viernes, 6 de noviembre de 2015

Hablando de LIJ con... Lucas Ramada Prieto




Román Belmonte. Lucas, no sé cómo me he atrevido a este cara a cara... Podemos salir tarifando... ¿Que trae a un filólogo a la LIJ? No es cosa de altos vuelos para los académicos...
Lucas Ramada Prieto. Como los académicos sigan volando alto acabarán en una deriva espacial sin retorno. Aunque de la misma manera te digo que como los mediadores sigan enterrando su cabeza en la arena lo tenemos crudo. Parece que poco a poco las distancias empiezan a acortarse y las miradas comienzan a cruzarse y por ello brindo, pero hay un déficit colaborativo evidente que tanto unos como otros deberíamos esforzarnos por resolver con mayor celeridad.
La LIJ ha sido siempre una piedra angular para mí. Tuve la suerte de crecer con ella en una época y una región en la que su circulación era totalmente marginal así que puede decirse que soy un privilegiado al que nunca ha habido que “convencer” de sus beldades. En mi casa sólo ha habido dos religiones: la educación y la iconoclasia. Mi madre es maestra y todas las sobremesas de mi infancia giraron en torno a la escuela. Yo me preinscribí en medicina porque quería ser el Doctor Carter de Urgencias pero me di cuenta a tiempo de que lo mío era la ficción y me fui a Oviedo a estudiar Hispánicas. De la suma de todo salió mi viaje a Barcelona para estudiar didáctica de la lengua y la literatura bajo el ala de Teresa Colomer y el grupo GRETEL, y desde entonces me dedico a la educación literaria (hay un paréntesis de seis meses en el que fui leñador en Australia, pero no vamos a hablar de ello). Ahora la LIJ es la materia prima con la que me divierto teorizando sobre la formación lectoliteraria.
R.B. Por más que lo pienso, no consigo dar con una buena definición de “literatura infantil”... ¿Alguna idea que añadir al carro?
L.R.P. Bueno, hace poco me pidieron que escribiese sobre la definición de literatura infantil digital y tuve que comenzar diciendo que si no podemos definir literatura seguir concretando a partir de ahí se presentaba tarea harto difícil. Yo me siento cómodo con esa definición que habla de una literatura que tiene en consideración a un lector en desarrollo durante su proceso creativo y que utiliza ese marco como fuerza poética y no como limitación expresiva. Cada palabra de esa definición, con sus significados y ambigüedades, me parece suficientemente respetuosa y flexible con un espacio tan plural y heterogéneo como el de la LIJ como para atreverme a suscribirla, al menos durante un ratejo.
R.B. Dime tres álbumes ilustrados para niños que atesores en casa.
L.R.P. Uy, ¡con lo que me gustan a mí listas! La cocina de noche de Sendak es el primer álbum que pedí a mi madre que firmase con mi nombre, antes incluso de saber escribir y siempre ha sido un texto especial para mí. Tengo una edición vieja de Alfaguara de El libro de los guarripios de Arnold Lobel a la que también le tengo mucho cariño. Y para no parecer un viejoven te diré que Un mensaje en clave de Nicolai Troshinsky me vuelve loco. Todo en él.



R.B. Últimamente tengo la impresión de que los buenos productos son para un público minoritario y exclusivo, pero pienso en Michael Jackson, Strauss, Madonna o U2 y concluyo con un “cuando algo es bueno y popular, trasciende”... ¿Por qué muchos buenos libros no alcanzan al gran público? ¿O acaso lo comercial no tiene la suficiente calidad?
L.R.P. Había dicho ya lo de la iconoclasia, ¿verdad? No sé qué pensaría Strauss al verse en un bocadillo con Madonna y Bono.
R.B. Era una mera anacronía...
L.R.P. (Ríe) Creo que este es un tema complejo. Pienso en un cuello de botella y en cómo la capacidad de disfrute sigue siendo a día de hoy una cuestión determinada por las condiciones socioeconómicas, socioculturales y educativas del lector y que por tanto trasciende lo que pedantemente podríamos llamar la “ontología cualitativa del texto”. Con esto quiero decir que el acceso minoritario a una obra viene determinado por las trabas existentes a nivel transversal en el circuito de difusión y mediación. Para que un “buen libro X” llegue a manos de una “lectora Y” hace falta, por un lado, que los mediadores sociales (educadores, bibliotecarios, entorno familiar) sean conocedores de ese libro; y por otro, hace falta que esa lectora Y tenga las herramientas suficientes para enfrentarse a ese libro X y por lo tanto, volvemos a depender de un entramado institucional que se encargue del empoderamiento lector de los más jóvenes de su sociedad a través del sistema educativo (y sus diferentes tentáculos). Si a esto le sumamos que normalmente consideramos “buenos libros” aquellos que sugieren una polisemia de complejidad creciente, esas herramientas requeridas son más y más costosas de adquirir y por lo tanto necesitan más de ese entramado formativo.
Otra cuestión es la de la calidad de lo “comercial”. No tengo problema en declararme abiertamente anticapitalista, pero que sea aviso para navegantes. Creo que en una jungla de consumo como la que vivimos lo que es peligroso es el producto que nace comercial, quiero decir, aquella obra que piensa más en los números que en el proceso creativo del texto y para ello vende su alma a las exigencias del mercado. Pienso en editoriales como A Buen Paso, Ekaré, Libros del Zorro Rojo, etc. y las veo agentes indispensables para la sociedad educante porque su trabajo nace del respeto base a la “dama literatura” como diría Teresa Durán y de la pasión por la literatura infantil y juvenil. En cambio, hay otras editoriales cuya actividad está centrada en el crecimiento económico y para ello se valen del ABC de la sociedad de consumo: Publicidad, aprovechamiento de franquicias, homogeinización de las experiencias estéticas, etc, y así no se va a ningún sitio.
R.B. Veo que confía usted demasiado en los “educadores”, no sé si alegrarme por la parte que me toca o llorar ante tanto optimismo...
L.R.P. No sería un buen ciudadano si no creyese en la importancia capital de la educación, y no sería un buen didacta si no le diese al brazo ejecutor de la educación la relevancia que tiene. Aun así, la responsabilidad, y por tanto la confianza, creo que debería ser compartida por todos los miembros de la sociedad educante y eso nos incluye a todos, en la medida de nuestras posibilidades y con los recursos de que disponemos.
R.B. En cierta ocasión me criticaste que en una selección temática de libros incluyese bastantes libros-cliché... Cuando nuestra intención es despertar el gusanillo de la lectura y que lea hasta la Intemerata, ¿es lícito echar mano de la paraliteratura?
L.R.P. Yo (pausa dramática) he criticado cosas que vosotros no creeríais... No recuerdo exactamente qué dije ni dónde, pero tengo muy claro lo que pienso al respecto. No se puede crear hábito lector con Proust. No se nace en Joyce, se llega a él y una vez allí uno decide si quedarse o no. Y para llegar a las cumbres de la literatura, sean estas cuales sean, hay que ir peldaño a peldaño. Es fundamental conocer al lector y entender de dónde viene y la inercia que lleva para ensanchar sus horizontes de disfrute. Esto quiere decir que ni mucho menos hemos de generar tabú en torno a la paraliteratura porque al final sólo generaremos complejos y es lo último que queremos. Pero eso es totalmente diferente a “ofrecer” paraliteratura. Creo que el panorama LIJ es suficientemente rico, fuerte y plural como para poder trabajar con obras de calidad adecuadas a las necesidades de cada contexto de mediación y es que cada libro que tendemos es una carta de presentación del sistema literario y queremos que los lectores sean conscientes y conocedores de lo que la literatura tiene para ofrecerles, y eso es mucho más que Gerónimo Stilton.
R.B. El Pomelo de Chaud, el pez arcoiris de Pfister, las Princesas de Dautremer y Lechermeier, o el Gruffalo de Donaldson y Scheffler, son personajes que han encandilado a los más pequeños, pero lo que comenzó siendo una buen libro o idea literaria ha desembocado en una espiral comercial. ¿Se prostituye la LIJ con facilidad?
L.R.P. Te digo lo mismo que antes, todo depende del trasfondo con que se hagan las cosas. El fenómeno fan es inherente a nuestro tiempo; yo tengo un póster de Where the wild things are colgado sobre mi cama y no creo que nadie piense en la prostitución de Sendak cuando lo ve. Tendencias como la serialidad, la transmediación e incluso la “cosificación” del universo LIJ en efecto pueden usarse para generar dinero, pero también como modo de hacer trascender lo ficcional fuera de las barreras del libro y acercarse a nuevos espacios de la vida del lector. ¿Se prostituye la LIJ más que otros géneros literarios? Hace poco vi una línea entera de juguetes sexuales de 50 sombras de Grey, así que permíteme que lo dude. ¿Que la cercanía del público infantil con las actitudes fan, el desconocimiento en ocasiones preocupante de los mediadores sobre el sistema LIJ y su aprovechamiento por parte de ciertas franquicias pervierte en ocasiones el circuito? Sí, claro, pero eso no creo que sea culpa de un género literario…
R.B. ¿Con qué corriente teórica sobre la literatura infantil comulgas más? ¿Alguna sugerencia de lectura?
L.R.P. Yo me planté hace 5 años en el despacho de Teresa Colomer porque había leído Andar entre libros (FCE, 2005) y NECESITABA trabajar bajo su tutela. Su manera - y de todo el grupo GRETEL - de entender la educación literaria, desde la asunción incuestionable de la LIJ como materia prima para el desarrollo del lector y su rigurosa aproximación teórica al análisis de las obras, hasta la consideración casi infinita de las expectativas de crecimiento de las competencias lectoras infantojuveniles, ha sido para mí un nicho académico desde el día 1. Su visión, creo, logró combinar perfectamente la exigencia de la tradición didáctica francesa en cuanto a la necesidad imperiosa de “progreso” (leemos, OK, pero leamos cada vez más y más complejo) y el íntimo cuidado al disfrute y la lectura comunitaria de los anglosajones. Leyendo Andar entre libros casi se siente un alivio educativo, como quien se da cuenta de que las cosas, al final, eran “así de fáciles y bonitas”, y resulta que sí, que lo son…


R.B. Estás hurgando en la LIJ digital... ¿Se refiere más al libro digital o al texto on-line? ¿Se presta más al plagio? ¿Quién la controla? ¿Tiene tirón entre el público? Cuéntame de qué va ese rollo porque no estoy nada puesto...
L.R.P. ¡Ojalá estuviese sólo hurgando! Llevo ya 4 años despedazando órgano a órgano al monstruo y empiezo a atreverme a decir cosas sin miedo. La primera de todas: dejemos de hablar de libro digital, porque no tenemos necesidad alguna de mentar viejos formatos para hablar de nuevos géneros. La literatura electrónica (o digital) es aquella que se vale y necesita de las posibilidades de la informática para su creación y disfrute y, por tanto, no puede ser “trasladada” al papel sin perder parte esencial de su significado. Así que ni es un libro digital, ni es sólo texto on line. La literatura digital son poemas generados mediante algoritmos, son hipertextos de narraciones disruptas al estilo “Elige tu propia aventura”, son apps que dialogan con lo literario mediante la palabra, la imagen estática y en movimiento, el sonido, la arquitectura videolúdica (sí, el videojuego puede ser literario y ya va siendo hora de asumirlo) etc. Tengo la sensación de que poco a poco la LIJ digital empieza a perder el miedo a su naturaleza, que empieza a valerse de los recursos de que dispone, que son muchísimos, y así lo contábamos Celia Turrión y yo en nuestro blog, recientemente. Ver cómo Wiesner se adapta con tanta naturalidad al entorno electrónico con Spot, o ver cómo programadores de videojuego independiente como Simogo hacen literatura juvenil casi sin darse cuenta me pone los pelos de punta, como quien nota la estática antes de la tormenta. El futuro de la ficción infantil y juvenil tiene un nuevo espacio súper interesante en su horizonte y es nuestra responsabilidad encarcelarlo o abrazar sus posibilidades.
R.B. Si miramos a la Historia de reojo, constato que, aunque todo sigue igual y la esencia es la misma, se nos presenta en formas o soportes diferentes, por lo que cabe preguntarnos: ¿acabará la era digital con el libro impreso?
L.R.P. ¡Qué va! Es un debate que me interesa bastante poco, la verdad, pero realmente no creo que el libro como objeto vaya a desaparecer. ¡Yo me dedico a la lite digital y compro más libros que nunca! Ahora bien, sentir apego por el libro, por el papel, valorar su tenencia, su acceso no ha de fosilizarse en sentimientos litúrgicos que compliquen el acceso a la literatura. Se trata de leer, y de hacerlo en las mejores condiciones posibles y muchas de esas “mejores condiciones” son analógicas. El álbum, creo yo, no tiene “traducción digital”; toda la importancia paratextual y material que posee es fundamental en la experiencia estética que propone y perder eso es perder gran parte de la obra. ¿Te imaginas homogeneizar todo el álbum ilustrado al formato de pantalla del iPad? Horror. Mira, ¡ya hay editores hiperventilando!
R.B. No te cortes y ponle pegas al sistema LIJ...
L.R.P. Por mi forma de ser, evidentemente, es un entorno que en ocasiones me resulta demasiado amable. No voy a decir ingenuo, porque sería injusto ya que gran parte de esa amabilidad es consciente y asumida voluntariamente, y no hay nada menos ingenuo que la asunción. Ese afán constructivo, en gran medida, es el que ha permitido un círculo de valoración y conocimiento dentro de la LIJ brutal y al que da gusto pertenecer y participar de él. El problema es que en un ambiente así, las críticas, en ocasiones, resuenan demasiado alto incluso cuando son en contra de agentes que se aprovechan de esa amabilidad para erigirse líderes. Prefiero el desacato a la idolatría servil y soy incapaz de callarme cuando siento que debo hablar. He perdido muchas horas de sueño, y alguna que otra oportunidad importante por discusiones irrelevantes, pero uno es como es. Cuando invitas a un punk a la LIJ, esto es lo que obtienes.


R.B. Prefiero los punkis a los jipis... Y para terminar, tres tontunas de niño... Tu juego favorito, tu comida preferida y un libro que te haya llenado el alma.
L.R.P. ¡Me gusta que asumas que tengo alma!... ¡Buah! En serio, me flipan las listas, así que si quieres nos emplazamos para una entrevista temática de “tontunas de niño” en un futuro.
Te contesto. La cuestión del juego es compleja, como no podía ser de otra manera para alguien que se dedica al análisis de lo lúdico en la LIJ electrónica… Te diría que The Secret of Monkey Island es con diferencia mi videojuego favorito a todos los niveles. Lo jugué con 8 años por primera vez y desde mi adolescencia (de la que aún no he salido, que quede claro) lo juego al menos una vez cada dos años. Pero de todas maneras, el “juego” que más me llena es el basket callejero. La crudeza del juego anónimo, la lucha aleatoria de no saber con quién y contra quién juegas cada día, la adaptación a ello, el empoderamiento social de la comunidad en torno a una pelota, la pluralidad de perfiles que te encuentras y la competición brutalmente personal, pero delimitada perfectamente en cada partido me vuelve loco.
En cuanto a la comida, migas. Creo que las migas de mi abuela extremeña, con su rara mezcla de vinos, su papada grasienta (la de mi abuela no, eh, la del cerdo), su pan sobao perfectamente lascado por mi abuelo son mi perdición.
Sobre el libro te diré que El pato y la muerte de Erlbruch me licua los adentros cada vez que lo leo. La asunción y negación bipolar de la mortalidad a través del acercamiento emocional de los dos personajes es de una humanidad aterradora. Momo me hace llorar de felicidad esperanzada, y yo no lloro. La segunda parte del Quijote golpea mi ilusión de estabilidad cada vez que me acerco a ella y por ello brindo.
¿Ya se acabó? ¿Hola? ¿Dónde se apaga esto?



Lucas Ramada Prieto (Colindres, Cantabria, 1985) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo. Tras cursar el Máster Oficial de Investigación en Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universitat Autónoma de Barcelona, se incorporó a GRETEL (grupo de investigación especializado en Literatura Infantil y didáctica literaria) como doctorando dentro del proyecto de I+D+I “Literatura infantil y Juvenil digital”, dedicándose a la investigación en el análisis teórico-literario de la LIJ digital y en sus implicaciones en el desarrollo formativo del lector literario. Además de publicaciones, charlas y conferencias en entornos académicos y escolares, ha sido colaborador de la Electronic Literature Organization, es, junto a Celia Turrión, co-autor del blog Literaturas Exploratorias, así como coordinador de la sección de recomendación de LIJ digital de GRETEL.

2 comentarios:

miriabad dijo...

¡Miau! Buena entrevista y buen entrevistado.

Raquel Loópez dijo...

Me ha gustado mucho , quiero decir que he encontrado sustancia, ideas nuevas y una especialización en el campo del que habla para no caer en generalidades ni en los lugares comunes. Un descubrimiento. Gracias

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