miércoles, 10 de junio de 2015

De huérfanos y cariño familiar


Si este momento aterrizara un brujo pirujo (que los hay) y, como por arte de birlibirloque, me dejara caer en otra familia que no es la que conozco, probablemente saldría más loco de lo que estoy. Y es que, claro, los parientes, además de para aguantarse (¡Que aquí sufrimos todos la mala leche, locuras, excentricidades y llantos de todos!) están para arroparse (o eso creo)… Seguramente en su casa tengan una manera de darse cariño totalmente diferente de la que tenemos en la mía, y en la de más allá, otra, y en aquella, otra (N.B.: Hay tantas formas de amar en el hogar que se sorprenderían al toparse con ciertas rarezas que envuelven al afecto), pero en todas, aunque mínimamente, se reconocen los lazos que nos unen a los nuestros.


Sería extraño andar en pos de una familia (no es lo mismo buscar un zapato debajo de la cama, la cartilla del banco o la pareja de este pendiente), aunque son bastantes los que se embarcan en esta tarea, tan dura, tan tediosa… Fíjense en los orfanatos, esos lugares en los que viven muchos chavales que, a pesar de los amigos o los compañeros de correrías, sienten un vacío que, aun no pudiendo explicar, imagino lleno de soledad maternal, paternal o fraternal.


Aunque si bien es cierto que muchos de estos niños perdidos encuentran un hogar en el que crecer y sonreír, en el que confluye gente a la que abrazar y apegarse a pesar de no compartir lazos sanguíneos, también hemos de hablar del fracaso que supone el que muchos otros no terminen de hallar su lugar entre sus familias adoptivas. Son aquellos que añoran a sus padres biológicos, viven cuestionándose, atormentados, y terminan sus días vagando en busca de una explicación verbal o carnal que les sosiegue este anhelo.


Quizá un servidor no comparta tales decisiones (la mayor parte de las veces hay que querer a quien te quiere y olvidarse de estigmas y otros despojos humanos), pero son comprensibles desde la necesidad de identificarse con los propios orígenes. Al fin y al cabo, todos tratamos de buscar los momentos felices junto a los nuestros aunque a veces nos entren ganas de matarlos (figuradamente, claro), de disfrutar de lo que tenemos y no pensar en lo negativo, algo que Gastón el protagonista del álbum ilustrado de Kelly DiPucchio (Andana Editorial) descubre tras un brusco vaivén.

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