miércoles, 31 de enero de 2018

Cuentoterapia o ¿la sanación literaria?


Shaun Tan

“Cuentoterapia”... Suena a utilitarismo de la LIJ, ¿verdad? Un barrizal en el que llevo tiempo emporcándome y del que tienen muestras fehacientes AQUÍ y AQUÍ. Cada día que pasa escucho más y más esta palabra. Alguien la pronuncia en un curso, otros en las redes sociales... Suponía lo que era, me lo imaginaba, pero como soy un poco curioso, he creído oportuno internarme en ese mundo que aúna cuentos y psicología, sobre todo la terapeútica, para empaparme de sus bases y no errar demasiado en mis conjeturas (exponer de una manera objetiva un tema, siempre se agradece) aunque estas vengan de un monstruo como yo. ¡Doy el pistoletazo de salida!


Erin E. Stead

Aunque el término cuentoterapia no tiene más de treinta años, se pueden vislumbrar ciertos inicios teóricos gracias a los planteamientos de Bruno Bettelheim (Psicoanálisis de los cuentos de hadas) y otros psicólogos como Sheldon Cashdan (La bruja debe morir), que vieron en los cuentos de hadas una forma discursiva compleja mientras escuchábamos o leíamos cuentos. No es hasta el año 2002 cuando fue registrado por Antonio Lorenzo Hernández Pallares a pesar de que a finales de los noventa Jorge Bucay desarrollara sus “cuentos para pensar” que, aunque son creaciones ficcionales del propio autor, funcionan con algunos principios de la cuentoterapia. Durante las primeras décadas del siglo XXI la cuentoterapia se ha extendido como la pólvora en las consultas de psicólogos y psicoterapeutas, e incluso ha empapado escuelas infantiles y aulas educativas para ayudar a niños y no tan niños en la tarea de conocerse a sí mismos y al mundo que les rodea.


En inicio y de manera sencilla se podría definir la cuentoterapia como el arte de sanar a través de los cuentos, y ayudar a prevenir y educar en destrezas emocionales. Este método tiene como principal herramienta las producciones orales o escritas dirigidas a la infancia, tanto las que proceden de la tradición, como aquellas de ficción contemporáneas. Asimismo define tres tipos de cuentos o historias: los emosémicos (producen emociones), los monosémicos (poseen un mensaje) y los polisémicos (contienen diferentes mensajes).
En lo que a aspectos técnicos se refiere cabe decir que la cuentoterapia trabaja a dos niveles, el interpersonal o interpsíquico (cada situación o personaje se traduce en el tipo de relaciones que tenemos con los demás) y el intrapersonal o intrapsíquico (cada situación o personaje son diferentes facetas del mismo individuo).
En último lugar y para terminar esta introducción, señalar que, a todo lo anterior, habría que unir, por un lado los diferentes matices dependiendo de las escuelas y corrientes que sigan los terapeutas que utilicen o impartan estas técnicas en las que literatura y psicología se unen en pro de una mejor salud mental. Por otro lado, apuntar a los diferentes tipos de narraciones orales o libros que se utilicen en esta terapia.
Para saber más sobre estas terapias siempre pueden acudir AQUÍ, AQUÍ o AQUÍ.


Mitsumasa Anno

Aunque hasta este punto todo parece coherente y tiene sentido, me he hecho una pregunta... ¿Y lo literario, dónde se queda? Porque parece ser que además de terapia, también leemos, y no sé muy bien qué decirles. ¿Son efectivas estas metodologías? ¿Qué lecturas son las mejores?  Empecé a darle vueltas al asunto (venga y venga cavilar...). Aparte de estos alegatos (AQUÍ el primero y AQUÍ el segundo) que ponen en tela de juicio estas terapias, me apetecía hablar de la relación literaria con estas prácticas, así que apunté mis ideas en un papel, las organicé de la mejor manera que se me ocurrió y aquí las traigo, en forma de “peros”, para que les pongan pegas o añadan lo que crean oportuno...

1. Sanación o la magia de la lectura
Quizá muchos monstruos tengamos la culpa de que el libro, ese objeto que acompaña al hombre desde hace siglos, sea considerado una pieza mágica, casi esotérica. Nos encanta y lo defendemos a ultranza. Pero, ¿es un cofre lleno de tesoros que nos puede hacer la vida mejor? No nos debe extrañar que a él se adscriban ideas como el poder, la justicia o la sanación. ¿Es realmente tan necesario el libro para nuestra felicidad? ¿Nos sirve para todas esas cosas? ¿Es la medicina de todos los males humanos? Mientras buscamos respuestas acuérdense del efecto placebo, y no olviden preguntarse también porqué un libro, al presentarnos una sucesión de imágenes mentales que se forman a raíz de una narración o una lectura, ejerce un poder subliminal sobre los pacientes, es capaz de hurgar en nuestro subconsciente y resetear el sistema nervioso, repararlo y curarlo. ¿Magia o ciencia ficción?


Maurice Sendak

2. Los mil y un discursos vs. el discurso dirigido
Si han llegado a algún sitio con las preguntas anteriores seguramente se habrán topado con el llamado discurso. Aunque en lo que se refiere a narración, libros y literatura, casi siempre hablamos del discurso lingüístico, una forma literaria puede tener otros planos discursivos como el sociológico, el antropológico o el psicológico, algo que complica todavía más el estudio de este campo de minas. Cuando alguien lee un libro, sea del tipo que sea, se abren ante el numerosos caminos, multitud de interpretaciones, transformaciones que pueden converger o divergir, hacerle avanzar o retroceder. Existen mil vías que pueden llevar al oyente, al lector hacia otras tantas mil salidas. Pero si esas salidas no se contextualizan en un proceso discursivo literario sino en otro más pragmático como el psicológico, ¿quién es el encargado de dirigir a los lectores hacia a las correctas? ¿Ellos mismos? ¿El terapeuta? Yo lo único que sé es que en Literatura todos son válidos porque la lectura es un proceso que se realiza libremente (sea obligado o no, el que lee es porque quiere y el que no, mira el libro, que eso no es leer), pero en psicología ¿vale cualquier camino? ¿todos llevan a Roma?
Por otro lado también hay que hablar de la experiencia, un factor determinante en la lectura. Nuestras vivencias, nuestros miedos y vergüenzas, la familia, los amigos, los placeres y qué tipo de humor nos gusta, son personales y ajenas, otro condicionante que un terapeuta no puede controlar completamente a la hora de construir (o dirigir) el discurso resultante. 


Jimmy Liao

3. Lecturas literarias vs. lecturas terapeúticas
Mientras que unos terapeutas (los menos) prefieren para sus sesiones cuentos al azar (y me consta que muchos de ellos defienden el cuento primigenio sin aderezos ni edulcorante, algo que los monstruos agradecemos) y sin ninguna dirección, otros realizan una labor más dirigida eligiendo aquellos cuentos o producciones literarias que tienen relación con un problema determinado de sus pacientes. Asimismo también hay profesionales de la salud mental que obvian cuentos y narraciones que no son políticamente correctas (AQUÍ unos apuntes sobre la censura en la LIJ) para decantarse por parábolas o creaciones que sí lo son (¿Acaso la vida es correcta? ¿Se adecua a unos cánones? ¿A unas pautas y directrices?), mientras que otros prefieren centrarse en el símbolo y no tanto en la forma.
También me he fijado que muchos de los libros seleccionados por los terapeutas son libros introspectivos, es decir, en los que el lector o receptor puede buscar un reflejo de sí mismo, en los que no actúa como espectador de la acción que se desarrolla en la narración, sino como un actor. Sus ilustraciones suelen encontrarse con el surrealismo, contienen multitud de metáforas visuales y poéticas que nos hacen suponer qué corrientes o escuelas siguen estos profesionales. 
Libros como Noche de tormenta (Michèle Lemieux), Si quieres ver una ballena (Julie Fogliano y Erin E. Stead), El árbol rojo (Shaun Tan), La gran pregunta (Wolf Erlbruch) o El sonido de los colores (Jimmy Liao), plantean problemas existencialistas y vitales, quasi-filosóficos, trascendentales pero embebidos en una matriz poética, fantástica y hermosa, pero ¿por qué esas ganas de encontrar el super-yo? ¿Acaso no se puede ser feliz con el mini-yo? ¿Con Un día diferente para el señor AmosLa ola o El punto y la recta?
Para la última posición dejo los emocionarios, unos libros, informativos en unos casos, manuales ficcionales en otros, que se suponen muy útiles para identificar los estados anímicos del lector, y a los que yo sigo haciendo una mueca de desaprobación para recomendarles cualquier novela con un mínimo de calidad poética. Y si no saben cual escoger, pregunten a su bibliotecari@.


Norton Juster

4. La identificación con lo imposible
Sigo con mis cuestiones... Y si nos decantamos por cualquier tipo de creación literaria, obviando temáticas, argumentos o personajes, ¿se podría decir que todas las narraciones envían un mensaje que se puede extrapolar a la vida real? No creo que así sea ya que existen multitud de obras literarias (cuando hablamos de infantiles muchas más) que se enclavan dentro del género del nonsense o sinsentido, es decir, solo intentan divertir, evadir al lector y jugar con él de la misma forma que lo hacen el Monopoly® o el escondite. Tenemos que tener en cuenta que no todas las obras literarias ni todos los cuentos de hadas parten de una intencionalidad exploratoria ni mucho menos didáctica o pedagógica, sino que se acogen a principios libertarios, a arbitrariedades, a caprichos o a estupideces de los autores y que, como tales, no sirven más que para sonreír.


Michele Lemieux

5. Una ficción insensata o el prejuicio de lo inofensivo
Siguiendo con el punto anterior y citando a expertos como Alison Lurie hay que llamar la atención sobre la naturaleza subversiva de lo que campa en el bosque de la Literatura Infantil y Juvenil. Se cree que los libros para niños son completamente inofensivos, más todavía si los comparamos con fármacos y psicotropos. "¿Qué daño pueden hacer estos libritos llenos de ilustraciones coloristas, con cuatro frases y poquitas páginas?" concluyen muchos. Al contrario de lo que piensan muchos adultos, bastantes historias para niños rompen con las normas preestablecidas del universo adulto, trasgreden convenciones sociales y puntos de vista, son paródicas y desestabilizadoras (quizá por eso se elijan) que, si no eres un niño y has desarrollado una visión traslúcida y/u opaca a estas, pueden confundirte sobremanera cuando los lees en una terapia activa donde hay que buscar respuestas interiores que te ayuden a sobrevivir en un mundo creado para mayores. Desde La cocina de noche hasta Peter Pan y Wendy, encontramos muchísimos tipos de subversión en la LIJ que, si bien es cierto que se pueden utilizar para ilustrar o ejemplificar un caso concreto, yo no recomendaría nunca a un adulto, a no ser que quiera retrotraerlos a su más tierna (y compleja) infancia...


Armin Greder

6. Utilitarismo de lo literario
Según dice un conocido que realiza esta práctica con sus pacientes, “la lectura es un momento puntual en tu historia vital y puede marcar un antes y un después en un proceso terapeútico. Te permite acceder a redes emocionales a las que no se llegaría por otros medios". Seguramente esté en lo cierto, pero he de añadir que ese tipo de lectura no está inmersa en un contexto festivo o de ocio, que es lo que intentamos los monstruos y que por tanto, puede desvirtuar una magnífica obra literaria por el mero hecho de utilizarla como vehículo terapeútico.



En definitiva: los cuentos, los álbumes, los libros, sirven para muchas cosas además de para leer (¡Que nos lo digan a padres y maestros, Reyes de la LIJ moral y didáctica!) aunque muchas de ellas tengan poco o nada que ver con lo literario. Pero si todavía no se han dado cuenta, les traigo un último documento gráfico que espero que les saque de dudas. Disfrútenlo en la medida de lo posible, que mañana será otro día...


martes, 30 de enero de 2018

¿Te acuerdas? o cómo revivir los momentos compartidos


Si algo bueno ha traído la globalización a nuestras vidas es la posibilidad de estar conectados unos con otros a pesar de la distancia. Mientras que hace años unos cuantos cientos de kilómetros eran insalvables y estábamos condenados a alternar con la gente de nuestro mismo territorio, en la actualidad tenemos el mundo entero a nuestro alcance, no sólo por facilitarnos la tarea con los seres queridos que se han ido a currar a la Conchinchina, sino porque coincidimos con gente con la que tenemos intereses comunes o mucha afinidad, y que de otro modo sería imposible relacionarse.


Redes sociales, foros o aplicaciones de diferente índole son un buen lugar (aquí pasa como con la energía nuclear, siempre y cuando su uso sea el correcto) para echar un chascarrillo, hablar de ilustración infantil o discutir sobre panfletos y literatura (N.B.: ¿Recuerdan aquellas secciones en las revistas infantiles y/o juveniles en las que muchos chavales buscaban cartearse con otros? Seguramente buenas amistades salieron de aquellos sellos de correos...). No obstante, no siempre nos quedamos con todo aquel que conocemos (y no hablo de ligoteo, que también), sino que muchas veces desechamos a muchos candidatos después de comprobar que no son de nuestro agrado o incluso no les damos oportunidad en base a prejuicios bidireccionales.


Aunque todo esto está muy bien, les digo que no hay nada como el cara a cara. Está claro que el tú a tú construye unas relaciones sociales más estrechas. Los gestos, el lenguaje corporal, el tono de voz, su timbre, el contexto... El contacto físico, una caricia, un abrazo o un puñetazo (sí, como oyen), pueden ser el detonante de una maravillosa amistad. Se necesita más información de la que aportan las pantallas de ordenadores y móviles para constatar que la comunicación entre dos personas se eleva a otro plano. Las miradas cómplices, la sorna y la broma, coincidencias vitales, o cómo son sus amigos o familiares, son cuestiones importantes ya que muchas veces las apariencias engañan y podemos obviar personas que sí tienen mucho que ofrecernos (y al revés, que no es oro todo lo que reluce...).


Mi generación se ha criado en la calle, en los parques, en los bancos del barrio. Todo el día para arriba y para abajo, en las barras de los bares o en los campamentos de verano. Compartir vivencias más allá de la pose o lo esperado. Romper las reglas, rozar la tragedia, llorar, reír, saltar o agarrarse una melopea, aunque son hechos aislados, puntuales, pueden resultar entrañables y especiales. Quizá suenen a fuegos de artificio, superfluos o vacuos, pero si además en esa relación existe un poso, una honda cadencia, la nutren de vigor y fuerza.


Se me vienen a la cabeza todas aquellas personas que se han cruzado en mi vida y con las que he conectado ipso facto, pero que, por unas circunstancias u otras, lo que pudiera haberse traducido en una relación estrecha, no trascendió... Alguna vez que otra y por cuestiones del azar, he coincidido en el tren, en el metro, en cursos y seminarios (aviso que no soy de teléfonos ni mensajes diarios), con unas, con otros, y como por sorpresa, nos ponemos a hablar del pasado, de lo que nos pasó aquella noche, de ese viaje en el que coincidimos, o de los años de universidad, y, como por arte de magia, parece que no ha pasado el tiempo, que algo se detuvo en aquel momento y, a pesar de creerlo volatilizado, sigue ahí, coherente, intacto.


Y esos me llevan a los de siempre, a los que quedan. También a los que van viniendo porque el mundo gira, a los que nos dejan motu proprio o por capricho ajeno. De ahí salto a los que se han enfriado y a los que entregan cobijo cálido... Y a pesar de la nostalgia, del sabor ¿agridulce? que la vida te deja, cada vez me gusta más la pregunta “¿Te acuerdas?”

Zoran Drvenkar y Jutta Bauer (il.). 2017. ¿Te acuerdas? Lóguez.


viernes, 26 de enero de 2018

Adiós, Nicanor...


Hoy nos toca decir adiós a un (anti)poeta, el chileno Nicanor Parra. Aunque muchos de ustedes conozcan más a su hermana, la sempiterna Violeta, también podríamos rellenar unos cuantos volúmenes sobre este intelectual que tánto bueno hizo, cultural y políticamente hablando, labor que dejo para otros, ya que por mi parte, en estos viernes de verso, el protagonismo es para el poeta.
Aunque la poesía es de todos y para todos, es un hecho bastante evidente que la obra de este autor no se puede enclavar en la poesía infantil estricta, pero hurga que te hurga, aquí les traigo una muestra: su Autorretrato, con el que de vez en cuando, me siento identificado.
¡Vuela alto, Nicanor! ¡Vuela alto!

Considerad, muchachos,
esta lengua roída por el cáncer:
soy profesor en un liceo obscuro
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué os parece mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y que decís de esta nariz podrida
por la cal de la tiza degradante.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede?- Nada.
Me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo para qué:
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con sabor y con olor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte como animales!

Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan,
¡estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras de diamante:
aquí me tienen hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.

Nicanor Parra.
Autorretrato.
En: Nicanor Parra, Poemas ilustrados.
Ilustraciones de Isabel Hojas.
Selección de Cristóbal Joannon.
2012. Santiago de Chile: Amanuta.



jueves, 25 de enero de 2018

Ursula K. Le Guin o una imaginación selecta


Sintiéndolo mucho, la actualidad manda y hoy (seguramente mañana también) toca obituario y tributo...
Es una pena que Ursula K. Le Guin haya tenido que morir para que diarios y bitácoras se llenen de alabanzas hacia su obra. Hacía ya cierto tiempo que sus novelas habían caído un poco en el olvido entre los jóvenes lectores (es lo que tienen los clásicos y el omnipresente mundo comercial) y, aunque en ocasiones repuntaron gracias a las versiones/adaptaciones de sus novelas por parte del estudio Ghibli, eran otros productos vacuos y yermos los que le robaban el terreno.


Muy conocida entre los lectores anglosajones, podríamos decir que Ursula K. Le Guin se trataba de una de esas escritoras con solera, no sólo por pertenecer a una familia culturalmente muy activa (era hija del antropólogo Alfred Kroeber y la escritora Theodora Kroeber, de ahí la “K”), sino por poseer una formación académica envidiable en lo que a filosofía, letras y ciencia se refiere. Feminista, anarquista y pionera, la figura de Le Guin rompió moldes en el tiempo que ha dejado atrás.


Los monstruos debemos romper una lanza por Le Guin en varios aspectos. En primer lugar, hay que decir que es una de las creadoras de ciencia ficción y fantasía más completas que han existido, no sólo por trabajar estos géneros con amplitud, sino porque quizá, y sin desmerecer a otros autores contemporáneos, su obra se podría calificar como más profunda y trascendental en lo que al plano discursivo se refiere (abandona la tecnología y el futurismo en pro del problema ético), y diferente por desmarcarse de las típicas geografías y razas ficcionales (elfos, orcos, enanos...) que cultivaban sus coetáneos al enriquecer sus propios mundos imaginados donde destacan dos, el Hainish (o Ekumen, una federación galáctica que construye a partir de El mundo de Rocannon), enclavado en la ciencia ficción, y el de Terramar, dentro del género fantástico



En segundo lugar y como otros colegas (puede leerse Tolkien), Le Guin incluyó en sus obras críticas al belicismo, a la sociedad y a la degradación del medio ambiente (El nombre del mundo es bosque), también defendió la identidad de género (véase la raza nativa de Gueden en La mano izquierda de la oscuridad) y el anarquismo (Los desposeídos). Como tercer punto hay que destacar la omnipresencia femenina en su obra. Mujeres fuertes y capaces sobrevolaban esos territorios imaginarios creados por su pluma, y que más que diferenciarse de los protagonistas masculinos, los complementan, un rasgo que heredarán las generaciones de escritores de fantasía y ciencia ficción posteriores. También hay que decir que Le Guin escribe con claridad y belleza, directa y sutil, abandonando toda esa suerte descriptiva que otros autores del género utilizan incesantemente. Por último, y a pesar de que su obra se ha dirigido tradicionalmente al público juvenil, Le Guin se dirige a cualquier lector, lo que la hace por tanto, abiertamente universal.


Si me piden una recomendación y teniendo en cuenta que un servidor se siente muy inclinado hacia las sagas fantásticas, tengo que hablarles una vez más de las novelas que se desarrollan en el universo de Terramar, de las que he leído Un mago de Terramar, Las tumbas de Atuan y La costa más lejana. Estarían incluidos también en este mundo Tehanu (que aprovecharé para leer estos días, pues obtuvo el premio Nebula en 1990) En el otro viento, y una serie de cuentos breves que se recopilaron en el volumen Cuentos de Terramar. De las tres que he leído les puedo decir que, si bien las dos primeras se podrían definir como los viajes interiores de sus protagonistas, la tercera sería la más épica de las tres. En todas ellas abundan los aspectos éticos y morales, y ahondan en lo profundo de los personajes y su psicología, pero, a diferencia de otras sagas épicas como El señor de los anillos, no existen enemigos externos en esas travesías iniciáticas, sino que el mal procede de uno mismo como consecuencia de sus elecciones.


En resumen, tenemos que leer a Ursula K. Le Guin sí o sí, no sólo porque su obra constituya uno de los mayores exponentes de la literatura para todas las edades del siglo XX, sino por ser generatriz y fuente inagotable de imaginación y fantasía para muchos otros autores. Y si no me creen, les propongo un acertijo: ¿A quién les recuerda Gavilán, el protagonista de Un mago de Terramar, un aprendiz de mago que acude a una selecta escuela donde aprender el oficio de la magia? ¿Acaso creen que es una mera coincidencia...?


miércoles, 24 de enero de 2018

Desastre climático a la vista


Que lo del clima no es normal es algo que empezamos a interiorizar, algo que se hace todavía más patente cuando en pleno mes de enero ves a más de uno en tirantes o manga corta. Sé que poquito a poco se empezarán a dar cuenta de que, a pesar de lo bien que les sienta el moreno nuclear, si seguimos con dos meses de invierno y una media de precipitaciones que roza lo sahariano, poco tiempo podremos sobrevivir.


Señores, les bajo de la burra. No crean que nos estamos cargando el planeta. No es cierto. Simple y llanamente estamos acabando con nuestro hábitat, el único que hemos conocido y al que estamos adaptados. Y poquito más (ironía)... Cuando los polos estén en las últimas, el desierto avance irremediablemente y no tengamos ni un gotazo de agua con el que regar los tomates, veremos si no se van a pique todos nuestros sueños de grandeza (o miseria, que también cabe la posibilidad).


Me refiero a que a lo largo de la historia de la Tierra han existido numerosas crisis climáticas (provocadas por muchos factores como los cambios de radiación solar, el aumento en la concentración de oxígeno atmosférico, el vulcanismo o el impacto de meteoritos) que han desembocado en la extinción de aquellas especies que no han podido adaptarse a las nuevas condiciones ambientales, léanse invertebrados marinos, grandes saurios, progimnospermas o helechos arborescentes..., de todos ellos sólo quedan fósiles ¿Acaso queremos engrosar sus filas? Parece ser que sí continuamos unos cuantos lustros más con esa falta de decoro que nos gastamos y la que todos los gobiernos y multinacionales secundan (no toda la culpa es de Trump ni del currito, que ya esta bien de buscar culpables ajenos y golpes de pecho), el mundo que habitamos será un erial.


Deforestación, ingentes emisiones de gases con efecto invernadero, sobre-explotación de los recursos naturales... Vamos que todo apunta a que nuestras neuronas nos están jugando una mala pasada y que la voluntad, esa que Ramón y Cajal creía motor de toda acción humana, está rozando el subsuelo.


Piensa que te piensa, llego a uno de esos libros hermosos y diferentes que a veces nos regalan las editoriales patrias y que no deberían pasarnos desapercibidos. A la vista, de Daniel Montero Galán y publicado recientemente por Libre Albedrío, recoge una historia sin palabras donde se pone en tela de juicio el papel que el progreso está teniendo en la crisis ambiental que vivimos y ensalza las formas de vida tradicionales como vía en la conservación del medio natural, todo ello SIN UNA PALABRA. No se lo debería perder ningún lector, pequeño o grande. Y si después de leerlo siguen sin un ápice de respeto hacia el planeta, ya se encargará la madre Tierra de volver a poner todo en su sitio aunque nosotros hayamos quedados desterrados de su faz.  


martes, 23 de enero de 2018

Palabras que no dicen nada y lo dicen todo


Lo de esta mañana (laboralmente hablando, porque la climatología es cojonuda) no tiene nombre, no sólo porque no existen calificativos para denominar semejante situación, sino porque es mejor no ponerle ninguno, no sea que algunos se ofendan y se echen a llorar, como pasa la mayor parte de las veces cuando aclaras ciertas cuestiones inmateriales de la humanidad...
El caso es que no me extraña que algunos se inventen palabras para bautizar los diferentes engendros de este mundo moderno que nos asolan y divierten a partes iguales. Las hay autóctonas, como “metijaco” (dícese de aquel que se mete donde no lo llaman), “bacinear” (verbo transitivo que se refiere a la acción de entrometerse y enredar en los asuntos de los demás), “reviejo” (resabiado, repelente), “golismero” (adjetivo, sinónimo de cotilla), “galgo” (persona a la que le pierde un dulce o las “galguerías) o “gambitero” (aquel que se pierde por una buena jarana). N.B.: las dos últimas me definen a la perfección.


También las tenemos de ámbito nacional y con mucho aje (“flow” para los modernos). Adoro “postureo” (España no es nada sin esto), “chusta” (antiguamente lo llamábamos “pava”, pero se ve que los tiempos han cambiado...), “fofisano” (como yo), “amigovios” (todos tenemos una colega que los cultiva por doquier), “cani” (como algunos de mis alumnos), “salseo” (del bueno: mucha casquería ajena, despelleje a todo trapo y risas, que lucen mucho) y “holi” (que aunque es muy televisivo, se ha instalado en las calles).
Hay otras que, aunque poco populares, también dan que hablar, sobre todo si nadie sabe qué significan (¿“Aporofobia”? ¿”Posverdad”?). Luego están las polémicas, muy útiles en la sociedad mediática que vivimos y alimentamos. “Sororidad” (me pregunto lo mismo que Isabel Benito, ¿era necesaria teniendo una de cuño patrio como “comadreo”?), “buenismo” (odio el concepto y me encanta la palabra) o “especismo” (¿no teníamos bastante con “animalismo?).


Pero sin lugar a dudas, las que más me gustan son las que no significan absolutamente nada y que proceden del puro entretenimiento, del juego cotidiano que niños, adultos y mayores establecemos con nuestro aparato fonador, simplemente por divertirnos. Aunque la más conocida sea el “supercalifragilisticoespialidoso” de P. L. Travers, también tenemos la “mapirrisa” de Cristina Ramos, el “cactusípedo” de Sonia Esplugas, los “batautos” de Consuelo Armijo, los “Oompa Lumpa” de Roald Dahl, el “quidditch” de J. K. Rowling, las "incopelusas" de Cortázar, o la que hoy nos ocupa, el Achimpa de Catarina Sobral (editorial Limonero). 
Nadie sabe de dónde viene, adónde va, si es de nuevo cuño o antigua, si es popular o se considera un capricho de la gente culta. El caso es que está ahí y pertenece a todos aquellos que la quieran utilizar. Una veces suena a insulto, otras a sorpresa. ¿Y tú? ¿Sabes qué es “achimpar”? Quizá leyendo este más que delicioso libro ilustrado donde una sola palabra es la excusa perfecta para ensalzar el lenguaje, te puedas aclarar...


jueves, 18 de enero de 2018

La evolución de la merienda española


Para saber lo mucho que ha cambiado la vida en nuestro país durante las últimas décadas, sólo hay que fijarse en una cosa, la merienda. Sí, sí, como lo oyen, no hay más que tomar nota del tentempié de media tarde para dar buena cuenta de que ya no somos lo que éramos. No sé si para bien o para mal, pero está claro que la comida es un fiel reflejo de que los tiempos han pasado.
Mis padres, muchos abuelos, se dedicaban un día sí y otro no al pan, vino y (por asomo) el azúcar. También alguna vez hacían migas dulces, sin chocolate la mayor parte de las veces ya que este se reservaba para algún día de celebraciones..., cumpleaños o comuniones,ya saben... No se vayan a pensar que hace cincuenta años la cosa era opípara: una cochera, cuatro sillas, un tablero que hacía las veces de mesa y pasando frío a base de sagato.
La cosa mejora con la llegada de la fruta. Que si una naranja, una manzana, higos, uva, melocotones en verano... pero vamos, que todo muy coyuntural, de temporada, como todo lo que se comía entonces. 


Tortas de chicharrones, bollos de mosto y mantecados eran muy puntuales. Poco a poco fue pasando el franquismo y el pan cobró popularidad, también los fiambres y el chocolate. Embutidos de todo tipo iban saliendo a la palestra, alcanzando su culmen en la era democrática, sobre todo en los ochenta, años en los que las madres cebaban con bocadillos de salchichón, chorizo y mortadela a cualquier despintado, y si no había para tanto, arreglao con cuatro onzas de chocolate. Bocatas y bocatas, de pico o de media barra, la cuestión era morder como si no hubiera un mañana. Los más afortunados podían llenarlos de jamón serrano, untarlos con Nocilla® (la española luce más) o foie-gras de lata (yo nunca he podido con este sucedáneo), y si no, hincarle el diente a una madalena o un trozo sobrante de bizcochada.


La cosa cambio con el petisuí, el pan de molde y la bollería industrial. Y poquito a poco, la dentadura y la tripa se nos fueron aflojando. Los triglicéridos y el colesterol aumentaban en la analíticas infantiles de media España, pero nuestro paladar se fue endulzando, y así pasaba, que algunos solo merendaban fruslerías de cualquier color y tamaño. Primero saladas, como gusanitos, quicos, pipas y arroz inflado, y después galguerías (chuches, para que me entiendan los de fuera de La Mancha), lean picapica, gominolas, regalices, moras, nubes, fresas de nata... en una palabra, guarradas.


Y de esta manera llegamos a nuestros días, en los que todo anda un poco entremezclado. Que si un plátano, bollitos de mantequilla con pepitas de chocolate, palmeras, zumos artificialmente edulcorados, yogures del nuevo milenio... El amasijo es tan variopinto que a veces hasta me da un poquito de asco.


En fin, menos mal que a pesar de las clases particulares, siguen siendo muchos los niños que se toman la merienda en el parque. Entre carrera y carrera, columpio por aquí, columpio por allá, alguna caída, riñas que no falten, y los gritos paternos, le van propinando un bocado y otro bocado. Aunque también es cierto que a muchos, como al protagonista del libro de hoy (¡Más que delicioso! ¡Altamente recomendado!), la merienda se le desvanece como por arte de magia, porque está claro que el parque sigue siendo una aventura, digan lo que digan. Gorriones sedientos, gusanos, peces saltarines y algún que otro perro se pueden agolpar en la tarde para hacer de este momento cotidiano, algo realmente especial.

Pablo Albo y Cecilia Moreno. 2017. La merienda del parque. Narval: Madrid

miércoles, 17 de enero de 2018

¿De dónde sacamos las ideas?


No se crean que cultivar ideas es fácil, no. Lo de encender bombillas, aunque sea de manera metafórica, tiene su intringulis. Está claro que hay personas brillantes, de esas con una inspiración pasmosa. Observadores, creativos y muy espabilados, son capaces de desarrollar los conceptos más complejos de la forma más fácil. Llámenlos genios, talentosos o como quieran, pero el caso es que hay que tener en cuenta que la mayoría no entramos en esta categoría. Entonces, ¿como tienen ideas aquellos que las tienen?


Está claro que creativos de empresas de publicidad, científicos, artistas y escritores tienen a sus espaldas un bagaje más que importante. Gracias al estudio, la práctica y la pericia son capaces de relacionar conceptos y situaciones de otros o de su propia cosecha que les llevan a pergeñar obras de gran calado. Deberían convenir conmigo en ese punto que afirma que la experiencia es un grado y que, cuanto más profundamente conozcamos nuestras respectivas disciplinas, mucho más fácil nos será contribuir a nuevos engendros y creaciones que nos faciliten la existencia o nos llenen de belleza. Originales o no (siempre he considerado que la humanidad hace mucho tiempo que no es demasiado innovadora y que muchas ideas son refritos de otras) todos ellos contribuyen al mundo de la creatividad, ese en el que confluyen campos y disciplinas tan dispares como la cocina, la ingeniería, la arquitectura, la orfebrería, el pret-a-porter o la ilustración infantil.


Es por ello que la gente que trabaja con las ideas, ese mundo en el que Platón tanto profundizó, tiene una serie de recetas o consideraciones que les ayudan en el día a día. De entre todas ellas, tres son mis favoritas... La primera es la de la asociación forzada. Escriba palabras en trozos de papel. Verbos, sustantivos y adjetivos. Coloque estos tres grupos en una bolsa diferente y extraiga uno de cada. Aunque aparentemente la asociación pueda resultarle inconexa, puede que halle en ellas la inventiva necesaria para construir en torno a ella.
¿Qué es un ambiente creativo? Una pinacoteca, un museo de ciencias, una novela, un ensayo, artículos científicos, una conferencia, el jardín botánico, un concierto o ir al cine pueden desatar las ideas que subyacen en nosotros, las agarran con fuerza y las liberan poco a poco. Sumergirse en las ideas a las que otros han dado forma, es una fuente inagotables de acicates y sugerencias para las nuestras propias.
La última es la llamada al profano. Véase mi caso... Cuando no sé de qué hablar, cuando no encuentro la solución a un problema o no encuentro la imagen perfecta, engancho al primero que pillo (generalmente mis alumnos o mi familia) y les planteo el dilema (o quizá otro cualquiera). Escucho su punto de vista, dejo que vayan a su aire, que naden contracorriente, que se líen, que me líen, y con frecuencia, ¡ahí está la fuente de inspiración!


Pero, una vez que tengamos una idea, ¿qué hacemos con ella? Probablemente sea lo más difícil, sobre todo porque, primero, hay que discernir entre lo verdaderamente original y lo manido, segundo, dejarla reposar y madurarla, y por último, hacerla tangible. Eso es sobre lo que trata ¿Qué hacer con una idea?, un álbum hermoso, poético y sugerente de Koby Yamada y Mae Besom, editado recientemente en nuestro país por la editorial BiraBiro, que intenta desde la metáfora hacernos entender que el camino de las ideas es lento pero muy satisfactorio. Con unas ilustraciones que con una pizca de surrealismo (Ese huevo coronado, ¿no creen que tiene algo de Dalí? ¿O quizá de El Bosco?) y basadas en la dicotomía entre el blanco y negro -grafito- y el color, simbolizan una búsqueda necesaria para todos que tiene como fin iluminar el mundo con nuestra inventiva.


lunes, 15 de enero de 2018

Bajando el buche pero comiendo bien


Hablando de morcones con mi compañero el murciano, acabo de darme cuenta de que me he puesto como un trofollo... ¡Qué desastre, dios mío, qué desastre! ¡De cuerpos humanos, de mermas, de lastres! Los años desvanecen el lustre, se diluye la juventud y todo son achaques. Nada. Decidido. Después de un mes padeciendo las bonanzas de polvorones y mazapanes, hay que recuperar la figura...
“Hidratos de carbono”, “abdominales” “colesterol”, “hidratación”, “bajo en calorías” suenan a retahíla, pero estos vocablos son un clásico al principio del año (¿Quién dijo “rebajas” y “cuesta de enero” habiendo kilos de por medio?). Ya saben que nos hemos puesto finos y ahora toca arrancar el año con gimnasios, entrenadores personales, liposucciones y nutricionistas experimentados (¿Qué chirigota decía aquello de “Lo mismo, lo mismo, to' los años lo mismo”...?). ¡Habrá que quitarse las lorzas y prepararse para los cuarenta grados centígrados! Mientras unos sudan en la cinta, otros se pavonean por las clínicas de cirugía estética. Todo vale cuando se trata de lucir palmito, de postureo veraniego. Cada uno saca el mérito de donde lo tiene, unos de la voluntad y otros de la hucha de las propinas, la cuestión es que el Instagram nos luzca, manque pierda.


Yo soy de los de buen comer y mover bastante el fandango. Nada de restricciones agresivas, de hambrunas milagrosas, de bisturís o rutinas macrobióticas. Ejercicio y buenos alimentos es lo básico. Meneen en culo. Yoga, pilates, natación, carrera, un paseo con mueve, bici, fútbol o baloncesto. Después vayan al frigo y echen mano de zumo de limón, naranjas, también miel, queso, abundantes lentejas, garbanzos y arroz, mucha agua, algunos frutos secos, espinacas, acelgas y potajes, cucharas, guisados y pucheros, tomates frescos y aguacate, fibra que no falte, ni vitaminas saludables. Nada de bebidas azucaradas ni ultraprocesados, coma pan con prudencia, evite el exceso de sal y aceites industriales. Desayune con colmo, almuerce con ganas y cene ligero que ahora llega lo peor: acostumbrarse.


¿Quién dijo que haya que renunciar a la buena repostería, a las tortillas de patatas? De eso, nada. Sólo tiene que hacerlos usted mismo. Y si quieren una buena receta, he aquí la de la tortilla española... Casque cuatro huevos hermosos. Bátalos con mucho brío. Añada un vaso de azúcar, otro de aceite, un yogur natural, un chorreón de leche, dos vasos de harina de trigo y un sobre de levadura. Horno a 160º C y ¡voilá!... ¿¡Pero qué digo!? ¡Me traiciona el subconsciente! ¿Será que es lunes o que soy un galgo?... Me habrá pasado como a El ratón que quería hacer una tortilla, un álbum muy divertido de Davide Cali y Maria Dek en el que un buen puñado de animales ponen su grano de arena para echarle un cable al roedor y de paso, endulzarse la vida entre todos.


Les dejo, que hay que darle coherencia a la semana. Lo dicho, hagan el favor de moverse una miaja, porque si le meten kilogramos de alegría al cuerpo y se anclan a la siesta, se pondrán como la Tomata, y no habrá bisturí ni dieta de la piña que valgan.   

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