viernes, 30 de noviembre de 2018

Un poco de poesía visual nunca viene mal



“Necesito algo de calma.”
“También una pizca de prisa.”
“Últimamente me río mucho.”
“Y me acuerdo de cuando lloraba.”
“Nueces, castañas, almendras y aceitunas.”
“El frío se abre camino y yo con estas pintas.”
“Pronto llegará el verano y andaremos por la orilla.”
“¡Qué zascandil es este chiquillo! ¡Lo que le gusta una risa!”


Son pensamientos que recorren mi interior mientras veo pasar los días. Unos que no están llenos ni de fama ni de gloria alguna, sólo de vida tranquila. Soy un tipo más o menos normal… Bueno, a veces lo dudo, más todavía cuando asoma alguna madre en el despacho y me espeta que estoy loco. Yo pienso que ojalá. Tengo mis cosillas. ¿Y quién no? El pescadero, el conductor de tren, el basurero, la alumna de la primera fila e incluso Jacominus Gainsborough, nuestro protagonista.


Por primera vez en la dilatada producción de Rébecca Dautremer encontramos un título protagonizado enteramente por animales. No sólo conejos, la especie a la que pertenece Jacominus, sino todo un elenco de aves, mamíferos y anfibios llenan las delicadas páginas de este libro. Quizá para que seamos capaces de identificarnos con los personajes de manera sencilla, quizá porque simplemente le apetecía.


En este libro de gran formato, Dautremer se explaya, quiere desbordarse. Prueba de ello es la combinación de sus dos técnicas más conocidas, el lápiz de grafito, las tintas grises y desdibujadas (véase su versión de Seda), una que utiliza en las dobles páginas llenas de lo que parecen ser fotografías y recuerdos del protagonista, y la técnica mixta (generalmente acuarela, gouache y lápiz de color) que usa en las ilustraciones de gran formato que llenan la doble página. Este contraste favorece la dicotomía entre vida pública y vida privada, una que nos ayuda a penetrar en la personalidad de Jacominus.


Aunque la autora no se aleja demasiado de su estilo plagado de planos cinematográficos y el trazo sinuoso, dulce y desdibujado al que nos tiene acostumbrados, sí noto cierta luminosidad en la paleta de color, cierta intensidad que nos traslada a la historia vitalista del conejo Gainsborough.
No podemos olvidarnos de los guiños a los muchos escenarios que conforman el atrezzo de nuestro deambular cotidiano. Bibliotecas, jardines, patios de recreo y cementerios son los lugares elegidos por la Dautremer para narrar el paso de los días de un conejo tullido por los avatares de la guerra, otra cicatriz para cualquier hijo de vecina.
Amigos, familiares, momentos compartidos, también de soledad, alegrías y pesares, dificultades, golpes de suerte. Todo para que la vida siga abriéndose camino. Recitando versos, dibujando rimas.



miércoles, 28 de noviembre de 2018

Empachos muy divertidos



Lo admito: era bastante tragaldabas. Comía una barbaridad. No lo podía evitar. Devoraba, masticaba y engullía sin cesar. Platos de sopa, de cocido, ensaladas, caldos y pucheros, buenas mojás de pisto, patatas con huevos, ensaladilla o toda la fruta que pillo. Era (y es) un placer (ya saben que hay tres). Daba con auténticos hambrones, que comían la mitad que yo. Todo el mundo me decía que, para lo que tragaba, estaba incluso delgado (apariencias, que el Román ostentaba buenas carnes).
Pero como en cualquier abuso de cuchara, cuchillo y tenedor, solía suceder que en muchas ocasiones liaba la de San Quintín después un gran festín. Porque no me podía mover (hasta que eso bajaba…), sufría indigestiones, aparecían los dichosos gases o el desagradable reflujo. Un latazo, vaya…


Lo mejor de todo vino cuando me percaté de que estos efectos secundarios eran evitables y no hacía falta almorzar bocadillos de media barra con un kilo de guarra (a quienes no la conozcan, les invito a sumergirse en el universo de la longaniza manchega) para estar bien alimentado.
Reconozco que ya no como como antes. Intento ser más comedido, controlar la apertura de mis fauces, no sólo porque hay que embucharse una talla treinta y ocho, sino porque los daños colaterales después de una buena pitanza, pasan a ser mayúsculos, sobredimensionados, si nos habituamos. Destierren los productos precocinados y demás guarrerías industriales, el picoteo y los glúcidos desproporcionados, hagan sus cinco comidas, con frutas, hortalizas y verduras como abanderadas, y obtendrán buenos resultados.


No se equivoquen, que no sólo el hombre vive de resignación. Una vez a la semana concédanse un capricho y entréguense a la opípara pitanza. Disfruten como la Gema y coman más con los ojos que con la boca. ¡Eso es, con ansia viva! ¡Como si les faltara comida! Pero no se olviden de que es algo pasajero o por el contrario, las pasarán canutas… Doscientos mil enanos saltando en el estómago, una manada de trolls jugando a las cartas, o lo que es peor, unos cuantos animales bailando la lambada.
De una idea parecida parten Mac Barnett y Jon Klassen para dar vida a su última creación, una que lleva por título El lobo, el pato y el ratón y ha sido editada en nuestro país por Juventud. Y como es habitual, estos dos pesos pesados de la escena LIJ anglosajona nos vuelven a regalar otro libro en los que detenerse a diseccionar.


A primera vista y haciendo una comparativa con otros títulos del tándem Barnett-Klassen, podemos afirmar que este título parte del surrealismo y el sinsentido que encontramos en Sam y Leo cavan un hoyo aunque no nos sugiera tantas preguntas. Del mismo modo también puede relacionarse con la estructura y forma del cuento tradicional, algo que también se lee en Hilo sin fin con un carácter más poético.
En segundo término hay que decir que este libro es una oda al humor absurdo. Descontextualizaciones en toda regla, salidas histriónicas y giros inesperados ofrecen un ritmo de carcajada muy rítmico. Esas vueltas de tuerca en las que algunos ven claros síndromes de Estocolmo y otros enfermedades mentales, no dejan de estar embebidas en una situación jocosa en la que los buenos se ponen a defender a los malos.


En definitiva, una historia que aúna tradición y modernidad a partes iguales y que me encanta, no sólo por constituir una inmejorable parodia sobre la glotonería, sino por nos explicarnos el origen del aullido de los lobos. ¿Bonito, verdad?



martes, 27 de noviembre de 2018

De niños y naúfragos



Si me siguen con asiduidad, sabrán de la historia de amor que tuvo este menda con Robinson Crusoe. La he contado muchas veces. La de ese niño que, animado por su padre, rebuscaba en los cajones de saldos de las extintas Galerías Preciados algún libro con el que mitigar su voracidad lectora. Es así como echó mano de la obra de Defoe. La versión íntegra en una edición de la editorial Orbis en la que casi me dejo la poca vista que tenía (y tengo, que la miopía sigue su cauce) debido a su letra minúscula.
Era pequeño. Unos nueve años. Los libros ilustrados hacía un tiempo que se me habían quedado pequeños y le iba tirando a las novelas. Unas veces con enjundia y otras de chichinabo, lo mío era levantarme temprano y darle al vicio, que para eso la casa estaba en silencio (siempre he sido muy maniático respecto a eso).


Robinson me cogía de la mano y me llevaba de un lado a otro. Haciendo y deshaciendo, inventando y reinventando. Me encandiló su manera de darle forma al barro, de defenderse de las bestias, de buscar sustento en cualquier lado. Yo no veía en Robinson todo eso que dicen sobre el sexo, la religión y la justicia. Me daban exactamente igual. Yo sólo veía un hombre con afán de sobrevivir, que no cejaba ante la derrota. Al creador de un microcosmos particular donde la creación de lo cotidiano era un regalo.
Me jodió que Viernes hiciera acto de presencia, no lo voy a negar. En calidad de voyeur había establecido una estrecha relación con aquel tipo tan inteligente, y la llegada de un tercero me rompió los esquemas. Estaba celoso de aquel aborigen que compartía páginas y peripecias con el héroe.


Devoré el libro hasta el final. Me quedé lleno. Lleno de lo salvaje de la naturaleza, de nuevas y antiguas formas de habitar el mundo, de tantas cosas que tienen que ver conmigo mismo, que años más tarde, cuando empecé a darle vueltas a la crítica literaria me molestó que relacionaran la obra cumbre de Defoe con temas tan escabrosos como el colonialismo y el imperialismo (aunque fueran verdad). Para mí, Robinson siempre sería Robinson, una idea que ha regresado a mi cabeza estos días cuando de golpe y porrazo me he topado con Robinson el nuevo libro de Peter Sís cuya versión en castellano está al cargo de la editorial Ekaré.
Se ve que el genial ilustrador y un servidor comparten (super)héroe de niñez, algo que me sorprendió gratamente pues no es una coincidencia muy frecuente (¿Existirá una explicación?). Después de sonreír contemplando la hermosa portada (ese niño, esa barca, esa vela…), me adentré de nuevo en el universo más autobiográfico de Sís, ya que en esta historia nos narra un episodio de su infancia en el que el autor acude a una fiesta de disfraces caracterizado como Robinson y recibe las mofas y chistes de sus compañeros entre los que se encuentran sus propios amigos.


Es bastante interesante observar cómo el autor hace de esta anécdota un inmejorable hilo conductor para establecer paralelismos entre el naúfrago y el niño protagonista, entre sus amigos y los piratas rescatadores, entre la isla salvaje de Martinica y su propio aislamiento emocional.
Aparte de esta historia sencilla que también nos habla de la literatura y sus recovecos (sueños, imaginación y poder terapéutico aparte), hay que llamar la atención sobre las técnicas que Sís utiliza para iluminar el texto. Es así como deja fluir las aguadas y el pincel para retomar lo libertino de la infancia, su frescura y colorido, alejándose en cierta medida de las formas definidas (hay imágenes muy desdibujadas y fluidas) la también presente técnica tradicional de su plumilla puntillista que tanto nos encandila.


Les recomiendo su lectura, sobre todo a todos aquellos que trabajan por y para la lectura y los libros desde un estadio más emotivo que el propiamente académico, pues siempre quedan en uno los reflejos de aquello que se ha leído.


viernes, 23 de noviembre de 2018

Escapando de otros monstruos



Llevo días queriéndome esconder de un monstruo que me acecha. Pensarán que es raro viniendo de otro monstruo, pero lo cierto es que los monstruos también tenemos nuestros monstruos. En mi caso, abomino de los monstruos mezquinos, malencarados, absolutos, obcecados y cretinos. No son de mi agrado. Te encrespan y consumen, te venden y te denigran. Lo mejor es esconderse de ellos. Tendré que elegir un buen rincón…

Para esconderse de un monstruo,
escojan bien la guarida.
Escuchen ya mis consejos
para no ser su comida.

Cualquier casa está dotada
de magníficos cobijos.
Estos son, sin duda alguna,
los mejores escondrijos:

Canastos con ropa sucia,
sudorosa y maloliente.
Si es monstruo de buen hocico,
escapará de repente.

[…]

Gustavo Roldán.
En: Para esconderse de un monstruo.
Ilustraciones del autor.
2018. Barcelona: Thule.



jueves, 22 de noviembre de 2018

Moscas (in)necesarias



En Tobarra las moscas no se mueren ni a tiros. Ni el otoño ni el invierno ni la primavera y ni qué decir tiene el verano, puede con ellas. Es la Marina d’Or de las moscas. Su paraíso.
Ya sabemos que estos insectos son pesaditos, más cuando se te ponen a rondar con su vuelo caótico, uno que les ha dado denominación –“cojoneras”-, pero que nos hace ningún favor cuando queremos poner cierto orden en mitad de una clase. Imagínense la situación: veinticinco alumnos con ganas de gresca, una mosca dando la vara y el aparato respiratorio a la palestra. Pues que entre aspaviento y aspaviento, los estudiantes se ponen de charleta y ni fosas nasales ni alvéolos pulmonares ni pleuras.


No sé qué compañera, muy animalista ella, se puso a colgar carteles. “Nenes, que las moscas, son divinas, No las matéis. Y menos joderlas” Cada vez que leía semejantes palabras, me daban ganas de matarla a ella. ¡Ni que las moscas fueran especies amenazadas! Les comento que sólo en España hay 50.000 especies de moscas. Así que, de escasas, ¡NA-DA! La lástima es que a ella, por tonta, no le cagara la moscarda…
Que las moscas son beneficiosas no lo voy a negar. Son animales descomponedores y polinizadores. Las moscas también controlan las plagas y son muy necesarias en los laboratorios (recuerden a Mendel y sus leyes). Pero sobre todo, sirven como alimento.


Y para que vean que las tengo en consideración, aunque de vez en cuando las ponga en su sitio por cansinetas, hoy les remito a uno de los últimos libros de la editorial Litera, De una pequeña mosca azul, un álbum maravilloso de Mathias Friman.
Antes de empezar con el despiece (lo que me gusta una matanza…), les confesaré que este libro bien podría haber estado en la selección de libros informativos que está por llegar, pero como me ha gustado tanto, le he concedido un lugar privilegiado.
A pesar del tamaño (es pequeñito), este libro con formato apaisado tiene mucha miga, sobre todo en lo que se refiere a las cadenas y redes tróficas (aunque suene reduccionista, ya saben: al bicho pequeño se lo come el grande), un concepto de la biología que el autor resuelve estupendamente con el uso de un color, el azul, que en este caso simboliza la llama de la vida que va saltando (y prendiendo) de animal a animal e iluminando un ecosistema circular donde prima el color gris del grafito.  


Acompañan estas imágenes un texto rimado con estructura de retahíla que, de una forma repetitiva y divertida, estimulan el aspecto verbal y refuerzan la idea de partida mientras el lector juega con las palabras e incluso las memoriza, algo que no hubiera sido posible sin una excelente labor de traducción (ya saben que siempre pongo pegas, pero en este caso, ninguna).  
Si a todo lo anterior añadimos que hay una serie de guiños ficcionales (Fíjense en los carteles del bosque que se dirigen al lobo o en quién pone fin) y escatológicos (estas cosas gustan mucho a los niños), podemos hablar de un álbum redondo que ensalza el lenguaje, despierta los sentidos, nos acerca al entorno y sobre todo, alimenta la imaginación.



martes, 20 de noviembre de 2018

¡Qué risa, María Luisa!



Llevo unos días riéndome sin cesar, y la verdad es que se agradece sobremanera. Tonterías de todo tipo, también banalidades, e incluso asuntos de supuesta importancia han sido el detonante de carcajadas y mofas junto a la Juli, la Inma, el Pacote y el Darwin (en calidad de "guest star"). Siempre hay lugar para un poco de humor sobre todo si no es dañino y todos convienen en que la mejor de las maneras de sobrevivir al paso del tiempo es curvar la línea de los labios hacia arriba (que bastantes son las veces que lo orientamos hacia abajo).


No quiero decir que debamos sacar chiste a todo (sobre todo si la sensibilidad de la gente que nos rodea nos condiciona), pero sí utilizar la risa y la ironía para restarle importancia a todo aquello que objetivamente no la tiene. Que si un compañero de trabajo se pone tonto, que si los amigos de turno se ponen como una cuba y te dan la noche, que si la cola del  “Baila cariño” va camino de las dos horas, que si el albañil se va a almorzar y no vuelve al tajo… Nada, hay que ver la parte positiva de todas estas situaciones e intentar quitarles hierro. Que si no, nos encendemos y no pueden extinguir el fuego ni los bomberos de la calle San Bernardo.


Y si no encuentran motivos para darle a las maracas, les recomiendo que cojan un libro como el de hoy y encuentren cierta inspiración. Y es que un servidor es muy fan de los Ahlberg. Aunque Janet y Allan tienen un buen puñado de libros superventas en el mundo anglosajón, desde la desaparición de algunas casas editoriales que dominaron el mercado durante los años ochenta y noventa, he echado en falta libros muy apreciados por los niños, debido sobre todo a unas ilustraciones de corte clásico y un talante simpático y distentido. Es por ello que hay que darle las gracias a Kalandraka por rescatar este ¡Qué risa de huesos!, un libro con cierta vis paródica que nos presenta las andanzas de unos esqueletos que cantan y bailan mientras el resto de sus vecinos (mortales, claro está) descansan. Con rimas, disparates y algún susto, el lector se lo puede pasar en grande acompañando a estas osamentas en sus andanzas nocturnas.
Háganme caso y ríanse, que no hay mal que por bien no venga.


viernes, 16 de noviembre de 2018

Abriendo libros (en el día de las librerías...)



El día de las librerías ha llegado y hay que celebrarlo. Presentaciones, talleres, cuentacuentos… todo vale para darle vida a unos comercios que se llenan de libros nuevos y viejos. Gangas, los más vendidos, auténticas joyas. Así son los libros.
No hay que olvidarse de quienes los venden y recomiendan, personas que con mucha pasión gustan de la lectura y la magia de las letras. Los hay que saben de literatura fantástica, otros de idiomas, también de cómic o de ciencia.
Acudan a su librería más cercana y déjense llevar, que para abrir un libro no hacen falta demasiadas cosas…

Para abrir este libro
hace falta la llave de la lluvia:
cógela con las manos y no temas
si te mojas con agua o con palabras.

Hace falta la clave del enigma,
el código secreto, el número
que abre de par en par
–de dos en dos se hacen mejor las cosas–
la caja fuerte donde está el misterio.

Hace falta también la contraseña
que ablanda el disco duro,
que permite el acceso
a la escondida cueva del tesoro.

Hace falta la frase misteriosa
que separa las aguas de los mares,
conocer el oculto mecanismo
que cierra las pirámides.

Para abrir este libro
hacen falta las manos y el deseo
de querer que sea nuevo el viejo mundo.

Javier García Rodríguez.
Instrucciones para abrir este libro.
En: Mi vida es un poema.
Ilustraciones de María Herreros.
2018. Boadilla del Monte (Madrid): SM.



jueves, 15 de noviembre de 2018

Endogamia y repetitividad de la LIJ española


Las redes sociales dan para mucho, no sólo para poner a caldo a este o a la otra, sino para debatir sobre los temas más variopintos. Y teniendo en cuenta que mis redes sociales quedan enmarcadas en el mundo de la Literatura Infantil y Juvenil, la mayoría de las veces toca hablar sobre el panorama que se divisa en este mundillo del papel impreso.
Uno de los temas más recurrentes es la (aparente) endogamia y repetitividad de la LIJ en nuestro país (N.B.: Quizá también podemos hacerla extensiva a otros contextos, pero como el que más conozco es este mercado, me centraré en él)… Muchos tienen la impresión de que no sólo argumentos y temáticas son repetitivas en nuestros libros para niños, sino que también se escuchan los mismos nombres, que ciertos escritores e ilustradores copan el mercado, muchas veces con obras sin trascendencia, y no dejan hueco para otros autores que también tienen cosas interesantes que decir. También hay profesionales del sector, generalmente los que pertenecen al mundo editorial, que aducen que esto no es así, que no es un capricho, que las razones debemos buscarlas en la industria ya que escapan a su control.
Como yo hablo con unos y otros (soy un tanto marítimo, ya saben), creo que hace bien a todo el sector traer hoy a la palestra algunas consideraciones sobre este tema para poder abrir así un debate sobre esta imagen que proyecta la industria de LIJ española.


Como primer punto hay que hablar del tamaño de la industria de LIJ española. Sí, es pequeña comparada con las industrias de otros países occidentales, como la anglosajona o la francesa, sobre todo en lo que se refiere al número de ventas, uno que limita la producción y por tanto el número de títulos, tanto de producción propia, como ajena, algo que se relaciona directamente con las oportunidades que puede ofrecer a los autores de este tipo de literatura.
No obstante y aunque soy consciente de esto, también hay que tener en cuenta que en los últimos veinte años, el número de sellos y casas editoriales, sobre todo independientes, ha crecido mucho. Esto ha ampliado la oferta, algo que también ha llevado consigo cierta diversidad en lo que argumentos, temáticas y estilos de la LIJ se refiere. Son muchas de estas editoriales las que han ido necesitando nuevos autores que dieran a la Literatura Infantil patria un empujón, un nuevo rumbo hacia las corrientes europeístas, sobre todo en lo que a libro-álbum, narrativa ilustrada y narrativa infantil se refiere. Han abierto las puertas de sus editoriales a creadores desconocidos que han dado  los giros necesarios para que la LIJ española de finales del siglo XX abandonara esa costra casposa que la recubría.
A pesar de que este escenario ha presentado una cara bastante halagüeña, no todo el monte es orégano y esa tendencia dinámica hacia las oportunidades ha ido ralentizándose durante los últimos años por diferentes motivos...


En primer lugar tenemos que hablar de la supervivencia. La de los autores, la de las editoriales… Todos necesitan salir adelante, más todavía considerando que la precariedad es un hecho dentro del sector. Cada uno se busca la vida como buenamente puede. El autor vende su producto al mejor postor. Las editoriales sopesan el trabajo, valoran las posibles ventas, y ¡voilá! Aquellos quienes han tenido algún “best-seller” o han sido tocados por la varita mágica de la crítica, tienen las puertas abiertas de par en par en este competitivo entorno donde la rentabilidad también manda, para de paso, establecer también cierta jerarquía dentro de los diferentes gremios de autores.



En segundo término contamos con un clásico español, el amiguismo. En el pequeño ecosistema de la LIJ española casi todos nos conocemos. Editores, ilustradores, escritores, críticos, mediadores de lectura, lectores y otros monstruos se dedican a departir en esta mesa camilla de los libros para niños. Todos hemos oído hablar de todos, bien o mal, alto o flojito, y, evidentemente, surgen afinidades y diferencias que se trasladan al plano personal. No nos debe extrañar entonces que algunos autores sean blasón y bandera de ciertas casas editoriales, que no falten en las colecciones de ciertos sellos, que pasen a ser escritores e ilustradores fetiche.


Otra circunstancia curiosa es la imitación de los catálogos editoriales. Si Fulano, que tiene una editorial muy vistosa y bien considerada, ha publicado cierto libro con este ilustrador, Mengano, que es bastante aspirantón y quiere despuntar en la industria, copia al primero y también publica algo del mismo ilustrador, una práctica que se traslada a otros muchos Zutanos que piensan de igual manera. Por tanto no nos debe extrañar que si un autor ha tenido un éxito manifiesto una temporada, en la siguiente nos bombardeen con otras tantas.
Otro factor a tener en cuenta en esto de la LIJ endogámica es la escasez de buenos textos e imágenes… No se pueden imaginar la cantidad de editores que me escriben lamentándose de la poca calidad que tienen las propuestas de publicación que llegan a diario a sus buzones. Es tanta la morralla, que la mayor parte de las veces se ven obligados a recurrir a sus escritores e ilustradores de cabecera para cumplir con sus estándares y expectativas, con las de sus lectores, y sobre todo, con el mercado de novedades.
Al hilo del mercado de novedades, hay que hacer una parada obligada en esta práctica cada vez más habitual (a mí, personalmente, me abruma) que también condiciona las oportunidades de unos y otros autores. Si tenemos en cuenta que todas las editoriales del ramo tienen que sacar tres o cuatro libros nuevos cada temporada, es lógico que los autores consagrados o con más éxito, salten de una a otra con diferentes obras, y que el que publicaba un título con esta, la temporada siguiente publique otros con las editoriales vecinas.


No obstante y para verle el lado positivo en lo que a autores noveles se refiere, debemos darle gracias al mercado de novedades ya que muchas casas, hastiadas de ver impresos sobre las tapas los mismos nombres propios, prefieren buscar en ferias o encuentros nuevos artistas que escriban o ilustren obras que se alejen de lo ya visto y encontrar nuevos nichos ecológicos que explotar.
Lo mismo opino de los concursos que muchas editoriales organizan por sí mismas o junto a otras instituciones, ya que son muy favorables para todos aquellos autores que pretenden abrirse un hueco en el universo LIJero, primero, porque  se espera imparcialidad de los jurados que seleccionan las obras ganadoras y finalistas, y segundo, porque se supone que todos los participantes parten de una situación de igualdad de oportunidades.



Antes de dar el punto y final a este escueto panorama, me gustaría dar dos toques de atención. Uno se refiere a la gran cantidad de aspirantes a escritores e ilustradores que proliferan últimamente. Bien por los deseos personales, bien por la gran cantidad de escuelas creativas, de arte y estudios artísticos que han proliferado estos últimos años, nos encontramos ante una ingente cantidad de personas que quieren entrar a formar parte de la industria, algo que también lleva aparejados competencia voraz y frustraciones mayores. El segundo toque tiene que ver con la relación del arte y la industria, ya que en mi humilde opinión, las producciones artísticas deberían quedar exentas de todos estos vericuetos sobre pérdidas y ganancias o estrategias de marketing, es decir, de todas las teclas que rigen hoy día cualquier ámbito con cierta productividad.
Con esto y un bizcocho (de zanahoria, que está bien rico) sólo me queda invitarles a dejar sus comentarios y, sobre todo, a no tirar la toalla, pues quedan muchas buenas historias que encontrar (algunas las tienen acompañando esta entrada aunque sean primeras oportunidades) y muchos sueños que hacer realidad.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

La belleza de las estaciones



A juzgar por el color del follaje y las lluvias intermitentes que cubren nuestras latitudes nadie puede negar que el otoño haya llegado. Es tiempo de nieblas y castañas, de boniato asado y alguna que otra helada, setas y frutos rojos. Y me encanta.
Mientras que otros sienten predilección por una u otra estación, el aquí firmante disfruta de todo el año. Haga frío o calor, truene o nos ilumine el sol hay que sacarle el mayor partido posible a cada día, cada mes, pues cada época tiene sus cosicas. Si caen chuzos de punta, te quedas en casa acompañado de un buen libro y la manta, que te achicharras, abres la sombrilla y te deleitas con una fantástica siesta (o viceversa, que la propiedad conmutativa de la multiplicación también se aplica a letras y pereza). El caso es vivir, que aunque los grises digan lo contrario, poco cuesta.


Y andaba yo pensando en el verano, el otoño, el invierno y la primavera, cuando de pronto caigo en la cuenta de que todavía no había hablado de los cuentos de El seto de las zarzas, la colección de álbumes de Jill Barklem que ha reeditado la editorial Blackie Books en nuestra lengua.
Aunque ya hice alusión a esta serie en otra entrada dedicada a La casa de los ratones, creo que merece la pena detenerse de nuevo y de manera exclusiva en unas historias que se reeditan incesantemente en medio mundo y que, aparte de aunar muchísimos e interesantes elementos, también cuentan con un origen triste pero entrañable.
Los cuatro cuentos (uno para cada estación) que configuran esta colección de los años ochenta (en realidad son ocho, pues la autora la amplió con otros cuatro títulos más pero no seriados), si bien no constituyen una revolución dentro del género, sí marcan un punto de inflexión en este, ya que en ellos convergen dos tipologías de libros infantiles, como podrían ser el álbum narrativo y el álbum informativo.


Sobre los elementos de ficción hay que decir que Barklem dio vida a un ecosistema en el que los ratones de campo eran los protagonistas. Siguiendo la estela de otros autores de Literatura Infantil como Beatrix Potter, decide crear una sociedad animal a imagen y semejanza de la humana donde convergen las historias de corte costumbrista en mitad de la campiña inglesa. En todas ellas los niños y jóvenes tienen buenas dosis de protagonismo que facilitan la identificación con el lector, y en todas ellas se prefiere exponer la acción a enjuiciarla (vemos lo que es).


De las ilustraciones poco hay que decir. A la vista está que, enmarcadas en la más pura tradición inglesa (tinta y aguadas), son extremadamente hermosas. La caracterización de los personajes, su vestimenta (daría para mucho este punto), las viviendas y sus dependencias, los paisajes bucólicos, los planos narrativos… Todo, absolutamente todo lo que se refiere a las imágenes es una delicia.


Por otro lado, en lo referente a lo no ficcional, hay que decir que Barklem desarrolló unas ilustraciones preciosistas en las que el lector puede perderse durante horas entre los cientos de detalles que llenan sus escenas. Al mismo tiempo, los pinceles de Barklem son muy fieles a la naturaleza y plasman la realidad del entorno, tanto que sus flores, frutos y árboles se identifican fácilmente y podrían incluirse dentro del género de la ilustración botánica. A todo esto y haciendo alusión a las corrientes del álbum de conocimientos o informativo clásico, decir que también incluye la anatomía y el funcionamiento de las industrias láctica y harinera. Su quesería y molino de agua, aunque parten de su imaginación, se mantienen fieles a las leyes de la física y la mecánica (ver Cuento de verano) lo que denota una gran labor de investigación.


Es curioso que el origen de esta universo de roedores comparta ciertos paralelismos con el de las historias de otros ilustradores, pues Jill Barklem (su nombre real era Gillian Glaze), a consecuencia de un desprendimiento de retina debido a un accidente sufrido a los trece años, tuvo que dejar una vida activa para internarse en el mundo de las artes y la ilustración en la Saint Martin’s School of Art. Animada por su pareja, comenzó a plasmar sus historias que, tras ser aclamadas por los lectores, fueron llevadas al mediometraje de animación en dos ocasiones (una nueva sinergia que recojo AQUÍ).
La familia, los vecinos, el medio natural, la vida campestre o las pequeñas aventuras del día a día aúpan unos libros que nunca pasan de moda. Lo dicho: si lo que están buscando son libros completos, he aquí cuatro buenos ejemplos.


martes, 13 de noviembre de 2018

Jubilados



Me invade la burocracia. Certificado por aquí, impreso por allá, facturas de esto o aquello… Espuertas de papeleo que le quitan a uno las ganas de trabajar, sobre todo cuando se supone que los docentes nos dedicamos a enseñar en vez de al “fill the gap”.
Hasta hace bien poquito, nunca me había planteado la jubilación. Siempre he visto el trabajo como una parte necesaria de la vida, más que nada porque nací pobre y tengo que pagar comida, el agua, la luz, el gas, la gasolina y un largo etcétera de necesidades básicas. También pensaba que retirarse del mundo laboral puede hacer de ti un ser inerte que pierde destrezas sociales y agilidad mental (He visto a muchos caer en picado tras el deseado retiro). Y no pocas veces me ha dado en qué cavilar el hecho de que muchos desafortunados terminen en el hoyo poco después de recibir su primera pensión (soy un poco supersticioso, lo he de admitir).


Acompañado de estas tres premisas daba gracias a la vida por hincharme a currar, pero el caso es que últimamente he cambiado el chip y no me importaría tener más tiempo para hacer lo que me gusta. Leer, viajar, escribir, dibujar, nadar, pasear, comer, charlar... Incluso me faltaría tiempo. Está claro que esto pienso ahora, con una edad en la que no estoy lo suficientemente ajado física y mentalmente (con setenta años me parece que voy a estar para pocos trotes), así que rápidamente me digo que hay que aprovechar el momento, ahora y después (si llega, que ya saben cómo están las arcas públicas), y pasarlo fenomenudo sea cual sea nuestro estado laboral.
Y así llego hasta mi admirado Shaun Tan y uno de sus últimos álbumes. Editado por Barbara Fiore, su editorial de cabecera en nuestro país, este libro nos habla de muchas cosas que se refieren al mundo laboral y sus miserias. Veamos…


Tan nos presenta a un protagonista construido en torno a un insecto personificado, al que incluso otorga un nombre científico ficticio, Cicada officium, la "cigarra trabajadora". Pero, ¿por qué una cigarra? ¿por qué elige este insecto? Seguramente por haber sido considerado un símbolo de inmortalidad (¿Tendrá esto que ver con ese renacer tras una vida dedicada al trabajo?) y que incluso queda recogido en otras obras literarias como La Ilíada de Homero. Tampoco debemos pasar por alto que Cigarra no habla con corrección nuestra lengua, que Cigarra procede de otro lugar, de otro país.


Casi toda la acción (excepto la guarda trasera) se desarrolla en un medio urbano y claramente antrópico, un escenario que muestra tres puntos esenciales. Por un lado su color gris nos habla de un ambiente opresor, deprimente y lúgubre, por otro esa falta de luz  que genera muchas sombras y penumbras que entristecen la atmósfera, y por último los motivos geométricos que nos hablan de densidad, repetitividad y monotonía. Esto nos lleva a un universo de soledad y alienación laboral con el que muchos se pueden identificar. Laberintos, prismas y otras formas angulosas (en las que veo la huella de Jeffrey Smart -una vez más-, a Escher, los cubistas o el monumento del holocausto sito en Berlín… ¿tendrán algo que ver?) son el espejo de sociedades encorsetadas por las normas y los dictados.



Con todos estos elementos, el autor da vida a una alegoría maravillosa sobre los pormenores laborales en las sociedades occidentales y de paso se interna, una vez más, en la crítica social, concretamente en la explotación laboral de los inmigrantes donde marginación, explotación y acoso laborales son el pan de cada día. Escenas donde se observa un linchamiento o en las que situaciones cotidianas como coger un ascensor se hacen cuesta arriba, nos hablan del horror diario que sufren muchos trabajadores que por diferentes motivos se encuentran trabajando en la diáspora.



El libro termina con un deje de silencio al borde de la azotea (me encanta este recurso tan tenso y cinematográfico), donde a través de un salto al vacío lleno de guiños kafkianos, nos preguntamos muchas cosas para dar fin (o principio) a la historia. Una catarsis poética, un final ideal para un álbum hermoso, valiente y muy bien pensado.


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