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jueves, 5 de marzo de 2020

La extinción de la belleza



Para Chus, mi librera de San Juan, que siempre descubrimos libros juntos.

Hasta las narices me hallo de tanto discursito bifaz. Feminazis y machistorros, comunistas y capitalistas, podemitas y fachitas, madridistas y culés… La caterva no cambia. ¿Acaso no saben hacer otra cosa que limitar toda su existencia a un puñado de consignas repetidas hasta la extenuación? ¡Qué discurso tan empobrecido, por dios! Estaría bien que no fuesen tan reduccionistas y se dedicaran a leer, a buscar lugares comunes y, sobre todo, a no soltar sapos y culebras por la boca, que ya empieza a ser muy evidente eso de “por el interés te quiero Andrés”.
Lo que yo me pregunto (con mucho fervor y devoción) es si todos los que pasan el día despotricando de unas cosas u otras en las redes, tienen también tiempo para detenerse a contemplar la belleza que les/nos rodea, o si, por el contrario, son incapaces de apreciarla por muy delante de las narices que se la coloquen. Lo digo porque tengo la ligera sensación de que están tan ensimismados en su parcela de rumiantes que no viven para otra cosa, algo demasiado peligroso, más todavía cuando los ánimos se empiezan a caldear.
Es evidente que cuando más te relames las comisuras, más difícil es distanciarte de la película y mirar hacia otro lado. Absortos. Así nos va... Con el coronavirus (Que extraño es todo, ¿verdad? Se me antoja (in)verosímil).,, Con lo del día de la mujer y las discrepancias de los ismos (¡Más madera! ¡Más madera!)... Con la nueva ley de educación y el nuevo código penal (todo es tan nuevo que suena a vintage)....



Me pongo a pensar en todo esto mientras recuerdo la puesta de sol desde el muelle de Brighton. Apoyados sobre la barandilla mirábamos el mar en calma y unos cuantos estorninos volaban cerca. A cada movimiento de la brisa marina, otros tantos se unían a la bandada. Danzaban cada vez más cerca. Bajaban y subían en su vuelo, viraban de repente su rumbo, como si de un dulce quiebro entre amantes se tratase. Por un instante me fijé alrededor: ya no éramos los únicos espectadores boquiabiertos. 
La multitud sonreía, nosotros mismos nos mirábamos dichosos. El día se detuvo en ese instante y sólo teníamos ojos para los que algunos llamaban en inglés “starling murmuration”. Dejamos la mente en blanco y vimos como cientos de aves dibujaban formas caprichosas sobre el cielo, líneas fluidas que se expandían sobre el nublado horizonte. No pensábamos nada más, sólo volábamos con ellos.


Y entonces llega a mi mesa El día de las ballenas. Y siento como la historia sin palabras ideada por Cornelius, el colectivo de escritores formado por Davide Cali, Guido Sgardoli, Tommaso Perchivale, Pierdomenico Baccalaro y Davide Morosinotto, e ilustrada por Tommaso Carozzi tiene mucho que ver con esa destrucción de la belleza que un día tras otro llevamos a cabo en las redes sociales, en las aulas, en la barra del bar, o en el banco del parque. No hace falta cortarles las alas a los pájaros, envenenar los océanos o liarse a tiros. También extinguimos la belleza con nuestra palabras.


Un día cualquiera en una metrópolis cualquiera, los cuerpos de enormes cetáceos tapan la luz del sol, flotan entre los rascacielos. Se desata el caos, la muchedumbre ve una amenaza en sus lentos movimientos y los poderosos deciden acabar con ellos.
En pocas páginas, los autores se adentran en nuestro subconsciente con una fábula que algunos pueden traducir en ecologismo, con una narración que oscila entre lo inverosímil de Chris Van Allsburg y lo surrealista de Shaun Tan. Todo ello sin perder de vista un estilo figurativo que siempre permite descubrir detalles literarios (fíjense en el nombre que aparece en el parte meteorológico), cinematográficos (¿Acaso no ven en esos planos generales y contrapicados la magia del cine?) e incluso museísticos (Si alguna vez van al Museo de Historia Natural de Londres, acuérdense de este libro) que tienen que ver con el pasado y con el futuro en el que nos podemos ver reflejados.


Eso le decía yo a la librera Chus el otro día cuando me hablaba de este libro. “¿A que te inspira una pena confusa?" Algo se desgarra por dentro al mismo tiempo que agita nuestra conciencia. En su lectura, no son las ballenas las que mueren, somos nosotros los que nos consumimos poco a poco.




lunes, 8 de abril de 2019

Aventuras alpinas



Provengo de la meseta, más concretamente de la submeseta sur. Una vasta planicie que se extiende a una altitud considerable sobre el nivel del mar. Donde los inviernos son duros y el estiaje ocupa la mitad del año. Cuando el viento sopla lo hace con violencia. Son los llanos, los que dan nombre a mi ciudad desde el tiempo de los árabes. No tenemos montañas, esas que atemperan los valles, tampoco el verdor de los bosques. Sólo hay un ancho horizonte.
Así nos pasa a los manchegos, que vemos un poquito de monte y nos entusiasmamos. Los Picos de Europa, Cazorla, Navacerrada o Gredos, el Teide y los Pirineos. Es llegar a sus faldas y ya estamos con la boca abierta, no sólo por la afrenta (N.B.: Aunque acostumbrados a desplazarnos, lo nuestro no son los planos inclinados. Se hace tedioso el camino con la pendiente. Una vez para arriba y otra para abajo), sino por ver cómo la tierra se eleva, se llena de plantas y nos enseña sus arrugas labradas durante millones de años.


Decía la Maruja, la que me enseño tanto, que subir en altitud es como bajar en latitud (esto es un principio de la geobotánica) y vemos como la vegetación va cambiando a cada paso. Primero aparecen los bosques mediterráneos, le siguen los caducifolios, hayedos y robledales, le siguen los de coníferas como el pino y el abeto, el matorral de alta montaña, con piornos, brezos y montones de geófitos, hasta llegar a los prados, la antesala de las nieves perpetuas, donde se instalan los glaciares, que como desiertos de hielo, coronan la cima de las montañas.


Y ese recorrido mental, el que tantas veces he contado a mis alumnos, es el que me ha venido a la cabeza cuando leía La increíble conquista del Mont Blanc, un álbum de Pierre Zenzius editado en nuestra lengua por Siruela. En él se cuenta el ascenso que Horace-Bénédict de Saussure, naturalista y geólogo suizo del siglo XVIII, realizó al pico de los Alpes, fundando así la disciplina del alpinismo (ya saben, subir a la cima de una montaña, aunque se pierda la vida en el intento).
Aunque bien podríamos encuadrarlo dentro del álbum informativo, este libro tiene más de poético. Sin descuidar detalles históricos (les invito a contar a los personajes que aparecen en cada doble página, pues es el mismo número que las que ascendieron en la expedición de Saussure), en cada doble página se nos presentan unas frases breves y concisas que resumen las ideas que este aristócrata recogió en sus libros más conocidos.


Cabe señalar que las ilustraciones del autor, aunque bastante esquemáticas y sinuosas, nos hablan de la geomorfología del terreno pues las primeras páginas exhiben un paisaje más llano y las últimas más escarpado. Además se detiene en el tipo de formaciones biológicas y geológicas (abetales, praderas de alta montaña o lenguas glaciares) que pueden servir como inmejorable escaparate de estos fenómenos.


Para terminar con este libro colorista, divertido y con un final más que evocador, les señalo dos puntos en los que puede que no caigan… Uno: Si creen que la historia está narrada por el propio Saussure, están totalmente equivocados. Descubran quien lo hace. Dos: Cuando cierren la contratapa, no olviden de echarse unas risas con el descenso en clave de humor que nos ha preparado el artista.
¡Feliz lunes!

jueves, 22 de noviembre de 2018

Moscas (in)necesarias



En Tobarra las moscas no se mueren ni a tiros. Ni el otoño ni el invierno ni la primavera y ni qué decir tiene el verano, puede con ellas. Es la Marina d’Or de las moscas. Su paraíso.
Ya sabemos que estos insectos son pesaditos, más cuando se te ponen a rondar con su vuelo caótico, uno que les ha dado denominación –“cojoneras”-, pero que nos hace ningún favor cuando queremos poner cierto orden en mitad de una clase. Imagínense la situación: veinticinco alumnos con ganas de gresca, una mosca dando la vara y el aparato respiratorio a la palestra. Pues que entre aspaviento y aspaviento, los estudiantes se ponen de charleta y ni fosas nasales ni alvéolos pulmonares ni pleuras.


No sé qué compañera, muy animalista ella, se puso a colgar carteles. “Nenes, que las moscas, son divinas, No las matéis. Y menos joderlas” Cada vez que leía semejantes palabras, me daban ganas de matarla a ella. ¡Ni que las moscas fueran especies amenazadas! Les comento que sólo en España hay 50.000 especies de moscas. Así que, de escasas, ¡NA-DA! La lástima es que a ella, por tonta, no le cagara la moscarda…
Que las moscas son beneficiosas no lo voy a negar. Son animales descomponedores y polinizadores. Las moscas también controlan las plagas y son muy necesarias en los laboratorios (recuerden a Mendel y sus leyes). Pero sobre todo, sirven como alimento.


Y para que vean que las tengo en consideración, aunque de vez en cuando las ponga en su sitio por cansinetas, hoy les remito a uno de los últimos libros de la editorial Litera, De una pequeña mosca azul, un álbum maravilloso de Mathias Friman.
Antes de empezar con el despiece (lo que me gusta una matanza…), les confesaré que este libro bien podría haber estado en la selección de libros informativos que está por llegar, pero como me ha gustado tanto, le he concedido un lugar privilegiado.
A pesar del tamaño (es pequeñito), este libro con formato apaisado tiene mucha miga, sobre todo en lo que se refiere a las cadenas y redes tróficas (aunque suene reduccionista, ya saben: al bicho pequeño se lo come el grande), un concepto de la biología que el autor resuelve estupendamente con el uso de un color, el azul, que en este caso simboliza la llama de la vida que va saltando (y prendiendo) de animal a animal e iluminando un ecosistema circular donde prima el color gris del grafito.  


Acompañan estas imágenes un texto rimado con estructura de retahíla que, de una forma repetitiva y divertida, estimulan el aspecto verbal y refuerzan la idea de partida mientras el lector juega con las palabras e incluso las memoriza, algo que no hubiera sido posible sin una excelente labor de traducción (ya saben que siempre pongo pegas, pero en este caso, ninguna).  
Si a todo lo anterior añadimos que hay una serie de guiños ficcionales (Fíjense en los carteles del bosque que se dirigen al lobo o en quién pone fin) y escatológicos (estas cosas gustan mucho a los niños), podemos hablar de un álbum redondo que ensalza el lenguaje, despierta los sentidos, nos acerca al entorno y sobre todo, alimenta la imaginación.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

La belleza de las estaciones



A juzgar por el color del follaje y las lluvias intermitentes que cubren nuestras latitudes nadie puede negar que el otoño haya llegado. Es tiempo de nieblas y castañas, de boniato asado y alguna que otra helada, setas y frutos rojos. Y me encanta.
Mientras que otros sienten predilección por una u otra estación, el aquí firmante disfruta de todo el año. Haga frío o calor, truene o nos ilumine el sol hay que sacarle el mayor partido posible a cada día, cada mes, pues cada época tiene sus cosicas. Si caen chuzos de punta, te quedas en casa acompañado de un buen libro y la manta, que te achicharras, abres la sombrilla y te deleitas con una fantástica siesta (o viceversa, que la propiedad conmutativa de la multiplicación también se aplica a letras y pereza). El caso es vivir, que aunque los grises digan lo contrario, poco cuesta.


Y andaba yo pensando en el verano, el otoño, el invierno y la primavera, cuando de pronto caigo en la cuenta de que todavía no había hablado de los cuentos de El seto de las zarzas, la colección de álbumes de Jill Barklem que ha reeditado la editorial Blackie Books en nuestra lengua.
Aunque ya hice alusión a esta serie en otra entrada dedicada a La casa de los ratones, creo que merece la pena detenerse de nuevo y de manera exclusiva en unas historias que se reeditan incesantemente en medio mundo y que, aparte de aunar muchísimos e interesantes elementos, también cuentan con un origen triste pero entrañable.
Los cuatro cuentos (uno para cada estación) que configuran esta colección de los años ochenta (en realidad son ocho, pues la autora la amplió con otros cuatro títulos más pero no seriados), si bien no constituyen una revolución dentro del género, sí marcan un punto de inflexión en este, ya que en ellos convergen dos tipologías de libros infantiles, como podrían ser el álbum narrativo y el álbum informativo.


Sobre los elementos de ficción hay que decir que Barklem dio vida a un ecosistema en el que los ratones de campo eran los protagonistas. Siguiendo la estela de otros autores de Literatura Infantil como Beatrix Potter, decide crear una sociedad animal a imagen y semejanza de la humana donde convergen las historias de corte costumbrista en mitad de la campiña inglesa. En todas ellas los niños y jóvenes tienen buenas dosis de protagonismo que facilitan la identificación con el lector, y en todas ellas se prefiere exponer la acción a enjuiciarla (vemos lo que es).


De las ilustraciones poco hay que decir. A la vista está que, enmarcadas en la más pura tradición inglesa (tinta y aguadas), son extremadamente hermosas. La caracterización de los personajes, su vestimenta (daría para mucho este punto), las viviendas y sus dependencias, los paisajes bucólicos, los planos narrativos… Todo, absolutamente todo lo que se refiere a las imágenes es una delicia.


Por otro lado, en lo referente a lo no ficcional, hay que decir que Barklem desarrolló unas ilustraciones preciosistas en las que el lector puede perderse durante horas entre los cientos de detalles que llenan sus escenas. Al mismo tiempo, los pinceles de Barklem son muy fieles a la naturaleza y plasman la realidad del entorno, tanto que sus flores, frutos y árboles se identifican fácilmente y podrían incluirse dentro del género de la ilustración botánica. A todo esto y haciendo alusión a las corrientes del álbum de conocimientos o informativo clásico, decir que también incluye la anatomía y el funcionamiento de las industrias láctica y harinera. Su quesería y molino de agua, aunque parten de su imaginación, se mantienen fieles a las leyes de la física y la mecánica (ver Cuento de verano) lo que denota una gran labor de investigación.


Es curioso que el origen de esta universo de roedores comparta ciertos paralelismos con el de las historias de otros ilustradores, pues Jill Barklem (su nombre real era Gillian Glaze), a consecuencia de un desprendimiento de retina debido a un accidente sufrido a los trece años, tuvo que dejar una vida activa para internarse en el mundo de las artes y la ilustración en la Saint Martin’s School of Art. Animada por su pareja, comenzó a plasmar sus historias que, tras ser aclamadas por los lectores, fueron llevadas al mediometraje de animación en dos ocasiones (una nueva sinergia que recojo AQUÍ).
La familia, los vecinos, el medio natural, la vida campestre o las pequeñas aventuras del día a día aúpan unos libros que nunca pasan de moda. Lo dicho: si lo que están buscando son libros completos, he aquí cuatro buenos ejemplos.


miércoles, 24 de enero de 2018

Desastre climático a la vista


Que lo del clima no es normal es algo que empezamos a interiorizar, algo que se hace todavía más patente cuando en pleno mes de enero ves a más de uno en tirantes o manga corta. Sé que poquito a poco se empezarán a dar cuenta de que, a pesar de lo bien que les sienta el moreno nuclear, si seguimos con dos meses de invierno y una media de precipitaciones que roza lo sahariano, poco tiempo podremos sobrevivir.


Señores, les bajo de la burra. No crean que nos estamos cargando el planeta. No es cierto. Simple y llanamente estamos acabando con nuestro hábitat, el único que hemos conocido y al que estamos adaptados. Y poquito más (ironía)... Cuando los polos estén en las últimas, el desierto avance irremediablemente y no tengamos ni un gotazo de agua con el que regar los tomates, veremos si no se van a pique todos nuestros sueños de grandeza (o miseria, que también cabe la posibilidad).


Me refiero a que a lo largo de la historia de la Tierra han existido numerosas crisis climáticas (provocadas por muchos factores como los cambios de radiación solar, el aumento en la concentración de oxígeno atmosférico, el vulcanismo o el impacto de meteoritos) que han desembocado en la extinción de aquellas especies que no han podido adaptarse a las nuevas condiciones ambientales, léanse invertebrados marinos, grandes saurios, progimnospermas o helechos arborescentes..., de todos ellos sólo quedan fósiles ¿Acaso queremos engrosar sus filas? Parece ser que sí continuamos unos cuantos lustros más con esa falta de decoro que nos gastamos y la que todos los gobiernos y multinacionales secundan (no toda la culpa es de Trump ni del currito, que ya esta bien de buscar culpables ajenos y golpes de pecho), el mundo que habitamos será un erial.


Deforestación, ingentes emisiones de gases con efecto invernadero, sobre-explotación de los recursos naturales... Vamos que todo apunta a que nuestras neuronas nos están jugando una mala pasada y que la voluntad, esa que Ramón y Cajal creía motor de toda acción humana, está rozando el subsuelo.


Piensa que te piensa, llego a uno de esos libros hermosos y diferentes que a veces nos regalan las editoriales patrias y que no deberían pasarnos desapercibidos. A la vista, de Daniel Montero Galán y publicado recientemente por Libre Albedrío, recoge una historia sin palabras donde se pone en tela de juicio el papel que el progreso está teniendo en la crisis ambiental que vivimos y ensalza las formas de vida tradicionales como vía en la conservación del medio natural, todo ello SIN UNA PALABRA. No se lo debería perder ningún lector, pequeño o grande. Y si después de leerlo siguen sin un ápice de respeto hacia el planeta, ya se encargará la madre Tierra de volver a poner todo en su sitio aunque nosotros hayamos quedados desterrados de su faz.  


martes, 28 de noviembre de 2017

Fuerzas de la naturaleza...


Lo de este otoño no tiene nombre. Un día el cielo se levanta plomizo y al otro, asorrataos nos hallamos. Pero llover, lo que se dice llover, naranjas de la China... Aunque parece ser que el estiaje es una constante en el área mediterránea, creo que lo que nos está viniendo es excesivo. Echo el agua de menos, y punto.
No crean que sólo practico la queja y no busco explicaciones a dichos cambios. Algo he estudiado y empiezo a correlacionar realidades pasadas y actuales con hechos fehacientes... Es evidente que el hielo ártico se ha reducido dos terceras partes en las últimas décadas algo que, por narices, debe alterar en mayor o menor medida el flujo de calor, tanto en las corrientes atmosféricas, como en las oceánicas. Nuestro planeta junto a las leyes de la física se hallan en una búsqueda del equilibrio termodinámico y eso, inevitablemente, modificará nuestro modus vivendi (no sé si logrará exterminarnos, pero sí darnos mala vida, que se ve que es lo que queremos).


¿Que si estamos a tiempo de cambiar la tendencia natural del dióxido de carbono? Tal y como se plantea el sistema económico, lo veo chungo. Luchar contra el capitalismo, su ingesta desmedida de recursos naturales, y la emisión de gases de efecto invernadero, es improbable. Por mucho que unos pocos nos empeñemos en el reciclaje, la parquedad consumista o las políticas de desarrollo sostenible, servirá de poco ante los intereses de mandatarios, multinacionales y energéticas. ¿Se han fijado que los gobiernos dejan a un lado medidas efectivas, como dejar de producir automóviles convencionales, promover la forestación, endurecer las penas a los incendiarios y pirómanos, o abaratar los productos limpios (¡Menudo negociazo las etiquetas verdes!)? Eso sí... se pasan el día calentándonos la cabeza con los embalses para subirnos la factura de la luz.


No obstante y aunque parezca derrotista, abandero que sí deberíamos plantear una concienciación social con líneas efectivas que se aleje de charlas repetitivas y hábitos de vida pseudoreligiosos... Lo del cambio climático es como la literatura, que si no la enseñas como es debido, todos acaban por odiarla (N.B.: Así nos va a los que defendemos los libros y sus bonanzas, que aunque demos pasitos, no llegamos). Hay que pasar a la acción, dejarse de metáforas y juegos de roles. Hay que acojonarse. Lo que más me gusta de este noviembre seco es que a muchos les ha sentado como una bofetada pasearse en tirantes a media mañana. Así que ¡bienvenidos a la realidad, melones!


Y para no quemarme más la sangre con este tema, creo que lo mejor es dejarles con Yokai, un álbum muy hermoso de Carmen Chica y Manuel Marsol (Fulgencio Pimentel). Es fácil perderse en esta fábula con cierto deje a La princesa Mononoke de Miyazaki en la que un repartidor se pone a plantar un pino en medio del bosque viéndose atrapado por los espíritus de la naturaleza, fuerzas encantadoras y extrañas que se confunden con los árboles, las montañas y los animales que viven en él. Apoyándose en un formato diferente y delicado, esta historia transformadora, jovial y evocadora, merece la pena ser experimentada y hacerse realidad.


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