jueves, 3 de diciembre de 2015

De la superpoblación humana


Lo de la superpoblación, además de ser una milonga para justificar conflictos armados y muchas matanzas (que necios y malvados son algunos, si tenemos en cuenta que la mayor parte de las miserias de este mundo se suceden en África, un continente con una densidad de población paupérrima), también tiene su aquel cuando hablamos de la salud del Globo... A mayor población, mayor escasez de recursos (entonces ¿porqué tiramos tanta basura en las zonas más pobladas del planeta?), mayor consumo (paradójico si consideramos que hay tanta pobreza... y menos cultura...) y más contaminación (¿para eso llevo más de ocho años compartiendo coche para ir al trabajo? Algo no debe funcionar...). Si seguimos reproduciéndonos de esta forma descontrolada, una de dos: o acabaremos convirtiendo este planeta otrora hermoso en un termitero infesto de parásitos, o terminaremos comiéndonos los unos a los otros (algo que ya hacemos en sentido figurado).


Otra opción bastante plausible sería la de convivir de manera sana y armoniosa con el entorno que nos rodea, sin explotar en demasía los recursos y no comportándonos como orugas insaciables, o, en caso contrario, necesitaremos un flautista de Hamelín que nos arroje al acantilado encantados por el sonido de su dulce flauta (podría ser un bonito argumento para un relato futurista de Isaac Asimov, ¿no creen?).
En cualquier caso creo que no es necesario convertirse en seres antropófagos puesto que la Naturaleza ya tiene métodos igualmente agresivos, como los tsunamis, los terremotos, los tornados o los tifones -la crueldad es la crueldad-, para regular el hacinamiento de las especies y permitir que todos vivamos en un correcto (dejémonos de sentimentalismos humanos...) equilibrio.


Así que les recomiendo echar mano del sentido común (ya que las leyes no sirven de nada, utilicen este arma tan útil) y aprender a convivir con nuestro entorno natural y el vecino de turno, sin excederse en el papel de “animales inteligentes” en el que la codicia y el poder nos llevan a cometer atrocidades contra nuestro mundo.
Si necesitan ilustrarse al respecto durante esta semana en la que la lucha por preservar el medio ambiente en unas condiciones óptimas ha sido la protagonista (testimonial y caduco), les recomiendo acercarse a una librería y comprar Moletown. La ciudad de los topos, una fábula sin apenas texto de Torben Kuhlmann y editada por Juventud que, con unas ilustraciones preciosistas de secuenciación impecable, nos muestra la capacidad de los organismos para alterar su entorno de una manera desorbitada e ilimitada.


Ya saben, léanlo (o regálenlo a algún ecologista), porque si no lo hacen, tendrán que desenterrar el hacha de guerra y asestar un golpe mortal a todo lo que vemos, para quedarnos después, solos y desarropados.

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