miércoles, 8 de octubre de 2014

De alarmas, virus y canes


Cuando cosas como el reciente contagio de ébola suceden, uno se da cuenta de cómo es el país en el que vivimos... Uno percibe el ambiente enrarecido, sobre todo, cierto tufo a ignorancia: la ignorancia del populacho (ese que opina, desconoce y ajusticia sin piedad), la ignorancia de la clase política (una que, sin encomendarse a Dios ni a la Santísima Virgen, se mete en camisas de once varas con la esperanza de arañar unos cuantos votos), la ignorancia de las farmacéuticas (las más beneficiadas en estas lides), y, por último, la ignorancia de los enfermos y las víctimas (figurándose peleles con los que siempre se juega).
Nadie sabía qué era el ébola hasta hace dos días (y eso que lleva casi cuarenta años en conocimiento de las autoridades sanitarias internacionales y está catalogado como un virus de bioseguridad de nivel IV -el más elevado-), y ahora todo quisqui ha hecho tesis doctorales acerca de este filovirus a base de guasap y otras aplicaciones perversas, para poner en entredicho las palabras de nuestros, tan queridos, como odiados, médicos y especialistas sanitarios (entre los mejor considerados del mundo, he dicho).
Aparte de la alarma social que este bichito está causando por todo el globo, lo más llamativo son las decisiones de los gobiernos (propios y ajenos) en estas lides, esas que, envueltas en un edulcorado buenismo y algún que otro complejo, han introducido en occidente a conciudadanos contagiados de esta enfermedad, poniendo así en peligro al resto de la población en una alarde humanitario y muy familiar de compartir las desgracias ajenas con sus votantes. Como apunte y por si acaso se olvidan, diré que con la salud (esa de la que sólo nos acordamos en el sorteo de lotería navideño) no caben paños calientes, sino celeridad y mano firme.
Al otro lado están la oposición con sus ganas de enardecer a las masas (siempre vemos la paja en el ojo ajeno… ¡Qué tristeza más grande!), los sindicatos y las suculentas tajadas a instancias de la prevención de riesgos laborales, las farmacéuticas frotándose las manos, y los españoles cagados a base de televisión y radio. Esperemos que algún valiente le quite hierro al asunto con sorna y chiste, porque si no, ¡este cementerio irá para largo!...


Dejando para el final a las asociaciones animalistas y a algún que otro marido desquiciado (N.B.: a estos los encerraba yo en alguna mina abandonada junto a una rehala envenenada con esta mortífera arma biológica) que antepone la salvaguarda de un can a la de cientos de vecinos, llegamos a otro Perro negro (¡ya les llamé la atención sobre él en mi selección de libros foráneos del 2013!), un álbum ilustrado (maravilloso y ganador del premio Kate Greenaway, todo sea dicho) de Levi Pinfold y (co)editado en castellano por Nubeocho y Pepa Montano en el que un perro gigantesco que merodea en los alrededores de una casa se va haciendo cada vez más pequeño y menos peligroso para sus habitantes a instancias de la niña protagonista; algo que esperemos también suceda con este enemigo que ha sorteado nuestras fronteras y al que tanto empezamos a temer, llamado ébola.


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