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jueves, 5 de marzo de 2020

La extinción de la belleza



Para Chus, mi librera de San Juan, que siempre descubrimos libros juntos.

Hasta las narices me hallo de tanto discursito bifaz. Feminazis y machistorros, comunistas y capitalistas, podemitas y fachitas, madridistas y culés… La caterva no cambia. ¿Acaso no saben hacer otra cosa que limitar toda su existencia a un puñado de consignas repetidas hasta la extenuación? ¡Qué discurso tan empobrecido, por dios! Estaría bien que no fuesen tan reduccionistas y se dedicaran a leer, a buscar lugares comunes y, sobre todo, a no soltar sapos y culebras por la boca, que ya empieza a ser muy evidente eso de “por el interés te quiero Andrés”.
Lo que yo me pregunto (con mucho fervor y devoción) es si todos los que pasan el día despotricando de unas cosas u otras en las redes, tienen también tiempo para detenerse a contemplar la belleza que les/nos rodea, o si, por el contrario, son incapaces de apreciarla por muy delante de las narices que se la coloquen. Lo digo porque tengo la ligera sensación de que están tan ensimismados en su parcela de rumiantes que no viven para otra cosa, algo demasiado peligroso, más todavía cuando los ánimos se empiezan a caldear.
Es evidente que cuando más te relames las comisuras, más difícil es distanciarte de la película y mirar hacia otro lado. Absortos. Así nos va... Con el coronavirus (Que extraño es todo, ¿verdad? Se me antoja (in)verosímil).,, Con lo del día de la mujer y las discrepancias de los ismos (¡Más madera! ¡Más madera!)... Con la nueva ley de educación y el nuevo código penal (todo es tan nuevo que suena a vintage)....



Me pongo a pensar en todo esto mientras recuerdo la puesta de sol desde el muelle de Brighton. Apoyados sobre la barandilla mirábamos el mar en calma y unos cuantos estorninos volaban cerca. A cada movimiento de la brisa marina, otros tantos se unían a la bandada. Danzaban cada vez más cerca. Bajaban y subían en su vuelo, viraban de repente su rumbo, como si de un dulce quiebro entre amantes se tratase. Por un instante me fijé alrededor: ya no éramos los únicos espectadores boquiabiertos. 
La multitud sonreía, nosotros mismos nos mirábamos dichosos. El día se detuvo en ese instante y sólo teníamos ojos para los que algunos llamaban en inglés “starling murmuration”. Dejamos la mente en blanco y vimos como cientos de aves dibujaban formas caprichosas sobre el cielo, líneas fluidas que se expandían sobre el nublado horizonte. No pensábamos nada más, sólo volábamos con ellos.


Y entonces llega a mi mesa El día de las ballenas. Y siento como la historia sin palabras ideada por Cornelius, el colectivo de escritores formado por Davide Cali, Guido Sgardoli, Tommaso Perchivale, Pierdomenico Baccalaro y Davide Morosinotto, e ilustrada por Tommaso Carozzi tiene mucho que ver con esa destrucción de la belleza que un día tras otro llevamos a cabo en las redes sociales, en las aulas, en la barra del bar, o en el banco del parque. No hace falta cortarles las alas a los pájaros, envenenar los océanos o liarse a tiros. También extinguimos la belleza con nuestra palabras.


Un día cualquiera en una metrópolis cualquiera, los cuerpos de enormes cetáceos tapan la luz del sol, flotan entre los rascacielos. Se desata el caos, la muchedumbre ve una amenaza en sus lentos movimientos y los poderosos deciden acabar con ellos.
En pocas páginas, los autores se adentran en nuestro subconsciente con una fábula que algunos pueden traducir en ecologismo, con una narración que oscila entre lo inverosímil de Chris Van Allsburg y lo surrealista de Shaun Tan. Todo ello sin perder de vista un estilo figurativo que siempre permite descubrir detalles literarios (fíjense en el nombre que aparece en el parte meteorológico), cinematográficos (¿Acaso no ven en esos planos generales y contrapicados la magia del cine?) e incluso museísticos (Si alguna vez van al Museo de Historia Natural de Londres, acuérdense de este libro) que tienen que ver con el pasado y con el futuro en el que nos podemos ver reflejados.


Eso le decía yo a la librera Chus el otro día cuando me hablaba de este libro. “¿A que te inspira una pena confusa?" Algo se desgarra por dentro al mismo tiempo que agita nuestra conciencia. En su lectura, no son las ballenas las que mueren, somos nosotros los que nos consumimos poco a poco.




miércoles, 26 de febrero de 2020

Coronavirus o el poder de la histeria colectiva



Regreso de un largo fin de semana y me encuentro con que el coronavirus nos acecha cada vez más y mejor, y ya lo estoy viendo… Los medios de comunicación se van a poner las botas, los políticos aprovecharán para hacernos alguna putada (como si no fuera bastante intervenir los servicios secretos y el poder judicial que se van a dedicar a la sanidad... ¡La casta metida a médicos! ¡Socorrooooo!), los fabricantes de mascarillas (inútiles en muchos de los contagios, por cierto) se van a hinchar a vender, y los científicos y sanitarios se cagarán en nuestros muertos por los tembleques infundados. Una situación la mar de halagüeña como ya ven... y la cifra de contagios sigue aumentando...
Por si no fuera poco y dada mi condición de biólogo, se ve que me va a tocar ejercer de maestro en horas no lectivas (para que luego digan que no trabajamos) explicándole a más de uno los riesgos que conllevan estos bichitos para la salud pública (¿Hay de eso en España? Creía que nadie, incluido el Ministerio que lleva su nombre, sabía qué era eso).


“Yo que tú, me preocuparía más de procurarme una buena higiene, una dieta rica en legumbres, verduras y frutas, hacer algo de ejercicio, usar condones y evitar las drogas, antes que de buscarme una buena mortaja” le dije ayer a una. Y va se me enfada (otra que quería mentiras). Ni estaba de cachondeo ni le pedí matrimonio (¡Eso sí sería una faena, teniendo en cuenta como está el percal!), pero la cuestión es torcer el morro. Menos mal que deje a un lado las catástrofes naturales, la incidencia de cáncer, los accidentes de tráfico o la gripe, que si me descuido, me fusila.
Señoras, señores, lo mejor que pueden hacer ante esta familia de virus complejos de ARN (ácido ribonucleico, para poco doctos) es quitarle importancia, tomar unas precauciones básicas (lávense las manos, eviten los estornudos y cualquier contacto salival ajenos) y vivir. Pues nadie sabe cómo puede sobrevenirnos la muerte. Lo importarse es no dejarnos llevar por la psicosis colectiva (¡Qué malo es formar parte del rebaño!) y llevar una marcha más o menos sensata (no demasiada, que las locuras también nutren el alma).


Y para aquellos que no me hacen ni caso y prefieren acudir a la farmacia, colapsan urgencias o deciden ponerse en cuarentena (les recuerdo que hace una climatología “espléndida”, tontos serían si optan por esta última), les dejo un álbum del año pasado que pasó un tanto desapercibido (se lo dice uno que está muy puesto y sólo conocía la edición inglesa), pero hiper-necesario para todos aquellos que gustan de poner el grito en el cielo y sacar de quicio el más mínimo problema.


Accidente de Andrea Tsurumi (editorial Océano-Travesía) además de ser uno de esos libros que con una propuesta humorística y estructura de sketch se mofa de nuestra condición histérica, es bastante interesante por alguno de los recursos narrativos que utiliza, como por ejemplo las guardas peritextuales (cuando lean el libro entenderán por qué) o la función narrativa de la portadilla, algo que es cada vez más frecuente en obras de autores contemporáneos -les recomiendo echar el ojo a las de Sergio Ruzzier-.
Así mismo, la autora de este libro echa mano de algunos recursos propios del tebeo, como los bocadillos o la secuenciación de escenas (tiene mucho sentido en una obra de vértigo donde el espacio-tiempo habla por sí sólo), para articular una historia en la que Lola, un pequeño armadillo convierte un pequeño percance en todo un desastre para darse cuenta que ni siquiera su madre está exenta de cometer un fallo.


El zumo derramado, una tarta aplastada, una manguera anudada o incluso una biblioteca desbaratada son parte del lío monumental que se forma en una ciudad que recuerda mucho a las de Richard Scarry (¿No ven mucho de este autor en el interior de las casas o en la caracterización de los personajes?).
Si a todo ello unimos una gran riqueza léxica y lo expresivo de la tipografía (la forma y tamaño de las letras dicen mucho a lo largo de toda la historia), no puedo más que recomendar a manos llenas un librito que seguro les hace repensarse su posición frente a los tan anunciados males del SARS-CoV-2.



miércoles, 19 de febrero de 2020

Maternidad idealizada



Por mucho que los influencer de la crianza se dediquen a ensalzar las bonanzas de la maternidad, un servidor, que vive en el mundo de la perpetua adolescencia no sabe qué pensar al respecto. Se escucha de cada barbaridad en las redes sociales, que dan ganas de liarse a tiros ipso facto. Ves a cada madre, a cada padre, a cada psicólogo, a cada gilipollas en este universo, que lo mejor que puedes hacer es reírte de sus pedos de colores (o incluso fumártelos, a ver si te conviertes en unicornio).


Lo primero es que casi todos se dedican a la infancia y casi ninguno a los quinceañeros (se ve que la cosa les resulta menos llevadera) algo que me da un poco por el cacas ¿Acaso la crianza acaba a los doce años? Pobres y abandonados teenagers...
Lo segundo es el grado de melindre y ñoñería que suelen utilizar en sus disquisiciones sobre pañales, dientes caídos, fiestas de cumpleaños, riñas de parvulario y otros pormenores infantiles. Son tan babosos que dan ganas de regurgitar hasta la primera papilla. ¿Nadie les habrá dicho que el empalague no es directamente proporcional al cariño?
Lo que sigue es el postureo. Los críos son como los gatetes: más o menos fáciles de adiestrar, lucen mucho en cámara (sobre todo con muselina y encajes de bolillos) y a medio mundo se le cae la baba con ellos. Los “likes” fluyen a mansalva y el negocio sigue imparable mientras violamos sus derechos de imagen (mis nenes son míos y los exploto cuando quiero).
Y lo último es el grado de condescendencia que destilan... Llevo casi un tercio de mi vida trabajando con adolescentes. Una media de ciento veinte alumnos por curso durante siete meses al año. Y lo más valioso que he aprendido es que con ellos NO HAY RECETAS. Cada uno es cada uno y hay que andarse con cautela. Prefiero prestar atención a los compañeros que ofrecen recursos de todo tipo (alabo la generosidad en todas sus formas) que escuchar las monsergas de esa caterva de “influmierder” que solo aspiran a falleras mayores (Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!).


Y si no han tenido bastante sorna hoy les traigo un libro con el que me topé el otro día en una de esas librerías fantásticas que visito y que me pareció extraordinario. Mama Bruce de Ryan T. Higgins (editorial Anaya) es uno de esos libros que desde el humor hurga en tu subconsciente desde la primera página y construye una parodia de muchos aspectos de la vida occidental actual.


Bruce es un oso que siente verdadera pasión por los huevos. Se dedica a recolectarlos de cualquier nido y, como buen morrifino, los prepara según le indican los gurús de la gastronomía (este guiño a la dictadura de la gastronomía me parece muy simpático). Un día encuentra una receta con huevos de ganso y tras hacerse con ellos, rompe el cascarón y ¡voilá!, en un periquete se convierte en la “madre” de cuatro patitos.
Con unas ilustraciones de corte humorístico y bebiendo de algunos recursos del cómic (inclusión de viñetas y serialización de escenas), este álbum (que da comienzo a una serie, por cierto) nos invita a reflexionar sobre la maternidad, sus pros y contras. No precisamente desde una postura edulcorada y suavona, sino desde la relación materno-filial menos deseada en la que también tienen cabida el cariño y la solución de ciertos problemas. 
Lo pueden sugerir, leer y hasta regalar (no tengan miedo a sobrevolar los derroteros del discurso moral erróneo que algunos promueven), seguro que cualquier padre o madre se siente identificado con Bruce (¡Que levanten la mano y se dejen de tanta pantomima!). Que ser padres, digan lo que digan, cuesta, por mucho que queramos idealizarlo.


jueves, 26 de diciembre de 2019

Un poco de humanidad por Navidad



Después de dos meses (incluso más) hinchándonos a turrón, frutas escarchadas y mantecados, ha llegado la Navidad. A muchos nos gusta pero otros tantos detestan estas fiestas.
Hay razones de todos los sabores. A unos se les hinchan los carrillos con discursos sobre el laicismo de estado. Otros esgrimen el consumismo para justificar un odio acérrimo hacia esta época del año. Están los del “porque sí”, una razón igual de válida para acostarse temprano y dejarse de marisco y cordero asado. Hay gente que no soporta el dolor de los recuerdos, de los que están en otro país o de los que nos dejaron para siempre.
Hay montones de excelentes motivos por los que aborrecer estas celebraciones, pero el caso es que, aunque la gente lo intente con todas sus fuerzas, siempre existen rendijas, mínimos resquicios por los que el llamado “espíritu navideño” consigue colarse (se lo digo yo, que de resistencia navideña sé un rato). Y cuando esto sucede y actúo como espectador, suelo preguntarme: ¿Pero es que la Navidad hace algún daño?
Las respuestas son evidentes… Gastroenteritis, resacas varias, sobrepeso, broncas, divorcios exprés, tratamientos psicológicos y cuestas de enero son los más habituales. Pero también hemos de considerar los beneficios colaterales como los reencuentros, la ilusión infantil, cierta magia, y sobre todo, una pizca de humanidad.


Solidaridad, compasión, fraternidad, unión… Llámenlo como deseen pero el caso es que en Navidad hay un pico de buenas acciones mayor que durante el resto del año (que eso de ayudar al prójimo está muy de moda). No seré yo quien ponga en duda su autenticidad, pues esto de los valores cuenta muchas veces con dobles y triples intenciones (más todavía viniendo de los políticos y otras asociaciones parasíticas), pero lo cierto es que durante esta época hay mucha gente que se apiada de las calamidades ajenas e intentan paliarlas de alguna forma, cosa que es muy loable.
Es así como llego a un álbum donde las tragedias humanas se hacen palpables, pues Migrantes, de la peruana afincada en Palma de Mallorca, Issa Watanabe (editorial Libros del Zorro Rojo), es uno de esos libros sobre una cruda realidad.


Una vez más con encontramos ante un álbum sin palabras, un álbum que nos habla sobre el drama de la migración a través de la sola yuxtaposición de imágenes. En él, un grupo de animales antropomorfos caminan errantes sobre una arboleda yerma con fondo nocturno. Emprenden un largo viaje que se dilata en el tiempo conforme avanzamos en esta secuencia de escenas a doble página. La tierra, el mar, la tierra… Un devenir que parece no acabar nunca.
En él hay que destacar varios puntos que me han resultado interesantes. Primero de todo el fondo negro. La oscuridad se cierne sobre este libro. Es una atmósfera lúgubre, siniestra, solitaria, inquietante e incluso macabra. La noche infunde temor ante lo desconocido, ese futuro expectante del migrante.


En segundo lugar, y en contraposición con el punto anterior, hay que llamar la atención sobre el colorido que llena las figuras de los protagonistas. Rojos, verdes y azules en la ropa y los hatillos. Toda una suerte de tonalidades vivas que además de ofrecer contraste estético y visual, son un canto a la esperanza, algo que también ocurre con la vegetación de las escenas, que florece y se colorea conforme nos acercamos a un final que cobra vida.


El tercer punto en el que hay que detenerse es la figura de la muerte. Como ya dije en el monográfico sobre libros infantiles y muerte, esta alegoría se mueve a caballo entre las representaciones clásicas y las más coloristas (véase la imagen donde va ataviada con un manto bordado de motivos florales y otro amarillo). Al mismo tiempo no es una mera espectadora, sino que participa de la acción, algo que por un lado la humaniza y por otro denota su importancia en los éxodos migratorios.


Aunque existen puntos en los que la narración se quiebra, es uno de los libros más hermosos que he encontrado sobre este tema, no sólo porque el formato elegido (el libro-álbum sin palabras) dé paso a todo tipo de interpretaciones y prismas discursivos, sino porque la autora elige una óptica expositiva de la acción que no intenta adaptarse a los mensajes esperados, sino que es más libre y menos sesgada.
Es así como nos vamos llenando de belleza y algo de humanidad.

martes, 17 de diciembre de 2019

Disfrutando del día a pesar del oficio



Comienza la cuenta atrás para las vacaciones de Navidad. Menos mal porque cada día me veo más decrépito y desbaratado. Esto de tanto trajín va a terminar conmigo. Y eso no puede ser, oigan. Hay que cuidarse lo que no está escrito, porque lo más importante es uno mismo. ¡Qué pijo los hijos, los abuelos, los nietos o los alumnos! ¡Yo, yo y yo!
No quiero decir con esto que haya que cultivar el egoísmo o ser el centro del universo, sino más bien el amor propio, uno basado en la autoestima y no en la autodestrucción. Porque les diré que hay gente que se quiere muy poco, y eso no puede ser. Hay que empezar desde bien temprano con los cuidados…


Un buen descanso (de unas 7-8 horitas es más que suficiente), desayunos nutritivos (cuando cuento lo que trago muchos no me creen), algo de ejercicio matutino (unas flexiones, unas abdominales), agua y jabón, cepillo de dientes y ungüentos faciales de calidad (para eso les puedo derivar con ciertas maricremas), ropa elegante (incluido su mejor chándal, que es la última moda), perfume (esto siempre se me olvida aunque siempre piense “Yo sin mi Chanel® no salgo a la calle”) y ¡para adelante!


Dirán que soy esto o lo otro, pero me da igual, creo que no hacen falta ingentes capas de chapa y pintura, tampoco echarse encima montones de billetes, ni siquiera horas y horas de gimnasio, tan sólo preocuparse un poco de lo que se meten en el cuerpo (sólidos, líquidos y gaseosos), de mantener una temperatura corporal constante y un adecuado tono muscular.
Es por ello que hoy quiero detenerme en uno de esos álbumes que da gusto regalarse de buena mañana, pues Profesión: Cocodrilo, un álbum de Giovanna Zoboli y Mariachiara Di Giorgio publicado durante este año por Adriana Hidalgo en su colección Pípala nos habla de eso y mucho más.


En este álbum sin palabras con una estructura narrativa que utiliza elementos del comic, se nos cuenta el día a día de un cocodrilo. Este personaje tiene un modus vivendi envidiable. Su ducha, lo primero. Desayuna bien trajeado con tostada de tomate incluida y periódico en mano. Pasea por la ciudad, observa a un lado, a otro, compra un ramo de flores… Sencillamente, disfruta de la mañana.
En un entorno muy mediterráneo (la luz, las calles, la arquitectura, la gente, me recuerda a Roma o a Sevilla… Es algo que no me extraña teniendo en cuenta la procedencia de las autoras), este cocodrilo da buena cuenta de que la vida es bella. Pero ojo, no es el único, pues sorprendentemente, podemos encontrar a otros animales que se camuflan perfectamente entre la muchedumbre ataviados como personas sin llamar la atención lo más mínimo. ¿Qué juego será este en el que nos internan las autoras?


Todo esto nos lleva a un final ¿inesperado? y con cierta sorpresa que se adentra en el subconsciente del lector y le hace dos preguntas. La primera es si esperaba que el cocodrilo desempeñara otra profesión diferente ¿Quizá detective? ¿Quizá gánster? A veces las apariencias engañan si dejamos volar la imaginación. La segunda tiene que ver con el yo, con lo distorsionadas que son las imágenes de nosotros mismos, también con los anhelos de los demás, cómo nos vemos y cómo nos ven.
Fíjense por ejemplo en mí, muchos dicen que no parezco docente… Será la ropa, será que tengo un coche cani, será que me alejo de la típica pose cultureta… Visitadores médicos, comerciales, peluqueras, dependientes de  supermercado, monitores deportivos, camioneros, cocineros, barrenderos y vendedores ambulantes. Yo sólo sé que cualquier oficio tiene lo suyo y lo mejor es disfrutarlo.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Las vacas de mi infancia



No sé si alguna vez les he contado que mi abuelo era vaquero. No como los de las películas del oeste americano, que lo suyo eran las vacas lecheras. Recuerdo vagamente las cuadras donde las ordeñaba, cómo entraba la luz tenue del otoño por las ventanas. Por aquel entonces ya le quedaban muy pocas. Yo pasaba entre sus traseros con algo de cautela, pues nunca he sido muy amigo de las coces ni de las ventosidades.
Aunque las cosas han cambiado, hay que guardar la memoria a buen recaudo…

Talán, talán, telén, telén.
Último aviso “vacas al tren”.

Llega el otoño y se cae la hoja,
la lluvia a rayas todo lo moja.
El campo vuelve a ponerse verde.
Tal vez su hija no lo recuerde.

La vaca flaca aunque es octubre,
ya no despacha ni media ubre.

No le apetece ni la verdura
y apenas se hace la pedicura.

Todas las noches toma somníferos,
es la más triste de los mamíferos.

Para animarla, su cuidador
le ha regalado un ordeñador.

[…]

Raúl Vacas.
La vaca flaca.
Ilustraciones de Gómez.
2019. Salamanca: La guarida Ediciones.



lunes, 18 de noviembre de 2019

¡Haciendo el animal!



Si les dijese que los tres monos del guasap poco tienen que ver con lo que hacemos muchos los fines de semana, estaría en lo cierto, pues estos tres emojis en realidad hacen referencia a unas esculturas de madera policromada de Hidari Jingorō que están situadas sobre los establos sagrados del santuario de Toshogu (Nikko, Japón). Sus nombres, Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, significan «no ver, no oír, no decir», una de las máximas morales del santai, que poco tiene que ver con la de chorradas que les dedicamos a ligues y amigos por la citada red social.


Y es que los hombres, que a todo le sacamos punta, nos encanta buscar coincidencias con otros animalitos a los que atribuimos todo tipo de significados, véanse el gato (mira que me gustan poco estos felinos humanizados), el pulpo, la tortuga o la mariposa (elijan ustedes el que más les guste). Si bien es cierto que puede parecernos simplista, también es bastante sintético, y nos ofrece una visión reduccionista aunque rápida y efectiva.
Pero lo que desconocemos muchos de nosotros es que muchas de estas asociaciones de ideas poco o nada tienen de verdad. Podemos citar el caso de la tímida avestruz, un gran ovíparo que poco tiene de asustadizo, pues cuando se siente amenazado opta por correr (puede hacerlo a más de 60 Km/h), mimetizarse entre los arbustos o enfrentarse a los depredadores con sus robustas patas. También el caso de los peces y su memoria, una que se ha comprobado que no es tan efímera, pues los peces pueden recordar después de días, semanas y meses, datos útiles para su supervivencia.


Y en este lunes tan zoológico, les traigo un libro de Raúl Romero y Ramón París titulado Zoo-ilógico (ediciones Ekaré). Como hay que decir muchas cosas de este álbum, lo mejor es empezar diciendo que es redondo, y no por la forma, sino por el resto de sus atributos.
Primero de todo hay que apuntar al tono humorístico que empapa las páginas de un libro que nos saca una sonrisa desde la portadilla (fíjense en las miniaturas dialogadas que aparecen al final del libro porque les pueden abrir todo un universo de posibilidades).


En segundo lugar hay que señalar su aspecto lúdico. Por un lado se establece un juego de adivinanzas (una doble página interpela al lector sobre un animal y la siguiente resuelve la incógnita) y por otro bebe de los juegos de palabras tan típicos de la infancia partiendo de los nombres de los animales y la imaginación desmedida de los autores (¿Saben qué es una llibrélula o una llavestruz? No se preocupen que aquí está la respuesta?).
En tercer lugar tenemos el carácter didáctico de este libro ya que, a pesar de su desenfado, se interna en el mundo del libro informativo, sobre todo en lo que se refiere a las ilustraciones que acompañan las preguntas, pues hacen siempre referencias a animales que destacan por esa determinada cualidad. Esto ayuda a establecer dinámicas y actividades de investigación sobre diferentes seres vivos.


Por último decir que las coloristas ilustraciones de Ramón París son un lujo, algo a lo que nos ha acostumbrado con libros como Un perro en casaDuermevela o La caimana, y ahora también con este, uno en el que resuelve de manera maravillosa el contraste entre figuras, fondo y composición, un aspecto muy importante en los libros para primeros lectores.
Sólo me queda decir en este día de San Román, mi onomástica, ¡que disfruten como monos de la semana!

lunes, 11 de noviembre de 2019

¡Que viene el lobo!


Las elecciones, sobre todo las generales, se parecen cada día más a un partido de fútbol. Son una especie de batalla campal (y virtual, que anda que no hay mítines en Twitter, Facebook e Instagram), en la que los aficionados (llamémosles por su nombre) corean todo tipo de cánticos (me abstengo de entonarlos porque ando algo jodido del garganchón). Cuando la junta electoral engancha el pito y da a conocer el resultado, todos salen a la calle. Los unos como ganadores, los otros como derrotados. Y venga, que el ritmo no pare hasta el próximo derbi.
Durante las dos últimas campañas electorales, la consigna más coreada en el campo de juego ha sido “¡Que viene el lobo!”. No sé si ha sido muy efectiva a tenor de los resultados electorales, pues creo que el efecto ha sido el contrario (creo que el “Rebota, rebota y en tu culo explota” ha sido lo que ha primado).


Yo, como ácrata que soy, estoy bastante tranquilo, no me altero ni un ápice por los resultados, pues hay que dejar que todos muestren su cara (ahora viene lo bueno), que para eso estamos en “democracia” (entrecomillo hasta que la ley electoral cambie). Las redes se han llenado del “Vota, por favor”, y la gente ha hecho caso a pesar del viento, la lluvia y el resto de meteoros.
Solo les digo: manténgase cautos, pues ni los malos son tan malos ni los buenos son tan buenos, sino todo lo contrario (como diría un gallego). No nos engañemos, porque aquí hay lobos de todo tipo. De los que se esconden bajo la piel de cordero, de los aulladores y poco mordedores, de los muertos de hambre, de los morrifinos y exquisitos, de los encrespados y también de los repeinados. También tenemos lobos de tres al cuarto, mansos y feroces, de los estrategas y solitarios, y de los que se parapetan detrás de la manada.


Si tuviera que elegir alguno ese sería el Lobo de Olivier Douzou (Fondo de Cultura Económica), un animal con mucho salero. Se lo digo porque es uno de esos libros que no para de reeditarse una y otra vez. No me extraña, pues tiene mucho que decir. Veamos… En primer lugar es un álbum pequeñito (17,5 x 17,5 cm), lo que lo hace muy manejable para los pequeños lectores. En segundo lugar cuenta como protagonista con uno de los personajes más queridos/repudiados de la Literatura Infantil clásica.
También hay que llamar la atención sobre la forma en la que el autor nos presenta la historia. A caballo entre el juego de adivinanzas, las retahílas y el ritmo cinematográfico, en cada doble página tenemos texto (página izquierda) e imagen (página derecha) donde el autor construye al personaje a modo de rompecabezas. Primero nariz, luego ojos, orejas…, así hasta completar a un lobo feroz con líneas de tinta y colores contrastados y planos.


Por último, apuntar a ese giro de tuerca sobre las tendencias alimentarias de este famoso carnívoro, algo que saca más de una sonrisa a los primeros lectores y que prefiero no desvelar, pero que ya les adelanto que lo pueden saber contemplando sus tapas peritextuales (si las abren 180º podrán ver la imagen completa y sabrán a lo que me refiero).
Espero que me hagan caso y disfruten de este lobo, pues ni los de Wall Street ni los aspirantes a la Moncloa les robarán la misma sonrisa a sus hijos.

lunes, 28 de octubre de 2019

Una imaginación maravillosa


Llevo un principio de curso de lo más atareado. Programaciones didácticas, ordenar mi hogar, recuperar la figura, alimentarme adecuadamente, cursos varios, un nuevo libro y algún que otro proyecto en el horno, dar cariño y amor (para eso siempre hay que sacar tiempo), y un montón de cosas más hacen los días muy livianos.
Lo peor de todo es que los vecinos llevan un tiempo sin dejarme dormir (niños, demencias seniles e incivismo son el pan de cada día) y he tenido que echar mano de los tapones, un objeto que no me gusta utilizar pero que me está dando la vida, no sólo porque descanso mil veces mejor (eso es importante si no quieres morirte pronto), sino porque mi mente está más despejada y la imaginación puede ir in crescendo.


No sé si es gracias a los múltiples y surrealistas sueños que me regala la noche pero el caso es que mis ideas fluyen a una velocidad pasmosa (les juro que no he sucumbido ante las anfetaminas). Me pongo a cavilar y es como si todo tuviera sentido, como cuando era un crío. Da igual dónde o cómo, pero mi universo onírico cada vez está más enriquecido.


Les admito que es un hecho que me encanta. Me entusiasma poder ver que todavía sigo en la brecha, saltando de idea en idea, que estoy mejor que nunca (no como mi amigo el Alfon, a él le basta con ir a la pelu y ponerse unas zapatillas de quinceañero). Siempre he creído que la verdadera fuente de la eterna juventud reside en nuestra capacidad para imaginar, para evadirse de lo cotidiano, e incluso para cambiarlo.
Imaginar es pensar para adelante, nunca para atrás (No me gustan nada esas personas que cavilan con negatividad). Que inventen, que sueñen, que abonen el germen de nuevas ideas, que las trabajen, que les den forma por muy estúpidas que sean. Quizá esta sea la única forma de acabar con el aburrimiento, la envidia y otras vergüenzas que asolan la naturaleza humana.


Si hubo un hombre que practicó hasta su muerte esta bendita afición, ese fue sin duda Arnold Lobel, pues este gran autor de la Literatura Infantil se pasó la vida entera (corta pero entera, algo que envidiar y admirar) imaginando historias hermosas con las que deleitar a un público que supo y sabe reconocer esa cualidad. Gracias a la editorial Niño, se acaba de editar en castellano (pues es la primera vez que este libro suyo ve la luz) El pájaro cucurucho y otras aves extrañas, un álbum rimado de 1971 que tiene mucho de imaginativo y que seguro que hará las delicias de todo el mundo, sea o no fan de este extraordinario autor.


Por hablar de dos peculiaridades, apuntaré a que este es uno de los primeros libros de Lobel con una amplia paleta de color, un estilo que comienza con El rey de los colores (curioso) y que también es la segunda de las obras de Lobel en verso -empezaría con Martha, The Movie Mouse, la historia de un ratón cinéfilo- que se adscribirían  a las “nursery rhymes” surrealistas o sinsentido, un estilo al que retornaría en su última etapa profesional con títulos como El libro de los guarripios o la también inédita Whiskers & Rhymes, tras dedicar más de una década a sus clásicos libros-serie de colecciones de cuentos como Sapo y Sepo.
No sé cuántas veces he dicho que me encanta Lobel y no sé cuántas más se lo diré, pero el caso es que no pueden dejar pasar la oportunidad de leer un libro que mucho tiene que ver con su admirado Edward Lear, con las retahílas, con los juegos de palabras y, sobre todo, con la desbordante imaginación.
Y mientras les invito a que sigan mi canal de YouTube (ya hay una centena de monstruos que disfrutan con vídeos de libros infantiles acompañados de las bandas sonoras más variadas), me despido con unos versos del título de hoy, el que le da título:

Vainilla con chocolate,
granizado de frambuesa:
el Pájaro Cucurucho
será siempre una sorpresa.



jueves, 27 de junio de 2019

¿Vacaciones tranquilas?



Hoy decimos adiós al curso escolar, uno que no ha sido precisamente un camino de rosas (laboralmente hablando, que en otros aspectos estoy más que contento). Cansancio y hartazgo rebosan a partes iguales y un servidor se merece un descanso de tanto tonto suelto.
No les negaré que estoy deseando poner pies en polvorosa y poner unos cuantos kilómetros de por medio, pero lo cierto es que también voy a disfrutar de mi cueva, que para mí es como un balneario, sin aguas termales pero igual de tranquilo (y no les cuento lo acogedor que es mi sofá).
Igualmente he de confesarles que tengo varios proyectos pendientes y me gustaría darles vida durante las próximas semanas de asueto, que no todo va a ser sombrillas y maletas (¿Q debería dejarme a un lado el trabajo y reposar el fandango lo mejor posible? Ya veremos… que de todo se cansa uno…)


Ante mí se presentan infinitas posibilidades de disfrutar y pasarlo estupendamente, aunque también es cierto que no todo depende del menda lerenda, y los agentes ajenos -a veces adversos- se alían en tu contra y estás deseando que empiece el curso para olvidarte del supuesto descanso estival.
Que sí, que las vacaciones, como la vida, tienen de todo y pueden resultar de lo más aburridas, decepcionantes y horribles, así que lo importante es recargarse de buen humor durante estos días previos, respirar hondo, buenas siestas y estar preparado con un buen manojo de sonrisas para lo que pueda venir.
Y como ya no tengo más ganas de darles la chapa, hoy les dejo con un librito rimado muy simpático, de esos que te alegran el día sin más. Porque Ratones de viaje, de Oli y Natalia Colombo (Kalandraka) bien nos puede resumir unas vacaciones. Maletas, traje de baño, una caravana, crema, sol y playa hacen las delicias de esta troupe de roedores. ¡Tomen nota y déjense llevar! Suele ser lo mejor en estos casos.



martes, 25 de junio de 2019

Regalos de cumpleaños



Aunque ayer fue mi cumpleaños (el real, que el de este sitio ya lo celebramos en febrero) y no me regalaron nada. No se asusten porque la verdad es que no me hace falta mucho. No es una necesidad vital. No voy desnudo ni descalzo y tengo que llevarme a la boca, así que, non ti preocupare, bambini.
No me molesta que no me agasajen, pues la mayor parte de veces que me regalan algo no sé qué decir. En primer lugar está el pudor (me da cierta vergüenza, pues no me educaron para desempeñar papeles protagonistas y sólo sé sonreír como un chino y poner cara de gilipollas). En segundo lugar hay que decir que la mayor parte de veces el personal regala por regalar, y ando harto de ropas y colonias. Y el tercer pero se debe a mi propia naturaleza, una un tanto rara y monstruosa que agradece sobremanera lo creativo, imaginativo y bizarro.


No hay ni qué decir que los caprichos siempre son bienvenidos. Unos calcetines molones, unos auriculares inalámbricos, una buena caja de Polychromos o Caran D’Ache (son más caros pero los pigmentos cubren el papel que da gusto), unas sandalias resistentes, el esqueleto interno de un erizo de mar, un retrato de vanguardia, un desayuno a domicilio (este detalle me lo hicieron una vez mis amigos y me eché a llorar) o un libro… No es tan difícil contentarme, ¿verdad?
También es cierto que muchas veces nos regalan algo que de primeras no nos dice mucho, pero luego le encontramos el puntillo. Algo en lo que nunca antes hubiésemos reparado, prendas que no nos atrevemos a lucir, cosas que no sabemos utilizar o aficiones que nunca hubiéramos descubierto por nosotros mismos, tienen que ver con los regalos que nos hacen otros.


Para que piensen en todo esto y mucho más les traigo hoy Mi amigo futbolista un álbum muy entrañable de Edward van de Vendel y Alain Verster y publicado en castellano por Thule, en el que se nos habla de fútbol y de amistad. En él, Mateo, el hijo de una familia de granjeros, recibe por su aniversario dos regalos, un balón de fútbol y un cerdo. Él está entusiasmado con un buen partido e intenta que Barto, su porcino amigo, comprenda las reglas del juego y pueda disfrutar con él, pero todo es imposible. Todo dará un giro gracias a la afición de Barto por rebozarse en el barro.
Si a una historia sutil y agradable le unimos las ilustraciones de Alain Verster que, elegantes, sutiles y llenas de un aire evocador, nos permiten hurgar en detalles curiosos (ver todos las fotos de futbolistas famosos o encontrar campos de fútbol a doquier) y llenarnos de su delicado sabor, el libro merece mucho la pena. ¡Ah, y no olviden que los mejores regalos suelen estar a nuestro lado!


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