miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cumpleaños infantiles y miedos adultos


Con tres bocas que alimentar, no es de extrañar que X, mi compañera de viaje diario, tenga siempre algo de lo que hablar y que el quehacer diario de una madre de familia monopolice el tema de conversación la mayor parte del trayecto... Ayer tocó: “los cumpleaños”. Toda una fiesta... Pregúntenme lo que quieran. Ya sé todo lo que tiene que saber un ¿humano? para celebrar el cumpleaños de su hijo de una manera occidentalmente aceptable y sin darle mucho al coco. Bolas, colchonetas inflables, animadores infantiles, merienda -contratada o a escote-, fotos a troche y moche, griterío y llantos, regalos por un tubo, corona de princesa y ¡hasta un trono! incluidos (¡Más madera!), hacen las delicias en el (supuesto) día más feliz en la vida de un niño. Mientras ella justificaba el circo (lo hacen todos los padres cuando me ven la jeta, estoy muy acostumbrado...), yo me acordaba de todas las fiestas de cumpleaños a las que había acudido en mi niñez y pensaba que, excepto el atrezzo y el vestuario, poco habían cambiado las cosas... Y me sonreía.


Desde que era (¿o soy?) un mico, todas las celebraciones de esta índole me resultaban un tanto quijotescas, ya que entremezclan la realidad de la niñez con la mirada adulterada de los mayores, sus ficciones y convenciones, que, por extensión, hablan de sus miedos y otros males sociales. Compra el regalo, parlotea con el resto de los invitados, sonríe, habla de lo maravillosos y bien educados que son todos... No se sabe si estos faustos se deben más a la reafirmación de los padres y sus ganas de figurar, o al mero afán de que los críos disfruten de una tarde con sus iguales. En definitiva, unas reuniones que se merecen más de un estudio sociológico. Algo que a empezado a hacer Anthony Browne en su último libro, ¿Qué tal si...?, editado por Fondo de Cultura Económica.


Hacía bastante tiempo que no hablaba de este hombre, uno de los más aclamados creadores de álbumes ilustrados, pero tras encontrar este título a finales del pasado curso escolar, decidí reservarlo para la vuelta al cole y darle cierta trascendencia, no sólo por el tema en él tratado, sino porque me resultaba bastante trascendental para todos aquellos lectores que se ven involucrados en los avatares de la vida infantil. En él, Browne sigue adentrándose en los miedos infantiles desde su ya acostumbrada doble (a veces incluso triple) perspectiva, la del protagonista y la de su familias, que la mayor parte de las veces es muy diferente aunque el autor siempre encuentra un punto en el que ambas confluyen y se equilibran (N.B.: a veces, muy de soslayo y con cierto cariz surrealista y divergente, su tratamiento argumental me recuerda a Sendak). Es por ello que esta recomendación de hoy va para padres e hijos que acuden a un cumpleaños sin saber muy bien qué pasará allí...
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