jueves, 30 de abril de 2015

Regalando el tiempo


Se quedaron atrás los días de lluvia, viento y frío, y hacen aparición el sol, el calor y la calma chicha, esa que nos llena de pesadez y cansancio vespertino. Tanto, que ni tan siquiera el café, ese brebaje nuestro, puede hacerle frente. Con tanta perrería, se hace necesario echar mano de otras tisanas más refrescantes (menta, poleo o manzanilla, a gusto del consumidor) para aligerar las tardes.
De entre todas ellas mi favorita es el té mi favorita; esa tisana de amargo sabor y aromas varios que, desde bien entrado el día hasta la mitad de la jornada, japoneses, ingleses o chinos beben sin cesar. Para el desayuno (con nube de leche o sin ella), el “earl grey tea” de las seis (p.m., como manda la tradición), verdes, negros o rojos, los aromatizados con jengibre y otras especias exóticas, un buen té helado a la sombra del árbol, son buenas excusas para dejar quieto nuestro momento y ver como corre el de los demás… Gira y gira la cucharilla en la taza y, en esa estela circular que describe en la superficie del líquido, el tiempo se para de pronto y nos dejamos transportar lentamente a otro lugar que ya pasó, que camina en contra de las agujas del reloj. Quizá parezca un pequeño instante en el que perdemos la mirada, una que se arrulla al son de la cuchara, pero es el tiempo y su tintineo los que se van…


Aunque muchos desean volver atrás, otros prefieren ir dejando por el camino sus minutos…, quizá para que sirvan a otra gente, quizá para dejar cierto poso en los recuerdos de otros, quizá por el divertimento que supone juguetear con la vida, o quizá por llevar la contraria (una terquedad más). De entre todas estas opciones, un servidor se decantaría por la segunda… Aunque si bien es cierto que no desecho las otras (muchas veces es preferible dejarse llevar por el ocio y otras ayudar a que los demás inviertan su tiempo más productivamente), lo de perdurar en los demás tiene su aquel, no sólo como un mero instrumento para el egocentrismo, sino porque vivir en la memoria de los demás (no me refiero a la eternidad, patrimonio de unos pocos), alarga nuestra existencia.


Aunque prefiero no hablar de las medidas de nuestras obras, hechos y desmanes (cada uno hace lo que buenamente puede), la mejor inversión de nuestros minutos es la que se hace en los que nos rodean, bien valgan el sillón de un ministerio, un libro de cuentos o la nana que mece a nuestros hijos, un bello mensaje que Paula Merlán y Mar Blanco nos traen en  Las bolsitas de la señora T (Editorial Amigos de Papel) un álbum ilustrado colorista y bien intencionado que rebosa alegría, tiene algo de melancolía y la pizca de tristeza de todas las historias cotidianas.

miércoles, 29 de abril de 2015

Narices y más narices


Esta primavera le ha dado algo de asueto a mi nariz. A pesar de que hay algunos estornudos por aquí y un enrojecimiento de ojos, parece que el órgano nasal está saliendo algo indemne. Todavía no se encuentra irritada, no hace aparición el picor de otros años, la piel sigue intacta (de tanto sonarla, ¡acaba levantada y dolorida…!) y no ando con el moquero colgando de ella a todas horas. Esperemos que pañuelos, mocos y taponamiento no se presenten de repente y me dejen disfrutar de la honda respiración y mi todavía (je, je) juvenil capacidad pulmonar.
Lo cierto es que la cosa tiene narices (nunca mejor dicho) y, seguramente, a más de un extraterrestre le parecería mentira que un órgano tan sencillo (aparentemente, como todo en la madre natura… ), dé tanto la lata. Todo tiene su intríngulis, llámese oreja, boca o lengua, y el lugar donde apoyamos las gafas no podía ser menos.


Siempre que se me ocurre hablarles de la nariz a mis alumnos, no dan crédito a que tenga tanto qué contarles. Que si es una protuberancia con forma piramidal, que si está formada por tejido óseo, cartilaginoso y epitelial, que si en ella quedan alojadas las fosas nasales y el sentido del olfato, que si existen siete olores básicos (esto gusta mucho, así que se los apunto:  flores, menta, éter, alcanfor, acre, podrido y almizcle), que si el resto de los aromas que conocemos surgen de la combinación de estos y que si en nuestra memoria olfatoria pueden guardarse ¡más de seis mil olores diferentes! (Si no me creen, piensen en uno de esos momentos en los que el olor a suelo mojado o el de la playa con su salitre, les han retrotraído a su tierna infancia… ¿Ven? ¡Ahí está la prueba!). Todo lo que rodea a nuestra nariz, naricilla o narizota (y por ende a nuestro organismo) tiene algo misterioso, está repleta de curiosidades, anécdotas chistosas y experiencias, que nos apasionan.


Seguramente muchos no piensen igual que un servidor a tenor de grandes o pequeños complejos, o de proporciones directas o inversas, pero lo cierto es que soy partidario de reírse de esa protuberancia que separa a nuestros globos oculares y que, a veces, vestimos con un bonito mostacho, de sacarle partido a su forma y volumen y lucirla siempre que podamos, algo de lo que dos señores maños (Pepe Serrano y David Guirao) y la pequeña editorial Nalvay (con un par de narices, ¡las modestas también saben hacer libros!) se han servido para reunir en un curioso volumen titulado El libro de las narices un conjunto de excentricidades nasales (bastante arriesgadas, pero que me han encantado por la combinación de formatos, técnicas y estilos) que, además de arrancarte abundantes risas, ilustrarnos sobre tochas históricas, de cuentos o especiales, da mucho juego a otorrinolaringólogos, maestros en ciernes, psicólogos, cirujanos plásticos y amantes de los perfumes que, cómo no, viven a una nariz pegados. 

lunes, 27 de abril de 2015

Gente diferente


Muchos me tachan de excéntrico y todavía no entiendo el porqué. Soy una persona bastante normal, con una vestimenta bastante normal, con un coche normalito, con un hogar de lo más normal, una familia muy normal, una profesión que la mayor parte de las veces es normal y unos amigos que suelen ser normales (o eso creo yo...). Creo que, de entre lo poco anormal que hay en mi vida, podría citar esta afición mía por los libros para niños que, si extrapolamos a todos ustedes, concluiremos con que ninguno de nosotros es normal (¡Qué paradojas!).


Seguramente, esos que me definen y apelan a mi poca normalidad, se habrán basado en otras características menos evidentes y más fiables (¿Cuáles serán? ¡Tengo curiosidad!). A la espera de que alguno de ellos se pase por los comentarios y agudice el ingenio para sacarme de esta debacle que hoy me agita, he aquí las posibles razones… He pensado que quizá se deba a esa sutil ironía que utilizo a diario, que quizá sólo sea cuestión de mi impertinencia, quizá sea esa mezcla de amor y odio que suscito ante lectores y oyentes, quizá sea mi punto picantón y dicharachero, o quizá sea que todo lo anterior me da igual y que siempre he sido/hecho lo que me ha salido del pijo (la verdadera guía espiritual de un albaceteño de pro como el que soy).


Es curioso constatar que algunos toman esto de ser un bicho raro como insulto al honor, mientras otros necesitan destacar entre la muchedumbre a toda costa (esos siempre son los menos especiales y no puede verlos ni La Tana), pero los últimos lo digerimos con un respiro, reflexionamos sobre la vida y decidimos estar tranquilos con nosotros mismos, algo que nos hace ser atípicos a pesar de vacíos envidiosos, tristes aduladores, enteraos de poca monta, maquiavélicos caprichosos, extraperlistas emocionales y garrapatos energéticos que intentan robarnos alegría y bondad (condiciones “sine quibus non” para captar la atención del graderío) con la triste obscenidad del día a día.


Y sin haberlo pensado mucho, he llegado a la conclusión de que esa excentricidad que a algunos se nos presupone, no es más que tener una personalidad que sepa adaptarse a la vulgaridad del mundo sin renunciar a nuestras propias particularidades que, a fin de cuentas, son las que nos hacen extravagantes y únicos. La misma lectura que hace Fermín Solís (un autor de cómic que se ha internado en esto del álbum ilustrado) en Mi tío Harjir, un álbum ilustrado editado por Narval que, con sencillez y un toque de humor, nos traslada el exotismo de las personas diferentes, especiales y, sobre todo, auténticas.


jueves, 23 de abril de 2015

¿"El Quijote" para niños?


Ya ha llegado el Día del Libro (también San Jorge, ¡felicidades a todos ellos!) y con él una gran cantidad de actividades que, como espárragos (en primavera es lo que toca), crecen por todas las bibliotecas, librerías, ferias del libro,plazas y demás lugares donde mora la lectura. También es un clásico de estas fechas el premio Cervantes y los millares de alusiones al Quijote, más todavía cuando este año se conmemora el centenario de su segunda parte (otra excusa perfecta para gastar dinero a raudales en fastos gubernamentales, esperemos que sirva para algo, que ya se sabe…).
Además del empeño institucional en hacernos leer (lo que ellos quieran… paradojas…), la Escuela (¡Qué pena que esa intención no venga de padres y amigos!) defiende y recuerda la lectura del Quijote entre los más pequeños como una catarsis salvadora ante la ignorancia y la estupidez que nos asola (¿Será ese el remedio a nuestros males…?).


No dudo que leer las aventuras de este caballero de tres al cuarto pueda ser la perfecta excusa para darse bombo (los medios es lo que tienen) y crear lectores patriotas (N.B.: A pesar de tomar ejemplo de los países anglosajones y velar por nuestra identidad literaria, más todavía si tenemos en cuenta el alza del castellano, les hago saber que  la mayoría de las obras de Shakespeare son teatrales, un género en el que intervienen más factores que en el narrativo, lo hacen mucho más lúdico y más atractivo), pero así jamás conseguiremos despertar el gusto por la lectura y crear lectores competentes cuya afición perdure en el tiempo… No nos engañemos, para leer el Quijote y entenderlo (he ahí la base de la lectura), hay que entender la vida y sus sutilezas.


No dudo de las bondades de la obra magna de la Literatura española, he incluso creo en su vertiente más simplista y jocosa (algo de lo que se han servido las muchas adaptaciones infantiles que ha tenido la obra), pero discrepo totalmente en que debe ser una lectura obligada entre niños y jóvenes, no sólo por su anacronismo, sino porque puede llegar a hacerles odiar la lectura en su múltiples vertientes. Seguramente me echarán a los leones por estas afirmaciones castradoras, pero les hago saber que he oído de todo a tenor de El Quijote… Algunos se quejan de un lenguaje y un contexto obsoleto que poco les puede ofrecer, otros hablan abiertamente sobre su repulsa aduciendo una lectura impuesta durante sus años mozos, y otros (pocos, hay que decirlo) se declaran fieles seguidores de las andanzas del hidalgo y su escudero.


Aunque es un clásico en todos los hogares españoles (compartiendo estantería con La Sagrada Biblia y esa enciclopedia que un jeta nos endosó en los ochenta como excusa de nuestra alfabetización postfranquista), pocos son los que se han atrevido a cogerlo entre sus manos… ¿Será porque es demasiado voluminoso o será porque desde niños nos han desvelado sus misterios, nos han hecho evidentes sus pasajes, forma parte de nuestra familia y ya no tiene secretos para nosotros? La lectura es descubrimiento, es experimentar, aprender, también es viajar, es vivir por nosotros mismos.
Por todo ello la tarea de los maestros, de los bibliotecarios, de los libreros, de los padres, de los enteraos, es la de presentar a los aprendices de lectores las lecturas del futuro, de inculcar respeto hacia los libros, de posibilitar la elección literaria, nunca desvelar sus secretos, de sortear la magia que rezuman los libros, sean nuevos, viejos y venideros.
¡Feliz Día del Libro 2015! 


miércoles, 22 de abril de 2015

De complejos infantiles y adultos amargados


Aunque un servidor tenga muy presente aquello de que la felicidad pasa por quererse a uno mismo, hay mucha gente que no lo tiene tan claro y, en vez de pasar por este mundo con la mayor de las alegrías, viven amargados por culpa de sus propios complejos, esos que nos acompañan desde la cuna. El ir suavizándolos o agudizándolos, depende más de uno que de los demás (no nos olvidemos que al resto les importan bien poco y que, simplemente, son un mal menor con el que pueden jugar a su antojo).
Quizá los cánones tengan mucho que ver en esto de la perfección (algo que nunca me he creído por mucho que la televisión, el cine o las revistas se empeñen), pero la capacidad para decidir si la imperfección es lo único realmente maravilloso que envuelve a esta especie humana, reside en nosotros, unos dioses quiméricos atestados de diferencias y a los que ser feos o guapos, simpáticos o antipáticos, gordos o flacos, rubios o morenos, condiciona directa o indirectamente en su vida diaria.


Según la psicología (esa ciencia que sabe solucionarlo todo y no arregla nada), la mayor parte de los acomplejados pasan por un proceso bastante similar que integra las mofas de los iguales en edad infantil, la vergüenza de la víctima, la aproximación a otros con similares problemas y el crecimiento personal a lo largo del tiempo. Además, todos ellos son fácilmente reconocibles: son amables y tienen buenas maneras pero erizan el vello ante la mínima sospecha de agravio, se ponen a la defensiva, hacen personal lo impersonal, sienten envidias familiares y se rodean de acérrimos aduladores. En ciertos casos (yo diría la mayoría) también deberíamos incluir la venganza, ese medio terapeútico tan humano que desbarata más que arregla, pero que en muchas ocasiones es lo único que nos queda. Si no me creen les podría citar una veintena de casos bien conocidos (seguro que también ustedes tienen algún caso cercano) donde estos seres acomplejados han tomado la justicia por bandera y han escarmentado a los que otrora eran verdugos, cómplices o, simplemente, se parecían a estos.
Por una vez intenten hacerme caso y preocúpense por deshacerse de los lastres personales, de hacer caso omiso a las opiniones ajenas, de limpiar el odio que ha ido acumulándose en su interior, de aferrarse a los corazones que les ofrecen su mano…, o por el contrario, se convertirán en otros de esos seres grises y malhumorados que se han olvidado de mirar al frente con una sonrisa despreocupada.


Y si mi consejo no les basta y necesitan alguna otra evidencia de estas razones, echen un vistazo a Por qué la señora G. se volvió tan gruñona, un libro ilustrado de Sonja Bougaeva (Editorial Takatuka) que les dará buena cuenta de que los complejos innecesarios, como las dagas, tienen un doble filo: aquel con el que nos hieren los demás y aquel con el que nosotros nos herimos.

lunes, 20 de abril de 2015

Quítate tú para ponerme yo


Desde que Oliver Jeffers y sus huguis me ayudaron a poner a caldo a la “clase” política (acérquense por aquí), le he tomado gustillo a esto de poner verdes a esos señores (y señoras, ¡viva la paridad! Ficticia, no lo olviden) bien trajeados. Así que hay que seguir recordándoles que éste siempre será un pequeño bastión en el que pensamiento, lógica y libros infantiles, les darán un poquito por culo, que es de lo que se trata…
Me llama mucho la atención como los políticos de pata negra, esos del bipartidismo que tan fuerte han pisado en los últimos años, se sientan un tanto apabullados por los discursos mediáticos que otros -los cari-aniñados, ínfimos, locuaces (¿secuaces también?) y “verborreicos”- lanzan a las hartas masas resueltos de mentiras (como todos, pero diferentes) en su afán de medrar en este mundo.


Me asquea y apena en gran medida la alta tontería y los graznidos de unos, pero más todavía me enferma la ignorancia y conformismo (o eso parece) de otros, algo que parece poco importa al resto de los votantes… ¿Para eso invertimos los españoles en becas Erasmus? A pesar de la movilidad que los ciudadanos  tienen en el ámbito europeo, de que la información sea libre gracias a este mundo global y cibernético, y de que el aprendizaje de los idiomas vaya en alza, constato que cada vez vivimos más enjaulados, mirándonos más el culo y votando a los mismos perros (con distintos collares, eso sí). Me indigna (yo también soy otro, pero de mi propio partido) el poco civismo de este país, su avance paupérrimo, tan desalmado y provinciano como siempre, y obligado a sí mismo a tener lo que se merece (a pesar del discursito progre que Ana Belén y Víctor Manuel se marcaron anoche sobre el chester para seguir exprimiendo la teta).


En cualquier caso (y con un poco de bicarbonato), me encanta divertirme con este circo tan bien montado en el que, vote quien vote, seguirán gobernando los de siempre: curas, multinacionales y grandes fortunas. Lo gracioso del asunto es el quítate-tú-para-ponerme-yo, un juego que se atoja reñido y con mucha estrategia. Unos valiéndose de las inversiones bolivarianas y otros haciendo alarde de liberalismo europeo, están jodiendo a los partidos sempiternos para montar su sede fiscal (ya saben ustedes que lo primero es buscarse una buena oficina), cosa que me parece bastante lícita (¡Que nos roben otros! ¿Qué más da? Ya vendrán nuevas caras con viejos mensajes para limpiar la cuadra y levantarlos del trono que se les ha pegado al trasero).


La señorita Susi, un libro que cumple medio siglo con texto de Miriam Young e ilustraciones del gran Arnold Lobel (Editorial Corimbo) ahonda en el eterno conflicto de la invasión de la propiedad privada (que no del sillón) y de la ocupación (sin “k”, ya saben que estoy a favor de la reutilización de los inmuebles abandonados con cierto orden y limpieza). Menos mal que en este caso, la tal Susi es socorrida por unos soldados la mar de agradecidos que atacan a las malvadas ardillas que han usurpado su hogar. En resumen, una historia de injusticias, ideas, facciones y víctimas…, ya saben: el eterno juego del poder.

viernes, 17 de abril de 2015

En celo


Ya nos vamos poniendo tontorrones, el vello se encrespa y las hormonas se revolucionan al ritmo de unas temperaturas en leve (a veces, ya saben como las gastan los anticiclones) ascenso… ¡Pero no se asusten!, no somos los únicos animales que entramos en celo. Elefantes, chimpancés, osos, conejos, perros y gatos también ven alterado su instinto reproductor y es imposible tranquilizarlos… ¡Que se lo digan a los propietarios de algún felino…! Puertas arañadas, patas de sillas carcomidas, macetas volcadas, sillones desvencijados y pelo hasta en la sopa, son los inconvenientes de adoptar mascotas sin el consentimiento de la naturaleza… ¡Espero que al menos les busquen un entretenimiento digno de su especie!

Para que un gato juegue

No es complicado:
puedes atar a un palo
rojas cintillas
y hamacarlas al aire,
o dejar en el piso,
como al descuido,
un carrete de hilo,
un lindo ovillo,
pelotas de papel
y cajas de cartón,
y dejar que los gatos
hagan la diversión.

Germán Machado.
En: La escuela de gatos de la señorita Cara Carmina.
Ilustraciones de Norma Andreu.
2014. Buenos Aires: Calibroscopio.


miércoles, 15 de abril de 2015

La oscuridad en los libros para niños


Reconozco que, aunque soy un hombre que gusta de la luz del día y de sus bonanzas, tengan estas que ver con la producción de vitamina D o con el “café torero” que muchos estilan en las tardes de feria, he de reconocer que soy un enamorado de la nocturnidad y la alevosía (sin llegar a las manos, por supuesto).
Me tacharán de licántropo o vampírico, pero bien pensado, les diré que no soy el único al que le encanta la noche, sino que son muchos los personajes de la literatura infantil que prefieren estas horas del día para llenar de magia y misterio sus historias. Y si no, fíjense: ¿Cuándo aparece la sombra de Peter Pan en la habitación de Wendy? ¿Cuándo viaja Max al lugar donde viven los monstruos? ¿La cama del pequeño Nemo echa a volar en plena noche, no? ¿Cuándo intentan secuestrar los goblins a la princesa? ¿A qué hora Cenicienta recibe la visita del hada madrina?...


Si lo piensan bien llegarán a la conclusión de que muchos de los momentos álgidos de los cuentos de hadas, de las historias para niños, tienen lugar durante la noche, algo que los envuelve en una atmósfera especial que va de lo lúgubre a lo desconocido. Quizá sea un recurso estilístico más del que, desde tiempos inmemoriales, se han servido los escritores para simbolizar de un modo visual la contraposición entre lo blanco y lo negro, la claridad y la oscuridad, lo bueno y lo malo.


Si nos fijamos podremos deducir que en muchas obras dirigidas a los niños, sobre todo aquellas conclusas -hay algunas que dejan una ventana abierta a la oscuridad, léanse las secuelas de Harry Potter en las que lo oscuro sirve como enlace a los diferentes episodios de la saga-, podemos encontrar un inicio nocturno y un final diurno, algo que podría aludir al triunfo de la bondad sobre las turbias tretas de la vida (N.B.: También podríamos encuadrar estas inclinaciones dentro de las corrientes narrativas clásicas ya que las corrientes contemporáneas se sirven de otras artimañas para lograr libros menos predictivos).


Este es el mismo argumento al que Lemony Snicket y Jon Klassen aluden en La oscuridad (editorial Océano-Travesía) un libro-álbum con unos recursos ilustrados (es maravilloso ese juego de luz y sombras que, aunque bastante usado en los últimos tiempos como apunte estético en la ilustración, resulta muy evocador), aparentemente sencillo, y que esconde claras alusiones (desde una perspectiva moderna y actual, todo hay que decirlo, ya que hace patente en palabras el diálogo o conversación entre las dos facciones a las que alude) a esa dicotomía que ha llenado páginas desde que el hombre es hombre, desde que el niño es niño.


martes, 14 de abril de 2015

Casas reales e imaginadas


Tras mucha meditación (hay cuestiones un tanto místicas… ya saben), he tomado la decisión de adecentar mi hogar, algo que me está llevando por el tortuoso camino de los albañiles, los fontaneros, los escayolistas, los carpinteros, el mundo de la pintura y el escombro, las secciones de productos de limpieza de los supermercados y otros menesteres odiosos (y temibles). No es que quiera tener la casa como un palacio (ni quiero, ni puedo), pero de vez en cuando hay que tomar las riendas del asunto y cambiar alguna cosilla que nos facilite la vida entre cuatro paredes (o eso creemos… ¡ilusos!).


Aunque soy partidario de que cada cueva esté adaptada a las necesidades de sus habitantes, no apruebo que todas ellas deban amoldarse a las tendencias en lo que a decoración se refiere. Detesto entrar en una casa y que parezca sacada de alguna revista en la que interioristas, arquitectos y decoradores hagan de las suyas en pro del buen funcionamiento de una industria inmobiliaria que se ha estrellado en los últimos tiempos. Todas las casas deben ostentar una personalidad, unas particularidades propias. ¿De qué sirve una isla en mitad de una cocina diminuta? ¿De qué una ducha de hidromasaje cuando nuestra mujer acaba de dar a luz trillizos? ¿De qué una pantalla panorámica a una distancia de dos metros? Hay que ser consecuente con las limitaciones de nuestra familia, de nuestro hogar y de nuestra cuenta corriente (algunos son capaces de empeñar hasta el último diente de oro con tal de fardar de suelo de mármol), e ir construyendo poco a poco un hogar cómodo y sobre todo, nuestro.


Me encantan las casas que se van llenando de uno mismo, en las que los rincones van tomando vida poco a poco... Seguramente están reñidas con el buen gusto pero, si las dejamos que vayan amoldándose a nosotros, finalmente adquirirán un sabor personal que aleje esa pátina de uniformidad que últimamente lo llena todo. Prueba de ello es que muchas publicaciones y libros dedicados a este mundo tan íntimo incluyen hogares repletos de humanidad para llenar sus páginas.
Con total seguridad, mi humilde morada (la física, no esta virtual que habitamos) nunca pasará a la historia, pero me conformo con que me preste sus servicios y me acoja con total tranquilidad, algo que, bien pensado, es lo que les sucede a todas las que reúne el libro Mil hogares, una obra de Carson Ellis (me encanta su paleta ocre y sutil... ¿no les recuerda a la de los Provensen?) que acaba de publicar en castellano la editorial Alfaguara, y que además de ser un excelente catálogo de casas imposibles e imaginadas, nos recuerda que cada uno, en su casa.


lunes, 13 de abril de 2015

Volar con la LIJ


Hace mucho tiempo que no sueño con cosas bonitas (¿será que me he acostumbrado a soñarlas despierto?). De entre todos mis sueños recurrentes o repetitivos, el que más me gustaba era el de descubrir que volaba… Solía caminar por un amplio paseo, de pronto pegaba un salto y… ¡voilá!: Me quedaba suspendido en el aire, como flotando... La sensación de ingravidez se parecía a la misma que uno siente sumergido en el agua, cuando queremos hacer pie y una fuerza invisible nos impide tocar el suelo. Después de alcanzar la tierra y algo sorprendido, volvía a probar por segunda vez. Esta era más fácil. La experiencia era un grado. Y botando, y botando, aprendía a volar entre las ramas de los árboles, los vendedores de globos y alguna que otra cagada de pájaro. Era una sensación de libertad total que me envolvía en mis noches de niñez y adolescencia (ya saben que algunos crecemos poco…), y que hoy poco frecuenta mi letargo.


Aunque nadar como los peces también tiene su aquel, el vuelo de las aves tiene un no-sé-qué que conquista a medio mundo. Muchos necesitan alas para volar, otros se sirven de escobas mágicas o seres mitológicos y algunos prefieren desplazarse sobre una cama, una aspiradora o un castillo volador. A los que habitan el País de Nunca Jamás les basta con una pizca de polvo de hada y un hermoso recuerdo para surcar los cielos, y también  sé de un héroe antiguo que prefería cabalgar entre las nubes a lomos de un caballo apodado Pegaso en vez de morir intentándolo como aquel llamado Ícaro...


Lo cierto es que a mí, con un poquito de ilusión (¿dónde se habrá escondido?) me bastaba para hacer piruetas y cabriolas nocturnas. Sentirme especial, diferente por un instante (no se crean que los sueños duran mucho a pesar de que el cerebro nos engañe) era un ejercicio que me hacía regresar a la más pura infancia, me mantenía lejos de las preocupaciones que tienen los adultos y me procuraba fuerza necesaria para afrontar la mañana con una sonrisa. Les recomiendo abiertamente la experiencia, batir los brazos de arriba hacia abajo y comenzar el ascenso…. ¡Pero no se aficionen! ¡Todo tiene su lado malo!... ¿Qué pasaría si a todos nos diese por revolotear como los gorriones, planear como los buitres o migrar como las cigüeñas? Para saber la respuesta sólo tienen que echarle un ojo al libro pop-up de Gustavo Roldán titulado Si usted volara (editorial Combel) que, aunque sencillo, tiene un puntito evocador y un bonito mensaje.

jueves, 9 de abril de 2015

Una obra maestra de la LIJ francesa


En ocasiones uno visita las librerías con cierto desánimo porque sabe de antemano lo que se va a encontrar en las estanterías: nada nuevo sobre ellas. Otras (suelen ser aquellas en las que , por no esperar diez minutos al tardón de turno, entras por inercia) te encuentras con una sorpresa detrás de otra, sonríes y maldices a la divina providencia por no haberte dado media hora más para hojearlas con detenimiento. Eso mismo me ocurrió las pasadas semanas, por lo que les recomiendo no perderse ni una palabra de las que llenarán este lugar en días sucesivos (no desesperen, también prometo hablar sobre los grupos de Whatsapp® y del deporte nacional…).
Todos los años, dentro del formato del álbum ilustrado, se suelen publicar diversas biografías. Aunque quizá piensen que la ilustración no es muy adecuada para este tipo de libros en los que se nos narra la vida y avatares de figuras históricas, creo que si puede acercarnos de una manera menos árida y divulgativa (es lo que tienen los libros de conocimientos…) a los hechos y milagros de tiempos pasados y sus protagonistas. 


En esta ocasión, he querido reseñar la Juana de Arco de Louis-Maurice Boutet de Monvel (Editorial Thule) por varias razones. 
En primer lugar decir que se trata de la edición en castellano de un clásico ilustrado francés de finales del XIX (la primera edición data de 1895), algo que ya vale su peso en oro. 
En contraposición con los álbumes ilustrados actuales este libro contiene bastante texto (creo que los niños de antes leían más que los de hoy… o eso parece a tenor de esta evidencia tan repetida en muchos libros), lo que la hace adecuada, tanto para jóvenes y adultos, como para niños con la suficiente competencia lectora. Es decir, tiene varios niveles de lectura (algo que a mí, personalmente, me encanta, no sólo por optimizar la inversión, sino por ser un libro que puede leerse tras el transcurrir de los años).


También me gustaría hacer hincapié en el personaje de Juana de Arco. Aunque muchos tacharán la obra de pro-religiosa (ya saben que la fe, a pesar de no ser de mi incumbencia, la respeto al máximo), he de decir que se aleja de la imagen que tradicionalmente se ha proyectado de esta heroína francesa que fue nombrada santa, ya que la trata desde un cierto punto de vista histórico (es verdad que alude a datos legendarios pero ¿qué libro para niños no los tiene?).


Por último, destaco (en letras luminosas a ser posible) el estilo de la ilustración de esta obra maestra de Boutet de Monvel. Próximo al “art deco” y el modernismo (ya saben Alphonse Mucha, Antoni Gaudí y demás artistas de finales del XIX y principios del XX), las ilustraciones tienen un tratamiento del color bastante sutil (no olvidemos que era un gran acuarelista), así como presentan bastantes elementos que pueden hacer una función ornamental (quizá esa falta de espacio roce el barroquismo en ciertas páginas pero también he de decir que, al ser concordante, homogeniza la obra). Apuntar también que da buena cuenta de que, a pesar de la mucha capacidad narrativa de las imágenes, no aporta un nuevo sentido, nuevo lenguaje al texto (ya hemos hablado muchas veces aquí y en otros lugares “lijeros” sobre la evolución histórica de la ilustración), pero lo carga de sensibilidad y movimiento, que ya es bastante.
Recomendado al cien por cien.

martes, 7 de abril de 2015

Grandes ciudades vs. pequeñas localidades


Se han terminado las vacaciones y muchos habrán regresado al mundanal ruido con la melancolía propia de los niños. El ajetreo, el gentío y el sinvivir de las grandes ciudades poco tiene que ver con el sosiego y recogimiento de los pueblos (sean de interior o costeros… eso, a gusto del consumidor…) que muchos creen encantadores y maravillosos… No les llevaré la contraria cuando se trate de tretas turísticas que poco nos sumergen en el día a día local, pero discreparé con todas mis fuerzas cuando se atrevan a decirme que prefieren lo cotidiano de una pequeña localidad a la vida en la urbe.
Los que me conocen saben de mi acérrima enemistad con aldeas y villorrios, unos lugares que, a pesar de necesarios (también hay que reconocer sus bonanzas, no soy tan necio, ni abogo por cerrarlos), no permiten el aperturismo a nuevas ideas y otros menesteres, léanse comerciales o educativos. Quizá a muchos les encante pulular en un microcosmos donde todo es conocido y todo se esconde, donde dar buena cuenta de la casa ajena es más necesario que conocer las miserias propias, donde los amigos son a la vez enemigos y donde la envidia alcanza su cota máxima (un pobre teniendo en deseo lo de otro pobre... Pa’ morirse…).


Aunque lo de algunas ciudades tiene usía (no todos los males son exclusivos de villas y poblaciones de pequeño calibre), un servidor prefiere las temibles temperaturas del asfalto, unas que, aunque acogen el corazón con menos pasión y más silencio, permiten al individuo ejercitarse en eso de la independencia, lo llevan por caminos desconocidos (igual de buenos o igual de malos aunque menos transitados) y permite preservar el anonimato (¡que ya está bien de tanto chisme innecesario!). Eso de salir a la calle, de ver gente pasar, de sentarse en un banco e imaginar lo que mueve el tránsito de los desconocidos, de ponerse a hablar con cualquiera, de que los corsés no aprieten…, eso no tiene precio.


Es por ello que hoy, para todos aquellos que sufren en soledad los agobios del tráfico, el ir y venir de los transeúntes, los andenes a rebosar del metro y los altos edificios que tapan el sol, les traigo El pequeño Elliot en la gran ciudad, un álbum de Mike Curato (Ediciones B – Colección B de Block) que nos trae una hermosa historia de amistad que empequeñece las ciudades y engrandece los corazones.

jueves, 2 de abril de 2015

¡Feliz Día del Libro Infantil!


Hace doscientos diez años, tal día como hoy, nació Hans Christian Andersen, el único hijo de un humilde zapatero que escribió como adulto lo que le hubiera gustado vivir siendo un niño… ¿O quizá fue al revés? Tal vez escribió con sus palabras de niño lo que vivía como adulto… ¡O mejor aún! ¡El niño y el adulto siempre fueron de la mano!... Y entonces, se preguntarán: ¿Andersen era uno de los nuestros? A lo que diré (después de haber leído una de sus autobiografías titulada El cuento de mi vida sin literatura) que, seguramente lo fue en un tiempo en el que todavía era muy difícil ser un monstruo, uno de esos hombres que soñaban como niños.
Les puede sonar paradójico que siempre sean los adultos quienes escriben para niños, quienes ilustran para niños, quienes editan para niños, quienes compran para niños, quienes leen para niños, quienes cuentan para niños…, pero también les diré que no todos los adultos pueden hacerlo (recuerden a esos grandes novelistas, a las grandes estrellas de la literatura para adultos que han intentado escribir cuentos para los pequeños lectores y que, al final, han salido más que escaldados), ya que para contar, leer, comprar, editar, ilustrar y escribir para niños hay que llevar un niño prendido al alma.
Así son los monstruos y así lo seguirán siendo mientras haya niños que sigan leyendo, que sigan creciendo y que sigan siendo niños.











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