martes, 7 de noviembre de 2017

Decrecer vs. crecer


Se podrían calificar como ¿interesantes? ¿vacuas? ¿estultas? ¿prácticas? las conversaciones que acontecen tras la cortina de cualquier probador. Que si se me sale esta lorza por aquí, que si esto lo arreglo yo con un dobladillo, que si te lo pones con una pajarita va a ganar mucho, que si la vecina de mi abuela tiene otro igual... Todo para concluir que no te sienta bien ninguno de los tropecientos trapos con los que has cargado mientras la dependienta te miraba con cara de pocos amigos. Un clásico... No me extraña que al salir del zulo te entren ganas de arrastrarte hasta el escaparate y arrancarle una pierna o prenderle fuego al maniquí de turno , por mentiroso y miserable. Y conforme sales de la tienda, si te salta el Instagram y constatas que nunca formarás parte de su club de chulazs/as, tienes dos opciones, o ahogar las penas en algún brebaje inmisericorde, o poner a rebosar el frutero de ansiolíticos y otros opiáceos... Me decanto por la primera, no sea que con la segunda me vea como los de Funny Games (la de Haneke, que el remake americano me da mucho por culo).


Llego a casa y antes de abrirme la primera cerveza, me topo con un libro de Blackie Books encima de la mesa. Ilustrado por Edward Gorey... Florence Parry Heide: una flor parece que empieza a brotar en mi interior (espero que no sea una nauseabunda Rafflesia arnoldii).... Bonita edición... Parece que el día no va a terminar mal... Tomo asiento: libro, tercio y abridor en mano. El primer trago es el que mejor sienta. Mientras empino el codo (no mucho, que luego hay que ponerse a corregir), empiezo a leer este Tristán encoge, un clásico con prólogo de David Trueba (que no le falta sarao en el que meter el cuezo). Parece que el niño encoge y nadie le hace ni puto caso. Cosas de niños dicen los mayores. ¡Qué asco de mayores!, dice el mengajo. Pero la cosa sigue y la criatura reduce más su tamaño.... Me sonrío y me acuerdo del probador. En mi caso los que iban mermando eran los cinco pares de pantalones. La madre que los parió...


Sigo con la cerveza, con el libro. Parece que la cosa se va animando y el protagonista sufre agobiado. ¿Seguirá su progresivo decrecimiento? ¿Desaparecerá por fin?... Y, con el último rayo de luz que cruza la tarde, me acuerdo del mundo al revés, de lo paradójicos que somos los humanos. Unos se quejan de que encogen y otros de que crecen desmedidos. Los flacos quieren ser gordos y los gordos, flacos. Rubios que preferirían haber nacido morenos y negros a quienes gustaría ser blancos.
Lo mejor de todo viene cuando este niño pasa de los adultos (¡Atajo de inútiles!) y coge las riendas de su vida con una mano. Ataja el problema con lógica y todo se resuelve de un plumazo. Aunque me quedo con una duda, ¿acaso no sería mejor encoger? Vista la falta de atención e ineptitud de los mayores, preferiría ser invisible..., y sobre todo, que te quepan los pantalones.


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