martes, 27 de septiembre de 2016

Un paréntesis entre tanto niño


Existen dos tipos de padres. Aquellos que te topas cuando el verano roza su fin y te regalan un gesto de reproche mientras exclaman “¡Qué morro tienen los maestros! ¡Sin vacaciones que están...!” (algo que obvio con la mejor de mis sonrisas y sigo mi camino hacia las últimas tardes de piscina) y esos -los menos...- que con una mirada de conmiseración, te dicen a media voz “Cómo os admiro... ¡Más todavía cuando pienso que sólo aguanto a uno...!” (este tipo de comentarios sientan mucho mejor y uno empieza a flotar henchido de ego).


Lo cierto es que esto de los críos cansa un rato, más si cabe cuando pierdes la costumbre. Todavía recuerdo los comienzos en esta profesión. Griterío, algarabía y ruido, mucho ruido, capaces de alterar el sistema límbico de una tortuga. Si a ello añadimos que cada uno iba a su bola (la chonarda de turno pintándose las uñas, un chulazo y sus pavoneos de mandril, los embobaos asintiendo mientras no se enteraban de nada y varios guacamayos cotorreando eran mi día a día), el resultado era el típico telele de profesor primerizo.
Ahora mírenme, con un poquito de alegría, cuatro estrategias para captar su atención (y no precisamente las de César Bona, que tanto se tira el pisto... Cada vez que a este mediático desertor de la tiza se le desata la verborrea para vendernos sus libros, hiperventilo. Aprendo más ìnnovación educativa con Ru Paul y sus drags que con este cansalmas), un poco de orden y mucha -¡pero que mucha!- paciencia, soy capaz de explicarles cómo funciona un microscopio o que entiendan la deriva continental de Wegener.


A pesar de esta capacidad de abstracción que desarrollamos padres, docentes y otros bichos educadores, nunca viene mal un rato de desconexión, de silencio y tranquilidad, que los nenes, tuyos o postizos (en el fondo soy un sentimental), te pueden sacar de quicio. Este es el planteamiento que sirve a Jill Murphy para crear su Cinco minutos de paz (álbum recién publicado por Kalandraka en castellano pero con un dilatado éxito en el mundo anglosajón desde que se publicara en 1986) y ofrecer un ligero paréntesis a una madre elefante con la cabeza como un bombo por culpa de sus tres hijos. La pregunta es: ¿Lo conseguirá?... No sé muy bien si este álbum ilustrado es para hijos, para padres (N.B.: Como bien dice Esther Rodrigo, hay libros que están pensados para agradar a los padres y que de ahí salten a los hijos) o para toda la familia, pero el caso es que es el fiel reflejo de una situación que se repite en todos los hogares en los que viven esos locos bajitos.


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