miércoles, 8 de noviembre de 2017

Magia, siempre magia...


A mis alumnos, los viajeros.

La lluvia golpea el paisaje que desaparece a nuestro paso. ¿Volvemos o nos vamos? Lo que sí tengo claro es que la magia existe. Por ahí está, sigue rondando...
Muchos hablan de fuegos artificiales, efectos especiales, trucos y hasta artes visuales, pero no, la magia se respira, se escucha, se siente en el aire. En el soplo fresco de la mañana, en los juegos nocturnos, en las estrellas, incluso en una rodilla dislocada. Quizá también sean los que no están, los que no han venido. También tienen que ver con la magia aquellos que te envían mensajes de humo desde el horizonte lejano. Instantes necesarios, persistentes, también los que se esfuman con la rapidez del rayo. Las tormentas matinales, el aroma a leña recién cortada, el sonido de la madera crepitando, las esquilas de las ovejas y el eco de los valles. Vi un poco de magia en aquellos perros pastores, también en el brillo del acebo, en los colores del otoño, en mitad de aquella iglesia en cuyos parterres brotaban la ruda, la melisa y las caléndulas... Me encontré tu voz tranquila, ese dulce sosiego que enmarcaba tu sonrisa. Aquello también fue magia.


No sé a ustedes pero a este monstruo le encanta buscar lo mágico. Así es la magia, aparece de un chispazo, en el momento más inesperado. Se esconde, como las setas entre la dorada hojarasca. Busca un lugar cálido bajo las rocas, un refugio en la niebla callada, en el sotobosque de las hayas. Levante esa piedra y he ahí la magia. Escurra el rocío del musgo, recójalo en su mano, y con un gesto leve, déjelo caer, despacio. Germinará la semilla diminuta. Se enroscará en los dedos mientras se curvan nuestros labios. Trepará, nos cubrirá con su follaje. Vigorosa y con sigilo se abrirá camino en nuestros corazones como un terco abrazo.


Que sobreviva depende de nosotros, también el que se acabe. Es por eso que los monstruos llenaron los cuentos de magia, para que no se apagaran sus brasas. La escondieron entre brujas y magos, elfos y enanos. Adentro de las casas, en pozos profundos y bosques impenetrables. También en zurrones, escobas, bastones, espejos, alfombras, sombreros y anillos, cientos de anillos. Como el que protagoniza la historia que nos traen Peter Svetina y Damijan Stepančič gracias a la editorial eslovena Manlic. El anillo mágico tiene ese hechizo, el que une a las personas, que hace a unas partícipes de la vida de otras, y que, sin comerlo ni beberlo, tiene un poder especial y sobrenatural. Es la historia de otras historias, de otros objetos y lugares, gracias a los que aparecen nuevos amigos y hogares encantados.
Sí, la magia existe. Adentro de un anillo. En la luz tenue sobre las cumbres. Sobre las alas de un viaje.


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