miércoles, 30 de marzo de 2016

Bruselas y ¿libros contra el miedo?


Tras las bombas de Bruselas y mientras preparaba un montón de líos pendientes (que a día de hoy todavía no sé si he desliado), se han agolpado en mi cabeza una serie de pensamientos (cada uno que los considere como quiera) sobre el impacto (o no) que los libros infantiles y la cultura tienen en la concepción de la vida real y, aunque no ha sido muy reconfortante, se los traslado en esta entrada.
Que la cultura, ese concepto tan amplio, es una extensión del pensamiento y nace de la propia experiencia humana, tanto personal, como colectiva, es un hecho (N.B.: Siento ser tan simplista y reduccionista, pero si no les gusta este razonamiento cojan a Hume, Locke, Ortega o al intelectual de turno que prefieran, y háganse las pajas mentales oportunas). Los hombres tomamos las referencias que nos trae el paso del tiempo, las procesamos y las transformamos en unas ideas que, a corto o largo plazo, nos pueden proveer de cierto bagaje para entender (o no) la realidad. Dentro de lo vasta que es la cultura podemos encontrar un ramaje muy diverso, donde cabe el arte, que se manifiesta en forma de productos. Las fotografías, el cine, la moda o los libros son artefactos que intentan promover (o no) diferentes, recahuchutadas, o incluso las mismas ideas en todo aquel que decide dejarse seducir por ellas (a veces pienso que la cultura depende de dos factores: curiosidad y decisión).


De entre todas las creaciones culturales que disponemos en la sociedad occidental (hay tantas culturas como sociedades, no lo olviden), yo me dejé llevar hace tiempo por el libro infantil, concretamente por el álbum ilustrado, del que me he ido impregnando (o no) a lo largo de los años. Muchas son las ideas que todos estos productos culturales llamados libro-álbumes ofrecen (no me voy a meter en valorar el amplio espectro cualitativo, sería demasiado para este provinciano cateto) y una muy frecuente es la de apostar por enfrentarse a los miedos para que el lector se sienta algo más libre e independiente, y no viva encadenado a ellos.
Si tenemos en cuenta que un sinfín de libros recogen ideas como esta en las que la libertad clama al cielo y aparcar así las pesadillas personales, deberíamos concluir con que las sociedades occidentales actuales (consecuencia de esos niños que llevan expuestos a estos libros y mensajes durante más de treinta, cuarenta o cincuenta años) están preparadas y son capaces de dar un paso hacia delante para intentar dirimir el panorama adverso y no claudicar ante el terror que los ataques terroristas, las matanzas y las extorsiones suponen en una sociedad adulta..., pero como la cultura no lo es todo, la realidad es otra cuando el miedo llama a la puerta.


No sé si se deberá a las convenciones, a lo políticamente correcto, al buenismo, al intervencionismo de estado o a la degradación intelectual, pero la actitud que corre por las calles de Bélgica durante los últimos días denota, no sólo pavor, cierta decadencia y la vergüenza de una sociedad poco articulada y carente de libertad (organizar manifestaciones en contra del miedo y desconvocarlas por miedo a las consecuencias es un claro ejemplo de que Oriente y Occidente cada vez se parecen más: viven igual de acojonados aunque por diferentes causas...), sino que la cultura no es lo suficientemente penetrante en la sociedad y que sus discursos son insuficientes a pesar de los esfuerzos invertidos.
Todo esto me lleva a pensar que no son la cultura ni la contracultura las que están soterrando los cimientos de nuestra existencia, sino que es la propia sociedad la que está dinamitándose a sí misma con instrumentos como la política, los medios de comunicación de masas, el victimismo o los prejuicios colectivos, una dicotomía que cada vez vislumbro más en los argumentos liosos y enrevesados a pie de calle, en las barras de los bares o en el congreso de los diputados. Entonces... ¿Para que nos empeñamos en dar forma a estos mensajes? ¿Tienen validez o son papel mojado? ¿Está la cultura emborrachándose de discursos vanos, impropios? ¿Es tan independiente como debería ser? 


Mientras piensan en ello o me ponen de vuelta y media, me voy a leer Hay un cocodrilo debajo de mi cama de Mercer Mayer (Corimbo), un clásico ilustrados en el que el protagonista decide plantarle cara a un reptil que supuestamente le quita el sueño con un poquito de estrategia, un par de huevos y una pizca de sorna. 
Y lo dicho: correr es de cobardes.

martes, 29 de marzo de 2016

Bienvenida seas, primavera



Hace una semana que comenzó la primavera y, entre pitos, flautas y la semana santa, no le hemos dado una bienvenida como la que se merece en este lugar monstruoso. Así que... ¡al quite!
La primavera se erige como esa transición (no sé a qué se deberá mi predilección por estas estaciones que sirven de nexo a los rigores de otras menos señalables), como la antesala al calor estival, que, a pesar de las típicas y hermosas connotaciones que tiene, suele ser bastante descontrolada y, en algunas ocasiones, hasta furiosa (no les tengo que hablar de hormonas, astenia, alergias y climatología desapacible, que suelen acarrear más de un disgusto...).


Así que, poniendo enmienda a esta demora que han traído los días de asueto (uno necesita también hacer el mono), este último martes de marzo iniciamos el tercer trimestre del curso con dos obras primaverales de alto contenido poético: Osa de Lucía Cobo (ilustraciones) y José Ramón Alonso (texto), editado por Narval, y Un jardín, con Isidro Ferrer a las ilustraciones, María José Ferrada a las palabras y A buen paso a los cuidados editoriales.


El primero es un álbum ilustrado metafórico que nos desvela a través de imágenes preciosistas y cargadas de gran simbolismo, los cambios que se suceden en la naturaleza con la venida de esta época. El vehículo elegido por los autores para escenificar el transcurso del otoño a la primavera es la figura de una osa. Con un estilo figurativo y surrealista (el frío abriendose camino, descubriendo en la nieve de las lomas el dormitar del mundo; una primavera que dibuja la sombra de los árboles reviviendo y hace brotar la vida) narra lleno de romanticismo el viaje hacia la maternidad, un recurso de estilo literario bastante común.


En Un jardín, no sólo hay que atender a su gran belleza visual (el llamativo formato de un libro desplegable de casi 180 centímetros, el texto tranquilo y pausado, y las ilustraciones a modo de grabado), sino que hay que apuntar a un complejo argumento que lo hace delicado y sutil, potente y extraño. Se erige como un canto a los cambios personales que funden sueños y realidad, a la ligereza de la vida y, quizás, también de la muerte. La buena elección del formato (aporta una mayor sensación de amplitud y continuidad), los pequeños detalles en las ilustraciones (Lo limitado de la paleta de color... La dicotomía entre las escenas en las que aparece el señor Wakagi, ¿qué nos querrá decir?...) y la ambientación oriental, son tres bazas en este álbum de difícil clasificación.


¡Y bienvenida seas, primavera!

viernes, 18 de marzo de 2016

Desconectar el despertador y sonreír


Stig Lindberg

Se acercan unos días de descanso y sólo tengo ganas de aparcar la tiza, dejar de acarrear fotocopias y apagar el ordenador, para dedicar mi tiempo a otras cosas más vanas pero igualmente útiles. Y no crean que es necesario regalarse una turné por Europa, tostarse bajo el sol tropical o un viaje chamánico, basta con desconectar el despertador y dejarse llevar el resto del día: a veces lo más cercano nos procura las sorpresas más extraordinarias... Nos vemos a la vuelta, ¡con mucha alegría!

Rata de latón, ratón de lata
Campanario diminuto,
tic tac de plata.

Rata de latón, latón de rata,
gato, grillo, cuco,
¡garrapata!

Nata de matón, tacón de gata...

Ya metí la pata,
¡tengo tanto sueño!

¿Me oyes, pequeño?
Chitón y a callar,
gallo diminuto,
y vuelve a cantar
en cinco minutos.

Pedro Mañas.
Nana para un despertador.
En: Trastario. Nanas para lavadoras.
Ilustraciones de Betania Zacarías.
2016. Vigo: Faktoría K de Libros.



miércoles, 16 de marzo de 2016

Refugiados, dobleces e interpretaciones



Andaba anoche con el telediario a cuestas cuando, tras dar buena cuenta de la que se ha formado a tenor de la crisis de los refugiados sirios y los acuerdos propuestos entre la Unión Europea y Turquía, empecé a preguntarme cosas... Las redes sociales bullendo, los medios de comunicación bombardeando, y a un servidor se le vinieron a la cabeza dos álbumes para ilustrar la dualidad que surge en todo conflicto humano... La isla de Armin Greder y Akim corre de Claude K. Dubois, ambos editados por Lóguez, son las dos caras que surgen de una realidad como la que se está viviendo entre Oriente y el viejo continente durante los últimos meses y que creo oportuno rescatar en esta entrada.
Seguramente pensarán que les voy a dar otra chapa edulcorada con un discursito buenista y adoctrinarles así sobre los valores explícitos en la Literatura Infantil (Nada mejor que darnos la razón para afianzar nuestra calidad y calidez humana... Al final va a llevar razón mi padre diciendo que la gente sólo lee lo que quiere leer), pero se equivocan; creo que esta vez me voy a dedicar a apuntar en otra dirección, a hacer otra lectura, a contracorriente y de forma menos dirigida (llámenlo incluso cínica), para denotar que la Literatura no es tan clara, tan transparente, ni tan buena, aunque los buenos libros, buenos sean.


En un lado del conflicto tenemos a Akim, el niño que personifica el drama que viven a diario un gran número de personas en los enfrentamientos bélicos que se esparcen por todo el planeta y que nos ponen los pelos de punta. En este libro, la belga Claude K. Dubois utiliza una narración lineal y prácticamente expositiva, empezando por el título: parco, crudo, sin énfasis. También decide tratar con cierto anonimato a Akim, eximirlo de rasgos propios que lo identifiquen; no le da personalidad con la intención de que el lector pueda posicionarse en su lugar. Al aunar este recurso de estilo junto a otros, véase el uso de la ilustración a grafito/carboncillo y acuarelas ocres (me recuerdan a esos manchas de té o café que muchos autores utilizan) de trazo rápido y abocetado (sinónimo de agitación, urgencia, turbidez...), dota de mayor impresión y efectismo a las escenas narrativas.


Seguramente todo lo anterior hace de este Akim corre un título poderoso y notable, pero he de decirles que, tras presentárselo a varios niños, casi ninguno ha conseguido empatizar con la realidad del protagonista ni de intercambiar su realidad con él. A pesar de reconocer el problema (que ya es bastante), han sido incapaces de buscar un discurso propio y el posicionamiento frente al problema, algo que puede deberse a varios factores entre los que destaco esa línea desdibujada, lo borroso de sus imágenes. Aunque parezca evocadora y atmosférica, interpone espacio y tiempo -distancia-, algo que contribuye a que el lector se quede quieto en ese lugar y no pueda avanzar en él. Quizá necesitaría un trazo más tangible y veraz que no la hiciera tan difusa...


Frente a lo descriptivo de los refugiados en Dubois, tenemos la complejidad de los hospedantes en la isla de Greder. Aunque muchos (incluso yo) han defendido este libro por su faceta más progresista y como claro argumento frente a la discriminación y la xenofobia, también hay que decir que se convierte en una punta de lanza frente a la solidaridad, caridad y misericordia humana... Desde esta isla se puede divisar el cariz demagógico y partidista de la inmigración. Todo lo resume el autor en sus primeras páginas... Pero el pescador sabía lo que sucedía en alta mar. “Sería su muerte y yo no quiero tenerla sobre mi conciencia” dijo. “Tenemos que acogerlo”. Así que lo acogieron. Instando una y otra vez al lavado de conciencias (¿seremos sucios pecadores tal y como dicen los sermones domingueros?), utilizamos la razón para marcarnos tantos, contentar a nuestros seguidores y hacer apologías que unas veces nos benefician y otras nos perjudican. 
También habla Greder del intervencionismo y del uso que de él se hace desde un lado y otro... “Bueno, entonces tenemos que unirnos”, dijo él pescador, “y cuidar conjuntamente de él. Pensad: lo hemos acogido y aunque no sea uno de los nuestros, somos, sin embargo, responsables de él”. ¿Acaso sólo somos poderosos colectivamente, desde el Estado? ¿O por el contrario cada uno de nosotros puede decidir en base a su experiencia y recursos?. No nos olvidemos de que sólo un extranjero fue capaz de desatar una crisis en esa isla y por tanto, también aquí se habla del poder del individualismo, aunque no creo que le importe a muchos que están acostumbrados a funcionar como el ganado.


Seguramente todo esto sean falacias y conclusiones sacadas de contexto, pero ello no exime de que otros lean estos mismos mensajes, significados y palabras. Que ya sabemos que las dobleces no son patrimonio de unos pocos, sino de la humanidad entera, incluida la literaria.  


lunes, 14 de marzo de 2016

Lo que importamos todos


Anoche, mientras sucumbía a mis dos últimas berenjenas aliñadas (si alguien quiere la receta, que la pida), me vino a la cabeza la palabra “consenso”, una que durante las últimas semanas, se ha puesto de moda gracias a los resultados de las últimas elecciones generales.
No entiendo a qué viene tanta preocupación si los españoles estamos la mar de contentos con este limbo gubernamental (o al menos eso dicen las últimas encuestas...): aguantamos poco a estas garrapatas y seguimos a merced de las energéticas, los bancos y otras multinacionales, los que de verdad menean el cotarro. Un clásico, chupe quien chupe y pese a quien pese.


El caso es que la cosa está jodida, entre lo que envejece la vida de diputado (¡Que acartonados están algunos a los treinta!... Sape, sape, ¡que estoy hecho un chaval!) y el hambre que pasan muchos (¿Se planteará Cáritas comedores oficiales?), no hay quien llegue a un acuerdo para hincarle el diente a los presupuestos y sacar suculento bocado... Los partidos mesiánicos siguen en sus trece (¿lograrán perpetuar el parricidio que se han marcado?) y, a pesar de un discurso tropecientas veces hilvanado (¡Qué habilidad retórica, macho!), provocar a costa de abrigo piojoso, esmoquin de “zeja” (¡A esto lo llamo un buen fondo de armario!) o nene destetado, cada vez hacen más el mono y exhiben sus intenciones a lo pavo. Los separatistas, de principios entienden poco (Tú, afloja la billetera y cállanos pronto). La casta, cagada como siempre, acabará sepultada por una montaña de caspa (N.B.: Teniendo en cuenta que se acerca la Semana Santa, les recomiendo preparar torrijas, buñuelos o rollicos de naranja). Y el resto, a pesar de arengar poco en las redes sociales (se ve que está bien pagada la propaganda y todo el mundo se arranca al análisis...), seguimos hablando de “estupideces” varias, libros ilustrados, abstención y sobrasada entre otras.


No me quiero ni imaginar la de puñaladas que se estarán propinando, pero es preferible que, por ahora, las ostias les lluevan a ellos (Hasta nueva orden. ¿junio, tal vez?). Lo que ocurra tras la tormenta será otra historia, incluso parecida a lo que sucede en Después de la lluvia, una bonita fábula con la que Miguel Cerro obtuvo el pasado Premio Compostela de álbum ilustrado (editorial Kalandraka). Este libro sencillo, sin mucha pretensión y creado para las minorías “incapaces” (esas que tanto están dando que hablar en el panorama actual) y su importancia dentro del sentir general. 


Unas veces peligrosas (a veces pienso que las sociedades occidentales vivimos secuestradas por nuestros complejos y prejuicios), otras esclarecedoras, pero nunca innecesarias, las minorías, esas que suponemos desvalidas e inofensivas, siempre acaban dándole a la mayoría en to'l morro, aunque sea con la luz de las estrellas.


viernes, 11 de marzo de 2016

Hablando de LIJ con... Luis Daniel González


Román Belmonte: De entre todos los nombres de especialistas en LIJ que barajé para mantener esta charla, usted ganó por goleada. Creo que es usted bastante metódico y correcto, también que carece de prejuicios y posee un gran bagaje cultural, y, sobre todo, es honesto con su trabajo. Pero seamos sinceros: los dos nos hemos formado en aras de la ciencia para terminar apasionados por la literatura dirigida a los niños, ¿a qué se deberá?
Luis Daniel González: Gracias. Excesivos elogios, me parece. Ojalá fuera más metódico: hago lo que puedo. Sí que tengo prejuicios: todos los tenemos. Supongo que ser licenciado en Física te crea unos hábitos mentales distintos a los de alguien que ha estudiado una carrera de letras, pero no sé bien qué significa eso en este terreno.
R.B.: Aunque usted nos ha dado la bienvenida a la fiesta de la literatura infantil, jamás he recibido una invitación para tal evento, ¿podría improvisar una aquí?
L.D.G.: Soy cada vez más enemigo de las exhortaciones genéricas a leer y de cualquier mística en relación con la lectura tipo “leer te hace más libre” y ese tipo de frases supuestamente motivadoras. Yo fui un lector niño que disfrutaba mucho al leer (sobre todo libros de aventuras) y por eso puse ese título al libro que publiqué hace ya tiempo.
R.B.: Por cierto, ¿ha dado usted ya con alguna definición breve de “literatura infantil”?
L.D.G.: Aunque uso la expresión “literatura infantil”, pues es habitual y todos nos entendemos, prefiero la de “libros infantiles”, de los que unos son literatura y otros no. Lo cual no quiere decir que los del segundo tipo sean peores: si cumplen bien sus funciones, perfecto.
R.B.: Le he de confesar que uno de los primeros encontronazos que tuve con la LIJ fue gracias a usted. Ahora me toca preguntarle, ¿qué le llevó a posar su mirada en la literatura infantil?
L.D.G.: Que fui muy lector de pequeño, supongo. Que, en un momento dado, empecé a preparar unas selecciones comentadas de libros infantiles…, y que las cosas crecieron, sin yo saber bien cómo ni por qué, hasta este momento en el que estamos.


R.B.: A veces denoto cierta nostalgia en sus palabras, sobre todo cuando compara las joyas de la literatura con los nuevos relatos. ¿Qué tienen los clásicos de la Literatura Infantil y Juvenil que no tienen las obras de nuevo cuño?
L.D.G.: La nostalgia tiene que ver con la edad… Entiendo que una de las misiones del crítico es comparar, pues eso es justo lo que no puede hacer un lector joven. A veces los libros antiguos no es que sean mejores en todos los terrenos, sino que son los primeros en algo y ese mérito hay que darlo a conocer. Pasa lo mismo con los libros de una saga: los siguientes pueden ser mejores pero los personajes e ideas básicas suelen estar en el primero.
R.B.: A pesar de que hoy día se editan cientos de títulos, encuentro algo empobrecido el panorama de la literatura infantil... Argumentos repetitivos, antiguas recetas con nuevos formatos, refritos, obras poco trascendentes... ¿Son imaginaciones mías o usted percibe la misma realidad?
L.D.G.: Empecemos por decir que todos los argumentos son repetitivos. A Borges le parecía que solo hay unas pocas historias que vuelven una y otra vez cosa que yo también pienso, y no sólo por la autoridad de Borges. Esto es más evidente aún en los relatos de la LIJ. A nadie le puede sorprender que haya continuos álbumes sobre miedos nocturnos o nuevas novelitas escolares. Lo importante es que sean libros bien hechos: bien escritos, bien construidos, bien editados, respetuosos con los niños. Luego, sí es cierto que los intereses comerciales propician un exceso de libros flojos.


R.B.: En los libros infantiles de hoy día, ¿hay más moralina o moraleja?
L.D.G.: En todos los libros, y no solo en los infantiles, hay moraleja o moralejas. El que dice que no quiere darte una moraleja ya está colocándote una. En los libros infantiles esto se acentúa más porque los niños y jóvenes son personas en formación, algo que quien escribe o publica o compra para ellos, no suele perder de vista. La cuestión está en si se hace bien o mal. En relación a eso estoy contento de un artículo que escribí hace tiempo que se titula Defensa de las moralejas y que está AQUÍ.
R.B.: Si no me equivoco, usted ya se dedicaba a desgranar la LIJ antes de que las editoriales encargadas de reeditar los clásicos ilustrados y producir otros nuevos llegarán a este país con el nuevo milenio. A su juicio, ¿qué han sumado y/o restado estas empresas al género del álbum ilustrado?
L.D.G.: Sé que, en algunos casos, gracias a que algún editor leyó algo mío, algunos libros han vuelto a los escaparates, y eso me alegra, claro. Pero las nuevas ediciones de clásicos, con nuevas ilustraciones, creo que tienen más que ver con una tendencia editorial universal y con el auge de la ilustración en los últimos años. A mí me parece una buena noticia que vuelvan los mejores relatos del pasado, de una u otra manera.


R.B.: Vocifere el título de tres álbumes ilustrados redondos...
L.D.G.: Creo que yo no usaría la palabra vociferar… Tres: Donde viven los monstruos, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo, La ola.
R.B.: A pesar de todos los años que llevo escuchando el término “literatura infantil y juvenil”, todavía no me ha quedado muy claro el concepto de “juvenil”... Unas veces podría definirlo como un invento comercial y otras como literatura adulta edulcorada. ¿Qué hay de verdad y qué de falacia en este apelativo?
L.D.G.: Sobre todo, es que “juvenil” es un término muy amplio. Cualquier buen lector infantil, de doce años, decía Tolkien, puede leer cosas que nunca leerán muchos que doblan y triplican esa edad. Creo que basta usar “juvenil” en el sentido de que son, o parecen ser, lecturas apropiadas para lectores jóvenes: porque tienen a protagonistas chicos o chicas en su argumento, porque introducen algún tema de interés de un modo que a ellos les atrae, porque abren panoramas que luego pueden completarse con más lecturas de ficción o de no-ficción, etc.


R.B.: Bajo mi prisma de profesor veo en la paraliteratura una gran aliada a la hora de despertar el gusto por la lectura en los adolescentes, esos a los que me gusta llamar “los lectores perdidos”. ¿Qué lugar en el universo lector le da usted a este tipo de obras que tanto abundan en las librerías?
L.D.G.: No hay que derribar nunca la escalera por la que algunos han subido o suben. Hay quienes llegan a ser lectores debido a ciertos libros flojos y pienso que no hay que criticarles por eso pues, a fin de cuentas, hacen lo que pueden. Y, a lo mejor, hacen más de lo que haría quien les critica si estuviera en su situación. Pero la mala literatura es mala literatura, y los libros engañosos hacen trampas al lector, y hay personas que tienen la obligación de decírselo, como profesores, o padres, o amigos, o quien sea. A veces, sólo con comparar el uso de los adjetivos en unos párrafos de un libro de aventuras fantásticas con otros de El señor de los anillos, ya se lo haces ver. Por otro lado, me gusta el ejemplo de que los libros son como simuladores de vuelo de los sentimientos y si el simulador es engañoso más adelante tendrás problemas: el adulto tiene que advertirlo, para eso es adulto.
R.B.: La relación de la Escuela española con la Literatura Infantil siempre ha sido un poco somera, casi esquiva diría, y ha dependido más de la voluntad de los poco reconocidos maestros..., ¿sabe usted de alguna fórmula que propicie más encuentros que desencuentros entre esta institución y la lectura?
L.D.G.: No tengo nada clara la relación entre la LIJ y la escuela. Muchas veces pienso en que los grandes beneficiados de meter la LIJ en la escuela no son los lectores… En mi experiencia, personal y de amigos, creo que la mayoría de los buenos lectores no salen de la escuela. Pero no quiero generalizar: también conozco profesores que lo hacen extraordinariamente bien. En cualquier caso, hablando en general, opino que lo que la escuela debe hacer, sobre todo, es aquello que nadie más que ella puede hacer, que es transmitir los conocimientos básicos, los cimientos sobre los que se puede luego construir, y dejar otras actividades a instituciones que lo pueden hacer mejor.
R.B.: Desmigajar un libro no es una tarea fácil a tenor de los múltiples parámetros que hay que tener en cuenta, pero seguro que usted tiene alguna receta para separar la paja del grano... Deme alguna pista al respecto.
L.D.G.: No tengo recetas, la verdad. Procuro leer dejándome llevar, sin pensar mucho aunque tomando notas de las páginas en las que hay algo que me interesa o me sorprende (para bien y para mal). De la lectura queda una primera impresión y luego repaso lo que anoté. De todos modos me confundo no pocas veces: he tenido que rectificar opiniones, con el paso de los años, debido a que alguien me hizo notar cosas en las que no había reparado o a que nuevas lecturas me hicieron comprender algo bastante mejor. Por supuesto, cuando algo gusta mucho a los lectores jóvenes y a mí no, tengo que aclararme bien a mí mismo por qué pasa eso.



R.B.: ¿Qué tiene Narnia que no tengan otros mundos imaginados?
L.D.G.: Tal vez que, después de algunos libros de Edit Nesbit, fue la primera serie de libros de ese tipo: con niños protagonistas que van y vienen entre nuestro mundo y otro mundo fantástico. Por otro lado la narración es un tanto hipnótica, y tiene una densidad particular, que pasa por encima de algunas inconsistencias constructivas.
R.B.: Ha profundizado en temas como el libro ilustrado, la literatura fantástica o la historia de la LIJ y ha estudiado la obra de C. S. Lewis, Chesterton o Stevenson... ¿Qué se trae entre manos ahora mismo?
L.D.G.: Desde hace dos o tres años mi plan es “limpiar la mesa” y sigo con él. Es decir: quiero acabar cosas que tengo a medias —artículos, libros…—, repasar y corregir lo publicado hasta el momento, y dar por concluida mi aportación a la LIJ. Aún tardaré un tiempo, también porque me piden cosas y me llaman de algunos sitios, pero esa es mi idea actual.
R.B.: Para despedirnos, nos toca jugar, comer y leer... Pero para ello necesito saber antes cuál/es es/son su/s juego/s favorito/s, cuál/es su/s plato/s preferido/s y su/s libro/s predilecto/s...
L.D.G.: Mi deporte es, o más bien fue, el baloncesto. También, aunque nunca competí, el atletismo. Pero casi todos los deportes me gustan. No tengo platos que me pirren muchísimo, una buena tortilla para mí es suficiente. Y libros predilectos…, pues en mi página tienes de sobra para escoger.


Luis Daniel González (El Rosal, Pontevedra, 1955), aunque se crió en Orense, se trasladó en su juventud a Santiago de Compostela para cursar Ciencias Físicas, estudios que terminó en Valladolid. En la década de los ochenta puso en marcha una biblioteca juvenil e impulsó actividades de promoción de la lectura. De este trabajo surgió su Guía de clásicos de la Literatura Infantil y Juvenil (3 volúmenes), que sería ampliada más tarde para dar lugar a su obra más conocida, Bienvenidos a la fiesta (2001), un diccionario-guía de autores y obras LIJ que complementó con la página web homónima (ver AQUÍ) y dos anexos publicados bajo el nombre de Donde vive la emoción (2002) y Donde nacen los sueños (2003). Durante todos los años siguientes y hasta la actualidad, además de escribir numerosos artículos, críticas de libros, diversos libros -en edición impresa o digital- relacionados con la LIJ (entre los que destaca Cruces de caminos, junto a Fernando Zaparaín, 2010) o su estudio sobre Las crónicas de Narnia titulado Una magia profunda, también ha participado en cursos y conferencias, lo que le ha llevado a ser uno de los especialistas en LIJ mejor considerados del panorama de la Literatura Infantil y Juvenil.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Educar la mirada hacia la lectura y la LIJ


Isabel Hojas

Desde que Salvia, la recolectora de rimas, hiciera un comentario en esta entrada refiriéndose a la importancia que la educación de la mirada LIJ tenía, empecé a preguntarme e indagar en el proceso que había ido formando mi propia mirada hacia la Literatura, en general, y la Literatura Infantil, en particular. Tras bastantes meses apuntando recuerdos e ideas al respecto me he propuesto resumir de manera más o menos organizada quiénes intervienen en mayor y menor medida en el desarrollo de estas capacidades, cómo lo hacen, cuál es el proceso tradicional, cómo la recuperamos y qué futuro le espera.


Marla Fraaze

Lo primero de todo hay que hacer unos apuntes sobre la relación entre LIJ y Educación, esa tras la que se parapetan los políticos para justificar su adoctrinamiento y hacer lo que les plazca con los nuevos ignorantes. La educación tiene mucho que ver con todo lo que se refiere a las miradas, es decir a la opinión que se forma en cada uno de nosotros sobre lo que nos rodea desde la niñez. La educación, tomada como entidad global (no sólo tiene que ver con los contenidos y preceptos que intenta inculcar la escuela, sino como un sinfín de instituciones más, léanse la familia, los amigos, el ámbito laboral o los medios de comunicación, que marcan la idiosincrasia particular del individuo), embebe nuestra vida desde la cuna, y desde entonces, absorbemos como esponjas lo que nos apetece consciente o inconscientemente (no se equivoquen, los niños son mucho más libertinos que nosotros aunque intentemos encorsetarlos) para formar una mirada propia sobre la que basaremos nuestros juicios (que pueden ser de muy variada naturaleza, desde personales hasta culturales, políticos o médicos).


Jessie Willcox Smith

Como ya he apuntado, son tres a mi parecer, los agentes que intervienen de manera activa en la educación de la mirada LIJ. En primer lugar tenemos a la familia, el actor, a mi juicio, más importante para desarrollar, no sólo una opinión crítica respecto a la LIJ, sino a la hora de inculcar el hábito lector en los niños/jóvenes, en reconocer el libro como objeto y artefacto, como vehículo y entidad. Padres, madres, hermanos, tíos o abuelos son los primeros responsables de sembrar el hábito de la lectura, primeramente ejemplificándolo y seguidamente, tutorizándolo y auditándolo. De nada vale poner ese disco rayado que suena “Nene lee, lee, lee...” si en esa casa no lee nadie, y tampoco me gusta esa cantinela de “Tu lee, lo que sea, pero lee.” Y así pasa, que algunos sólo leen periódicos deportivos o revistas de marujeo. Evidentemente, el origen, el nivel socio-económico, y sobre todo, el cultural de cada familia, estimulan o no esa inclinación por el mundo del libro (que es de lo que se trata principalmente, nunca de inculcar dogmas). La lectura catapulta nuestra imaginación, se comparten pareceres y objeciones, amplía el mundo, y nos proporciona más formación, más herramientas (para realizar múltiples actividades o solucionar problemas, por ejemplo). No se equivoquen: no creo que leer nos haga mejores personas (alguno me degollaría si dijera que muchos lectores son malos y retorcidos), ni más especiales; si acaso, más libres (No sé porque se me vienen a la memoria ciertos libros sagrados o el mismísimo Mein Kampf... Así que lo de la libertad, también está difícil...).


Flavia Zorrilla Drago

En segundo lugar tenemos a la escuela, esa institución a la que pertenezco. Creo que los docentes, además de tener un gran peso en este equilibrio (a mi juicio somos el eje de la balanza), nos sentimos entre confusos y encorsetados. La confusión nos llega al pensar que sobre nosotros recae la mayor parte de responsabilidad en la tarea de crear lectores (N.B.: Algo que no debería ser así, ya que el ámbito escolar debe formar, encauzar y ofrecer posibilidades a los alumnos para el desarrollo de la lectura entendida como ocio, una vez que la semilla que deposita el ámbito familiar empieza a germinar. Respecto a la faceta académica o instrumentalizada de los libros, véanse manuales o libros de texto, no cabe discusión: su lugar es la escuela y están hechos para tal efecto), y el embuchado viene de la ingente cantidad de objetivos que se marcan desde el marco legislativo, ese que debería dejar a un lado el paternalismo y/o buenismo de estado para centrarse en otras luchas más importantes como es la formación del profesorado en materia de LIJ y aupar así nuestra implicación en lo que llamamos leer, ese verbo tan difícil. Por otro lado, debemos ser críticos con nuestros espejismos y dejar de mirar al libro por la carga de contenidos, valores o emociones que podamos enseñar con él. Esa visión maniquea de la vida (¿una reminiscencia del constructivismo?) no hace ningún bien a nuestros alumnos, ya que en parte crea cierta tendencia al odio visceral que muchos le tienen a la letra impresa. El último punto es denotar que los niños y adolescentes invierten una media de 5-6 horas al día en colegios e institutos, por lo que no hay que desdeñar el gran conocimiento que los docentes tienen sobre los gustos e inclinaciones de sus alumnos a la hora de leer, algo que parece ser obviado por muchos especialistas en LIJ que pregonan sin haber entrado en contacto jamás con éstos.


Andrés Meixide Gayoso

El tercer pilar sobre el que descansa la educación LIJ son las bibliotecas (aquí es cuando llega el momento de apuntar que a esto, seguramente, se deba que muchos planes de lectura diferencien la esfera cultural de la educativa, ese desdoble de recursos y empeños que no se comprende desde un punto de vista monetario -doble gasto-, pero sí quizás desde un prisma funcional). Construir bibliotecas es importante, pero más importante es abrirlas y darles vida. De nada nos sirve que una biblioteca se encuentre yerma, que no interactúa con sus usuarios. Estoy harto de ver bibliotecas vacías -de público y novedades-, y de bibliotecarios que sólo se dedican a prestar y colocar libros. Esta una realidad que puede tener dos orígenes, por un lado tenemos la reducción del gasto gubernamental (está claro que la Cultura, entendida como bien común, se encuentra cada vez más desinflada), pero por otro (y no menos importante..., siento que justos paguen por pecadores) son muchos los bibliotecarios “institucionalizados” (como en cualquier otra parcela del funcionariado), que fichan, desempeñan su papel dentro de la corrección y ¡Au!. Los bibliotecarios deben afianzar el gusto por los buenos libros, por desentrañar nuevas formas de mirar la literatura, por aupar géneros olvidados, por mostrar detalles escondidos, relacionar títulos aparentemente dispares, y ofrecer nuevas posibilidades y alternativas, una tarea que sólo se consigue siendo un gran lector y sembrando la pasión por los libros con cierta magia (no son necesarios fuegos de artificio pero sí tener capacidad comunicativa y de organización). A veces basta con hablar de libros, que no es poco...


Yuko Shimizu

A pesar de que familias, docentes y bibliotecarios establecen los cimientos para la educación en LIJ (siendo lectores todos ellos, ¡ojo!), no cabe menospreciar el papel que especialistas, libreros, editores, autores, ilustradores y demás, desempeñan en esto de la mirada LIJ ya que deben tener muy claro para quien trabajan. Es muy distinto currar para echarse algo a la boca, a trabajar por pura advocación. Quizá lo primero sea tan lícito como lo segundo, pero eso de ganarse el sustento haciendo lo que te sale del fandango te llena más (de libertad, amor propio, decepción o frustración... no todo es tan maravilloso) a pesar del contrato tácito aunque non scripto que estos agentes tienen con los lectores. El editor deberá velar por el formato de sus libros, uno acorde con el producto ofrecido, seleccionar narraciones y poemas con valor literario y preocuparse por dirigirlo adecuadamente al público; el escritor tiene uno de los mayores compromisos, el de pergeñar literatura notable sin subrogarse a los intereses creados; el ilustrador debe interpretar y complementar el lenguaje verbal con el artístico, el suyo propio, sin olvidarse de la calidad; el librero tendrá que saber moverse entre la diversidad y los buenos libros, así como orientar adecuadamente en la compra; y el especialista deberá dejar sus prejuicios e inclinaciones para poder ofrecer una adecuada selección de libros que ayuden al crecimiento lector de quien siga sus indicaciones.


Karin Jurick

Protagonistas y secundarios configuran un inmejorable reparto en el que, como en todo lo que tiene que ver con lo humano y mundano, hay que denotar el sesgo, ese que inclina la balanza hacia uno y otro lado... No es lo mismo ser criado en el seno de una familia de corte intelectual o culturalmente activa que en otra donde primen los negocios, no es lo mismo tener un profesor que denote cierto gusto contemporáneo que otro que defienda a ultranza los clásicos, no tiene nada que ver que compremos los libros de nuestros hijos en la papelería del barrio o en una librería especializada, ni tampoco es lo mismo echar mano de una biblioteca doméstica que pulular dos tardes a la semana por las estanterías de la biblioteca pública.


Pawel Kuczynski

Y así llego al medio ambiente: el resto de estímulos que nos rodean, los menos controlables e irracionales... Los individuos no vivimos aislados sino que estamos sujetos a una serie de factores: novios, amigos, conocidos, conversaciones que no nos incumben, los medios de comunicación (sobre todo televisión, páginas web, redes sociales, aplicaciones de mensajería instantánea), el cine, la cultura visual en la que podemos citar los videojuegos o la pintura, la música, el teatro, la religión, la ubicación geográfica, el sistema político, un trauma, algo chocante, la muerte de un familiar, los complejos ajenos o personales, los estereotipos e incluso los prejuicios, los iconos y los símbolos. Todo se encuentra relacionado y puede configurar el ecosistema de un lector competente y capaz.
Podemos citar el condicionamiento y repercusión que las películas de animación han tenido sobre la percepción de los libros ilustrados en el siglo XX, ejemplificada por la omnipresente factoría Disney®, una que marcó un antes y un después en la mirada que los niños han desarrollado frente a formas y líneas. Debemos señalar igualmente los movimientos y corrientes artísticas como fuente de inspiración y ejecución en las tendencias de ilustración (cada época tiene las suyas... abstracción, cubismo, figurativa, dadaísmo, expresionismo, impresionismo, cultura naíf, etc.), que modelan y acercan la mirada LIJ colectiva, algo que también ocurre con los diferentes géneros literarios (hay épocas más proclives a la novela de aventuras, el cuento de hadas o la poesía romántica). No tiene la misma mirada LIJ un niño que viva en Oriente Medio que otros de Vietnam o Inglaterra (sólo tienen que visitar cualquier feria de libro infantil de carácter internacional, exponerse a las diferentes ilustraciones y contarme qué les resulta más cercano), ni tampoco vivir en una sociedad occidental capitalista que hacerlo en los suburbios de Nairobi (¿Quienes entenderán mejor El soldado de plomo de Jorg Müller? Seguramente el mensaje captado sea diametralmente opuesto).


Tom Gauld

Sobre el proceso que sigue nuestra mirada LIJ a lo largo del tiempo, poco puedo decir en líneas particulares (no soy especialista en didáctica de la Literatura Infantil y Juvenil, y seguramente habrá otros más duchos en el tema), pero me atrevo a decir que no creo que esta deba ser lineal (¿a quién le gustan los túneles?), sino que debe tomar una forma arbustiva, tridimensional (yo lo asemejaría a una semiesfera) en la que uno pueda moverse hacia delante o hacia atrás, pero también pueda dar un paso lateralmente, es decir, en direcciones y sentidos variados.


Inés Vilpi

En líneas generales y concretando más, el proceso educativo tradicional hacia la LIJ podría ser el que sigue:
a) El primer vínculo debe partir de lo puramente verbal, de la oralidad. Juegos de palabras, nanas, retahílas y canciones de ida y vuelta para comenzar a instrumentalizar el lenguaje y fomentar la creación de un ideario particular.
b) A ello le seguiría la adquisición de destrezas en lecto-escritura (leer para escribir, escribir para leer), ejercicio que se afianza con la narración oral de cuentos y leyendas, tradicionales, clásicas y actuales, técnicas de animación lectora, la lectura en voz alta y el uso de otros lenguajes, como el musical o el artístico (aquí toma un papel importante el género del álbum ilustrado), que sirvan de apoyo a la contextualización de un amplio marco referencial, tanto propio (real o imaginado), como ajeno.
c) El lector continúa formándose y adquiere autonomía, es aquí cuando tenemos que proponer un amplio abanico de posibilidades. El lector necesita arriesgarse, experimentar, explorar, decidirse, elegir, triunfar y fracasar.
d) Es así como seleccionará y formará su ideario, tendencias y biblioteca mental particular, definiéndose finalmente como lector.


Geertje Grom

Pese a que todo lo anterior es muy bonito y suena muy bien, nadie se plantea la elevada tasa de no lectores que hay entre los jóvenes, unos para los que muy pocos especialistas, estudiosos o animadores han desarrollado estrategias con las que devolverlos a los libros. Los “lectores perdidos” (una denominación que acuñé hace tiempo), aquellos niños o adolescentes a quienes la lectura les importa una mierda tras haber adquirido las habilidades necesarias para llevarla a cabo, son el producto de múltiples causas que van desde el contexto familiar al llamado “fracaso escolar” (N.B.: Es curioso, pero los alumnos que chocan con el sistema educativo suelen aparcar también la lectura placentera), pasando por la escasez de estímulos y los cambios hormonales. Su mirada literaria es incluso más importante que la de los principiantes y deberíamos prestar atención a proyectos con los que, a modo de anzuelos, recuperarlos. Estos señuelos pasan por uno mismo (la madurez hace milagros) o echar mano de otros lenguajes, que van desde el puramente paraliterario (condensa mensajes igual de válidos pero más fácilmente alcanzables) al lenguaje gráfico (ya lo está haciendo desde el libro ilustrado y las pantallas de los portátiles), el digital (no hablo del e-book...) o la misma interfaz de usuario (¡Qué bien me comunico con mi coche!). Sin duda esta es una realidad que, aunque a algunos les pone nerviosos, empieza a coger cuerpo en muchos planteamientos educativos (véanse los países nórdicos) y supongo que, con el tiempo, se abrirá hueco en ese camino que ha de recorrer la mirada LIJ.


Emma Ersek

Como colofón y esperando que estén de acuerdo, apuntar a que nadie tiene una receta infalible para conseguir una mirada LIJ “óptima”, “deseable” o “recomendable”. Está claro. Pero sí me aventuraría a decir que el niño o joven que se ve sumergido en un ambiente propicio y literariamente diverso, tiene más posibilidades que otro para desarrollar esa mirada literaria. Con ello no quiero decir que existan excepciones a tenor de un amigo curioso, una bibliotecaria comprometida por la causa, unos maestros chispeantes, o un padre y/o madre devoradores de libros (hay veces en las que creo en el puntualismo de Gould y Eldredge, aunque sea aplicado a los derroteros más literarios), pero sí he de confesarles que un servidor ha tenido la gran suerte de contar con todos ellos y poder ver hoy los libros con sus ojos pero con mi mirada.


David Pintor

martes, 8 de marzo de 2016

Deseos hechos quimeras



A la quimérica Alejandra.

La vida está llena de quimeras, y no precisamente de esas criaturas mitológicas que habitaban en las mentes de los antiguos griegos, sino de otras más modernas pero igualmente peligrosas.
La naturaleza quimérica del hombre, la intelectual, no la física (aunque no sé muy bien que pensar..., que a más de uno/a le ha dado por ponerse el morro de un pato) nos lleva por el camino de la amargura, un poquito de cabeza... Unas veces pillamos lo que nos gusta de aquí, otras, un poquito de allí, lo vamos metiendo en el vaso mezclador y, con un poco de ritmo, nos sacamos una nueva idea de la manga de lo que debería ser y que nunca es. Así pasa, que vivimos un tanto confusos entre nuestra forma de actuar y pensar, una dicotomía que hace las alegrías y penas de esta especie razonada (que a ver quien es el guapo que logra encasillarse...).


El resultado unas veces nos llena de esperanza y otras nos asola de decepción, pero está claro que ante tanta impertinencia del yugo mundano, un servidor opta por la salida más fácil. Y para ilustrar, desgrano un caso cotidiano, la elección de pareja . El otro día me decía J., treintañera de buen ver, con bastante guasa, socialmente comprometida y mu' trabajadora (N.B.: Para más señas, pídanlas), que necesita un hombre hecho a su medida: amable, guarrindongo, graciosete, cultureta, canalla, educado, vegano (¡Qué plaga!), guapetón, aseado, currante y que la trate como a una reina. Yo le dije “O te esperas sentada, o lo pides por encargo”. Ella resopló (¿o fue un bufido?) y siguió con el desencanto. A lo que yo le contesté que en vez de ponerse trascendental debería coger un serrucho e ir juntando cachos; la fórmula más plausible de maravillarse con tan anhelado macho. Nos reímos mucho y el resto, como todo lo inútil, se esfumó en el aire.


En esas me hallaba cuando caí en la cuenta de que este argumento a caballo entre las utopías, los deseos, la creación, el juego de la vida y las quimeras se ha usado con cierta frecuencia en la Literatura (no se olviden de Mary W. Shelley y su famosa criatura) y en bastantes libros ilustrados. Es por ello que hoy les traigo dos de ellos de reciente hornada. Operación Frankenstein de Fermín Solís y editado por Narval, y Un regalo para Nino de Lilith Moscon y Francesco Chiacchio, publicado por A buen paso. Aunque los dos beben de este espíritu quimérico y tienen una línea ilustrativa parecida (aunque diferente perspectiva), son muy diferentes. Mientras que el primero se podría catalogar como una simpática secuela del clásico de Shelley adaptado a un contexto infantil y sin tanta mira discursiva, el segundo se parece más a los cuentos de hadas tradicionales (quiso recordarme a la Pulgarcita de Andersen y a los cuentos populares rusos, no sólo en la estructura, sino también en la forma) en los que los “donantes” (Propp dixit), desde la sombra, echan un cable al protagonista para hacer realidad su sueño.


Aunque ambos libros tratan desde una perspectiva diferente un mismo tema -uno a pinceladas y jolgorio y otro con profusa delicadeza (a veces excesiva)-, creo que pueden surgir sinergias entre ambos y despertar así en el lector discursos complementarios, nuevas quimeras.


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