martes, 1 de diciembre de 2015

Reducir, reciclar y reutilizar


Que nos vamos a cargar el mundo (el que conocemos, ya vendrá otro sin nosotros...) es lo único que nos ha quedado claro tras la cumbre sobre el clima que se ha celebrado estos días en París (bueno, también que a los políticos les interesa una mierda..., a ver si se les mete un ciclón por el “ojahio” y se dejan de tanta pose). No sé para qué se gastan nuestros impuestos en tanta gilipollez, pudiendo invertirlos en legalizar la prostitución, luchar contra el tráfico de drogas o crear organizaciones para aprovechar los alimentos caducos... En fin, mientras tanto, al aquí firmante le ha dado mucho juego con suis alumnos (otra cosa no, pero ver la tele, mucho y bien...). Que si la huella hídrica, que si las extinciones masivas, que si la lluvia ácida, que si el efecto invernadero..., así, hasta llegar al reciclaje.


La regla de la tres erres, además de abanderar el ecologismo y darle muchos votos a cuatro capullos que no saben lo que es el ciclo del fósforo, es una gran “idea” cuando todos la seguimos a pies juntillas. Y cuando digo todos, me refiero a mi madre, a mi vecino, a mí mismo y a todos los que enriquecemos a las multinacionales (más todavía, sí...) pagando doblemente, una con nuestro dinero (por si no lo saben, todos los productos a la venta en España llevan incluido en su precio un canon que se refiere el reciclaje) y otra con nuestro trabajo (muchas veces tengo la sensación de que curro gratis para todas estas empresas cuando acarreo kilos de papel, envases y vidrio hasta el contenedor), todo lo que se refiere a darle un nueva futuro a ciertos materiales.


La cosa me da en qué pensar cuando viajo a países como Alemania, que tienen como norma remunerar el trabajo de la recogida de estos materiales a quien lo realiza, bien sea el propio consumidor o bien un tercero, algo que se solía hacer aquí cuando de niños acudíamos a llevar el casco de la cerveza a la bodega y nos daban dos pesetas. Y tan contentos... N.B.: Podríamos retornar a aquellas normas que en el entorno pesetero español tendrían una gran acogida... ¿a quién no le interesará...? ¿A los alcaldes? ¿A las empresas contratadas para llevar a cabo el reciclaje? ¿A los fabricantes?


Así pasa, que a veces me entra la neura, desato el síndrome de Diógenes que dormita en mí, empiezo a acumular desechos en casa y empiezo a insuflarles vida. Mesas hechas con ventanas, jarras utilizadas como tiestos, marcos del año de la polka que renuevan la visión de un cuadro, tulipas de lámpara tuneadas... Si a este sinfín de ideas que habitan entre las cuatro paredes que conforman mi hogar añadimos una buena tanda de jabón de sosa, todo nos lleva a un título que, aunque me recuerda a otros con el mismo argumento (por ejemplo El soldadito de plomo de Jörg Müller o el clásico La tetera de H. C. Andersen), tiene cierta nota evocadora y entrañable. Inseparables con texto de Mar Pavón y unas ilustraciones muy acertadas de Maria Girón (editorial Tramuntana) nos habla del viaje de los objetos que, de mano en mano y un recorrido entre la dicha y la pena, van adquiriendo una historia propia que, a veces, tiene un final feliz. ¡Viva la reutilización y las segundas oportunidades!
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