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miércoles, 20 de febrero de 2019

Frikis, creativos y juguetones



El otro día, durante la guardia de patio, charlaba con el Francis sobre los alumnos. Los destripamos convenientemente y sin piedad. No es que fuésemos ofensivos (eso es para otro tipo de profesorado), pero sí llamábamos a las cosas por su nombre, que para eso están las palabras: para usarlas. Hablábamos de tipologías de alumnos, de subconjuntos y taxonomía (que así suena más fino). De alumnos convencionales (suelen ser bastante aburridos y los preferidos por ese tipo de profesores que no quieren cuestionarse su labor) y de alumnos no tan convencionales.
Yo dije que me encantaban pues pueden enriquecerte más que los otros. Que les pueden colgar el sambenito que quieran. Ellos van a su bola, cultivan distintas parcelas del saber (aunque a nosotros nos parezcan inútiles) y desarrollan sus universos particulares, paralelos. Y sobre todo son creativos, pues era algo que llevaba constatando desde hace años. El Francis me dio la razón como a los tontos (se pensaría que estaba tratando con un camarero al que debe caer simpático) a lo que yo continué metiendo algo de cizaña… “Pero no te creas, nene, que estos chiquillos, a pesar de tener un mundo interior tan rico, emocionalmente tienen las de perder, pues el sistema está montado para lo mayoritario, que aunque a mí me parezca insulso, siempre tiene más aceptación”. Acto seguido saltó el Francis y me dijo que cómo soy, que siempre me percato del lado miserable de las cosas. Yo sonreí y seguí con el paseo, esperando que algún crío más raruno que yo me asaltara con una de sus ventoleras.


Ipso facto me vino a la cabeza un título de Édouard Manceau, ¡Gracias, señor Viento! (Fondo de Cultura Económica), no por lo ventoso, sino por otras razones.
Aunque a priori el pequeño álbum para prelectores (¡Recomendadísimo a todos los maestros de Educación Infantil pues tiene grandes posibilidades!) no parece tener nada que ver con esta disquisición, creo que sintetiza muy bien la idea del espíritu creativo, uno que surge del mero azar, de las asociaciones de ideas aparentemente valientes, de la belleza por lo sencillo, incluso del caos. Pues así son este tipo de alumnos: impredecibles, volubles, juguetones y extravagantes. Vuelan como él, recogiendo en su camino papeles de colores, buscando formas con las que contarnos que la fantasía y lo improbable, siempre se unen en un abrazo. Para traernos hermosas sorpresas (rimadas, en el caso del libro) con las que alegrarnos el corazón y hacernos la vida más ligera y amable.



lunes, 31 de enero de 2011

Literatura, libros y pornografía


Además de un hecho demostrable, para establecer una teoría necesitamos establecer un consenso, cosa demasiado difícil en los tiempos que corren, ya que sobre este suelo pisamos algunos que nos dedicamos a joder la marrana todo el santo día. No sé si dicha particularidad será buena o mala, pero el caso es que disfruto mucho apoltronándome en esta postura tan mía.
Poner en duda las normas y paradigmas establecidos es un buen ejercicio crítico, pero a un mismo tiempo no deja avanzar al pensamiento de cualquier materia. Ea, el revisionismo es así, y para demostrarlo me voy a marcar una disertación sobre el libro de conocimientos, que da mucho juego…
Como bien dice el nombre de este blog, dedico los días a reseñar obras de literatura infantil y juvenil, LIJ, concepto que necesita una definición… Acudo al diccionario de la Real Academia y leo: “Arte que emplea como medio de expresión a una lengua”. A lo que añado “realizado por y/o para el público infantil y/o juvenil” para hacer más completo el acercamiento. Ahora bien: ¿se considera literatura a cualquier libro?... Académicamente, no. Un libro no es un concepto abstracto, es un objeto (no especifiquemos el material porque si he de decidirme entre el papiro, el papel, el pergamino o el silicio, puedo volverme majareta) que contiene información codificada en un lenguaje –lingüístico, gráfico o numérico, por ejemplo-. Tanto academicismo por mi parte no quiere decir que, como el resto de los mortales, no relacione al libro con la literatura: siempre existirá tal comunión -por los siglos de los siglos, amén-, pero sí he de notar que esa literatura “sensu stricto” se ha quedado muy obsoleta (¡bibliotecarios del mundo, no os rasguéis las vestiduras… que hace frío!) a la hora de incluir libros como los que aquí se reseñan, es decir, volúmenes llenos de imágenes que también hablan, que acompañan a la letra impresa, que ayudan a la comprensión y que cuentan la misma u otra realidad.
El caso más peliagudo son los llamados libros de conocimientos, obras que aúnan el formato literario con el aprendizaje, libros de texto con formato divertido -pop-up, juegos o ilustraciones- que pretenden enseñar un porrón de conceptos. He aquí la polémica: ¿puede integrarse cualquier libro en la categoría de literatura infantil y juvenil?
Y mientras discurren, les dejo con un libro de conocimientos sobre la vida cotidiana para primeros lectores que me ha encantado, Mis pequeños tesoros de Édouard Manceau (editorial SM), y un pensamiento: ¿La aceptación del público y el éxito de ventas podrían bastar para integrar a la pornografía en el cine canónico?
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