martes, 15 de noviembre de 2016

De plumas y tiranos


Ya saben que el flamante presidente de los Estados Unidos, además de polémica y crujir de dientes, ha traído mucha guasa a la actualidad. No hay cosa más española que sacarle el chiste a lo que no lo tiene, pero bueno, como la suerte está echada y este tío va a montar el circo, sólo nos queda darle a la carcajada. El otro día, sin ir más lejos, nos lo pasamos de charanga en cierto grupo de Facebook© sobre libros para niños. La ocurrencia de turno (en este caso mía) fue: “¿Qué libro infantil recomendarías a Donald Trump?” (Prefería que nos divirtiéramos un poco en vez de ponernos a emular los debates televisivos, que si llegan a algún sitio, ese es al del enfado). Y cómo no, se desató la euforia. Se citaron títulos monstruosos a diestro y siniestro. Hubo incluso quién cito con mucha ironía el empalagoso Adivina cuánto te quiero (yo me descojonaba, claro está) y todo era algarabía a pesar del resultado electoral.


En esas estábamos cuando recordé la cantidad de tiranos que pululan entre las páginas de la literatura infantil. Muchos cuentos clásicos hacen alusión a la tiranía de los gobernantes, a caudillos y dictadores, al sufrimiento de los pueblos, a los héroes que se enfrentan a ellos con inteligencia y astucia y que liberan a los ciudadanos de sus insanas decisiones. Y me vino a la cabeza cierto libro con que me había encontrado en la librería un par de días atrás...
La pajarera de oro, escrito por Anna Castagnoli, ilustrado por Carll Cneut y publicado por Barbara Fiore, es uno de esos cuentos de corte clásico sobre los tiranos y sus artes que te deja con muy buen sabor de boca (que no de bolsillo, porque la verdad es que se han columpiado con el precio: 24 lereles -telita- y con subvenciones de por medio... La lectura ya es un artículo de lujo y espero que no le echen la culpa al formato... ¡Ea!, nos tocará ir a la biblioteca para disfrutarlo, si es que lo compran...).
Este álbum de gran tamaño se centra en los deseos y caprichos de los poderosos y en su sed (de atención en este caso) insaciable. En ese sentido me recuerda a dos obras de Andersen. En primer lugar a El ruiseñor, por basarse en la obtención de la belleza como fin último del poder (en este caso a través del habla y la palabra que puede administrar un ave desconocida), además de ser el elemento conductor de la narración. En segundo lugar, tiene cierta vis a El traje nuevo del emperador aunque en este caso los roles se intercambien: el tirano está encarnado por la infancia y la sensatez por una figura más adulta.


Sobre los aspectos artísticos y técnicos podemos destacar el exquisito catálogo de aves realizado por el artista belga para esta obra (me encanta la abundancia de tonos amarillos, rojos y dorados, que en combinación con el negro y el gris producen un contraste luminoso pero triste, vivo aunque pausado), una en la que los pájaros son meros observadores de la acción que transcurre, son imágenes especulares del lector y dialogan con él; es como si la cosa no fuera con ellos a pesar de ser el “leitmotiv” que mueve la narración. También destacan los distintos tamaños utilizados en la tipografía, que aportan énfasis y espacio, ritmo y pausa.
En definitiva, bienvenidos a este libro que, sobre todo, nos habla de la soledad, de esa que vuelve gris el alma cuando somos niños y de lo que queda después, cuando el despotismo y la indiferencia se han retorcido sobre el corazón.


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