martes, 29 de diciembre de 2015

Problemas y dificultades de las editoriales de LIJ


Como toda navidad debe recoger una nota triste, tras conocer la campaña de “crowdfunding”que está llevando a cabo la editorial El Jinete Azul (una casa con títulos maravillosos en su fondo como Yo las quería, Pedro y su roble, Historia de un erizo, Historia de Valek, el caballo o La partida del soldado) para no echar el cierre, hoy me pongo al quite para hacer visible desde este portal que cobija a todos los monstruos, una realidad que pasa factura a muchas editoriales españolas y que nos debe hacer reflexionar sobre el negocio (o no) de la LIJ.
Son muchas las casas editoriales que apuestan por los libros para niños, concretamente por el género del álbum ilustrado, para abrirse camino en el mundo empresarial. Muchas son filiales de grandes grupos de la letra impresa (las que menos problemas tienen, todo hay que decirlo) y otras son más independientes, pequeños negocios, casi familiares. Si tuviera que decir en qué proporción contribuyen estos dos tipos de editoriales al mundo del libro ilustrado, me decantaría por decir que las segundas aglutinan un 60% del negocio que mueven estos libros dentro nuestras fronteras, y que, aunque nos puede parecer un volumen de negocio nada desdeñable, tiene muchos sinsabores a la hora de llegar a buen puerto. A mi parecer, los problemas que acucian a estas editoriales independientes se deben a una serie de factores que he podido observar a lo largo de todos estos años y que recojo a continuación...


Puedo afirmar, y no creo que me equivoque, que muchas de estas casas están dirigidas por personas ajenas al mundo de la empresa, léanse docentes, autores, impresores o ilustradores de LIJ, que, aunque cuentan con gran pasión, empeño, tesón e ilusión, se ven sorprendidos ante lo intrincado de un negocio que, muchas veces, escapa a su completo control.
En bastantes ocasiones estas casa empiezan con mucha fuerza y publican obras de gran impacto que generalmente proceden del extranjero, lo que supone un elevado coste (hablamos de entre 1000 y 5.000 euros por unos derechos de publicación en España -ya saben que si es castellano para el mundo la cosa se sale de madre- o entre 5000-15000 para una co-edición junto a otras editoriales).
Si tenemos en cuenta estos precios con los que (a mi parecer) algunas compañías de mercados más poderosos exprimen a otras sin tener en cuenta el contexto donde publican, muchos sellos independientes se decantan por publicar obras de producción propia que, aunque puede tener sus mieles, también tiene sus amarguras ya que, aunque sean más baratas, sólo en contadas ocasiones tienen una gran repercusión económica (se produce más pero poco reseñable).
También hemos de tener en cuenta que la impresión de un álbum ilustrado suele tener un coste elevado comparado con una obra de narrativa adulta por dos razones principales: 1) Hay que pagar un canon (que suele ser por adelantado para la primera edición de una obra) a dos autores (escritor e ilustrador), y 2) es mucho más caro imprimir un libro con tapa dura y a todo color que una novela de bolsillo.


Está muy instalado entre el público que el mundo editorial es uno que reporta enormes beneficios (algo que habría que ver teniendo en cuenta la diversificación del mercado y el hundimiento de algunas grandes empresas del sector), más si cabe cuando un consumidor paga por un ejemplar de álbum ilustrado un precio que ronda los 15 euros por ejemplar. Lo que no sabe el consumidor es el papel de las distribuidoras (empresas intermediarias entre el editor y el lector) en este cotarro y que representan una doble traba para el editor, a saber:
a) Son las que “regularizan” los precios de los libros y exigen unos porcentajes bastante elevados a la editorial por sacarlos al mercado, promocionarlos y hacerlos visibles. Con esto quiero decir que, cuando compramos un libro, el dinero se desglosa en una gradación que, de menor a mayor porcentaje de beneficio es la que sigue: autor, ilustrador, librero, editor y distribuidor.
b) Si a este laberinto de personas físicas y jurídicas añadimos que, tras la venta, las distribuidoras pagan al editor sus beneficios con una demora de entre 6 y 12 meses, el sello editorial se encuentra con la dificultad añadida de recuperar la inversión en un determinado título ¡un año después!, lo que dificulta la retroalimentación del engranaje económico.


No toda la culpa la tienen los parámetros intrínsecos, sino que también influyen los extrínsecos véanse:
- La poca tradición que hay en nuestro país a la hora de leer álbumes ilustrados, un género, un artículo de lujo para muchos lectores, lo que influye notablemente sobre las ventas (si de un álbum ilustrado se publican 1000-15000 ejemplares de media, muchos editores se dan con un canto en los dientes si venden entre 500 y 750 de un título determinado).
- La disminución de adquisiciones por parte de la administración pública (N.B.: Soy partidario de la diversificación de los recursos públicos, de que el empresario no debe ser subvencionado y, en el caso de serlo, tiene que estar supervisado para que no incurra en irregularidades) de un género como este (también creo que este tipo de libros tan bien editados constituyen un excelente recurso para bibliotecas y centros educativos, que muchas veces abusan de los clásicos en exceso).
- Una legislación laxa y vaga en la que los derechos de los autores y su obra intelectual son nulos, el poco asesoramiento en materia editorial, y la desidia burocrática y fiscal que no promueven la proliferación de autónomos y sociedades, aboca al poco éxito de las editoriales independientes.
Si a todo ello unimos que el sistema de temporadas de novedades, el encumbramiento de las obras comerciales y la poca visibilidad de los fondos editoriales, están empobreciendo al mundo editorial, nos encontramos con que muchas empresas del ramo han cerrado o se están planteando echar el cierre, algo que repercute mucho sobre el sistema cultural español.
¿Y cómo podemos solventarlo? Yo soy un mero lector que mete las narices donde no lo llaman, pero que creo que combinar la compra de derechos de autor extranjeros con la producción de títulos propios, evadirse del calendario de novedades y establecer lanzamientos de cadencia regular, diversificar el tipo de impresión (tapa blanda, por ejemplo), prestar atención al fondo editorial, no publicar a lo pavo, potenciar el género del álbum ilustrado poniendo en alza su valor artístico y literario, y aupar la venta de nuestras obras para su publicación en el exterior, deberían ser puntos a los que los editores deben prestar verdadera atención y confluir para anteponer villancicos y zambombas a la tristeza que nos embarga cuando otra buena editorial se apaga.


1 comentario:

JESÚS LÓPEZ dijo...

Muy buen análisis, Román.
Un abrazo!

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