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lunes, 10 de febrero de 2020

Coreanos



Como no hay nada mejor de lo que hablar (estoy hasta las narices de políticos y trolls), empezamos la semana con los Oscar, pues al menos nos traen algo de glamour y mucho mamarracheo.
A pesar del gran despliegue que marcas de alta costura como Chanel, Zuhair Murab, Dior, Oscar de la Renta y Prada hacen cada edición sobre la alfombra roja (nada que envidiar al “chou” anual de Victoria’s Secret), se empieza a vislumbrar cierto tufillo barriobajero en la meca del cine. Actores y actrices son cada vez menos icónicos y más mediáticos, más accesibles y menos inalcanzables. Si, las grandes estrellas de Hollywood se están apagando y parece ser que sólo yo estoy preocupado.
Siempre ha habido mucho "nota" en esto de la farándula y el espectáculo, pero denoto cierta deseducación laboral en los nuevos trabajadores del sector. Tranquilos, que no les voy a meter una disertación a lo Noam Chomsky, sólo quiero que encuentren las mil y una diferencias entre Henry Lamarr y Penélope Cruz. Tampoco estaría de más que se percataran de los miserables aplausos que recibieron los recientemente difuntos de la gran familia del cine estadounidense al ritmo de Billie Eilish (el Yesterday sobraba, que yo soy más del “today”). ¿Será porque muchos de los asistentes no tenían ni un ápice de cultura cinematográfica, o en su defecto, un mínimo de respeto?


Y es que anoche, los únicos que se dedicaron a la naturalidad, el saber estar (en su papel de triunfadores, claro está) y la desorbitada alegría, fueron los coreanos de Parásitos, sin duda la mejor película del año (Se la recomiendo a manos llenas porque dice mucho desde la dualidad posible-imposible, el humor, la exageración de la realidad y la metáfora del conflicto de clases). Que se note que en oriente todavía queda algo de esa humanidad que hemos perdido en el supuesto primer mundo, manque pierda.
Y sin más ensañamiento, me acerco en este luminoso lunes al trabajo de Kyung Hyewon, otra coreana más que prometedora en esto del libro-álbum. No es para menos pues Elevador (editorial Océano-Travesía) es una más que aceptable puesta de largo a golpe de imaginación infantil y situaciones cotidianas.


En esta historia, la pequeña Yuna, una verdadera apasionada de los grandes saurios que poblaron el planeta hace millones de años, tiene que devolver un libro a la biblioteca, una tarea que se verá alterada por unos curiosos “vecinos” que va recogiendo en cada uno de los pisos en los que va parando el ascensor (que no son pocos, pues ya saben de las alturas que se gastan por aquellas latitudes).
Aunque el final lo dejo para la sorpresa de los lectores, he de apuntar que es un libro que me ha encantado, no sólo por la originalidad del argumento, sobre todo en lo que al formato y el contexto espacial se refiere (los ascensores siempre han tenido mucha magia), sino porque hace gala de esa dualidad clásica entre fantasía y realidad de la que bebe mucho el álbum para niños. Si a ello le unimos la expresividad de los personajes, recursos repetitivos (cada vez que se abre la puerta del elevador es una sorpresa) y ese guiño a los libros, el disfrute está servido.
Así que, ya saben, en vez de noche toledana, les toca noche coreana, que sugerencias no les faltan.



miércoles, 22 de enero de 2020

Excursiones bajo la lluvia



Glorias hay bastantes. Una alumna que tuve el año pasado muy maja y cachondona, pero más vaga que el suelo…, una perra guapísima que tenía cierta vecina de la infancia… y la que nos ha traído nieve, viento y, sobre todo lluvia y frío al levante español.
Ayer jarreó todo el santo día. No les exagero si hablo de dieciséis horas de agua ininterrumpida. Aunque en algunos lugares de nuestra geografía caía a mares, aquí llovía bien, sin prisa pero sin pausa, calando bien el campo, que es lo que hace falta.
Habrán deducido que me encanta la lluvia. En primer lugar porque me chiflan los paraguas, ese objeto con vida propia, que se abre y se cierra (hay algo mágico en liberarlo de sus ataduras y pulsar el resorte), con tantos diseños y colores, que crea un microcosmos particular e intransferible bajo el que resguardarte. Los hay que prefieren las botas de agua (¡Otro clásico!) pero yo con mi paraguas soy la mar de feliz.


En segundo lugar tenemos el lado humano… Me gusta ver llover. Invernales u otoñales (en primavera no tanto y en verano, parece que nuestra latitud las ningunea). Sí, salgo a la calle y recuerdo a mis padres callejeando sobre el suelo mojado, pisando el barro, las hojas caídas. El olor a limpio, la frescura que trae el agua que va fluyendo. Mi hermana y yo corríamos por el parque, para arriba y para abajo, salvando los charcos.
Le echarán la culpa al cambio climático, dirán que vaya tiempo de perros, que hay que resguardarse en casa y no salir hasta que escampe el temporal, pero el caso es que yo tengo buenos recuerdos de estos días de lluvia. Bajar a tomar una cañeja y terminar montando una buena juerga, pisar un charco y terminar tomando un chocolate con cierta persona más que interesante, e incluso alguna que otra excursión universitaria pasada por agua y cientos carcajadas… “¿Qué te has ido al campo con este tiempo?” Sí, ¿por qué no? Un buen cortavientos, un paraguas o chubasquero, el almuerzo, y arreando que es gerundio.


Y hablando de excursiones, hoy les traigo una sin desperdicio. La que Yael Frankel ha realizado junto a la editorial Tres Tigres Tristes. Y es que en Excursión, su protagonista se deja llevar entre las maravillas que va encontrando en mitad de la naturaleza y su misma imaginación. Acompañado de monos, conejos, pingüinos, osos, elefantes y un sinfín de animales más, descubre un universo enriquecido que no deja de desbordarse a cada paso, y siempre ayudado por la lista de “necesidades” que le ha propinado su madre antes de partir.
Con unas ilustraciones centradas en la línea, donde no se dibujan las formas clásicas pero que sí invitan a la búsqueda de los volúmenes y el colorido en el subconsciente del lector, la autora argentina nos lleva de la mano en una historia donde pone en tela de juicio el paternalismo (¡Qué pesados y protectores se ponen los padres!) y subraya el carácter subversivo e independiente de la infancia.



martes, 21 de enero de 2020

Inmortalizando sonrisas



En casa nunca tuvimos que esperar a la revolución de los “smartphones” para hincharnos a hacer fotos. Mi padre siempre fue un apasionado de la fotografía. Todavía me acuerdo cuando nos enseñó a usar su Yashica® en modo automático. Mi hermana y yo nos lo pasábamos en grande echando fotos. No se crean que lo hacíamos al tuntún, pues nosotros siempre hemos sido muy considerados con eso del gasto estúpido y siempre buscábamos cosas curiosas y que el encuadre quedara medio bien. Luego mi padre revelaba los carretes y se apropiaba de nuestras instantáneas, a lo que nosotros, entre risas, le llamábamos ladrón.


A pesar de ello, nunca hemos posado mucho, pues hemos heredado la fotogenia de mi madre, es decir, completamente nula, pues para lucirnos en una sola foto, debemos disparar unas tropecientas veces. No es algo que me preocupe, pues tampoco pretende ganarme la vida como “it-boy” o como modelo de cremas anti-edad. El caso es tener algún recuerdo, que siempre tiene su aquel (nostálgico o vengativo) sacar el álbum tras la cena de Nochebuena (mi tía siempre lo hacía y se hinchaban a reñir y a llorar).
Además, hora las cosas han cambiado mucho. Las fotografías rara vez se disfrutan sobre papel, quedan a buen cobijo en las carpetas del disco duro para chantajes u otras maldades, y poco más. Desde que los fotógrafos florecen como champiñones (la era de la cámara digital ha abaratado y simplificado mucho el proceso de inmortalizar los momentos), desde que cualquier discoteca de mala muerte ya tiene fotógrafo oficial, desde que los “photocall” cada vez son más recurrentes (bodas, bautizos y comuniones mediante) y desde que los niños de siete años saben posar como auténticas reinas del pop, parece que no se valora mucho el trasfondo de una bella instantánea. Un craso error pues obtener una buena foto, no es moco de pavo, se lo digo yo que de fotos sé algo.


Y así, con obturadores, diafragmas y objetivos varios, llegamos hasta el álbum de hoy. Con un título bastante sugerente, ¡Patata!, del autor portugués Bernardo P. Carvalho y publicado por la editorial Barrett –que lo está haciendo fenomenal con esto del libro infantil-, no sólo nos habla de posados y tipos de luz, sino que también se interna en los elementos del paisaje (me atrevería a decir que es el único álbum que conozco que parte de ese hilo argumental), una de las temáticas más conocidas de la fotografía.
Es así como llenos de colorido y con un sentido del humor bastante absurdo pero muy cercano a los pequeños (me han recordado a una familia mal avenida donde abundan las pullitas, los dimes y los diretes), Nube-cilla, Mar-zon, Volcán-cillo, Sel-vota, Vient-ico o Arcoíris, disfrutan por salir en la foto de los turistas con la mejor de las sonrisas.


Un libro pequeñito (me ha encantado el tamaño) dirigido a los primeros lectores que tiene multitud de aplicaciones escolares (¿Un puzzle? ¿Comparar diferentes tipos de paisajes?), sin olvidar que el fin último es la lectura y de paso, partirse de risa.


jueves, 16 de enero de 2020

Juntos



Me he pasado la vida intentando adivinar cómo es la gente con la que coincido en el metro, en el vestuario de la piscina o en las charlas sobre Literatura Infantil. Actúo como un escáner. Es un juego de observación necesario para mí. Estoy atento a cualquier detalle que me pueda proporcionar algún dato que refleje el origen, los intereses o los puntos débiles de una persona. Empiezo por los zapatos, termino por la forma de las gafas y me detengo en pendientes, tipo de coche o el vocabulario usado.
No se crean que es fácil pues hay que tener en cuenta demasiadas variables. No es lo mismo usar zapatos de plástico que unos de piel… No todo el mundo saber combinar el color de su pañuelo con el del abrigo… Hay hombres que usan bolso y otros que no… Hay mujeres que usan tacones y otras zapatos… ¿Sabían que profesoras, peluqueras y agentes comerciales difieren en marcas de ropa?... Usar un bolígrafo de los de toda la vida no tiene nada que ver con una estilográfica reluciente... ¿Laca o gomina?
Y con todos estos datos y un poquito de tiempo, soy capaz de elaborar un retrato robot de cualquiera que logre acercarse. Les sonará presuntuoso, quizá algo mágico, pero lo que tengo claro es que observa que te observa, a veces das en el clavo. Con ello no quiero decir que siempre acierte, pero al menos me divierto cuando constato las coincidencias con la realidad o si por el contrario me he columpiado.
Les invito a que practiquen este juego, pues unas veces nos ayuda a desarrollar la inteligencia emocional, otras a entrenar nuestra capacidad de imaginar (iba a decir soñar, pero puede que no sea para tanto), también a sopesar nuestros prejuicios (que no son pocos, prueba de ello son las sorpresas que nos llevamos) y sobre todo a poner a punto nuestras dotes como acérrimos observadores (se dediquen a escribir novelas, enfermedades infeccionas o a avistar pájaros).
Mientras me cuentan sus experiencias yo me quedaré aquí sentado disfrutando de uno de esos libros que dan un giro a tu mente, se divierten con ella, y la ponen a trabajar. Porque Unas personas, con texto de Jairo Buitrago e ilustraciones de Manuel Monroy (editorial Océano Travesía), no es para menos.
En primer lugar hay que decir que es un álbum que habla de lo colectivo desde la perspectiva individual de un voyeur que capta pequeños instantes de las vidas de sus vecinos: una niña, un par de amigos en un balcón y unos cuantos personajes más. No obstante, hay algo que no llegamos a comprender. ¿De dónde saca todas esas conjeturas? ¿Acaso está viendo algo que nosotros no discernimos?
Las páginas van pasando hasta que llegamos al final, en el que un plano general nos deja entrever algunos de los detalles que el autor nos ha ido dejando ver a lo largo de la narración. Observamos como esas personas de quienes nos ha estado hablando, en realidad constituyen la biota de un ecosistema antrópico llamado barrio y que todas ellas se encuentran entrelazadas de una u otra manera, algo que me ha hecho recordar obras como La colmena.
Si a ello añadimos unas ilustraciones donde la luz es desbordante, donde la voz de unos actores desdibujados (¿Acaso no podríamos ser tú o yo? Seguro que sí) en escenarios que recuerdan sobremanera a los de Hopper y sus contemporáneos, la historia puede trasladarse a otros contextos, a otros vecindarios en los que se hace más importante sobrevivir con la ayuda de todos que no hacer uso de una única mano.


martes, 12 de noviembre de 2019

Estas cuatro paredes



El tema de la vivienda está dando mucho que hablar últimamente. Parece ser que se construye más que hace unos años. Inmobiliarias, albañiles, electricistas, reformistas, arquitectos, constructores y notarios vuelven a montarse en el dólar. Aunque la crisis se cargó muchos negocios que facturaban auténticas millonadas (mira que mi abuela les advertía con aquello de “Guarda para cuando no haya…”), parece ser que el imperio del ladrillo vuelve a resurgir de sus cenizas.
Ya saben que estas cosas se mueven de manera cíclica, sobre todo cuando el personal ha recuperado algo de poder adquisitivo y se puede permitir el lujo de una hipoteca, sobre todo en las grandes ciudades en las que, según me comentan amigos de Madrid, Barcelona o Valencia, piden auténticas salvajadas por cuatro paredes.


No se crean que lo de los alquileres tiene nombre… A estas alturas de la película, pagar una mensualidad es misión imposible, incluso en ciudades medianitas como la mía, donde las rentas están por las nubes (si me apuran, podrían pagar cuota y media de hipoteca) y parece que te están haciendo un favor por todo lo alto (¡Ladrones!).
Hay formas de abaratar los gastos, como irse al quinto cojón, a un barrio de mala muerte, a un zulo compartido o debajo de un puente, soluciones todas ellas bastante indignantes (para mi gusto, claro), pues muchos se habla de los derechos fundamentales y nunca de los deberes gubernamentales. Que si, que muchos apartamentos turísticos, mucha gentrificación, mucha especulación, pero las leyes ¿pa’ cuándo?


En fin, en vez de ponernos negros, optemos por lo poético a la hora de hablar de casas. Es por ello que hoy les traigo una obra de esas que te dejan con la boca abierta, tanto por lo bello, como por el formato. La casa en el bosque, un libro de Laëtitia Bourget y Alice Gravier, editado en español por Libros del Zorro Rojo, nos presenta un hogar cercano en un contexto entrañable. En este álbum de tipo acordeón que desplegado mide exactamente 401 cm (para que luego digan que no me tomo en serio esto de las reseñas), se nos presenta una historia circular que toma como punto de partida (y final) un bosque. En ella, el/la niño/a protagonista nos cuenta en primera persona el viaje diario que realiza desde la ciudad hasta llegar a su casa.


Es así como vemos pasar las escenas de un relato seriado que se centra en los medios de transporte, en lugares familiares como el parque o las tiendas del pueblo, en los vecinos más llamativos, en la naturaleza circundante que se llena de animales y plantas , o en las diferentes habitaciones que forman el hogar de esta familia.
Al ser desplegado, toma forma de imagen secuencial completa a lo largo de la cual nos podemos desplazar. Mientras que en un lado se nos presenta el entorno exterior, en el otro nos adentramos en el interior de la casa, lo que da pie al lector en establecer una dicotomía interesante de su propio entorno de dos mundos separados por las paredes –natural/medio antrópico-  sin que ninguno de ellos quede exento de libertad y detalles, algo que autoras y editorial destacan proponiendo al lector un juego de búsqueda.
Así que, ya saben, si no tienen casa, disfruten de esta que es fantástica.


martes, 11 de junio de 2019

Transformar el día



Para Ana Albarrán, que le encantan mis bandas sonoras.

Yo me desperezaba mientras Bill Whiters cantaba esa de “Lovely Day” (uno, que se despierta con el R&B de finales de los 70...) y pensaba que, de encantador, este día tenía más bien poco. Quizá hubiera sido mejor que sonara “Rescue Me” de Fontella Bass... La cosa fue mejorando durante la ducha, pues sonaba el “I’m Coming Out” de Diana Ross y parece que mis pies comenzaron a coger algo de ritmo mientras el agua escurría por mi anatomía. Mientras subía el volumen de “It’s Too Late To Turn Back Know”, saltaban las tostadas pidiendo algo de miel y nueces... Leche caliente, cacao y cerezas: tocaba mirar hacia delante ¡Nada más que hablar!


“¡Ups! ¡Si hemos cambiado de tercio!” pensé cuando comenzó a sonar la de “Come and Get Your Love”, un tema para bailar mientras hacía la cama y ponía todo más o menos parejo (no sea que acudiera algún ladrón y me tachara de desordenado). Stevie Wonder y su “Part Time Lover” me arrancaron una mueca canalla.
Me abotoné la camisa en la compañía de “Let’s Get It On”, un clásico suavecito de Marvin Gaye, y dejé que la brisa que entraba por la ventana me arrancará la primera sonrisa de la mañana. Los cordones de las zapatillas se ataron solos con el “Heat Wave” de Martha and The Vandellas y acordándome del calor sofocante que hace en el instituto me pregunté “¿Será mejor llevar sandalias…?” Dejé sonar un poquito el “A Deeper Love” que Aretha Franklin me regalaba antes de salir de casa. Las ocho menos cuarto. “Al final, no pinta tan mal el día…”


Y así, con ganas de comerme el mundo hemos llegado a Hoy, un álbum muy hermoso de Julie Morstad editado en castellano por la estupenda Lata de Sal (¡Ay, qué poco me topo con sus libros...!) que tenía que reseñar sí o sí. En este libro-álbum de la autora canadiense con un estilo dulce, romántico, de cierto aire vintage, y que recuerda a otros ilustradores como el japonés Gyo Fujikawa o el francés Alain Grée.
Aunque podía haberlo incluido en la selección de libros informativos de la semana pasada ya que combina elementos de la no ficción con la ficción (véanse esos muestrarios de ropa, desayunos o juguetes infantiles), he creído darle un hueco propio, pues es un libro que además de presentarnos el universo de los niños, nos hace reflexionar, crear mundos imaginarios, desbordarse en la imaginación de cualquier persona (¿Se han fijado que conforme pasamos las páginas vamos eligiendo lo que más nos apetece en ese momento?). No olviden detenerse en los detalles, sobre todo del vestuario (esta mujer es una enamorada del universo textil) y en algunos cuadros que cuelgan en las paredes (¿Adivinan la inspiración?).


En lo ficcional tiene mucha quietud, también trasiego, nos invita a la reconciliación con nuestro día a día desde el optimismo y la mirada infantil, pues nos retrotrae al pasado y, a modo de reflejo, nos hace esbozar esa sonrisa de antaño. También es canto a lo humano, a lo diverso.
En este Hoy no hay fuegos de artificio ni pretensiones, sólo nos acompaña en ese viaje de hoy que puede ser el de mañana.



miércoles, 5 de junio de 2019

De trastos y segundas oportunidades



Junio ha entrado en nuestras vidas y muchos aprovechan para hacerle un lavado de cara a sus hogares. Albañiles, cristaleros, pintores, carpinteros, fontaneros o alicatadores se afanan para hundir tabiques, cambiar tuberías, cambiar azulejos, tomar medidas de los muebles de la cocina, y eliminar el gotelé o el papel pintado de las paredes (¡Qué modas tan incómodas).
Sí, sí, sé del estrés que conllevan todas las obras, de los ataques de nervios a los que te ves expuesto, de las broncas con los obreros, con tu pareja y con el Dios que lo fundó. De las enormes diferencias entre presupuestos, de los plazos aplazados y de las toneladas de mierda que hay que limpiar… No obstante, no sé qué es peor, si dejar el trajín a los supuestos profesionales o remangarse la camisa y comértelo y guisártelo tú solito.
Un servidor a veces se encuentra con ánimos y se pone de chapuzas, y tras mucho trabajo (el que piense que estas cosas son caras, que se ponga él/ella al quite y empezará a valorar) y más de un error, jura y perjura que nunca más, que quizá uno se ahorre la mano de obra, pero no las sesiones en el fisioterapeuta que palien el dolor de riñones.


Aparte de las grandes intervenciones de interiorismo tenemos la limpieza primaveral (o veraniega, como es mi caso), una serie de operaciones en las que ponemos la casa patas arriba y empezamos a recolocar y eliminar trastos de todo tipo. De esta manera hacemos más habitables unas cuevas que durante todo el año se han ido rellenando de ácaros, polen y otros materiales en suspensión. He aquí mi gran problema, pues el leve síndrome de Diógenes que padezco, me impide tirar a la basura montones de cosas inútiles en las que siempre encuentro una razón emocional que me lo impide.
Empezando por libros y terminando por apuntes universitarios, lámparas viejas, ventiladores descacharrados, dibujos, arena de playa, e incluso piedras, mi hogar está lleno de todo tipo de chucherías inservibles que bien merecen un contenedor. Siempre encuentro razones para conservarlos, de las que la más socorrida es “¿Y si un día me sirve para algo?”


Ese es el espíritu de las tres erres (ya saben: reducir, reciclar y reutilizar), que en casos como este elevo a ene. Será que encuentro mucho romanticismo en darle segundas y terceras oportunidades a los enseres, a los objetos. Mesas que fueron ventanas, cabeceros que fueron biombos, marcos que fueron espejos, o maceteros que fueron tazas pululan por mi casa. Y a este punto es al que deseaba llegar, pues el libro de hoy nos habla de todo esto.
La sillita azul, un álbum escrito por Cary Fagan e ilustrado por Madeline Kloepper (editorial Juventud) es de esos libros que hablan por sí solos. Cuenta la historia de la silla de Nico. Él crece y la silla, inservible ya, va pasando de mano en mano, dando servicio a multitud de personas que encuentran en ella utilidad. Al mismo tiempo, esa silla, cambia de color y fisionomía, como un viajero que se llena de experiencias.


De este libro circular (cierra ese ciclo un relevo similar), hay dos cosas que me han encantado. Por un lado nos cuenta historias del día a día (¿Quién no ha heredado unos pantalones de su primo? ¿Y los libros de texto del vecino? ¿Y el móvil de su padre?), y por otro hace gala de un recurso que abunda en la Literatura Infantil -sobre todo en muchos cuentos tradicionales del romanticismo como La tetera o El soldadito de plomo-, en los que el autor insufla vida a los objetos para hacer un símil con la vida humana, una que puede mutar y enriquecerse a cada paso.


martes, 28 de mayo de 2019

La suspensión de la incredulidad


 

Ante tanta cara de incredulidad tras el periodo electoral (la de los votantes me sorprende, pero la de políticos me encanta), he caído en la cuenta de que nunca he hablado en este espacio con tanta ficción de la llamada suspensión de la incredulidad, un mecanismo que todo lector debe conocer. A ello voy.
Aunque en la actualidad se puede extrapolar a muchos ámbitos, véanse los procesos electorales, los videojuegos o las series televisivas, el término suspensión de la incredulidad se acuño hace bastantes años, concretamente en 1817 por el poeta Samuel Taylor Coleridge. Él pretendía poner nombre al efecto que cualquier obra literaria de ficción produce en el lector, es decir, que este asuma un papel dentro de la historia aunque sea consciente de que todo es irreal y sólo se encuentre plasmado en un libro, que el espectador aparte voluntariamente su sentido crítico y se sumerja en un universo nuevo.
Para conseguir esto Coleridge aludía a ciertas características que debía presentar una narración para que el lector accediese a dejar a un lado el mundo real mientras realizara la lectura, que ese pacto entre lector, obra y autor fuese manifiesto, que el escritor convenza y el lector se deje convencer para no echar a perder una experiencia estética, lúdica y/o intelectual. No es lo mismo empaparlo en fantasía épica (imposibilidad verosímil), que en una trama mafiosa o que embeberlo en un drama amoroso (imposibilidad probable), la construcción de esta atmósfera que active la credulidad de lo imposible es diferente dependiendo de cada caso.


Años más tarde la suspensión de la realidad ha ido haciéndose más compleja, quizá porque los lenguajes utilizados en las distintas creaciones culturales han evolucionado y se han diversificado. La televisión o el libro-álbum han incorporado la imagen, estática o en movimiento, en un proceso complejo que facilita ese acceso a la ficción y deje entender las reglas de ese juego que supone el universo creativo. En el ámbito televisivo se me ocurre citar a la exitosa Juego de tronos, una serie por la que millones de espectadores se han dejado seducir hasta el punto de impregnarse de una historia que, a pesar de destilar elementos imposibles, ha creado verdaderos entusiastas.
¿Y puede ocurrir que el lector suprima ese limbo de credulidad, que rompa ese contrato? Por supuesto, sucede no pocas veces ante una novela, una película o un videojuego. Tiene lugar cuando el autor sobrepasa el límite de la permisividad del receptor, es decir, agota un acto de fe. Un giro estúpido, una palabra malsonante, un suceso poco lógico…, hay tantos desencadenantes que esa es la razón de que tanto escritura, como lectura sean ecosistemas frágiles en los que es bastante complicado alcanzar la estasis, el equilibrio.
Para terminar con este prefacio (ya saben que la recomendación viene después), una curiosidad, pues me llaman mucho la atención todos aquellos personajes que han suspendido esa incredulidad totalmente para quedar supeditados por completo al mundo fantástico y que tanto abundan en la literatura. Unos entre los que brilla Don Quijote, protagonista de nuestra obra más universal.


Y si después de tanta perorata no han quedado hartos de creer en lo increíble, aquí les dejo un librito que tras una apariencia sencilla tiene mucha sustancia, pues ¿Y tú, qué crees?, un álbum de Marta Comín (editorial A buen paso), nos atrapa para hablar de los diferentes puntos de vista entre los miembros de una familia (Adivinen quién es el narrador). Y es que este libro colorista, de figuras planas, con detalles sugerentes, y juegos de troqueles y perspectiva, nos cuenta como cada uno creemos las cosas según nos dicte la propia experiencia, nuestros anhelos y deseos, la naturaleza, los prejuicios, los miedos, las supersticiones o la utilidad con la que las rodeemos.
Yo creo que es un título que abre muchas preguntas y nos da respuestas. Creo que hace pasar un buen rato tanto a pequeños, como a mayores (¿Verdad, Ana?). También creo que con él se pueden proponer un sinfín de actividades, en casa o en el colegio. Creo que… ¡Basta! Ya he creído demasiado ¿Y ustedes? ¿Qué creen?


martes, 19 de febrero de 2019

(In)satisfechos laboralmente



Me hace mucha gracia que el personal se pase el día renegando de su profesión. Que si los alumnos insufribles, los clientes impertinentes, los políticos lameculos, los pacientes quejicosos o las guardias infinitas. Nada les viene bien. Odian lo que hacen.
Seguramente es algo que tiene que ver con la actitud, con cómo encaramos los quehaceres diarios. Pues hay muchos (a veces demasiados) que un día comienzan a despotricar y no salen de ese bucle sin salida, una forma poco acertada de hallar la felicidad pues algo de conformismo (no todo, evidentemente) tiene la vida.


También creo que todo esto tiene mucho que ver con las expectativas que nos hacemos, (nos hacen) durante la juventud. Ayudados por la soberbia de la adolescencia (¿Quién no ha sido un poco engreído en sus años de estudiante?), pensamos que el mundo laboral va a ser una fiesta, que la fama nos llamará a la puerta, que reconocerán nuestros logros y viviremos holgadamente. La cosa cambia cuando arribamos a la cola del paro (tabla rasa donde las haya) y nos percatamos de que no es un camino de rosas, que nadie se hace rico currando y que solo unos pocos alcanzan la gloria profesional trabajando como negros (no digo yo que se les regale nada), gracias a una idea brillante (la clarividencia y el azar cuentan mucho), o con estrategias menos respetables (aunque me repugnen son igualmente válidas).


Yo vivo contento con mi profesión. Tiene un lado bueno y otro lado menos deseable, pero en resumen podríamos decir que me satisface. Dejando a un lado la corrección de exámenes y ejercicios (lo que más me aburre del mundo) y alguna trifulca que otra, me ayuda a ver con otros ojos (los de mis alumnos), me rejuvenece y me mantiene alerta. También me permite hacer otras cosas, como mantener este espacio (soy consciente de mi tiempo libre y lo utilizo para cultivar otras inquietudes). Lo cierto es que no me veo haciendo otra cosa.
Los hay que hubieran querido ser astronautas, médicos, escritores, payasos o sacerdotes. Exploradores, animadoras o domadores. También  científicos, pasteleros o arquitectos. Hay tantos sueños incumplidos como estrellas extinguiéndose en el firmamento, pero antes de arrepentirse les recomiendo intentar disfrutar de lo que hacen.


Y con tanto trajín profesional hoy me detengo en un libro que había pasado por alto. Y es que Los vecinos el álbum de la israelita Einat Tsarfati que este otoño publicó en castellano la editorial Tramuntana, nos habla de muchas cosas.
En primer lugar su protagonista (pelirroja, por cierto y que ha pasado a engrosar este monográfico) me recuerda a todos estos insatisfechos pues piensa que la vida de todos sus vecinos es más interesante que la de su familia. En segundo lugar en este libro se hace un derroche de imaginación, pues las páginas se desbordan de universos imposibles que suceden en cada planta del edificio. Vampiros, ladrones, artistas de circo son los secundarios que habitan un edificio tan real como fantástico.


También hay que llamar la atención sobre la estructura de un libro que se articula en pares de páginas dobles, en las que el primer par recrea el rellano de cada escalera con una puerta sugerente que invita a la protagonista (y de paso al lector) a crear su propia idea sobre los vecinos. Al pasar la página, como si de un juego de perspectiva se tratase (me recuerda a El otro lado de Banyai), observamos la vivienda imaginada/real. Igualmente he de apuntar a todos los detalles que llenan estas estancias. Guiños al arte, a la fauna salvaje, a las situaciones familiares, al humor, incluso a lo imposible enriquecen una historia que para más inri, termina de manera redonda pues la familia de esta niña un tanto voyeur no es tan convencional...
No se la pierdan y sigan trabajando con una sonrisa.

miércoles, 16 de enero de 2019

Autosuficientes



Cada mañana contemplo atónito como la puerta del centro educativo donde trabajo se transforma en un mare magnum de vehículos a motor. Un día por la lluvia, otro por el frío, y el tercero porque los nenes tienen el papo muy gordo, pero el caso es que aquello parece la Castellana en hora punta, algo incomprensible teniendo en cuenta que esta localidad es un guá y viven cuatro gatos. Los que cogemos el coche por necesidad no entendemos este despropósito (empezando por el combustible y terminando por otras muchas cosas) e imploramos un poco de sentido común entre los oriundos, bien para el ejercicio aeróbico de nuestros alumnos (no hay nada más que ver los cuerpos que se gastan), bien para el tráfico rodado de sus calles.


Los espectadores, de vez en cuando, nos preguntamos cuáles serán las razones que encaminan a estas situaciones, que no son exclusivas de este pueblo pues parece un mal endémico de cualquiera, y tras una lluvia de ideas convenimos que la sociedad, el sobreproteccionismo y  el exceso de confort nos ha abocado irremisiblemente a una realidad con la pocos sabemos lidiar.
Si es que algún padre me lee (lo dudo, pero estaría bien), les animo a que insten a madrugar a sus hijos, primero para asearse y desayunar en condiciones (pocos lo hacen, otra realidad poco saludable) y después para dirigirse al instituto caminando, para sentir el fresco de la mañana, despejar la mente, charlar sobre lo que nos deparó la velada y preparar el día.


Queridos padres, no les hablo de dejarlos a su suerte, de que floten a la deriva. Enséñenles cómo tejer las velas, cómo izarlas en el mástil. El funcionamiento de la brújula y del sextante, de qué lado sopla el viento. Provéanlos de remos, de una embarcación adecuada, constrúyanla con ellos. Muéstrenles qué peces son los más nutritivos, cuáles los menos. Cómo lanzar la red y preparar el anzuelo. De eso se trata la vida de ir aprendiendo en compañía, que solos ya estamos.
Y si son incapaces de decírles que lo mejor es ser autosuficientes (sé que produce cierta congoja), pidan ayuda a Gema Sirvent y Guridi, que les llevarán hasta Penélope en el mar (editorial Avenauta) una historia llena de metáforas y poesía donde la protagonista busca por sí misma su lugar en el ancho mar. Bien se merece una parada, no sólo por nuestros niños, sino también por nosotros mismos.


lunes, 14 de enero de 2019

Calorías navideñas enquistadas en los riñones



A veces sueño con bollos de mosto, más todavía cuando la vocecita del postureo me taladra el oído interno con su sonsonete cojonero. “Cierra el pico o te vas a poner como la Tomata, Romancico”… Una tortura vietnamita teniendo en cuenta que el ser humano ha sido concebido para el engorde y con poco vamos (es lo que tienen los animales homeotermos).


Sí, señoras, señores, la operación bikini se cierne sobre nuestras cabezas. Y sólo hay dos salidas si queremos lucir un físico óptimo (N.B.: Baratas, claro está. Si no quieren sacrificarse siempre les quedará la lipoescultura, las fajas de compresión e incluso las salas de espejos de algún circo). Elijan: o seguir comiendo y menear el papo, o estarse quietecico y tragar mucho menos (y si es tiritando como los pájaros, más calorías gastamos). Como siempre hay tiempo para zamparse medio gorrino y ofrecer nuestros cuerpos al sedentarismo, un servidor, que todavía quiere dar la lata unos cuantos años más y lucirse aceptablemente en Instagram, se queda con  la primera opción, la del ejercicio para seguir cebándose.


No intenten consolarse (que mal de muchos…) y sean conscientes de que esta navidad se han puesto como El Tenazas (a no ser que la hayan celebrado cual Ramadán). Tibios a base de turrón y otras delicias heredadas de los árabes -paradójico tema que siempre me ha entusiasmado-, de asados cárnicos (donde esté un buen cordero manchego…), los menos de pescado (¿Se ha extinguido el besugo?), con buen marisco (¡Viva el ácido úrico!), embutidos ibéricos (a los que los chinos se están aficionando), frutos secos y encurtidos de todo tipo (los altramuces de la infancia que no falten), quesos añejos, buenos vinos (en mi casa, de La Mancha) y sidra (para que empape la pringue).


Ahora que lo pienso, ¡anda que no comemos! ¡Semejante amasao pegado al riñón! ¡Nos parecemos a Finn Hermann!... ¿Qué no saben quién es este señor? Pues uno de los cocodrilos más famosos de la LIJ (escrito por Mats Letén, ilustrado por Hanne Bartholin y editado por Libros del Zorro Rojo), uno al que no se le resiste ningún manjar (entiéndase por ello cualquier otra mascota más pequeña que él), nada oiga, que engulle todo lo que pilla. Lo mejor de todo es que lo hace en un abrir y cerrar de ojos-página (por todos es sabido que los reptiles no mastican como nosotros) y no se entera ni su dueña.
No tomemos su ejemplo (que su estómago no tiene fondo) y comamos con mesura, que es la mejor manera de mantener la línea. Ni por encima ni por debajo, que ningún exceso es bueno.


jueves, 10 de enero de 2019

Consejos para seguir caminando



A veces me pregunto quién soy, de dónde vengo, qué hago aquí. Rápidamente abandono estas preguntas. En casa suelen decir que hay que pensar lo justo, no sea que nos volvamos locos con tanto existencialismo... y no llevan poca razón pues a veces, con tanto calentamiento de cabeza, cierta tristeza me inunda y no creo que tenga necesidad de pillar depresión alguna.


Es más fácil tener en consideración cómo funcionan las cosas y adaptarse a las circunstancias (que no amoldarse, hay una gran diferencia entre ambos verbos) y sobrevivir a este mundo de la mejor –y más coherente- manera posible. Entre mis máximas está la de ir a lo mío y no joder a los demás. Ser mosca cojonera o pisar al resto de humanos no entra en mi ideario, más que nada porque carezco del tiempo necesario. Nunca he entendido a aquellos que se vanaglorian de ese comportamiento, pues deben estar muy aburridos. No obstante entiendo que cada uno se busca las habichuelas (también pueden llamarlas estrategias) para llegar a viejo y poder contarle a sus nietos cómo lo hizo.


Empresarios de éxito, amas de casa, altas ejecutivas, científicas, mendigos y buscavidas, curritos de todo oficio, políticos  y mafiosos, escritores, artistas, premios Nobel e incluso toreros, nos hacen llegar sus consejos para seguir caminando por la vida, unas veces con ligereza y otras a paso firme. Quizá nos sirvan algunas advertencias, quizá desechemos otras muchas, pero el caso es que desoír lo vivido por el resto de seres humanos no creo que sea buena manera de proceder. Por ello les animo a escuchar a viejos y jóvenes, a hombres y mujeres, a cualquiera que tengan cerca. Bien pueden ofrecerles alguna clave.


Y así arribamos al Aquí estamos (editorial Andana para España) del  aclamado Oliver Jeffers, el cuaderno de bitácora que un padre (en este caso el propio autor) lega a su hijo y de paso rendir tributo al abuelo. 
Aunque el soporte del álbum puede parecer insuficiente, es llamativo como Jeffers incluye en él todo un compendio de saberes, no sólo astronómicos, sino ecológicos o sociales, que pueden ser útiles a cualquiera para sobrevivir en este mundo complejo que hemos construido junto a la naturaleza. Sobre las ilustraciones decir que el ilustrador ha dado bien en el punto del color, sobre todo por conferir tonalidades magenta y anaranjadas a muchas de las imágenes, unas que sugieren ocasos y amaneceres evocadores y tranquilos que podrían traducirse en un mensaje esperanzador (al menos para mí).


Quizá nos encontremos una vez más con un producto editorial difícilmente clasificable ya que  aúna elementos de la ficción y de la no ficción, pero lo cierto es que sus páginas han calado hondo en los lectores de toda edad y condición. 
A pesar de mis reparos iniciales (Todo hay que confesarlo… La vis comercial que genera Jeffers, empieza a ser bastante grande: 14 millones de ejemplares vendidos de todos sus libros. Es para pensárselo), admito que tras una lectura pausada he hallado en esta obra algo humanamente hermoso que me ha cautivado, no sólo por lo personal de la idea, sino porque ha sabido hacerla extensiva a los demás, puede considerarse universal, que al fin y al cabo tiene mucho que decir en lo literario.


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