martes, 20 de septiembre de 2016

Maestros, ¿quién dijo miedo?


Durante los primeros días de clase -sobre todo en cursos escolares como este en el que no conozco a ningún alumno de antemano- y mientras contemplo su semblante (el producto del cansancio, la extrañeza, la evasión y la novedad), me suelo preguntar a mí mismo “¿Qué pijo pensarán de un servidor?” Respiro hondo y sigo explicando los componentes de la sangre, esa que, parece ser, no corre por sus venas (¡Qué lánguidos son!). Seguramente, tras unos meses en los que alguna salida de campo y otras risas les suelte la lengua, tengan a bien confesarse y decir a los cuatro vientos y sin una pizca de pudor (tiemblo) las primeras impresiones que tenían al respecto, no sólo de mí, sino del resto de mis compañeros, que unas veces son de esperar y otras te dejan boquiabierto (ustedes denles cuerda y verán...).


Es cierto que entre profesor y alumnos siempre se levanta un muro, propiciado quizá por la edad (aunque no siempre... les podría nombrar a algunos compañeros talluditos que levantan pasiones entre la estudiantina) y la ubicación dentro del aula (esto de la pizarra y la silla con apoyabrazos da cierta respetabilidad), pero también hay que apuntar a que la percepción que muchos niños y jóvenes tienen sobre los docentes está cambiando a pasos agigantados, algo que a veces no redunda de manera positiva sobre el progreso académico pero que implica cierta cercanía a la hora de entender y enfrentarse a sus problemas.


Son muchos los factores que han propiciado estos cambios (la laxitud con la que nos tomamos las relaciones personales, los cambios sociales sobre la familia, el pobre reconocimiento de la labor del enseñante, la degradación cultural en base a la bonanza económica de tiempos pasados, etc.) que no sé si irán en detrimento de una enseñanza de calidad (mientras aquí abogamos por la cercanía con el alumnado, los franceses, que se prodigan mucha “liberté”, siguen llamando a sus profes de “usted” por ley), pero es cierto que, a pesar de que muchas veces las fronteras entre educación y respeto son bastantes confusas (corrección, chicos, un poco de corrección...), la mejor opción pasa por ponernos en el lugar del otro (estudiantes y profesores y viceversa) y conversar de intereses, emociones y puntos de vista (mucho y bien) para aupar el ambiente cordial en los centros de enseñanza.


Muten estas realidades o no, el caso es que siguen existiendo niños como el protagonista de ¡Mi maestra es un monstruo!, el último álbum ilustrado del estudio de Peter Brown (editorial Océano-Travesía) que sienten poca afinidad por sus maestros. Aunque el libro en cuestión se basa en la relación pupilo-profesora y explora los miedos infundados de los niños, su temor hacia la institución escolar y sus normas desde el siempre agradable punto de vista humorístico del autor, no deja de ser un alegato en pro de los docentes con buenas intenciones y su capacidad para exteriorizar el lado cálido, amable y humano que tiene la Escuela... ¡Que no somos monstruos, odo!

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