lunes, 30 de octubre de 2017

Vacíos existenciales


¡Eh, tú! Pareja, dos hijos, dos coches, un perro labrador, la casa en el campo, portátil, televisión de no-sé-cuantas pulgadas, un traje a medida, piscina con vistas al mar, un reloj de oro, decenas de felicitaciones de cumpleaños y un bíceps como mi cabeza ¿para qué? ¿Para seguir igual de vacío? ¿Acaso no te das cuenta que todo eso que con tanto empeño coleccionas no van a llenar el enorme hueco que tienes en el corazón? (Por no hablar de tu cerebro, que no cultivas con mucho ahínco que digamos...).
Veo mucha gente como tú todos los días. Veinteañeros o cuarentones. Da igual la edad. Alto, bajos, gordos y flacos. El tiempo pasa y todos se empeñan en traducir en plena felicidad una ventajosa sociedad del bienestar que desde occidente creemos merecida, pero lo cierto es que llegar hasta esa cima depende de uno mismo. No diré que haya que abandonar toda esperanza ni promover la vida ascética (los bienes también ayudan sobre todo cuando se trata de pagar tratamientos médicos, sillas de ruedas o platos de ducha planos), pero sí romperé una lanza por entenderse a uno mismo y tener claros los objetivos de nuestra existencia.


Flacos favores se figuran resentimientos, envidias y enfados. Lo mismo digo de autocompasivos, condescendientes y otros insanos. Quizá la única manera de quedarse en el mundo y no vivir obnubilado por la meta, sea el propio camino, disfrutar de los momentos, los buenos, claro, y llorar los malos. Con excesos y sosiegos, amigos, pares y hermanos, que si nos alejamos de los nuestros por torpes, enérgicos o pesados, perderemos el norte y la crítica útil, la que sale del cariño y los estrechos lazos.
Parece ser que la gente no hace nada por vivir cuando la vida ha puesto por ellos toda la carne en el asador. Depresiones, taquicardias, histeria y muchos ansiolíticos nos restan más que nos suman y sería una pena que, una vez llegada la hora, decirle adiós al mundo con media sonrisa.


Llenemos nuestros vacíos de cosas que merezcan la pena. De caricias y dulce de leche, de besos y piruletas, con las peleas de almohada, y algún silbido picante, de las estridencias de padres y hermanos, de la luz que tenía tu mirada. De arroz con leche y saltos a la comba, de las cúpulas doradas y los arcos del soportal, de blanco de las jaras y el perfume de la lavanda. También con aquel examen fallido, la verbena de San Juan, jotas, seguidillas y nanas.
¡Eh, tú! ¡Busca un libro con que llenarte! ¡Los hay a montones! ¿Por qué no Vacío de Catarina Sobral (Adriana Hidalgo en su colección Pípala)? Seguro que ese te encanta. Habla de otro tonto como tú que busca, sin saber muy bien el qué. El caso es encontrarlo.


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