lunes, 10 de octubre de 2016

¿Ser o parecer? He ahí el dilema...


Tras el alivio que supone saber que Paulo Coelho no haya recibido el Nobel este año (Aviso de que estas inocentadas informativas pueden provocar un telele a más de uno. ¡No jueguen con nuestra salud! Prefiero dudar sobre la existencia divina antes que admitir que este tío escribe literatura) y  vaticinando que todo se andará, recomiendo a todos aquellos que persigan un hueco en el firmamento de la escritura, que dejen de leer a Dickens, Cervantes, Chesterton o Cavafis, y empiecen a darse a la paraliteratura. No importa si son libros de autoayuda o adaptaciones cinematográficas, pero la cuestión en que se dediquen a las castañas pilongas para, algún día, recibir de manos del rey de Suecia el citado galardón.
No es de extrañar que el tiempo de los buenos escritores haya quedado atrás. ¡Que más da! Con un buen argumento que desarrollar, no excederse en florituras y cagarla lo menos posible en cuanto a reglas ortográficas y sintácticas se refiere, es suficiente. A todo ello hay que añadir pavonearse, buscar entre tus genes alguno que ayude a explicar tu innata verborrea, escribir tu nombre con luces de neón, rodearte de mucho palmero y perifollo, y apuntarse a todos los saraos, tienen una importancia más que considerable en esto del éxito. Vamos, que la cosa se resume en parecer y dejar de ser.
El postureo, ese concepto que España ha proporcionado al mundo entero y del que debería sentirse ¿orgulloso?, está patente en cualquier faceta de nuestra existencia. Todas necesitan de un espectáculo en el que hay que invertir mucho tiempo e ingresos. Mientras algunos se dejan la paga extra para enmarcar los títulos de la universidad popular, y otros rehipotecan el piso por cuarta vez para embutirse en las creaciones de Azzedine Alaïa, todos intentan a toda costa confundir a los demás y proyectar una imagen ilusoria de sí mismos que les ayude a progresar en el ámbito profesional o social.


Así pasa, que de toparnos con tanto sucedáneo hemos perdido el criterio y somos incapaces de distinguir entre churras y merinas (¿o era entre hombres y piedras de mechero?). Algo no sólo restringido a nuestra especie, sino también a las del grupo de reptiles como El señor serpiente, protagonista del último álbum de Armin Greder publicado en nuestro país a cuenta de la editorial A buen paso. El autor de, entre otros títulos, La isla o La ciudad, y ganador de numerosos premios internacionales, establece un juego de adivinanzas (expectación de las páginas impares), suspense (ese momento mágico de pasar la página...) y decepción o enfado (descubrir lo que esconden las páginas pares). Y justo cuando el señor serpiente tira la toalla, ¡voilá! Aparece algo inesperado. Si a toda esta historia con forma de retahíla clásica añadimos que se desarrolla en un contexto más amplio (no sólo en la dimensión argumental, sino en la dimensión escalar) cuyo final se nos desvela en la última doble página, se podría decir que nos encontramos ante un inmejorable álbum ilustrado para primeros lectores bastante honesto, sin poses ni parecidos razonables, que al fin y al cabo, es lo suyo.

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