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viernes, 21 de febrero de 2020

Perderse entre la arena



Que la semana empiece fatal no es ninguna novedad (ya saben que los lunes son el peor día de todos), pero que continúe del mismo modo, es algo casi sobrenatural.
Veamos… El lunes, casi moribundo (es lo que tienen los fines de lujuria y desenfreno), me voy para el curro y tras hacer pleno (no es picar piedra tener clase toda la santa mañana, pero agota), me toca asistir a una de esas reuniones que te dan ganas de pedirte la baja, cosa que nunca he hecho a pesar de tener razones para ello (si es que soy gilipollas).
Sí, queridos monstruos, el inspector nos visita. No sé muy bien por qué, la verdad. Supongo que nos tirará de las orejas, como si no tuviéramos bastante. Estoy escuchando la letanía… “Los chavales suspenden demasiado, no están motivados, no os adaptáis a los nuevos tiempos… ¡vosotros sois los verdaderos culpables de semejante catástrofe!”


Si a todas estas acusaciones unimos la connivencia de los equipos directivos (¡Qué profesionales, chica! Eso de desertar de la tiza y complacer al régimen de turno, ¡es tra-ba-jo!), lo que debería traducirse en un amistoso diálogo, se transforma en un juicio laboral que retuerce el sistema límbico (¿Por qué lo llamarán responsabilidad cuando quieren decir “mobbing colectivo”?).
Mientras tanto, los dimes y diretes se van acrecentando. Martes, miércoles…, todos murmuran (¡Que viene el lobo, que viene el lobo!) y yo sigo estornudando, pues a estos males burocráticos se une un brote de alergia –cupresáceas, of course, ¡A ver si llueve de una maldita vez!- mezclado con algo de frío. La congestión de órdago progresa adecuadamente, ambientada, cómo no, a base de papeleos y otros formularios.


Si esto fuera poco, el jueves llega con una agenda demoledora… Prepara los apuntes, haz la maleta que toca puente, no se te olvide darle una vuelta a los billetes ni al equipaje, corrige, cómete la mona sin atragantarte, esclafa el huevo en la frente de algún tonto, haz el bocata para mañana… Resumiendo: petazetas en la sangre.
Y así, llegamos al viernes. Sí señores, la antesala de un puente de cuatro días que gracias al carnaval se abre ante nosotros, humanos. Decidido: me voy a la playa.
Tirarse a la bartola y entregar el cuerpo a la desecación (si me reencarno en algo, que sea en biltong sudafricano). Alguna cervecica que otra, buenos arroces y para de contar. Ni ropa ni na’ de na’ sólo quiero jugar con la arena del mismo modo que la protagonista de El castillo de arena, otro de esos libros maravillosos de la israelita Einat Tsarfati, la misma de Los vecinos, ambos en la editorial Tramuntana, que pasó muy desapercibido hace unos meses y merece un hueco en esta casa de los monstruos.


La historia en cuestión es todo un canto a la imaginación. En ella, una niña como tú y como yo (sin inspectores ni compromisos por medio), le da forma a un palacio increíble a orillas de la playa. No quiere que le falte detalle. Cúpulas, salones con grandes ventanales, escalinatas e incluso un foso (¿Quién no ha querido uno a rebosar de cocodrilos en su castillo de arena?). Es tan grande que ella misma se mete dentro. Sin saber cómo, empiezan a parecer personajes de lo más variopinto. Todo se convierte en una fiesta hasta que….
Con montones de detalles históricos, arquitectónicos, artísticos e incluso guiños literarios este álbum es una delicia, no sólo para sonreír ante tanta agenda de vertigo, sino para despejar la mente y perderse en las cosas bonitas que tiene el mundo de la fantasía.
Lo dicho, disfruten de mascaradas, comparsas y chirigotas, y sueñen, sueñen a raudales. Yo también lo haré.



jueves, 13 de febrero de 2020

De gosthing y otras fantasmadas



Alegre por el reconocimiento que la Feria de Bologna ha tenido con algunas editoriales españolas como Fulgencio Pimentel, Libre Albedrío y Avenauta, así como con los autores Javier Saez Castán, Manuel Marsol, Gema Sirvent y Ana Pez, al incluirlos en los Bologna Ragazzi Awards (¡Enhorabuena a todos ellos!), me toca seguir con lo mío.
Esto del ghosting está acabando con mi paciencia. No crean que me va mucho lo del amor cibernético (no alimento vanas esperanzas a golpe de redes sociales por mucho que haya cambiado el mundo del flirteo), pero sí denoto que esa práctica del ninguneo se está extendiendo a otras parcelas sociales, véanse familia, amigos y trabajo.


Soy consciente de que cada vez se hace más duro eso de aguantar a la gente (si antes había que tener un buen estómago para no vomitar ante ciertos comportamientos, ahora hace falta una buena sesión de meditación para no empuñar una katana), pero si es con un poco de consideración (que todos somos personas aunque no lo parezcamos), mucho mejor.
Cuando converso sobre este tema con alguna víctima, la peña se pone muy trágica, como si el mundo se hubiera acabado porque el tonto de turno te ha dejado en visto y no se ha dignado a contestarte. “Voy a tener que recurrir al psicoanalista” “Como no me responda voy a echar mano de una buena dosis de Orfidal®” “Yo no sé para qué me comió la oreja si luego iba a pasar de mi” “¡No sólo me ignora, sino que ahora tengo que hacerle frente a las inseguridades que ese cabrón me ha provocado!”


De igual modo, cuando hablo de esto con algún acusado, todos suelen blandir los mismos argumentos para justificarse. “Se lo he dicho mil veces pero se está poniendo muy pesado… ¡Está rozando el acoso!” “Que nos echáramos una caña y después hubiera tema no quiere decir que sea la mujer de mi vida.” “Prefiero no contestarle a ser sincero y que se lie la marimorena.” Y así una tras otra…


Sea como sea y con opiniones para todos los gustos, eso de hacerse el fantasma no es muy de recibo, más que nada porque está cambiando las pautas de comportamiento tradicionales y, ni esfumados ni ninguneados se sienten satisfechos con un panorama la mar de inhumano. Así que lo mejor será que se sienten y dialoguen sobre sus impresiones, miedos y errores. Y si no lo consiguen, aquí les traigo un manual para fantasmas.


Cómo hacerse amigo de un fantasma, de Rebecca Green y editado el pasado otoño por la editorial Juventud, aunque poco tiene que ver con el insano vicio del ghosting, se puede convertir en un libro bastante acertado para relacionarse con seres errantes, que al final es en lo que desemboca esta práctica (todo el mundo deambulando sin saber qué busca).
Lo primero es tomárselo con mucho humor, saber dónde hay que acudir para dar con un fantasma, darle la mano, invitarlo a cocinar, a comer todo tipo de mejunjes, pasar la mayor parte del tiempo con él, intentar compartir algunos quehaceres (aunque estos sean difíciles para un fantasma), pedirle disculpas, comprenderlo. ¡Vaya, que este libro tiene mucho acierto!


Con unas estupendas ilustraciones (hacía mucho tiempo que le tenía echado el ojo a esta artista), bebiendo de los recursos del libro-manual y acercando al universo fantástico y los clichés del género terrorífico, lo mejor de todo es que se puede extrapolar a otros contextos menos sobrenaturales y más mundanos, pues entre amigos todo es posible, más si cabe sin necesidad de mensajes fantasmales.



martes, 11 de febrero de 2020

¡Cuidado con los hoyos!



El pasado fin de semana, con Madrid de fondo y unos días muy moviditos (¡No sé qué haría sin la (in)sensatez de mis colegas! Seguramente cortarme las venas…), he llegado a la conclusión de que antes de acabar en el hoyo, prefiero dejarme todas las ganas en este mundo, porque nadie sabe lo que nos ocupará en ese lugar oscuro y húmedo llamado subsuelo.
Quizá muchos no vean lo mismo que yo en esto de la vida y prefieran meter todos los cuartos en otra oquedad (o quizá la misma, que muchos gustan de cubrir su cuerpo a base de escrituras y cartillas del banco) para que luego otros se lo gasten a golpe de ostra y carabinero.


Algunos tienen muy claro que todos sus bienes van a ir a parar a sus allegados (como si nos les dieran ya bastante en vida). Yo no sé cómo el personal no acaba harto de tanto parásito, porque hijos, nietos, yernos, nueras y algún que otro novio de la residencia de ancianos, tienen más que ver con un agujero negro que con el amor limpio y claro…
Y qué les voy a decir, pues que con tanto socavón profundo y pozo negro, me ha dado por pensar que no los quiero ver ni en pintura. Así que me toca andar con cautela, que de repente se abre frente a nosotros un precipicio repentino y la cosa termina de golpe y porrazo…


Para ilustrarles sobre este problema de los agujeros les traigo a Kelly Canby y La historia de un hoyo, un éxito en el mundo anglosajón que ha sido recientemente publicado en nuestro país por Tramuntana. El libro en cuestión nos cuenta la historia de Carlos, un chaval que andando por el campo se encuentra con un hoyo y sin pensárselo dos veces se lo echa al bolsillo y empieza a pensar qué puede hacer con él. ¿Dará comienzo así a una serie de aventuras y desventuras o ese hallazgo no será para tanto?


El libro tiene su aquel, sobre todo porque da mucho pie a disfrutar de la imaginación del lector (¿Se imaginan lo que harían un montón de niños con ese hoyo? Les invito a comprobar las respuestas) y puede darles mucho juego (Se me ocurren trampantojos de todo tipo, e incluso juegos con trozos redondos de cartulina negra), pero lo que más me gusta es que es un libro que juega con los diferentes puntos de vista y de paso conecta lo absurdo con nuestra realidad.


Y es que nadie quiere un agujero. Ni la modista ni el dueño de la tienda de mascotas ni el que hace barcos ni tan siquiera un servidor. Todos preferimos que se quede en el bolsillo de Carlos no sea que destroce nuestros respectivos negocios. Bueno, todos no, que ya saben que siempre hay quien le encuentra utilidad a cualquier cosa…

lunes, 10 de febrero de 2020

Coreanos



Como no hay nada mejor de lo que hablar (estoy hasta las narices de políticos y trolls), empezamos la semana con los Oscar, pues al menos nos traen algo de glamour y mucho mamarracheo.
A pesar del gran despliegue que marcas de alta costura como Chanel, Zuhair Murab, Dior, Oscar de la Renta y Prada hacen cada edición sobre la alfombra roja (nada que envidiar al “chou” anual de Victoria’s Secret), se empieza a vislumbrar cierto tufillo barriobajero en la meca del cine. Actores y actrices son cada vez menos icónicos y más mediáticos, más accesibles y menos inalcanzables. Si, las grandes estrellas de Hollywood se están apagando y parece ser que sólo yo estoy preocupado.
Siempre ha habido mucho "nota" en esto de la farándula y el espectáculo, pero denoto cierta deseducación laboral en los nuevos trabajadores del sector. Tranquilos, que no les voy a meter una disertación a lo Noam Chomsky, sólo quiero que encuentren las mil y una diferencias entre Henry Lamarr y Penélope Cruz. Tampoco estaría de más que se percataran de los miserables aplausos que recibieron los recientemente difuntos de la gran familia del cine estadounidense al ritmo de Billie Eilish (el Yesterday sobraba, que yo soy más del “today”). ¿Será porque muchos de los asistentes no tenían ni un ápice de cultura cinematográfica, o en su defecto, un mínimo de respeto?


Y es que anoche, los únicos que se dedicaron a la naturalidad, el saber estar (en su papel de triunfadores, claro está) y la desorbitada alegría, fueron los coreanos de Parásitos, sin duda la mejor película del año (Se la recomiendo a manos llenas porque dice mucho desde la dualidad posible-imposible, el humor, la exageración de la realidad y la metáfora del conflicto de clases). Que se note que en oriente todavía queda algo de esa humanidad que hemos perdido en el supuesto primer mundo, manque pierda.
Y sin más ensañamiento, me acerco en este luminoso lunes al trabajo de Kyung Hyewon, otra coreana más que prometedora en esto del libro-álbum. No es para menos pues Elevador (editorial Océano-Travesía) es una más que aceptable puesta de largo a golpe de imaginación infantil y situaciones cotidianas.


En esta historia, la pequeña Yuna, una verdadera apasionada de los grandes saurios que poblaron el planeta hace millones de años, tiene que devolver un libro a la biblioteca, una tarea que se verá alterada por unos curiosos “vecinos” que va recogiendo en cada uno de los pisos en los que va parando el ascensor (que no son pocos, pues ya saben de las alturas que se gastan por aquellas latitudes).
Aunque el final lo dejo para la sorpresa de los lectores, he de apuntar que es un libro que me ha encantado, no sólo por la originalidad del argumento, sobre todo en lo que al formato y el contexto espacial se refiere (los ascensores siempre han tenido mucha magia), sino porque hace gala de esa dualidad clásica entre fantasía y realidad de la que bebe mucho el álbum para niños. Si a ello le unimos la expresividad de los personajes, recursos repetitivos (cada vez que se abre la puerta del elevador es una sorpresa) y ese guiño a los libros, el disfrute está servido.
Así que, ya saben, en vez de noche toledana, les toca noche coreana, que sugerencias no les faltan.



miércoles, 22 de enero de 2020

Excursiones bajo la lluvia



Glorias hay bastantes. Una alumna que tuve el año pasado muy maja y cachondona, pero más vaga que el suelo…, una perra guapísima que tenía cierta vecina de la infancia… y la que nos ha traído nieve, viento y, sobre todo lluvia y frío al levante español.
Ayer jarreó todo el santo día. No les exagero si hablo de dieciséis horas de agua ininterrumpida. Aunque en algunos lugares de nuestra geografía caía a mares, aquí llovía bien, sin prisa pero sin pausa, calando bien el campo, que es lo que hace falta.
Habrán deducido que me encanta la lluvia. En primer lugar porque me chiflan los paraguas, ese objeto con vida propia, que se abre y se cierra (hay algo mágico en liberarlo de sus ataduras y pulsar el resorte), con tantos diseños y colores, que crea un microcosmos particular e intransferible bajo el que resguardarte. Los hay que prefieren las botas de agua (¡Otro clásico!) pero yo con mi paraguas soy la mar de feliz.


En segundo lugar tenemos el lado humano… Me gusta ver llover. Invernales u otoñales (en primavera no tanto y en verano, parece que nuestra latitud las ningunea). Sí, salgo a la calle y recuerdo a mis padres callejeando sobre el suelo mojado, pisando el barro, las hojas caídas. El olor a limpio, la frescura que trae el agua que va fluyendo. Mi hermana y yo corríamos por el parque, para arriba y para abajo, salvando los charcos.
Le echarán la culpa al cambio climático, dirán que vaya tiempo de perros, que hay que resguardarse en casa y no salir hasta que escampe el temporal, pero el caso es que yo tengo buenos recuerdos de estos días de lluvia. Bajar a tomar una cañeja y terminar montando una buena juerga, pisar un charco y terminar tomando un chocolate con cierta persona más que interesante, e incluso alguna que otra excursión universitaria pasada por agua y cientos carcajadas… “¿Qué te has ido al campo con este tiempo?” Sí, ¿por qué no? Un buen cortavientos, un paraguas o chubasquero, el almuerzo, y arreando que es gerundio.


Y hablando de excursiones, hoy les traigo una sin desperdicio. La que Yael Frankel ha realizado junto a la editorial Tres Tigres Tristes. Y es que en Excursión, su protagonista se deja llevar entre las maravillas que va encontrando en mitad de la naturaleza y su misma imaginación. Acompañado de monos, conejos, pingüinos, osos, elefantes y un sinfín de animales más, descubre un universo enriquecido que no deja de desbordarse a cada paso, y siempre ayudado por la lista de “necesidades” que le ha propinado su madre antes de partir.
Con unas ilustraciones centradas en la línea, donde no se dibujan las formas clásicas pero que sí invitan a la búsqueda de los volúmenes y el colorido en el subconsciente del lector, la autora argentina nos lleva de la mano en una historia donde pone en tela de juicio el paternalismo (¡Qué pesados y protectores se ponen los padres!) y subraya el carácter subversivo e independiente de la infancia.



martes, 26 de noviembre de 2019

¡Pájaros a volar!



El ser humano cuenta con muchas filias, unas confesables y otras no tanto. De entre ellas una de las que más me llama la atención es esa pasión que algunos, entre los que me incluyo, sentimos por las aves.
Siempre he experimentado una gran atracción hacia los pájaros. Aunque las plantas son mi ámbito de estudio preferido, estos animales emplumados han ocupado un honorable segundo puesto. Si bien es cierto que me sé pocos nombres científicos (abogo por los vernáculos en este caso), sí conozco muchas de las especies que pululan por nuestros bosques y sembrados.


Me preguntarán por las razones que me llevan a ello y les diré que las desconozco. Quizá sea su vuelo (a veces me siento como un Ícaro desemplumado) y otras, sus colores (no me negarán que los hay tan variopintos como el abejaruco o el martín pescador). También es curioso que se hayan adaptado a la mayor parte de los ambientes, y que tengan esos comportamientos tan intrincados (díganselo a los etólogos, que de eso saben un rato).
En dos palabras, me encantan. No puedo entender que algunos les tengan pánico (No creo que se deba exclusivamente a la película de Hitchcock aunque esta hiciera mucho mal). Unos me dicen que son sus movimientos (¿No creen que tienen cierto poso reptiliano?), otros que si el “¡Ay, que me pica!” Los raritos me hablan de plumas (Y yo les apunto que da lo mismo escama, que pelo o pluma, pues tienen el mismo origen dérmico) y los menos de su halo misterioso (¿Verdad que tienen cierta magia?).


Yo me quedo con mis impresiones esotéricas sobre alas (siempre infundadas, evidentemente), con el ave fénix (es bonito algo de estasis) y el trino de los canarios, aunque a veces se pongan pesados. Patos, gallinas, perdices y pavos han sido mis compañeros de infancia (sí, que en mi casa somos gente de campo), de ahí que siempre tuviera envidia de Nils Holgersson y Akka de Kebnekajse (aunque no sé si aguantaría tremendo viaje).


Y así, de tanto batir las extremidades, llegamos al libro de hoy, La búsqueda de Colette, el último de Isabelle Arsenault y publicado en nuestro país por La casita roja, una editorial que se lo está currando mucho. En formato cómic (esta es la antesala de una pequeña selección que publicaré este jueves sobre lo último editado y/o leído del género de las calles y viñetas para pequeños lectores), nos cuenta la historia de una niña que acaba de mudarse a un nuevo vecindario y se encuentra con la sorpresa de que su periquito ha desaparecido. Ni corta ni perezosa se lanza a su búsqueda en un contexto desconocido. Pregunta a todo niño que se cruza en su camino. Nadie lo ha visto pero todos se unen a la búsqueda aportando su pequeño grano de arena para dar con la querida y admirada Colette.


Sencillo y sin pretensiones, es un relato que nos habla de la naturalidad con la que los niños establecen relaciones (mi amigo el Alfon siempre dice que le maravilla el “¿Quieres ser mi amigo?” infantil), también de los recursos e invenciones que desarrollan para hacer frente a sus miedos (de eso, algo sé), y sobre todo de lo extraordinaria que puede ser la imaginación de un crío para construir un universo propio en el que se puedan sumergir los demás.



lunes, 28 de octubre de 2019

Una imaginación maravillosa


Llevo un principio de curso de lo más atareado. Programaciones didácticas, ordenar mi hogar, recuperar la figura, alimentarme adecuadamente, cursos varios, un nuevo libro y algún que otro proyecto en el horno, dar cariño y amor (para eso siempre hay que sacar tiempo), y un montón de cosas más hacen los días muy livianos.
Lo peor de todo es que los vecinos llevan un tiempo sin dejarme dormir (niños, demencias seniles e incivismo son el pan de cada día) y he tenido que echar mano de los tapones, un objeto que no me gusta utilizar pero que me está dando la vida, no sólo porque descanso mil veces mejor (eso es importante si no quieres morirte pronto), sino porque mi mente está más despejada y la imaginación puede ir in crescendo.


No sé si es gracias a los múltiples y surrealistas sueños que me regala la noche pero el caso es que mis ideas fluyen a una velocidad pasmosa (les juro que no he sucumbido ante las anfetaminas). Me pongo a cavilar y es como si todo tuviera sentido, como cuando era un crío. Da igual dónde o cómo, pero mi universo onírico cada vez está más enriquecido.


Les admito que es un hecho que me encanta. Me entusiasma poder ver que todavía sigo en la brecha, saltando de idea en idea, que estoy mejor que nunca (no como mi amigo el Alfon, a él le basta con ir a la pelu y ponerse unas zapatillas de quinceañero). Siempre he creído que la verdadera fuente de la eterna juventud reside en nuestra capacidad para imaginar, para evadirse de lo cotidiano, e incluso para cambiarlo.
Imaginar es pensar para adelante, nunca para atrás (No me gustan nada esas personas que cavilan con negatividad). Que inventen, que sueñen, que abonen el germen de nuevas ideas, que las trabajen, que les den forma por muy estúpidas que sean. Quizá esta sea la única forma de acabar con el aburrimiento, la envidia y otras vergüenzas que asolan la naturaleza humana.


Si hubo un hombre que practicó hasta su muerte esta bendita afición, ese fue sin duda Arnold Lobel, pues este gran autor de la Literatura Infantil se pasó la vida entera (corta pero entera, algo que envidiar y admirar) imaginando historias hermosas con las que deleitar a un público que supo y sabe reconocer esa cualidad. Gracias a la editorial Niño, se acaba de editar en castellano (pues es la primera vez que este libro suyo ve la luz) El pájaro cucurucho y otras aves extrañas, un álbum rimado de 1971 que tiene mucho de imaginativo y que seguro que hará las delicias de todo el mundo, sea o no fan de este extraordinario autor.


Por hablar de dos peculiaridades, apuntaré a que este es uno de los primeros libros de Lobel con una amplia paleta de color, un estilo que comienza con El rey de los colores (curioso) y que también es la segunda de las obras de Lobel en verso -empezaría con Martha, The Movie Mouse, la historia de un ratón cinéfilo- que se adscribirían  a las “nursery rhymes” surrealistas o sinsentido, un estilo al que retornaría en su última etapa profesional con títulos como El libro de los guarripios o la también inédita Whiskers & Rhymes, tras dedicar más de una década a sus clásicos libros-serie de colecciones de cuentos como Sapo y Sepo.
No sé cuántas veces he dicho que me encanta Lobel y no sé cuántas más se lo diré, pero el caso es que no pueden dejar pasar la oportunidad de leer un libro que mucho tiene que ver con su admirado Edward Lear, con las retahílas, con los juegos de palabras y, sobre todo, con la desbordante imaginación.
Y mientras les invito a que sigan mi canal de YouTube (ya hay una centena de monstruos que disfrutan con vídeos de libros infantiles acompañados de las bandas sonoras más variadas), me despido con unos versos del título de hoy, el que le da título:

Vainilla con chocolate,
granizado de frambuesa:
el Pájaro Cucurucho
será siempre una sorpresa.



lunes, 20 de mayo de 2019

Buscando la identidad



Se acerca el final de curso y no hay nada mejor que los trabajos en grupo para terminar de salir loco. Con tanto ruido (¡Nenes! ¡He dicho “colocad las mesas por grupos”, no que provoquéis un terremoto!), tanta cartulina y lápices de colores (la cuestión es usarlos todos sin excepción), tanto ordenador portátil (¿Me habéis visto cara de informático?), tanto “lettering” (estas chicos de hoy día siguen tan puestos en caligrafía y rotulación como los de antaño), tanta cartulina y tanta enciclopedia, uno pierde la conciencia.


Si a ello unimos los efluvios corporales que van llenando las aulas, la cosa es para caerse en redondo y despertar amnésico… ¿Quién soy? ¿Qué ha pasado? ¿Y ese tufillo tan extraño? ¿Dónde decís que estoy? ¿Extraterrestres o caminantes blancos? ¿Vais a fagocitarme?... Sacudo la cabeza como los canes y me despejo de tan peliagudo asunto mientras mis alumnos siguen a lo suyo (por ellos, como si aparece por la puerta el mismísimo ejército de Anibal…).


A veces tampoco hace falta mucha mandanga para perderse, pues es un ejercicio la mar de saludable pensar (de vez en cuando, claro está, que tomar las cosas con vicio puede tener un efecto muy nocivo) en nosotros, dejarnos llevar por cuestiones profundas, tenernos en cuenta. Unos lo llaman meditación y otros calentarse la cabeza, pero los resultados son similares. Y si además nos ayudamos de un libro como el de hoy, el producto seguro que incluirá más de una sonrisa.


¿Quién soy yo? de Paula Vásquez y editado recientemente por Loqueleo Santillana, se interna en ese juego del existencialismo. Como ya hemos apuntado en otras ocasiones, el tema de tomar consciencia de quien es uno mismo a través de los juegos de páginas es una constante en la literatura infantil de prelectores y primeros lectores.
Bien intercambiando solapas, bien añadiendo características de diferentes personajes, bien mutando la fisionomía de un personaje –recurso en el que se basa este libro-juego-, el lector no sólo identifica lo que estaba buscando (recordemos que nos lo pasamos como enanos con los equívocos), sino que ve su propio reflejo en ese proceso de cambio.


Es así como el animal fantástico que protagoniza esta aventura sobre el papel, nos invita a adentrarnos en nuestro subconsciente de una forma fantástica, imaginativa e incluso paródica, tanto es así que algunos lectores claman en voz alta, dialogan con él, como el niño que clama entre la muchedumbre que el emperador va desnudo. Nos reímos con él, de él, de nosotros mismos, y eso, oíganme, es un regalo.

lunes, 13 de mayo de 2019

Sueños sobre los árboles



Con la alergia algo más atenuada (gracias a las múltiples bonanzas de la orilla del mar, of course) y los ánimos chispeantes, parece que las ganas de primavera empiezan a despegar, que es lo que tocaba. Tumbarse sobre el pasto mullido, dejar que pasen las horas. Sin preocupaciones, sin más compañía que uno mismo y las hormigas y otros insectos que, como los escarabajos, trajinan incesantemente. Que te arrulle el trinar de los pájaros, contemplar las puestas de sol con la esperanza de que los días próximos vengan cargados de más luz. Vivir es el verbo de esta época del año.
En mi memoria se agolpan los recuerdos de esas primaveras en las que la bicicleta era mi mejor compañera, cuando mi hermana me llevaba a la guarida de la perra recién parida, y surcábamos los campos de cebada entre las espigas que verdeaban. Recogíamos flores y, a falta de florero, mi madre las colocaba en un vaso. Corríamos detrás de las gallinas y sus pollos recién nacidos, pelábamos los ajos tiernos -montones de ellos-, también guisantes. Tortillas de porrines, también de espárragos, caracoles, fresas con nata y flanes de huevo. Eso era la primavera.


Solo nos faltaba una casa en lo alto de un árbol, o mejor dicho árboles lo suficientemente grandes como para hacer una casa sobre sus ramas, porque claro, teniendo en cuenta que sobre La Mancha rala no abundan, y que por aquí no hay muchos jardines particulares (la vida española es lo que tiene), teníamos que buscarnos las mañas en otros rincones. Entre las cañas, alguna cuevecilla o un bosquete asalvajado eran los lugares para construir una pequeña choza o un espacio más amable.


No echábamos mucho de menos el árbol pues, aunque la altura siempre ofrece más enjundia –véanse Ewoks o elfos de Lothlorien-, la cosa no consistía en hacer una obra de ingeniería, sino en crear un espacio amable en el que sentirnos a salvo de las decisiones adultas, de su omnipresente mano. Se trataba de idear un ecosistema personal, quizá caótico, imperfecto, donde dar rienda suelta a nuestros miedos y deseos, y que, sin mucha arquitectura, nos fuéramos encontrando unos a los otros, para reñir, entendernos o amarnos.


Esa es la idea que me ha recorrido mientras leía Como hacer una casa en un árbol, un álbum poético de Carter Higgins y la conocida ilustradora hawaiana Emily Hughes (ya saben, la misma de Salvaje, El pequeño jardinero o Charlie y Ratón) editado en castellano por Libros del Zorro Rojo.


En él se despliega esa exuberancia del mundo natural de la que hablamos, no sólo desde un punto de vista contemplativo, sino desde lo pragmático y lo fantástico. La naturaleza envuelve este libro en cuyas páginas se ofrecen una serie de consejos, las instrucciones necesarias para dar forma a ese hogar sobre el árbol, o lo mejor de todo, a deconstruirlo una y mil veces, pues cada niño tiene su árbol particular sobre el que construir un futuro personal e intransferible, un andamio sobre el que disfrutar de mil aventuras, hacer las piruetas más imposibles, escuchar historias inverosímiles y soñar bajo el cielo estrellado.




jueves, 25 de abril de 2019

Ese algo especial...



Suelo hablar de libros. De este del otro y del de más allá. También me gusta hablar de comida, del tiempo, del precio del café, de los bares y de la rabiosa actualidad (¡Qué pena lo de Notre Dame!). Prefiero hablar de todas estas cosas que de economía (no estoy muy puesto en macroeconomía… con hacer la renta bien, me conformo), de moda (me voy quedando trasnochado) o de políticos (no estoy pa' ostias pre-electorales).


De los libros sobre los que más me gusta escribir es de aquellos que, de repente, te atrapan. Es como si algo especial morase en su interior. Los abres y te corresponden. Bien con una sonrisa, bien con una lágrima, y sabes que se quedarán contigo muchos años, en esa repisa de los elegidos. Que los llevarás de curso en curso y de charla en charla. Que, siempre que los presentes en sociedad o cuando los leas en voz alta, terminarás con un “Me encanta”.


Si además de todo esto empiezas a notar que casi todos los libros de ese autor, tienen duende, esa cosa que los impregna de un aroma y sabor característico (¿Se acuerdan de cuando leyeron algo de Oliver Jeffers, Shaun Tan, Tomi Ungerer, Suzy Lee, Roberto Innocenti o Maurice Sendak, por primera vez? Pues eso mismo), la cosa ya se sale de madre, porque estaremos ante un futuro clásico que llenará otras estanterías y trascenderá el tiempo.


Evidentemente, todos nos podemos equivocar, pero les diré que es la sensación que me recorrió el espinazo cuando leí los dos nuevos libros del genial Shinsuke Yoshitake, el autor de uno de los mejores álbumes del año pasado, Atascado (Barbara Fiore, 2018). Me aburro editado por Pastel de Luna y Ser o no ser… una manzana, publicado por Libros del Zorro Rojo, nos vuelven a sumergir en un universo muy especial donde el humor, lo surrealista y la filosofía se combinan a la perfección para elevar el álbum a una categoría superior en la que niños y adultos nos podemos ver reflejados.


El primer libro que traemos este miércoles es una oda al aburrimiento (me chifla el título en inglés, The Boring Book). En él, Yoshitake explora uno de los grandes adversarios de la humanidad desde el punto de vista de un niño que busca aburrimiento en los sitios más insospechados e idea teorías disparatadas que en realidad ensalzan estados dinámicos y enriquecedores que se alejen de las bocas abiertas y los cuerpos inamovibles. Me ha encantado, me ha levantado del sillón y, sobre todo, me ha sacado una sonrisa en estos días en los que ando bastante aburrido



El segundo libro de este japonés nacido en la prefectura de Kanagawa en 1973, pertenece a una serie de álbumes que tratan temas trascendentales. En este, un niño se encuentra una manzana sobre una mesa y comienza a plantearse una serie de cuestiones. ¿Es una manzana o no lo es? ¿Y si fuera un antepasado reencarnado en una manzana? ¿O un ovni? ¿O una futura casa? Todas estas preguntas son el interruptor que pone en marcha el engranaje de suposiciones y conjeturas que nos hacen pensar (reflexionar más bien) sobre la relación entre lo que nos rodea. Esperemos que no nos dejen con las ganas de leer en castellano los otros dos títulos de esta serie, What Happens Next? (se podría traducir como “¿Qué pasará ahora?” o “¿Y ahora, qué?”) o Can I Build Another Me? (“¿Puedo construir otro yo?”).
No se pierdan ninguno de los dos y ya verán como algo de razón tengo. Y si no me creen, pregúntenle a sus hijos, quizá entiendan estos libros mejor que ustedes…



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