viernes, 28 de septiembre de 2018

Especialistas en adivinanzas



Me gustan las adivinanzas. Tienen algo bonito. El ritmo, la rima, los mil y un intentos. Dar vueltas sobre las palabras, rodear las pistas. Todavía recuerdo las competiciones de adivinanzas familiares… Mi hermana, era (y es) muy rápida, una chica avispada. Mientras yo tardaba en dar en el clavo, ella siempre ganaba. ¡Y eso que mi madre siempre decía las mismas…! Pero a un servidor se le olvidaban... Mi hermana era como el ratón de la historia donde el viento soplaba adivinanzas.

[…]

Soy muy transparente,
o color azul.
Soy fuerte, soy suave,
de huracán o tul.

Los pájaros vuelan,
rugen las tormentas.
Tengo nidos, nubes
y muchas cometas.

A ver si adivinas,
si sabes quién soy:
juego y te despeino,
te soplo y me voy.

[…]

Mar Benegas.
En: Blanco como nieve.
Ilustraciones de Andrea Antinori.
2018. España: A buen paso.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Contemos con una sonrisa



Sí, lo confieso, soy de ciencias y me considero nulo en matemáticas. No creo que sea el único a tenor del odio que destilan las matemáticas entre muchos de mis alumnos. Tienen bien clarito que el álgebra y el cálculo no son lo suyo a pesar de haberse decantado por la lógica formal.
Lo mío con el mundo de los números ha sido un matrimonio de conveniencia, una relación de idas y venidas que nunca llegará a su fin, más que nada porque cuando menos me lo espero, ¡zas! Senos y cosenos, varianzas y desviaciones típicas reaparecen en mi vida y la ponen patas arriba. No es que yo esté interesado en borrarlas de la faz de la tierra, pero viviría un poquito más cómodo si cada uno nos mantuviésemos en nuestro sitio. Lo digo por ellas, también por un servidor, que todos tenemos amor propio y nos duele, sobre todo lo nuestro.


Pese a ello no me resisto a considerar algún acercamiento, que las “mates” son el lenguaje universal. Sobre todo si se trata de sumas y restas, multiplicaciones y divisiones (sencillas, claro, porque como me tenga que poner a hallar un cociente con varios dígitos, decimales incluidos, seguro que la cago). Ecuaciones, de primer y segundo grado, raíces cuadradas, ni pensarlo (eso cayó en el olvido, en los recuerdos de la primaria), fracciones, puedo atreverme, pero lo peor de todo son derivadas e integrales… A mí que no me corten trajes, pero quien se inventará semejante tortura, tiene el infierno ganado.


A pesar de este desamor, no cejen en su empeño, pues todavía quedan humanos que se pirran por la aritmética. El caso es empezar, dar con un buen profesor (dato importante), quitarle hierro al asunto, tirar la toalla nunca y no obsesionarse con la solución, pues las ciencias exactas, tan exactas no son. Sólo basta con abanderar ese lema de que “Están en cualquier lado”, véanse la nómina, el camino de Santiago o el ticket del supermercado. Se hacen tan patentes que hasta la literatura infantil se hace eco de ellas. Buen ejemplo de esto es ¡Contemos 5 ranas!, un libro con mucha miga de Pato Mena y publicado por Loqueleo-Santillana.


Tomando como excusa una simple enumeración (se supone que del uno al cinco), el señor Mena hace un alarde de buen gusto y elocuencia, transformando lo que en principio podría ser un mero libro para aprender a contar, en un libro interactivo de excelente factura. Para ello utiliza seis personajes, mucha metaliteratura, una situación absurda, un narrador expectante y disrupciones narrativas entre las que se cuelan artistas invitados, un enfado e incluso un posible cambio de título/cubierta. No creo conveniente destriparles el argumento (sería romper la magia de la lectura… ¡Ups! Quería decir aritmética), pero sí me creo en el deber de avisarles sobre el poder que este libro tiene para arrancar sonrisas mientras nos hace cavilar (restas incluidas).
No se pierdan esta alocada obra de teatro con cuatro actos (invito a todos los profesores de infantil y primer ciclo de primaria a la puesta en escena del mismo con sus pupilos... El resultado se me figura una maravilla) porque es un empujón, no sólo para jugar con los números, sino para entender que con los libros se puede aprender y disfrutar a la vez.


martes, 25 de septiembre de 2018

Filosofando como niños



Cuando allá por los ochenta todavía existían las clases de ética, éramos pocos los que aparcábamos la religión para plantearnos otra mirilla a través de la que ver nuestra vida infantil. En primaria era el único que cursaba la asignatura de toda la clase y como por aquel entonces no había tanto separatismo (siempre he sido muy comprensivo con las mayorías), me dedicaba a mis fichas mientras los demás escuchaban sobre el ser buenos cristianos. Los mensajes no diferían mucho, lo único que cantaba es que yo pensaba por mí mismo las respuestas (todavía no sé cómo me dejaban sólo sabiendo lo bicho que era), mientras que el resto asentían ante el dogma.
Luego llegaron los noventa y el BUP. La cosa se fue animando en los circos (¡Ups!, quería decir clases) de Tomás Miranda. Todos pensábamos que la ética tenía que ver con los grandes problemas morales, pero descubríamos que, tras esa presupuesta trascendencia, se escondían preguntas que podíamos extrapolar a lo cotidiano, cuestiones que nunca nos habíamos planteado pero que estaban insertas en lo humano, en su naturaleza racional.
Debates, juegos de roles, intercambios de pareceres… Todo eso y mucho más, aunque todavía pervive de una manera más críptica en las aulas y depende mucho de los profesionales de la filosofía y del pensamiento, es lo que se intenta reforzar desde iniciativas como, Wonder Ponder, un proyecto de filosofía visual para niños que ha roto muchos de los esquemas que se presentaban en la educación de la ética y eso del pensar en las primeras edades.


Ante las denostadas humanidades, dos cabezas biempensantes, Ellen Duthie, filósofa, traductora y gran lectora de álbumes ilustrados (yo creo que aquí reside el germen de esta idea que plantea un camino hacia la filosofía utilizando lenguajes verbales y gráficos), y Daniela Martagón, ilustradora, entran en comunión junto a la editora Raquel Martínez Uña, para crear una serie de tarjetas en las que, a partir de una situación real o fantástica, se plantean diferentes caminos en las mentes creadoras de los críos y no tan críos (les puedo asegurar que dan de sí para jóvenes y adultos, ¡que la filosofía es para todos!) que giran en torno a una temática específica dependiendo de la caja.


Mundo cruel, Yo, persona, Lo que tú quieras y ¡Pellízcame! son las cuatro cajas/libro que se pueden encontrar hasta el momento. Temas como la realidad y la fantasía, el mundo virtual, la violencia humana, las leyes naturales, la empatía, lo propio y lo ajeno, la convivencia, o la consciencia de uno mismo, son los que estas creaciones pretenden abrir a los ojos de escolares de Madrid, Londres, Quebec, Santiago de Chile, Valparaíso, México DF, Ciudad del Cabo, Buenos Aires, Delhi o Tokio (¿Acaso la filosofía no es universal?), desde un lenguaje cuidado y una estética cercana.


Teniendo en cuenta esa perspectiva pedagógica que a veces me abruma (defecto profesional, ya saben), veo innumerables bazas a este proyecto. La primera es lo aperturista del mismo. Acostumbrados a las preguntas cerradas y las respuestas únicas, los niños están muy atontaos y dirigidos. Necesitan desplegar su propio abanico de posibilidades. Unas que, ilógicas o poco plausibles, son necesarias. Simplemente porque les invitan a la reflexión, a utilizar las herramientas de las que disponen, a plantearse nuevas estrategias, planteamientos diferentes, a utilizar su imaginación y un sinfín de destrezas más. Guiscan en su subconsciente y rompen esquemas fijados y preconcepciones para, después de un proceso intelectual, quizá llegar a las mismas.
Por otro lado no creo que cada caja sea independiente de la otra, sino que todas tienen algo que ver entre sí. Que estén delimitadas físicamente no quiere decir que el adulto no pueda establecer nuevos nexos entre ellas, e incluso continuar con otras preguntas que se sucedan en el diálogo personal y/o colectivo, algo en lo que ya cayeron las autoras prestando tarjetas vacías donde los espectadores pueden plantear, dibujar nuevos puntos de partida.
En fin, que como profesor de ciencias me parece una iniciativa deliciosa porque si algo denoto en esta infancia/juventud que se nos avecina es una falta de estrategias que les permitan pensar. Así que… ¡A por ellas! Presiento que les van a dar mucho juego a pesar del peligro que esto suponga (N.B.: Ya saben que la libertad de pensamiento suele ser subversiva, y eso, a veces, suscita reticencias).


lunes, 24 de septiembre de 2018

¡Otra de literatura que se lleva al cine de animación!


Aunque el anime o cine animado japonés cada vez tiene más adeptos entre la juventud de nuestras latitudes, sigue pasando desapercibido entre docentes y padres, adultos que no están al quite de las novedades que en este género se suceden. Como muestra tenemos el caso de Mary y la flor de la bruja, una película que se estrenó hace escasas semanas en los cines españoles y de la que hemos hablado muy poco en ciertos entornos.
La primera película dirigida por Hiromasa Yonebayashi, un extrabajador de la factoría Ghibli, ha dado en el clavo. El reconocimiento del público y la crítica ha sido unánime y les aconsejo que vean una producción que no tiene desperdicio, no sólo en el plano cinematográfico, sino también en el literario (veo monstruos saliendo de los rincones…), ya que, como muchas otras producciones anime, véase el caso de El castillo ambulante o Cuentos de Terramar, este largometraje también está basado en un libro, concretamente en The Little Broomstick (traducido al castellano sería “La pequeña escoba” o “La pequeña escoba de palo”) una de las tres novelas infantiles que escribió Mary Stewart. Así que he aquí otro ejemplo de las sinergias que se establecen entre literatura infantil y cine de animación y sobre las que tienen ESTE MONOGRÁFICO CON LISTADO INCLUIDO.


En esta novelita publicada por vez primera en 1971, Mary, una niña solitaria que vive con su tía-abuela Charlotte, descubre, gracias a Tib, un gato negro, una extraña flor que, según la leyenda, recogían las brujas en las laderas de las Montañas Negras y que les otorgaban poderes mágicos. Este hecho desencadena toda una serie de aventuras en las que magia y ciencia, terror y humor, se entremezclan. El relato está escrito con bastante fluidez y nos sugiere preguntas sobre el avance de la ciencia y la bioética, sobre la naturaleza y su degradación por parte del ser humano, o sobre el protagonismo de las mujeres en el mundo contemporáneo, algo que comparte con algunas obras de la misma época todavía siguen vigentes. También apuntar que es una de esas narraciones donde aparecen de manera temprana las escuelas de magia que inspiran la idiosincrasia de Hogwarts (No olvidemos que la primera la recoge Ursula LeGuin en Un mago de Terramar, 1968).


Otra de las cuestiones que me gustan de este libro son las ilustraciones de Shirley Hughes que incluyen muchas ediciones en lengua inglesa (N.B.: No olviden que este título no está disponible en castellano por lo que es una buena ocasión para lanzarla a nuestro mercado editorial). Esto es más que interesante, sobre todo para los monstruos que, como un servidor, se pirran por el álbum ilustrado, donde esta autora e ilustradora sobresale notablemente, y de quien en castellano podemos encontrar obras de corte informativo/educativo para primeros lectores ya descatalogadas (Andrés echa una mano, Mira los colores o Vámonos al parque) o su conocido Peluche (todavía disponible en la editorial Flamboyant).
¡Que hay que ir al cine! O en su defecto leer, aunque sea en inglés…

viernes, 21 de septiembre de 2018

Me gustan las ciudades




A mí lo que me gusta son las ciudades. No muy grandes, que si no me pierdo muchas cosas. Tampoco muy pequeñas, que me aburro bastante. Las de tamaño medio son ideales. Un día, dos o a lo sumo tres, y si quieres, puedes volver. Si tienen muchas cuestas, te dan pereza. Si son muy llanas, cunden demasiado. Lo suyo es que tengan altibajos. Las gentes, que te acojan con salero y desparpajo. Y si no lo hacen, te despides con una sonrisa, que ciudad ajena, ni vacía ni llena.

A mí lo que me gusta son las ciudades.
Las grandes y pequeñas ciudades.
Las ciudades del alma, invisibles.
Las ciudades del cuerpo, dolorosas.
Las ciudades de los mapas, siempre a mano.
Las ciudades que he visitado, tan eternamente.
Las ciudades en las que he vivido, permaneciendo.
Las ciudades que no conozco, misteriosas.
Ciudades invisibles, dolorosas,
siempre a mano, tan eternamente,
permaneciendo misteriosas.
Ciudades, en fin, del corazón.

Fran Alonso.
A mí lo que me gusta son las ciudades.
En: Ciudades.
Ilustraciones de Marc Taeger.
2018. Kalandraka: Pontevedra.




miércoles, 19 de septiembre de 2018

¡A divertirse!



Lo mío es divertirme. Congénita o no, esta destreza con la que me enfrento a un mundo vil y pendenciero también me permite pasarlo bien. Uno se mosquea de vez en cuando pero al cabo de un rato se le viene a la cabeza que la gravedad de las cosas no está hecha para los monstruos y esbozo una sonrisa.
No obstante, esta forma tan alegre e infantil de contemplar la vida tiene muchos lastres. Que si “Román no tienes filtro”, “¡Qué poco compromiso!” o “Eres un  bicho malo”. Uno se pone melancólico y ante tanto sinsabor (y desaborío), promete ser más cauto y contentar a sus acólitos y otros paparazzis (Tú sabe', beibi... Lo políticamente correcto, el buenismo o otros neo-fascismos).


Pero como cualquier otro niño desencantado por la regañina, esta cosa del lloriqueo no dura mucho. Basta con darse un rulo por Instagram, declararse fan incondicional de Britney Spears (otra que tal ¿canta? y ¿baila?), y decidir que este curso y más que nunca, el aquí firmante va a ir a su aire (¿Por qué no permitírmelo aunque no sea multimillonario?). Dejarse llevar por las corrientes de cualquier fluido browniano. Escribir lo que surja. Peroratas pares, también impares, buenrollistas y enervantes (que no solo Willy Toledo o Arcadi Espada tiene que lucirse en las redes…).


La recomendación es que no me lo reprochen. Ya son muchos años de barbaridades. Déjense llevar, ábranse a lo imposible, a un discurso, quizá inconexo, surrealista, impertinente y un poco marítimo. Sinsentido unas veces y otras más manido. Tómenlo con guasa, que la vida son dos días que en na' se pasan.
Y si necesitan acicates, aquí les traigo un título muy risueño de Jazmín Villagrán publicado por ediciones Ekaré. Un libro (en formato vertical y páginas resistentes, oiga) que desde una perspectiva absurda, esa que choca con los principios de la física, con el orden natural de las cosas, nos ofrece numerosas interpretaciones que nos pueden ser útiles a todos. Porque en ¿Qué está pasando allá arriba?, la historia de tres ranas demasiado incrédulas y realistas que chocan con el universo bizarro e imaginativo de un cerdo voluntarioso, da mucho de sí, más si cabe cuando uno quiere tocar el cielo... ¿Lo tocan conmigo? Sería muy enriquecedor...


martes, 18 de septiembre de 2018

Empezamos el curso con uno de conocimientos



Tras dos meses y pico de descanso no me he podido resistir a la tentación de reabrir este blog, uno que viene siendo mi mayor vicio desde hace once años, con mucha alegría. Ya saben que en junio hacen aparición bajones y desánimos que más tarde suelen curar los apacibles días de verano. Así que, henchido de buenas vibraciones (¿Me oyen, me escuchan, me sienten?) y unos cuantos libros, regreso a esta casa para proporcionarles nuevas sugerencias de lectura, curiosidades y (per)versiones.
Teniendo en cuenta que las escuelas e institutos están en plena ebullición, he creído muy apropiado abrir el telón con el “álbum” informativo más antiguo que se conoce, el Orbis Sensualium Pictus de Iohannes Amos Comenius. Libros del Zorro Rojo nos lo trajo allá por mayo en una edición bilingüe latín-castellano con el nombre de El mundo en imágenes, y el aquí monstruo se dispone a descoyuntarlo debidamente con unos mesecicos de retraso.


Aunque hoy día nos puede parecer un tipo de libro muy recurrente en el ámbito educativo, en su época supuso toda una revolución por dos motivos principales. En primer lugar invitaba a una nueva forma de enseñar-aprender. El juego, el aprendizaje autónomo o la integración de la familia en el proceso educativo se incluían en una cartilla escolar de la mano de Comenius, un pionero que desde su condición de protestante (no me voy a extender en una biografía plagada de episodios migratorios y desencantos que pueden consultar con profusión en las últimas páginas de este volumen), desarrolla ideas que recoge en su prefacio y en las que cualquier docente podría encontrar la esencia que impregna (o debería hacerlo) la educación básica de la sociedad occidental. Sugerencias como Muéstreseles lo que se nombra no solo en una imagen, sino en su misma realidad […] o Permítaseles también que dibujen las figuras con su propia mano si así lo desean; incluso incíteseles a que lo hagan […] todavía siguen retumbando en las cabezas de los maestros actuales.


Por otro lado y en lo que respecta a los amantes del álbum y la ilustración, he de llamar la atención sobre el hincapié que hace Comenius en integrar texto e imágenes para asociar ideas, aludiendo al principio de la solidaridad icónica sobre el que descansa cualquier libro-álbum y que tan buenas producciones nos está dando en los últimos años. Es así como el autor revela la importancia de reconocer el mundo desde dos lenguajes en pro del entendimiento y nos dice Pónganse en las manos de los niños las figuras para que se recreen con ellas, hasta saciarse con su vista y las hagan del todo familiares […].


Partiendo de escenas cotidianas o no tan cotidianas (me encantan algunas como la de la caza de aves, la de los relojes, los instrumentos musicales y las de las estrategias bélicas), y teniendo en cuenta ciertas salvedades anacrónicas sobre la astronomía, la anatomía, la religión o la legislación (no olviden que este librito se escribió en el siglo XVII y puede estar desfasado), es un título que les invito a mostrar a sus hijos, no sólo porque aprenderán del presente, sino también del pasado (me encanta comparar el conocimiento del ayer y del hoy).
Una delicia que nos invita a empezar el curso con muy buen pie (o eso espero).



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