia interpretación de las palabras que quiere compartir con otros.
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