jueves, 17 de octubre de 2019

Mary Poppins o cómo tenerlo todo



Estaba yo ordenando libros, cuando de repente me topé con Mary Poppins. Le quité el polvo con un buen bufido y empecé a pasar las páginas de este clásico de la LIJ (Sí, señores, porque Mary Poppins es un libro, mejor dicho, una serie de libros, y no la película de Disney que ha sido llevada dos veces a la pantalla y de las cuales, por elegir alguna, me quedo con la primera). Al final terminé por coger asiento y releerlo, en vez de continuar con la tediosa tarea del orden y el concierto.
La verdad es que esta obra de P. L. Travers tiene su aquel. Es bastante desconcertante que una señora a caballo entre un sargento coronel, una institutriz, un hada y una pirada, guste a niños y no tan niños.


Parece ser que P. L. Travers se basó en rasgos de su propia personalidad para dar vida a un personaje que no deja indiferente, pues como cuentan los cronistas de esta australiana afincada primero en Irlanda y luego en Inglaterra, Pamela Lyndon Travers (llamada en realidad Helen Lyndon Goff) era de todo menos una hermanita de la caridad.
Según apuntan sus biógrafos, la autora de una de las novelas más leídas de la Literatura Infantil durante el siglo pasado, quedó huérfana de padre, un empleado de banca alcohólico, a los siete años. A tenor de las tendencias suicidas de su madre, tuvo cuidar de sus dos hermanas (el nombre de Mary Poppins nació de las historias que inventó para ellas) y buscarse la vida como pudo. Ya crecidita emigró al viejo continente para continuar su gira como actriz en una compañía de teatro clásico, y una vez allí, empezó a publicar sus trabajos literarios en publicaciones periódicas bajo el sobrenombre de P. L. Travers, parapetándose tras unas iniciales como muchas escritoras de la época. Vamos, que esta tía fue una superviviente.


Quizá de ahí el carácter errante de la protagonista de sus libros (Mary Poppins solo hay una, pero con cinco secuelas y otras tantas historias detrás de ella), una que va y viene a merced de los vientos, que se presenta de súbito en las casas ajenas, que organiza su vida como le da la real gana, e intenta disfrutar al máximo de los días y sus circunstancias sin importarle demasiado el camino, más bien el recorrido.
Cuentan que la autora sacó de quicio al mismísimo Walt Disney mientras negociaban la cesión de derechos (vean la película Saving Mr. Banks para más datos sobre este episodio), que se puso a llorar de rabia cuando vio la versión cinematográfica de su apreciada obra mientras sollozaba “¿Qué ha sido de mi Mary Poppins?” (N.B.: Alguien que supo ver hace 50 años el daño que la factoría de este señor produciría sobre la imagen que los niños y la sociedad tienen hoy sobre la Literatura Infantil, tiene mucho mérito). También dicen que mantuvo una supuesta relación lésbica con una tal Madge Burnand con la que vivió más de treinta años. Y que no le tembló la mano al separar a su hijo adoptivo Camillus de un hermano gemelo y el resto de su familia (la década de 1940 no era la de hoy…) para mandarlo posteriormente a un internado (ojito...).


Sin embargo, todo ello no es óbice para denostar una obra que sigue teniendo mucho de subversivo, como todos los buenos libros para niños, pues la señorita Poppins, como la propia Travers, desafía los convencionalismos de un mundo adulto que desea imponer su ley a toda costa. Se ríe a carcajada limpia de todos los adultos aburridos con una seriedad impía que trasciende la cortesía y cualquier otra pose (a más de uno le haría falta leérselo para dejarse de postureos y amaneramientos), y valora a aquellos de espíritu libre y tan exóticos como ella.
Por otro lado, me encanta que Mary Poppins no trate a los niños como si fueran cachorritos indefensos, sino que les propina las salidas de tono que esperaríamos de una niñera de verdad, como la de ese pasaje en el que Michael intenta abrazarla y ella se revuelve soltando un "No soy una sardina en una lata" (si no la entienden, háganse cargo de unos cuantos críos y verán lo que dura su paciencia). Ni mayores ni pequeños: no deja títere con cabeza.


Seguramente si fuera tan guapa como Julie Andrews, se lo perdonaríamos y pasaríamos página, pero como la Mary real no es la quintaesencia de la feminidad, como bien se recoge en las ilustraciones de la obra original de Mary Shepard, hija de Ernest H. Shepard, el que dibujó a Winnie-the-Pooh, nos llama la atención y engancha. Ella es “delgada, de manos y pies grandes”, desgarbada, no se interesa por la moda y no muy agraciada. Diferente y estrambótica. ¿Acaso no debería gustarnos eso? ¡Que estamos hartos de personajes uniformes y ñoños!
Vamos, que Mary Poppins lo tiene todo, que me encanta, y no sé porqué el tiempo ha castigado este libro excelente. Léanlo y déjense llevar por él. Créanme. Y a Mary Poppins, también.



miércoles, 16 de octubre de 2019

Un enemigo llamado chicle



¿Absentismo? ¿Falta de respeto? ¿Padres despreocupados?... Se equivocan. El peor enemigo de la escuela es ¡el chicle! (No se rían por favor, que esto es muy serio) Desde mi época de estudiante hasta el día de hoy, la goma de mascar es la protagonista indiscutible de las aulas. Que si parecen rumiantes, que si esos ruiditos que hacen con la boca son asquerosos, pompas por aquí y pompas por allá… No sé qué le pasa al chicle pero casi ningún maestro lo deja en paz.


Muchos piensan que la prohibición del chicle sólo se da en la educación primaria y secundaria, pero les diré que la Maruja, cierta profesora que impartía geobotánica en mis años de universidad, detestaba ver a sus alumnos dándole que te pego a la mandíbula. Se ponía negra viendo las muecas que algunos se marcaban, llegando al punto de amenazarlos con expulsarlos del aula. “¡Lo peor de todo es que se ponen ustedes feísimos!” añadía mientras el otro escupía el cadáver en la papelera.


Ahora en serio… Pero, ¿qué serían de las cantinas si no vendieran chicles? Seguramente se sumirían en la más absoluta ruina (pues una vez hice un cálculo, así, por encima, y concluí con que se vendían unos setecientos chicles al día...). La peor parte se la llevan las limpiadoras (a estas les doy la razón sin ningún tipo de paliativo) pues eso de que los críos vayan pegando las ya insípidas e incoloras plastas pegajosas sobre cualquier tipo de superficie, es una absoluta guarrería.


En definitiva, que el chicle, esa golosina que se remonta a la época de los aztecas, los mayas o los griegos, es el enemigo público número uno. Y es que desde que se empezó a comercializar en los Estados Unidos en el año 1848 (no se crean que fue ayer) ha traído de cabeza a todos los que trabajan con niños, algo que me extraña sobremanera pues a la goma de mascar se le presuponen efectos positivos sobre el razonamiento, la concentración y la memoria, así como alivia el estrés y la ansiedad (que se lo digan a los soldados de la Segunda Guerra Mundial a quienes se lo incluían en la dieta).


Y así llegamos a Bubble Gum Boy, en el cole nuevo la apuesta de María Ramos que nos llega de la mano de la editorial Fulgencio Pimentel para llenar de color este inicio de curso. El álbum en cuestión nos cuenta la historia de un chicle que empieza el colegio lleno de miedos, cábalas y un poco de desazón. ¿Gustará o no gustará? ¿Qué opinarán de él los otros chavales? ¿Logrará hacer amigos? Para conocer el desenlace sólo tienen que pasar las páginas y disfrutar de una historia que, desde lo absurdo y la fantasía, nos acercan a una situación cotidiana que logra arrancarte más de una sonrisa con elástica simpatía y que puede ser el comienzo inmejorable de un libro-serie con mucho tirón.
Por cierto, a mí me encanta el chicle, ¿y a ustedes?

martes, 15 de octubre de 2019

¡No quiero gatos!




En estos días de perros, gatos y tanta inconsciencia, me decanto por los gatos, una de las piedras angulares de mis fobias y que para otros supone el mayor de los placeres.
Los gatos están tan de moda. Les informo. Tanto que parece sonar a blasfemia decir “No los aguanto”. ¿Se extrañan? Les diré que esto es como la comida. A unos les gusta el tomate, a otros el pescado, los de más allá, alcachofas, y el del fondo se pirra por las alcaparras. Pues con estos felinos (¡Con lo que me gustan a mí las panteras y los linces!), ídem de lo mismo. ¿Por qué iba a ser diferente? ¿Porque ahora somos todos muy animalistas? ¿Porque la cadena televisiva de turno nos incita a desarrollar filias? El otro día me comentaba una colega que debería encontrarles el encanto, más que nada porque un buen influencer debe exhibirlos en sus redes. Cuanto más pequeños mejor, que despiertan mucha ternura, como las familias felices, las parejas resobonas y los paisajes brumosos.


No me gustan los gatos. Ni es malo ni bueno, simplemente es. Puedo entender que no comprendan las relaciones de ideas absurdas que algunos esgrimen para ir en contra de estas fobias (lo de las cuarentonas y los gatos, aunque me resulta divertido no tiene mucha ciencia), pero deben claudicar ante los alérgicos al pelo de estos o las embarazadas con riesgo de contagiarse de toxoplasmosis. Soy tan generoso que les dejaré disfrutar de todas las bonanzas de estos seres vivos, los más útiles a la hora de combatir las plagas de roedores.
Y así, con mucho humor (podría haber sido más caustico pero es innecesario: hay que convivir a pesar de las diferencias), llegamos a dos de los gatos con los que la editorial Libros del Zorro Rojo nos ha sorprendido este comienzo de curso (N.B.: Algún día tendríamos que ponernos a revisar esto de los gatos en la LIJ, que parece que tiene chicha).


Por un lado tenemos el Quiero un gato de Tony Ross, un clásico del 89 que ha sido reeditado por esta casa editorial y que se adentra en el mundo de los deseos infantiles y su capacidad para conseguirlos desde la terquedad y el humor, dos constantes en todo lo que rodea a las ocurrencias de los más pequeños. Mía quiere un gato y a sus padres les hace la misma gracia que a mí. Ella no se da por vencida, tiene mucho swing y sabe como montárselo para darles en las narices: si no hay gato, ella será el gato.



La cosa tiene un final bastante sorprendente ya que el autor, tan genial como siempre, le da la vuelta a la tortilla para hacernos ver lo cambiantes que somos y la elasticidad de nuestros deseos.


Por otro tenemos al Señor gato de Blexbolex (Libros del Zorro Rojo), una historia que se aleja de sus obras más críticas y emocionales, para retomar el buen humor de los clásicos. En este caso con un “gato con botas” remasterizado, se adentra en las historias del cine mudo, de los clásicos y de lo absurdo.


En el fondo este libro es como un pequeño escenario, una sainete que tiene mucho salero, sobre todo por la voz en off que imprime cierta teatralidad al asunto. También se podría tomar como un pequeño cortometraje en el que los fotogramas se suceden uno tras otro para narrarnos la historia de un gato bastante truhán y un conejo inocentón que se dedican al pillaje y los entuertos (¿No les recuerdan al Zorro y el Gato del Pinocho de Collodi?). Una serie de aventuras en las que los adultos salen mal parados (¿Subversivo? No, yo diría canalla) y cuyo final no se pueden perder pues te saca una sonrisa algo triunfal (¡Pero qué malo es ese gato, odo!).



lunes, 7 de octubre de 2019

De bestias y otras soledades



A veces veo muertos. También vampiros, fantasmas, zombis, enanos y brujas. Tantas cosas veo que a veces me es difícil distinguir realidad de fantasía. Como lo oyen, llego a confundir términos que no debería… Ya saben que los niños eternos como yo, nos dejamos llevar por lo fantástico y nos es difícil volver a pisar la tierra (¿Será por las alas? ¡Qué bien se está en Nunca Jamás!).
No diré que ser crédulo no nos vaya a acarrear algún que otro malentendido, pero prefiero mis espejismos y visiones, a tener que estar todo el día desenmascarando lo imposible e imaginario. Es bonito pensar que un monstruo nos roba el postre, que nos hemos enamorado de un vampiro o que la vecina es una bruja mala (que se lo digan a las de Valencia).


Lo verosímil depende, no sólo de las pruebas o del rigor científico, sino de lo que cada uno queramos creer (tranquilos, que no me pondré filosófico), de uno mismo y sus necesidades vitales (ya saben que un servidor se inventa lo que le conviene, que para eso es dueño de su existencia). Es por esto que me parece fabuloso que la gente haga por insuflar vida a sus monstruos e ideas, una especie de catarsis para sobrellevar mejor los días y sus contratiempos, para hacerle frente a los miedos, deseos, e incluso la soledad, algo que sucede en el libro que les traigo hoy.
Este otoño sale a la luz La bestia del señor Racine, uno de esos libros de Tomi Ungerer, el genio del álbum que nos abandonó hace unos meses, que nunca se había publicado en castellano. Este libro del año 1971 que edita Blackie Books, nos presenta una historia ambientada en Francia en la que un hombre que cultiva peras ve alterada su tranquila vida por la aparición de una extraña bestia en su huerto.


La relación entre el señor Racine y esa extraña criatura roba-peras se hace cada vez más estrecha, algo que el curioso señor Racine aprovecha para investigar más a fondo a este ser. Toma anotaciones, lo mide y busca información acerca de él, hasta el punto de ser invitado a presentarlo ante la sociedad científica de París.
El desenlace no tiene desperdicio, no sólo porque incluya una sorpresa final bastante entrañable, sino por las consecuencias que tiene, así que, ya saben... Aunque todas las ilustraciones tienen su aquel y contienen muchos de los recursos del gran Ungerer (fíjense en cómo muchas figuras entran y salen de los marcos proporcionando dinamismo a la escena e interactuando con el universo del espectador), destaco la imagen a doble página en la que la muchedumbre parisina ve alterada sus vidas por culpa de la bestia. Llena de detalles que encantarán al lector (ese gendarme sin mano y el paraguas clavado en el cráneo de un señor, me vuelven loco) es una escena que pone en evidencia ese carácter subversivo de la Literatura Infantil, que hace posible lo imposible y rompe ese mundo reglado por los adultos a golpe de fantasía... y bestias.



viernes, 4 de octubre de 2019

De unicornios




Llegó la moda del unicornio a nuestras vidas. Todo tiene su época y se ve que los últimos tiempos necesitan rescatar mitos del pasado (remasterizados, claro está). Da igual que hoy sepamos de la existencia del rinoceronte, del narval o de los ciervos mutantes (sí, como lo oyen, hay ciervos que nacen con un solo cuerno): el ser humano sigue honrando a lo mágico. Bien por necesidad, bien por romanticismo, o bien por postureo, lo suyo es que aflore entre los adultos esa credulidad de la infancia, aunque la transformemos en camisetas, diademas y flotadores. ¡Larga vida a lo fantástico!

En altas praderas,
según testimonios,
luego de la lluvia
sale el unicornio.
Es una criatura
de albina elegancia
que caza suspiros,
que bebe fragancias.
Pétalo que llueve,
nieve que desliza,
su paso es un suave
rumor en la brisa.
Lleva un solo cuerno
de nácar su frente,
sus ojos resguardan
luz inteligente.
Dicen que su blanca
cascada de crines
viene de celestes,
lejanos confines.
Y que solamente
se vuelve visible
a los que confían
en lo impredecible.
Su paso sin sombra
dura el breve instante
en que el arco iris
se vuelve gigante.
Un oleaje de aire
se lo lleva al fin,
soplo que se escapa,
fuga de violín.

Lo quisiera cerca,
que nunca se fuera.
Caballito astado,
luna de pradera.

María Cristina Ramos.
Cascada de crines.
En: Desierto de mar y otros poemas.
2013. Buenos Aires: SM.



miércoles, 2 de octubre de 2019

Al otro lado de la aventura



El mundo se está poniendo cada vez más peligroso y nos pasamos el día temiendo lo que nos pueda ocurrir. Ladrones, asesinos, violadores, terroristas, narcotraficantes, estafadores, chantajistas, pederastas, políticos… La verdad es que no es para menos, más todavía si tenemos en cuenta que somos todos unos pobres a quienes la justicia protege más bien poco (la justicia es para quien la paga, sobre todo bajo cuerda, cada vez lo tengo más claro).
Esta especie de psicosis ha traído consigo un enaltecimiento de la seguridad ciudadana que sólo propicia el enriquecimiento de las empresas de vigilancia (¡Que se lo digan a mis vecinos que han puesto cámaras por toda la finca!) y la manipulación de los políticos y multinacionales sobre la población (Estoy hasta las narices de las cookies, de las redes sociales, de las compañías telefónicas y de la ley de protección de datos. Todo se resume en lo mismo: si no firmas, no hay servicio).


Nadie se fía de nadie. Todo está sujeto a las leyes del soslayo y el bisbiseo, de la mala fama y, sobre todo, de la imaginación. Que sí, que sí, que yo soy un confiado, que siempre pienso bien de la gente, pero siempre he pensado que la aventura está bien dentro de unos límites, de la cautela, que nadie es tan bueno ni tan malo, que a veces hay que correr riesgos (tampoco meterse en la boca del lobo, pero sí olvidarse de apariencias y primeras impresiones) y que me encanta llevarme sorpresas -buenas, claro está-.
Estaba yo en estas cuando llega a la redacción de este blog un libro con el que me había topado en Londres este verano, El muro en mitad del libro de Jon Agee y editado por La casita roja en nuestro país. Me alegro sobremanera porque es un libro con mucha chicha, de los que nos gustan a los monstruos. Nos cuenta la historia de un pequeño caballero, de esos que va ataviado con armadura y que se monta su propia película frente a un muro: al otro lado sólo hay peligros y prefiere su zona de confort.


De esta manera empieza una narración que se basa en un recurso sencillo, una pared de ladrillos que el autor construye en la frontera de la doble página y que divide la escena en dos espacios/tiempos que a veces se complementan y otras echan mano de la disyunción. De esta manera, el lector, al identificarse con el protagonista, también se convierte en actor de una historia que invita a aparcar los prejuicios y adentrarse en el bosque, pero al mismo tiempo también es capaz de observar lo que el protagonista no ve, creando así un discurso complejo que invita a la reflexión.
Si a todo lo anterior unimos una caracterización exquisita de los personajes (en cierto modo me recuerda al trabajo de Jon Klassen o Peter Brown), las pinceladas de humor y detalles peritextuales como unas guardas que funcionan como prólogo y epílogo, este álbum está más que recomendado.
¡Y déjense seducir por el otro lado!



lunes, 30 de septiembre de 2019

Instrucciones para leer un libro



Este verano, aparte de viajar, comer, dormir y disfrutar, he leído bastante. Mi objetivo era ponerme al día con algunos clásicos de la literatura universal (que la llaman) pero al final fui a la biblioteca y me perdí entre otro tipo de lecturas. El caso era entretenerse en los tiempos muertos, pues entre juergas y otros menesteres, no tenía yo la cabeza para mucho decoro intelectual.
Hay libros que necesitan calma chicha, otros, bicarbonato. Hay libros que no necesitan nada (sólo cerrarlos). Algunos necesitan mucha resignación (Ya saben ustedes de mi crisis con El tambor de hojalata), otros de un buen trago (¿Han leído alguna vez borrachos? Me encantaría conocer algo de esas lecturas ebrias, ¡anímense en los comentarios!). También tenemos libros que son un tedio o un paseo (¿Sobre la llanura, a la orilla de la playa, o cuesta arriba? Especifiquemos).
Lecturas de silencio, de bullicio o de bolsillo, todas necesitan de los mismos gestos. A saber… Coja usted el libro con las dos manos, apóyelo sobre su lomo y deslice la tapa delantera hacia la izquierda (si es manga hacia la derecha) y, tras descodificar los signos que ante usted se desvelan, pase la página en el mismo sentido que la tapa. Así hasta el final. ¿Lo pilla? Espero que sí. Y no se preocupe si tiene dudas, hoy le traigo un libro que se lo dejará muy claro.


¿Cómo se lee un libro? con texto de Daniel Fehr, ilustraciones de Maurizio A. C. Quarello y editado en castellano por Océano Travesía, nos presenta una de esas historias metaliterarias con cierta enjundia, no sólo porque es un libro interactivo (algunos gustan de llamarlo libro-juego, que también puede ser), sino porque ahonda en la necesidad de reconocer el objeto libro, de experimentar con él y familiarizarse con su forma y posición utilizando para ello un sinfín de perspectivas de las imágenes que configuran la narración.


La historia parte de una llamada de atención que un par de niños hacen al lector-espectador. Necesitan de su ayuda para seguir con vida, interpelan su colaboración. Conforme pasamos las páginas aparecen más personajes que nos resultan conocidos (una bruja, una ballena…) que aportan más dinamismo a una narración que no deja de ser un desastre monumental con el que desternillarse.
Como es un libro que deben tener en sus manos (seguro que les roba una sonrisa), no les voy a desvelar el final. Creo que con esta pequeña reseña es suficiente para animarles a participar de la fiesta. ¡Ah! Y si se dedican a esto de la animación a la lectura, no duden en incluirlo a su biblioteca, quizá les sea útil con pequeño y mayores (que hay algunos que todavía no saben cómo se lee un libro).


viernes, 27 de septiembre de 2019

Viajar o no viajar, he ahí el dilema



Imagen de Gnezdo Woodtoys

Me he pasado casi todo el verano para arriba y para abajo. Trenes, autobuses, aviones y hasta barcos. Con tanto trajín el tiempo ha pasado volando. Por un lado se agradece y por otro languidece, pues las vacaciones han mutado a un abrir y cerrar de ojos. A veces me pregunto si será mejor quedarse en casa, tomar todo con mucha calma, buscar la rutina del verano y, en mitad de esa quietud, dejar que el aburrimiento y el reloj enlentezcan el tiempo… ¡Creo que no! Me quedo con el ajetreo, que aburrirse es de viejos y yo todavía soy un crío.

Antonio viaja que viaja
por tierra, por mar, por aire,
va de un continente a otro
porque el mundo ya no es grande,
mira desde su avión
cordilleras y ciudades
como si, soñando aún,
sobre algún mapa trazase
con el dedo rutas, rumbos.
¿Ser hombre es estar de viaje?

Jorge Guillén.
Manera actual de ser niño.
En: Poesía española para jóvenes.
VV.AA.
Selección y prólogo de Ana Pelegrín.
Ilustraciones de VV.AA.
2017. Tres Cantos (Madrid): Loqueleo-Santillana.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

De puertas de colegio y vínculos hermosos



De camino a casa, suelo encontrarme con aquellos que recogen a los niños de la escuela. Unos van charlando animadamente sobre el menú del día (cada vez que se me ocurre poner la oreja me escandalizo de la dieta infantil actual), otros se ponen a gruñir (¡Venga nene! ¡Que tengo prisa!), los menos van charlando con sus hijos sobre los acontecimientos de la mañana, pero siempre queda alguno que regala una pequeña parada en el parque a sus hijos (y yo me conformo con sonreír).


Me acuerdo de cuando mi madre acudía a la puerta de la escuela. Ella, como el resto, iba andando. Nada de coches por las inmediaciones, menos todavía si tenemos en cuenta que la calle donde estaba ubicado el centro parecía un bodoque y el estacionamiento era impensable. Todas se agolpaban bajo las columnas del soportal a modo de muro de contención. Salíamos disparados, resonaba el griterío, una marabunta de mochilas y alguna que otra pelea. Así era la salida del colegio.
Desde entonces las cosas han cambiado bastante... Antes era raro ver abuelos y marmotas pululando por los colegios y ahora abundan cada vez más las niñeras y personas mayores (es lo que tiene lo laboral, amigos). Lo de los coches es un despropósito (no sé si es que los adultos nacen con las piernas amputadas o es que nadie lleva a sus hijos al colegio más cercano). Pero lo que más me gusta es ver como acuden cada vez más hombres a las puertas escolares, un signo de que la crianza se comparte cada vez más.


Así llegamos a El primer diccionario de Nara, un álbum de David Pintor, editado por la joven editorial alicantina Degomagon, al mismo tiempo que cumple la función de diccionario-imagiario, es un tributo a la relación entre un padre y su hija, pues no sólo ayuda a los niños en sus primeros pasos con el lenguaje, sino que nos cuenta la historia del autor y Nara, de cómo han ido caminando juntos a lo largo del tiempo, de cómo comparten su día a día y de cómo se comunican y entienden, algo que, en sí mismo, es cautivador.


Seguramente muchos de ustedes se hagan la misma pregunta que yo “¿Por qué no ha sido editado enteramente en cartón?” Y yo respondo, primero porque sus tropecientas páginas hubieran sido inmanejables en un libro de esas características y segundo porque el Sr. Pintor también quería que este libro fuera extrapolable a los adultos, unos que, con hijos o sin ellos, fueran partícipes de ese vínculo hermoso entre progenitores y vástagos, de la humanidad que desprende la familia.


lunes, 23 de septiembre de 2019

Diciendo adiós al verano



Hoy es el primer día del otoño y aunque es una estación que me encanta, noto cierta desazón en el ambiente circundante. Les confieso que, en lo que a curro se refiere, el comienzo de curso no ha sido muy halagüeño, sobre todo porque te das cuenta de que la gente no es todo lo buena que debiera y, aprovechándose de su situación de poder, te pisotean hasta que sangras. Una mediocridad propia de pobres arribistas (que todo hay que decirlo…).
La verdad es que a mí, básicamente me la bufa: soy manchego y me recupero pronto. No obstante les diré que de vez en cuando me dan ganas de enganchar una guadaña y ponerme a segar cabezas (les estaría bien empleado por estirar tanto el cuello).


“¡Cómo estás, Román! ¡Cuánta violencia! ¡Pero si acabamos de empezar!” Déjense de pamplinas, que ustedes no saben el politiqueo que hay que aguantar. No tienen suficiente con aburrirnos hasta la extenuación echando mano de una burocracia inútil, sino que seleccionan a los peores perros para controlar el cauce de sus fechorías.
No se crean que estoy por la labor de invertir mis energías en gente obtusa que solo quiere ponerse medallas con el trabajo de los demás, no (aquí nadie se va de excursión con los críos, pero todos se suben al carro cuando hay que soltar el discursito). Hoy estoy aquí para que todos los monstruos olvidemos los montones de mierda que nos rodean y demos la bienvenida al lunes de la nueva estación como se merece, con una pizca de belleza.


Y es que no se me ha ocurrido mejor manera de hacerlo que con Stian Hole y su álbum El final del verano (editorial Kókinos). Tenía muchas ganas de hablar de este libro, pues a pesar de que lo incluí en esta selección de Clásicos básicos del álbum actual, no había hablado de él hasta ahora. 
Aunque forma parte de la trilogía de Garmann, el niño protagonista, es un libro que puede leerse desde lo individual pues en él se recoge de una forma maravillosa esa esencia que destilan los finales estivales.
El argumento es sencillo. Se acaba el verano y la familia de Garmann recibe la visita de sus tres tías, unas viejecitas un tanto peculiares que en parte recuerdan a las Parcas y en parte a las hadas madrinas (¿será por el número tres o hay algo más detrás?). Es así como este niño se empieza a hacer preguntas sobre sí mismo, sobre las tres mujeres, sobre sus padres, y sobre el futuro de todos.


De corte sincero y divertido, Hole hurga en los miedos de la infancia desde un lenguaje directo, incluso económico (estos nórdicos...), sin olvidar el contrato fantástico con el que envuelve unas ilustraciones a caballo entre el collage y las técnicas digitales, donde lo surrealista y lo onírico se abren camino para explorar un universo colorista y con mucho humor. Imágenes que a modo de mapas nos invitan a buscar detalles, tesoros escondidos que enriquecen la narración y revolotean en el subconsciente.
Me gusta que los finales del verano sean luminosos, que se abran claros que inunden de luz el otoño futuro…



miércoles, 18 de septiembre de 2019

El regreso a la certidumbre



Allá por julio les avisé de que quizá no volvería. Estaba hasta el tuétano de tanto libro y tanta leche. Lo mejor que podía hacer era aparcar este sitio, olvidarme de él, de las redes sociales e irme de vacaciones. La cosa estaba tiznada. No quería ver el teclado del ordenador ni en pintura. Había sido un curso bastante duro y cundía el desánimo.
No fueron pocas las personas que se preocuparon ante semejante cerrojazo. Me preguntaron con cierta cautela si es que me había pasado algo. Quizá era el calor (no me digan que no ha sido bochornoso este verano…), quizá las pilas de libros que se amontonan en mi casa, quizá las exigencias del guión… No sabía muy bien porqué estaba tan harto. 
Me dejé llevar de un sitio a otro. Que si Valladolid, Madrid, Benidorm, Atenas, Brighton o Sebastopol. La cuestión era no parar de danzar (con libros bajo el brazo, claro está… Que luego hay que llenar de buena literatura el Instagram). Y entre cerveza y cerveza, siempre aparecía alguien que leía el blog un día tras otro, que se declaraba abiertamente fan (No soy Justin Bieber, pero casi), que reconocía que mis palabras le sacaban de sus casillas (esta es la parte que más me gusta, lo reconozco) o simplemente compartía esta afición por la lectura. Y mi corazón se hinchaba cada vez más.


Todo iba mejorando y la cosa pintaba cada vez mejor, pues algunos proyectos tomaban forma y eso molaba. Que si un libro que habla del artista que todos llevamos dentro, que si un seminario trimestral de Literatura Infantil, que si algún que otro curso… Evidentemente son cosas que te hacen flotar, te hacen sentir bien y te das cuenta de que tu grano de arena en esto de los libros infantiles, aunque no te convierte en ningún sabio, hace más grande la montaña por la que cada vez más monstruos se dejan caer haciendo la croqueta.
Sin saber muy bien cómo, mientras experimentaba ese viaje hacia mi yo en la LIJ futura, me acordé de otro libro. Y es que me vi reflejado en el protagonista de El secreto de Simón, un libro delicado y evocador de Luz Marina Baltasar (editorial Kókinos) que nos habla de esa proyección futura en la que se ve reflejado todo niño mientras piensa en el mañana y su incertidumbre, frente a la que se pregunta y se responde sobre los posibles escenarios vitales.
Señoras, señores, he pasado página y lo he pensado bien. No soy ni profesor universitario ni voy a congresos con boato ni como con políticos ni pretendo hacerme de oro con esto. Soy Román Belmonte, uno al que le gustan los libros y opina de lo que hay delante y detrás de ellos.
Aunque este curso que empieza hoy (para un albaceteño de pro como yo, la Nochevieja fue ayer) no va a ser tan prolífico en reseñas y otros pensamientos como los anteriores, tengo claro que una parte de mi futuro está en los libros infantiles, que seguiré aquí por mí y por ellos.



viernes, 28 de junio de 2019

Cerrando el cuaderno...



Y hasta aquí, mi cuaderno de bitácora de este curso. Ciento treinta y dos entradas. No está mal teniendo en cuenta que este tinglado depende de una única persona con tiempo y recursos limitados… Montones de álbumes, bastante poesía, algo de narrativa y cómic. Curiosidades, selecciones y puntos comunes. No podían faltar los temas candentes ni el humor (bueno o malo, de ambos tiene la vida). 
Aunque estoy contento de mis once años en la red y de mi modesta contribución al universo de la LIJ, empiezo a notar el cansancio, no sólo en mí,  sino en un ecosistema literario que está cambiando hacia algo en lo que no sé si puedo/quiero participar. Resumiendo: me voy de vacaciones y no sé qué me deparará el futuro.
Disfruten de las personas que tengan al lado y de los lugares que visiten. ¡Feliz verano a todos!

Lo que pasa en mi cuaderno
no lo acabo de entender.

Escribo en mi cuaderno
agujas y dedales.
Con unas coso versos
con otros, manantiales.

Escribo en mi cuaderno
comentas de papel.
En ellas pongo auroras
que borran su cordel.

Escribo en mi cuaderno
relojes con sombrero.
En ellos las agujas
se visten de jilgueros.

Escribo en mi cuaderno
borrones asustados.
Son huellas y recuerdos
de tiempos ya pasados.

¿Escribo en mi cuaderno
caricias inventadas?
Quizá no escriba mucho.
Tal vez no escriba nada.

Antonio García Teijeiro y Juan Carlos Martín Ramos.
En: Versos y viceversos.
Ilustraciones de Juan Ramón Alonso.
2019. Pontevedra: Kalandraka.



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