viernes, 23 de febrero de 2018

Dos novelas infantiles y un plan perfecto



Ayer, de camino a la consulta médica, me pasé por la biblioteca y, como si de una visión premonitoria se tratara, saqué prestada la novela infantil Prohibido leer a Lewis Carroll de Diego Arboleda e ilustrada por Raúl Sagospe (Anaya). Fíjense por dónde, la cosa me vino de perlas porque me pasé un par de horas en la sala de espera. Se ve que hubo problemas en quirófano y la verdad, que si unos tenemos que leer un rato para que otros sigan viviendo unos cuantos años más, por mí, encantado. Así que, ni corto ni perezoso, me puse a devorar las páginas de tan aclamado libro...


El comienzo me enganchó ipso facto. Tenía un deje hermoso aquello de parpadear, como si de la antesala de lo inverosímil se tratase (y que al final fué...). La historia de esta institutriz , Eugéne Chignon (echen un vistazo y vean el sobrenombre que le propinan en el libro), que se va a hacer las américas para cuidar de una Alicia que está obsesionada con la de Carroll, es más que sugerente, no sólo porque está basada en un hecho real, la visita de Alice P. Liddell a Estados Unidos, sino porque es toda una suerte de disparatadas situaciones que, escritas con esmero, hacen que el lector suelte más de una carcajada.


En este libro también encontramos algo del mundo subversivo que se le presupone a la literatura infantil ya que descansa sobre la rebeldía de una niña ante las imposiciones paternas, algo que puede tomarse como nexo de unión entre este libro y la tradición literaria anglosajona, donde el nonsense y lo increíble toman forma y que tiene su mayor exponente contemporáneo en Roald Dahl. Por otro lado, también encuentro cierto paralelismo con la Mary Poppins de P. L. Travers, al contar con la presencia de una institutriz que prefiere conectar con la figura infantil antes que con los progenitores, es decir, otro comportamiento desafiante ante el mundo adulto que junto con el del tío (¿no ven también en él a la figura del deshollinador de la Poppins?) se perfilan como el tándem perfecto para una Alicia pequeña cuya gran ilusión es hacerle una pregunta a la otra Alicia, la que cumple ochenta años... ¿Cuál será?



El tiempo pasaba veloz y la cosa se iba terminando, una suerte teniendo en cuenta que en casa me esperaba Escarlatina, la cocinera cadáver, de Ledicia Costas e ilustrado por Víctor Rivas (también en Anaya), otro título que cosechó bastante éxito hace un par de años. Así que, tras unas cuantas pruebas, la caminata correspondiente, un buen plato de guisado de costillas, exquisito según mi hermana y sin desmerecer al Román del libro (¡Sí! ¡Por fin alguien ha decidido bautizar con este nombre a un protagonista de ficción!), uno de mis platos estrella, me puse manos a la obra con el segundo libro del día.


La historia también tenía guasa y mucha cercanía al pequeño lector, en parte quizá por el lenguaje (más cercano a la jerga infantil que el del primer título), en parte por lo sugerente de la historia: el protagonista, un apasionado de la cocina, recibe de mano de sus padres un regalo muy especial: el cadáver de un cocinera, Escarlatina (ese era también el nombre de la enfermedad que se la cargó).


Además de hablar mucho del inframundo (N.B.: Me consta que muchos padres se han escandalizado ante la idea de un libro ambientado en el reino de los muertos, las almas y los fantasmas, de los cementerios y los esqueletos, para posteriormente censurarlo a sus criaturas... Una razón más para aupar su lectura), hacer muchos guiños a la fiesta mexicana del Día de difuntos y crear un lenguaje propio (el concepto del “mortibús” me encantó), es una historia donde la amistad y la familia tienen mucho que decir.
Por hacer un apunte de intertextualidad, he de decir que me recordó bastante a la serie El pequeño vampiro de Sommer-Bodenburg, otra en la que los humanos y los habitantes de lo nocturno se aproximan en un baile de aventuras.


Por todas estas razones y muchas más que seguramente encontrarán por otros lugares, les invito a disfrutar de sendos libros durante este fin de semana que se avecina frío y con una oferta cultural bastante pobre en lo que a salas de cine y televisión se refiere (¿Porqué narices en España los estudios de animación no se dejan de rollos y empiezan a producir películas sobre algunos de nuestros libros que creo tendrían mucho éxito en la pantalla?). En definitiva, manta, chocolate y lectura: un plan perfecto.


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