miércoles, 3 de octubre de 2012

Volviendo a la infancia




Sin olvidar darles las gracias por todos los mensajes de apoyo que he recibido, seguiré el camino que me marqué el día que inauguré este lugar y prestaré atención a las cosas tiernas que guardan las páginas de los libros, aunque ello me cueste algún disgusto y desavenencia…
A lo que vamos: los que no tenemos pueblo (cosa de la que muchas veces me alegro… mucho alcahueteo y poca diversión…), debemos conformarnos con un pinar cercano, el patio de la vecina o el huerto de algún familiar, sitios donde, por costumbre, suele erigirse un árbol desde el cual divisar, a modo de torre vigía, los dominios de los que, como jóvenes timoneles, solemos apropiarnos en nuestras primeras fantasías. Así, como monos danzarines, pasamos el tiempo encaramados a todo tipo de ramas, buscando sendas entre la maleza, rasgándonos la ropa con espinas escondidas y ensangrentándonos las rodillas con la áspera corteza; en definitiva, descubriendo los rincones que nos regala la infancia.
Porque reñir con nuestro inseparable amigo de perrerías, recibir un buen sopapo como castigo a alguna trastada, atar unas latas al rabo de algún perro para que nos propine un mordisco, o caerse desde lo alto de una higuera, -como el protagonista del libro de hoy, El lugar más maravilloso, de Javier Sobrino con ilustraciones de Esperanza León-, pueden ser circunstancias mínimas que, aunque nos hagan crecer, siempre nos llevan al mismo lugar que nos vio nacer: el regazo de nuestra madre.

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