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lunes, 2 de marzo de 2020

Primavera, caos y orden



Después de la resaca de mi doceavo cumpleaños bloguero, empiezo marzo con bastante alegría (Hasta que algún cretino venga a tirarme de las orejas… Siempre la misma historia…). A pesar del viento y otros meteoros poco agradables a los que hay que poner nombre (me parece tal la gilipollez, que no le voy a dar ningún bombo), la primavera se va abriendo paso. Empiezan a florecer los primeros nazarenos y las calles se entusiasman del bullicio reinante.
A pesar de ser una época con bastante esplendor, los humanos nos empeñamos en sacarle brillo (¿No tendrá bastante?), pues muchos empiezan con las limpiezas de temporada. También con las obras. Que si pintores, albañiles, fontaneros y alicatadores. Todo se llena de cubetas de escombros, de camiones de mudanzas y las cajas de cartón se cotizan tanto como las mascarillas asépticas (¡Trescientos euros que piden por una de estas, tú!).


Retira muebles, guarda los libros, busca plásticos grandes… Toda una odisea para ponerlo todo patas arriba. Esa es la manera que tenemos los seres humanos de celebrar la llegada de la diosa Primavera y, por supuesto, de hincharnos a trabajar. Saca la cubertería que te regaló tu tía Josefina y la vajilla de La Cartuja, métele un buen friegue a todos los “tupper” y echa las rayas del baño (¿Quién se inventaría esa costumbre?).
Si a todo esto unimos que el regreso a la normalidad atraviesa por una gran pérdida de utensilios de diferente importancia (¿Dónde pondría las pinzas de depilarme el entrecejo? ¿Y el microondas? ¿Y el carné de la biblioteca? ¿Y a mis hijos?), la cosa se pone fina y un poquito revuelta.


Con tanto orden y desorden llego a La casa donde todo se pierde, un álbum de Brian B. Cronin que da comienzo a una serie de la que sólo ha visto la luz en España este título (editorial Jaguar) y que no deja indiferente a nadie.
En este libro interactivo (si es que alguno no lo es) el autor nos propone un juego de búsqueda en una casa que está llena de trastos. El argumento es sencillo: un par de nietos tienen que buscar una serie de objetos para que su abuelo se acicale y el lector-espectador puede echarles un cable.
Cada doble página nos presenta una estancia de la casa abarrotada de objetos y chiches (En la Mancha nos referimos a este vocablo cuando nos referimos a cosas delicadas, bonitas y, por lo común, pequeñas e inútiles, que abarrotan y engalanan un hogar).


Lámparas, libros, cuadros, juguetes, ropa… todo cabe en estas habitaciones con una característica en común: en cada una prima un color. Todo (y cuando digo todo es todo) es amarillo, magenta o verde en la misma doble página. Aunque visualmente es muy extraño (hay veces que el contraste chirria y sorprende a partes iguales), esto del monocromatismo tiene una doble lectura. Por un lado dificulta la identificación de los objetos perdidos, lo que hace más difícil la búsqueda (N.B.: Les puedo asegurar que un servidor no ha dado con muchos de estos). Por otro lado busca el sentido a una última escena multicolor donde se conjugan todos los colores de las páginas anteriores.


Ya saben, busquen y rebusquen es este libro con cierto aire japonés (¿Verdad que tiene un puntito muy oriental? Sobre todo en la caracterización de los personajes) aunque por las venas del autor corra sangre irlandesa. Y si no dan con todo lo que ha perdido el abuelo, siempre pueden acercarse a esta página web y buscar ayuda.
Por último, una sugerencia. No salgan locos con el orden-desorden primaveral, hay veces que hay que disfrutar del caos y la incertidumbre reinantes.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Coronavirus o el poder de la histeria colectiva



Regreso de un largo fin de semana y me encuentro con que el coronavirus nos acecha cada vez más y mejor, y ya lo estoy viendo… Los medios de comunicación se van a poner las botas, los políticos aprovecharán para hacernos alguna putada (como si no fuera bastante intervenir los servicios secretos y el poder judicial que se van a dedicar a la sanidad... ¡La casta metida a médicos! ¡Socorrooooo!), los fabricantes de mascarillas (inútiles en muchos de los contagios, por cierto) se van a hinchar a vender, y los científicos y sanitarios se cagarán en nuestros muertos por los tembleques infundados. Una situación la mar de halagüeña como ya ven... y la cifra de contagios sigue aumentando...
Por si no fuera poco y dada mi condición de biólogo, se ve que me va a tocar ejercer de maestro en horas no lectivas (para que luego digan que no trabajamos) explicándole a más de uno los riesgos que conllevan estos bichitos para la salud pública (¿Hay de eso en España? Creía que nadie, incluido el Ministerio que lleva su nombre, sabía qué era eso).


“Yo que tú, me preocuparía más de procurarme una buena higiene, una dieta rica en legumbres, verduras y frutas, hacer algo de ejercicio, usar condones y evitar las drogas, antes que de buscarme una buena mortaja” le dije ayer a una. Y va se me enfada (otra que quería mentiras). Ni estaba de cachondeo ni le pedí matrimonio (¡Eso sí sería una faena, teniendo en cuenta como está el percal!), pero la cuestión es torcer el morro. Menos mal que deje a un lado las catástrofes naturales, la incidencia de cáncer, los accidentes de tráfico o la gripe, que si me descuido, me fusila.
Señoras, señores, lo mejor que pueden hacer ante esta familia de virus complejos de ARN (ácido ribonucleico, para poco doctos) es quitarle importancia, tomar unas precauciones básicas (lávense las manos, eviten los estornudos y cualquier contacto salival ajenos) y vivir. Pues nadie sabe cómo puede sobrevenirnos la muerte. Lo importarse es no dejarnos llevar por la psicosis colectiva (¡Qué malo es formar parte del rebaño!) y llevar una marcha más o menos sensata (no demasiada, que las locuras también nutren el alma).


Y para aquellos que no me hacen ni caso y prefieren acudir a la farmacia, colapsan urgencias o deciden ponerse en cuarentena (les recuerdo que hace una climatología “espléndida”, tontos serían si optan por esta última), les dejo un álbum del año pasado que pasó un tanto desapercibido (se lo dice uno que está muy puesto y sólo conocía la edición inglesa), pero hiper-necesario para todos aquellos que gustan de poner el grito en el cielo y sacar de quicio el más mínimo problema.


Accidente de Andrea Tsurumi (editorial Océano-Travesía) además de ser uno de esos libros que con una propuesta humorística y estructura de sketch se mofa de nuestra condición histérica, es bastante interesante por alguno de los recursos narrativos que utiliza, como por ejemplo las guardas peritextuales (cuando lean el libro entenderán por qué) o la función narrativa de la portadilla, algo que es cada vez más frecuente en obras de autores contemporáneos -les recomiendo echar el ojo a las de Sergio Ruzzier-.
Así mismo, la autora de este libro echa mano de algunos recursos propios del tebeo, como los bocadillos o la secuenciación de escenas (tiene mucho sentido en una obra de vértigo donde el espacio-tiempo habla por sí sólo), para articular una historia en la que Lola, un pequeño armadillo convierte un pequeño percance en todo un desastre para darse cuenta que ni siquiera su madre está exenta de cometer un fallo.


El zumo derramado, una tarta aplastada, una manguera anudada o incluso una biblioteca desbaratada son parte del lío monumental que se forma en una ciudad que recuerda mucho a las de Richard Scarry (¿No ven mucho de este autor en el interior de las casas o en la caracterización de los personajes?).
Si a todo ello unimos una gran riqueza léxica y lo expresivo de la tipografía (la forma y tamaño de las letras dicen mucho a lo largo de toda la historia), no puedo más que recomendar a manos llenas un librito que seguro les hace repensarse su posición frente a los tan anunciados males del SARS-CoV-2.



miércoles, 19 de febrero de 2020

Maternidad idealizada



Por mucho que los influencer de la crianza se dediquen a ensalzar las bonanzas de la maternidad, un servidor, que vive en el mundo de la perpetua adolescencia no sabe qué pensar al respecto. Se escucha de cada barbaridad en las redes sociales, que dan ganas de liarse a tiros ipso facto. Ves a cada madre, a cada padre, a cada psicólogo, a cada gilipollas en este universo, que lo mejor que puedes hacer es reírte de sus pedos de colores (o incluso fumártelos, a ver si te conviertes en unicornio).


Lo primero es que casi todos se dedican a la infancia y casi ninguno a los quinceañeros (se ve que la cosa les resulta menos llevadera) algo que me da un poco por el cacas ¿Acaso la crianza acaba a los doce años? Pobres y abandonados teenagers...
Lo segundo es el grado de melindre y ñoñería que suelen utilizar en sus disquisiciones sobre pañales, dientes caídos, fiestas de cumpleaños, riñas de parvulario y otros pormenores infantiles. Son tan babosos que dan ganas de regurgitar hasta la primera papilla. ¿Nadie les habrá dicho que el empalague no es directamente proporcional al cariño?
Lo que sigue es el postureo. Los críos son como los gatetes: más o menos fáciles de adiestrar, lucen mucho en cámara (sobre todo con muselina y encajes de bolillos) y a medio mundo se le cae la baba con ellos. Los “likes” fluyen a mansalva y el negocio sigue imparable mientras violamos sus derechos de imagen (mis nenes son míos y los exploto cuando quiero).
Y lo último es el grado de condescendencia que destilan... Llevo casi un tercio de mi vida trabajando con adolescentes. Una media de ciento veinte alumnos por curso durante siete meses al año. Y lo más valioso que he aprendido es que con ellos NO HAY RECETAS. Cada uno es cada uno y hay que andarse con cautela. Prefiero prestar atención a los compañeros que ofrecen recursos de todo tipo (alabo la generosidad en todas sus formas) que escuchar las monsergas de esa caterva de “influmierder” que solo aspiran a falleras mayores (Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!).


Y si no han tenido bastante sorna hoy les traigo un libro con el que me topé el otro día en una de esas librerías fantásticas que visito y que me pareció extraordinario. Mama Bruce de Ryan T. Higgins (editorial Anaya) es uno de esos libros que desde el humor hurga en tu subconsciente desde la primera página y construye una parodia de muchos aspectos de la vida occidental actual.


Bruce es un oso que siente verdadera pasión por los huevos. Se dedica a recolectarlos de cualquier nido y, como buen morrifino, los prepara según le indican los gurús de la gastronomía (este guiño a la dictadura de la gastronomía me parece muy simpático). Un día encuentra una receta con huevos de ganso y tras hacerse con ellos, rompe el cascarón y ¡voilá!, en un periquete se convierte en la “madre” de cuatro patitos.
Con unas ilustraciones de corte humorístico y bebiendo de algunos recursos del cómic (inclusión de viñetas y serialización de escenas), este álbum (que da comienzo a una serie, por cierto) nos invita a reflexionar sobre la maternidad, sus pros y contras. No precisamente desde una postura edulcorada y suavona, sino desde la relación materno-filial menos deseada en la que también tienen cabida el cariño y la solución de ciertos problemas. 
Lo pueden sugerir, leer y hasta regalar (no tengan miedo a sobrevolar los derroteros del discurso moral erróneo que algunos promueven), seguro que cualquier padre o madre se siente identificado con Bruce (¡Que levanten la mano y se dejen de tanta pantomima!). Que ser padres, digan lo que digan, cuesta, por mucho que queramos idealizarlo.


miércoles, 22 de enero de 2020

Excursiones bajo la lluvia



Glorias hay bastantes. Una alumna que tuve el año pasado muy maja y cachondona, pero más vaga que el suelo…, una perra guapísima que tenía cierta vecina de la infancia… y la que nos ha traído nieve, viento y, sobre todo lluvia y frío al levante español.
Ayer jarreó todo el santo día. No les exagero si hablo de dieciséis horas de agua ininterrumpida. Aunque en algunos lugares de nuestra geografía caía a mares, aquí llovía bien, sin prisa pero sin pausa, calando bien el campo, que es lo que hace falta.
Habrán deducido que me encanta la lluvia. En primer lugar porque me chiflan los paraguas, ese objeto con vida propia, que se abre y se cierra (hay algo mágico en liberarlo de sus ataduras y pulsar el resorte), con tantos diseños y colores, que crea un microcosmos particular e intransferible bajo el que resguardarte. Los hay que prefieren las botas de agua (¡Otro clásico!) pero yo con mi paraguas soy la mar de feliz.


En segundo lugar tenemos el lado humano… Me gusta ver llover. Invernales u otoñales (en primavera no tanto y en verano, parece que nuestra latitud las ningunea). Sí, salgo a la calle y recuerdo a mis padres callejeando sobre el suelo mojado, pisando el barro, las hojas caídas. El olor a limpio, la frescura que trae el agua que va fluyendo. Mi hermana y yo corríamos por el parque, para arriba y para abajo, salvando los charcos.
Le echarán la culpa al cambio climático, dirán que vaya tiempo de perros, que hay que resguardarse en casa y no salir hasta que escampe el temporal, pero el caso es que yo tengo buenos recuerdos de estos días de lluvia. Bajar a tomar una cañeja y terminar montando una buena juerga, pisar un charco y terminar tomando un chocolate con cierta persona más que interesante, e incluso alguna que otra excursión universitaria pasada por agua y cientos carcajadas… “¿Qué te has ido al campo con este tiempo?” Sí, ¿por qué no? Un buen cortavientos, un paraguas o chubasquero, el almuerzo, y arreando que es gerundio.


Y hablando de excursiones, hoy les traigo una sin desperdicio. La que Yael Frankel ha realizado junto a la editorial Tres Tigres Tristes. Y es que en Excursión, su protagonista se deja llevar entre las maravillas que va encontrando en mitad de la naturaleza y su misma imaginación. Acompañado de monos, conejos, pingüinos, osos, elefantes y un sinfín de animales más, descubre un universo enriquecido que no deja de desbordarse a cada paso, y siempre ayudado por la lista de “necesidades” que le ha propinado su madre antes de partir.
Con unas ilustraciones centradas en la línea, donde no se dibujan las formas clásicas pero que sí invitan a la búsqueda de los volúmenes y el colorido en el subconsciente del lector, la autora argentina nos lleva de la mano en una historia donde pone en tela de juicio el paternalismo (¡Qué pesados y protectores se ponen los padres!) y subraya el carácter subversivo e independiente de la infancia.



lunes, 23 de diciembre de 2019

Con los que importan...



Llegó la Navidad. Comercios hasta la bandera, calles llenas de luces, contenedores llenos de cajas de cartón (sin jamones ni vino, claro), sales de frutas y bicarbonato agotados, pedigüeños en cada esquina… Sí, amigos, se armó el belén de nuevo y nada podemos hacer por remediarlo. Que sí... Ya está aquí el Román para poner sobre la mesa la realidad..., con sus miserias incorporadas, que la mugre siempre le imprime carácter a las cosas...
No es para menos, señoras y señores, que todo hay que tomarlo con un poco de guasa o si no la seriedad nos amarga el dulce (¡Ay, qué hartura de empiñonadas, anguilas de mazapán y polvorones!). Y es que es difícil el no percatarse de lo hartos que estamos de vivir (bien, of course), de tanta sobra (hasta los perros están panzones), de tanto regalo y tanta ostia. Se lo confirmo: yo me he plantado este año.
Y de entre todos los virus navideños, el que más enfermo me pone es el de los compromisos, pues no teniendo bastante con bodas, bautizos y comuniones, hacen aparición los ágapes institucionalizados y otras convenciones sociales. ¿¡Qué es eso de de tanto mamoneo…!? Yo quiero estar con los que quiero, con mi familia y amigos (dedos contados que ya me dan bastante faena).


No encuentro el momento de cumplir con gente que no me inspira un aprecio real, que ni siquiera conozco ni me conoce, que son meras coincidencias y casualidades en las que mi capacidad de elección ha tenido poco que decir. No les negaré que me haya metido pocas juergas con compañeros de trabajo y otras obligaciones, pero ha llegado el momento de centrarse.
Que esa vida social tan intrincada que muchos creen tener, ni llena ni enriquece, pues la gente que quiere cumplir con todos, al final, parece vaciarse de quien está siempre. Es paradójico como tanto café, tanta cena, tanto viaje, tantos planes y tanta agenda están empobreciéndonos el corazón.
Es por eso que hoy les traigo un libro hermoso sobre los pequeños momentos que compartimos con quienes nos conocen de verdad, o al menos esa es la conclusión a la que he llegado mientras disfrutaba con Tea y Camaleón son hermanos. En este álbum de Koichiro Kashima y María Jose Ferrada, editado por A buen paso, se habla de muchas cosas, no sólo del estrecho vínculo que existe entre los protagonistas, sino de la necesidad de sentirse cerca, pues entre ellos no hacen falta ni obviedades ni formalidades.
Están ahí, en la Gran Nube de Té, en mitad de un concierto, incluso compartiendo la enfermedad. Nos susurran acerca de la familia que no es familia, de los hermanos que no son hermanos. Nos dicen tantas cosas… Que tenemos suerte de estar al lado de otros, que esos instantes son aunque no los veamos, que los busquemos, que no los perdamos, que la vida es eso: delicada poesía.



martes, 3 de diciembre de 2019

De familias y otros percales



Ha comenzado el adviento. Los comercios están abarrotados de productos y, sobre todo, de gente. No hay quien quepa en los bares (para una cervecita siempre hay tiempo) y el personal no para de hacer cábalas y así cuadrar una agenda que cada año se hace más cuesta arriba (Menos mal que yo me mantengo fiel a mis principios de asistir única y exclusivamente a aquellos eventos en los que pinto algo…).
Se avecinan las cenas “remember”. Las de los años de colegio (Pfff… Nostálgicos…), las de cuando íbamos al instituto (Más de lo mismo…), incluso las del conservatorio (¡Yingelbels, yingelbels…!). También hay que quedar bien con los amigos de la infancia (Qué acabaos están algunos… Hola… ¿Es ahí el geriátrico?), con los del barrio (¡Y venga batallitas!) y con los del apartamento de Torrevieja (Aunque los cuerpos no estén para olas). En definitiva, hay que ver a todo quisqui y no morir en el intento (cosa harto difícil, pues los estómagos ya no están para ostias).


Lo mejor de todo es cuando hacen acto de presencia los familiares... Como si de una aparición mariana se tratase, empiezan a desfilar por la puerta cientos de sombras chinescas que vienen a ponerse como la Tomata. Lo que otrora era un remanso de paz, se transforma en un comedero de pollastres. Si te descuidas te sacan el ojo con un mondadientes. A ver quién se ceba más. Como si no hubiera un mañana… Intentas agasajarlos, sacas las mejores viandas del trastero y al final terminas a codazos. No sabes cuántas cabezas, cuántas manos, cuantas suegras y cuñados hay alrededor de la mesa. Cuentas tropecientas bocas, unos cuantos anillos de casado, no-sé-cuántas fajas, otras tantas gafas (las lentillas las dejamos a un lado), un par de dientes de plata, y al terminar, te desmayas.


Así, con la consciencia perdida, llegamos a uno de esos libros que te hacen pensar al mismo tiempo que te sacan una sonrisa. Y es que En mi casa somos... un libro con texto de Isabel Minhós Martins, ilustraciones de Madalena Matoso y editado por Takatuka, nos encontramos con una dilatada familia con la que la vida es toda una aventura, no sólo aritmética (¡Atención a los maestros de preescolar y primaria! ¡Que este libro da mucho juego con las matemáticas!), sino también por lo anatómico de la historia.


Si además tenemos en cuenta que nos hace reflexionar sobre la animada vida en familia (si yo les contará nuestras celebraciones en familia de antaño, no pararían de reír en un par de años) y lo (des)agradable que es tener a hermanas, padres, abuelos, tíos y primos al lado, podríamos afirmar que este libro es una imperiosa necesidad. Y si me apuran, les empujaré a que lo lean todos juntos, al derecho y al revés, y de esta manera, pasar más tiempo juntos que, aunque no lo crean, es lo que nos hace falta.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

De puertas de colegio y vínculos hermosos



De camino a casa, suelo encontrarme con aquellos que recogen a los niños de la escuela. Unos van charlando animadamente sobre el menú del día (cada vez que se me ocurre poner la oreja me escandalizo de la dieta infantil actual), otros se ponen a gruñir (¡Venga nene! ¡Que tengo prisa!), los menos van charlando con sus hijos sobre los acontecimientos de la mañana, pero siempre queda alguno que regala una pequeña parada en el parque a sus hijos (y yo me conformo con sonreír).


Me acuerdo de cuando mi madre acudía a la puerta de la escuela. Ella, como el resto, iba andando. Nada de coches por las inmediaciones, menos todavía si tenemos en cuenta que la calle donde estaba ubicado el centro parecía un bodoque y el estacionamiento era impensable. Todas se agolpaban bajo las columnas del soportal a modo de muro de contención. Salíamos disparados, resonaba el griterío, una marabunta de mochilas y alguna que otra pelea. Así era la salida del colegio.
Desde entonces las cosas han cambiado bastante... Antes era raro ver abuelos y marmotas pululando por los colegios y ahora abundan cada vez más las niñeras y personas mayores (es lo que tiene lo laboral, amigos). Lo de los coches es un despropósito (no sé si es que los adultos nacen con las piernas amputadas o es que nadie lleva a sus hijos al colegio más cercano). Pero lo que más me gusta es ver como acuden cada vez más hombres a las puertas escolares, un signo de que la crianza se comparte cada vez más.


Así llegamos a El primer diccionario de Nara, un álbum de David Pintor, editado por la joven editorial alicantina Degomagon, al mismo tiempo que cumple la función de diccionario-imagiario, es un tributo a la relación entre un padre y su hija, pues no sólo ayuda a los niños en sus primeros pasos con el lenguaje, sino que nos cuenta la historia del autor y Nara, de cómo han ido caminando juntos a lo largo del tiempo, de cómo comparten su día a día y de cómo se comunican y entienden, algo que, en sí mismo, es cautivador.


Seguramente muchos de ustedes se hagan la misma pregunta que yo “¿Por qué no ha sido editado enteramente en cartón?” Y yo respondo, primero porque sus tropecientas páginas hubieran sido inmanejables en un libro de esas características y segundo porque el Sr. Pintor también quería que este libro fuera extrapolable a los adultos, unos que, con hijos o sin ellos, fueran partícipes de ese vínculo hermoso entre progenitores y vástagos, de la humanidad que desprende la familia.


lunes, 23 de septiembre de 2019

Diciendo adiós al verano



Hoy es el primer día del otoño y aunque es una estación que me encanta, noto cierta desazón en el ambiente circundante. Les confieso que, en lo que a curro se refiere, el comienzo de curso no ha sido muy halagüeño, sobre todo porque te das cuenta de que la gente no es todo lo buena que debiera y, aprovechándose de su situación de poder, te pisotean hasta que sangras. Una mediocridad propia de pobres arribistas (que todo hay que decirlo…).
La verdad es que a mí, básicamente me la bufa: soy manchego y me recupero pronto. No obstante les diré que de vez en cuando me dan ganas de enganchar una guadaña y ponerme a segar cabezas (les estaría bien empleado por estirar tanto el cuello).


“¡Cómo estás, Román! ¡Cuánta violencia! ¡Pero si acabamos de empezar!” Déjense de pamplinas, que ustedes no saben el politiqueo que hay que aguantar. No tienen suficiente con aburrirnos hasta la extenuación echando mano de una burocracia inútil, sino que seleccionan a los peores perros para controlar el cauce de sus fechorías.
No se crean que estoy por la labor de invertir mis energías en gente obtusa que solo quiere ponerse medallas con el trabajo de los demás, no (aquí nadie se va de excursión con los críos, pero todos se suben al carro cuando hay que soltar el discursito). Hoy estoy aquí para que todos los monstruos olvidemos los montones de mierda que nos rodean y demos la bienvenida al lunes de la nueva estación como se merece, con una pizca de belleza.


Y es que no se me ha ocurrido mejor manera de hacerlo que con Stian Hole y su álbum El final del verano (editorial Kókinos). Tenía muchas ganas de hablar de este libro, pues a pesar de que lo incluí en esta selección de Clásicos básicos del álbum actual, no había hablado de él hasta ahora. 
Aunque forma parte de la trilogía de Garmann, el niño protagonista, es un libro que puede leerse desde lo individual pues en él se recoge de una forma maravillosa esa esencia que destilan los finales estivales.
El argumento es sencillo. Se acaba el verano y la familia de Garmann recibe la visita de sus tres tías, unas viejecitas un tanto peculiares que en parte recuerdan a las Parcas y en parte a las hadas madrinas (¿será por el número tres o hay algo más detrás?). Es así como este niño se empieza a hacer preguntas sobre sí mismo, sobre las tres mujeres, sobre sus padres, y sobre el futuro de todos.


De corte sincero y divertido, Hole hurga en los miedos de la infancia desde un lenguaje directo, incluso económico (estos nórdicos...), sin olvidar el contrato fantástico con el que envuelve unas ilustraciones a caballo entre el collage y las técnicas digitales, donde lo surrealista y lo onírico se abren camino para explorar un universo colorista y con mucho humor. Imágenes que a modo de mapas nos invitan a buscar detalles, tesoros escondidos que enriquecen la narración y revolotean en el subconsciente.
Me gusta que los finales del verano sean luminosos, que se abran claros que inunden de luz el otoño futuro…



miércoles, 5 de junio de 2019

De trastos y segundas oportunidades



Junio ha entrado en nuestras vidas y muchos aprovechan para hacerle un lavado de cara a sus hogares. Albañiles, cristaleros, pintores, carpinteros, fontaneros o alicatadores se afanan para hundir tabiques, cambiar tuberías, cambiar azulejos, tomar medidas de los muebles de la cocina, y eliminar el gotelé o el papel pintado de las paredes (¡Qué modas tan incómodas).
Sí, sí, sé del estrés que conllevan todas las obras, de los ataques de nervios a los que te ves expuesto, de las broncas con los obreros, con tu pareja y con el Dios que lo fundó. De las enormes diferencias entre presupuestos, de los plazos aplazados y de las toneladas de mierda que hay que limpiar… No obstante, no sé qué es peor, si dejar el trajín a los supuestos profesionales o remangarse la camisa y comértelo y guisártelo tú solito.
Un servidor a veces se encuentra con ánimos y se pone de chapuzas, y tras mucho trabajo (el que piense que estas cosas son caras, que se ponga él/ella al quite y empezará a valorar) y más de un error, jura y perjura que nunca más, que quizá uno se ahorre la mano de obra, pero no las sesiones en el fisioterapeuta que palien el dolor de riñones.


Aparte de las grandes intervenciones de interiorismo tenemos la limpieza primaveral (o veraniega, como es mi caso), una serie de operaciones en las que ponemos la casa patas arriba y empezamos a recolocar y eliminar trastos de todo tipo. De esta manera hacemos más habitables unas cuevas que durante todo el año se han ido rellenando de ácaros, polen y otros materiales en suspensión. He aquí mi gran problema, pues el leve síndrome de Diógenes que padezco, me impide tirar a la basura montones de cosas inútiles en las que siempre encuentro una razón emocional que me lo impide.
Empezando por libros y terminando por apuntes universitarios, lámparas viejas, ventiladores descacharrados, dibujos, arena de playa, e incluso piedras, mi hogar está lleno de todo tipo de chucherías inservibles que bien merecen un contenedor. Siempre encuentro razones para conservarlos, de las que la más socorrida es “¿Y si un día me sirve para algo?”


Ese es el espíritu de las tres erres (ya saben: reducir, reciclar y reutilizar), que en casos como este elevo a ene. Será que encuentro mucho romanticismo en darle segundas y terceras oportunidades a los enseres, a los objetos. Mesas que fueron ventanas, cabeceros que fueron biombos, marcos que fueron espejos, o maceteros que fueron tazas pululan por mi casa. Y a este punto es al que deseaba llegar, pues el libro de hoy nos habla de todo esto.
La sillita azul, un álbum escrito por Cary Fagan e ilustrado por Madeline Kloepper (editorial Juventud) es de esos libros que hablan por sí solos. Cuenta la historia de la silla de Nico. Él crece y la silla, inservible ya, va pasando de mano en mano, dando servicio a multitud de personas que encuentran en ella utilidad. Al mismo tiempo, esa silla, cambia de color y fisionomía, como un viajero que se llena de experiencias.


De este libro circular (cierra ese ciclo un relevo similar), hay dos cosas que me han encantado. Por un lado nos cuenta historias del día a día (¿Quién no ha heredado unos pantalones de su primo? ¿Y los libros de texto del vecino? ¿Y el móvil de su padre?), y por otro hace gala de un recurso que abunda en la Literatura Infantil -sobre todo en muchos cuentos tradicionales del romanticismo como La tetera o El soldadito de plomo-, en los que el autor insufla vida a los objetos para hacer un símil con la vida humana, una que puede mutar y enriquecerse a cada paso.


martes, 28 de mayo de 2019

La suspensión de la incredulidad


 

Ante tanta cara de incredulidad tras el periodo electoral (la de los votantes me sorprende, pero la de políticos me encanta), he caído en la cuenta de que nunca he hablado en este espacio con tanta ficción de la llamada suspensión de la incredulidad, un mecanismo que todo lector debe conocer. A ello voy.
Aunque en la actualidad se puede extrapolar a muchos ámbitos, véanse los procesos electorales, los videojuegos o las series televisivas, el término suspensión de la incredulidad se acuño hace bastantes años, concretamente en 1817 por el poeta Samuel Taylor Coleridge. Él pretendía poner nombre al efecto que cualquier obra literaria de ficción produce en el lector, es decir, que este asuma un papel dentro de la historia aunque sea consciente de que todo es irreal y sólo se encuentre plasmado en un libro, que el espectador aparte voluntariamente su sentido crítico y se sumerja en un universo nuevo.
Para conseguir esto Coleridge aludía a ciertas características que debía presentar una narración para que el lector accediese a dejar a un lado el mundo real mientras realizara la lectura, que ese pacto entre lector, obra y autor fuese manifiesto, que el escritor convenza y el lector se deje convencer para no echar a perder una experiencia estética, lúdica y/o intelectual. No es lo mismo empaparlo en fantasía épica (imposibilidad verosímil), que en una trama mafiosa o que embeberlo en un drama amoroso (imposibilidad probable), la construcción de esta atmósfera que active la credulidad de lo imposible es diferente dependiendo de cada caso.


Años más tarde la suspensión de la realidad ha ido haciéndose más compleja, quizá porque los lenguajes utilizados en las distintas creaciones culturales han evolucionado y se han diversificado. La televisión o el libro-álbum han incorporado la imagen, estática o en movimiento, en un proceso complejo que facilita ese acceso a la ficción y deje entender las reglas de ese juego que supone el universo creativo. En el ámbito televisivo se me ocurre citar a la exitosa Juego de tronos, una serie por la que millones de espectadores se han dejado seducir hasta el punto de impregnarse de una historia que, a pesar de destilar elementos imposibles, ha creado verdaderos entusiastas.
¿Y puede ocurrir que el lector suprima ese limbo de credulidad, que rompa ese contrato? Por supuesto, sucede no pocas veces ante una novela, una película o un videojuego. Tiene lugar cuando el autor sobrepasa el límite de la permisividad del receptor, es decir, agota un acto de fe. Un giro estúpido, una palabra malsonante, un suceso poco lógico…, hay tantos desencadenantes que esa es la razón de que tanto escritura, como lectura sean ecosistemas frágiles en los que es bastante complicado alcanzar la estasis, el equilibrio.
Para terminar con este prefacio (ya saben que la recomendación viene después), una curiosidad, pues me llaman mucho la atención todos aquellos personajes que han suspendido esa incredulidad totalmente para quedar supeditados por completo al mundo fantástico y que tanto abundan en la literatura. Unos entre los que brilla Don Quijote, protagonista de nuestra obra más universal.


Y si después de tanta perorata no han quedado hartos de creer en lo increíble, aquí les dejo un librito que tras una apariencia sencilla tiene mucha sustancia, pues ¿Y tú, qué crees?, un álbum de Marta Comín (editorial A buen paso), nos atrapa para hablar de los diferentes puntos de vista entre los miembros de una familia (Adivinen quién es el narrador). Y es que este libro colorista, de figuras planas, con detalles sugerentes, y juegos de troqueles y perspectiva, nos cuenta como cada uno creemos las cosas según nos dicte la propia experiencia, nuestros anhelos y deseos, la naturaleza, los prejuicios, los miedos, las supersticiones o la utilidad con la que las rodeemos.
Yo creo que es un título que abre muchas preguntas y nos da respuestas. Creo que hace pasar un buen rato tanto a pequeños, como a mayores (¿Verdad, Ana?). También creo que con él se pueden proponer un sinfín de actividades, en casa o en el colegio. Creo que… ¡Basta! Ya he creído demasiado ¿Y ustedes? ¿Qué creen?


jueves, 9 de mayo de 2019

De familias muy humanas y un clásico remasterizado



Alumnos, compañeros de trabajo, repartidores, camareros, dependientes y desconocidos dan muchos calentamientos de cabeza, pero ¿y la familia, qué? No se crean ustedes que no ofrecen pocos disgustos. De hecho considero que tus allegados siempre son quienes tienen la mayor capacidad para sacarte de tus casillas. Bien por la confianza que depositas en ellos, bien porque los conoces demasiado bien, siempre acaban amargándote la existencia.
Viejos manipuladores, madres chantajistas, abuelas regentes, hijos parásitos, nietos lloricas, cuñados pusilánimes, otros también borrachos y cansinos, primos impertinentes, y demás fauna se entrenan para ponerte a prueba cada día, en cada reunión familiar, en los hospitales y los cementerios, en encuentros fortuitos y Dios-sabe-qué-más circunstancia.


Mi abuela, muy refranera ella, siempre decía que “El que se cabrea, tira la garrota, y cuando la recoge ya la tiene rota”. Hay que aprender a no molestarse, a hacer oídos sordos a todo tipo de necios, compartan tu genética o no, pues al final uno se lleva el sofoco y los demás se van de rositas, una opción poco contemplable pues también decía la matriarca que “Los disgustos se dan, no se toman”.
¡Ay, si Hamlet hubiera hecho caso a mi señora abuela! ¡No se hubiera ahorrado malos tragos…! ¡Incluso la vida! Pues esos congéneres obnubilados por la envidia y la miseria no merecían tanto drama… Y es que Shakespeare, que era muy listo sabía muy bien lo que decía en sus tragedias que, como esta, bebía de toda suerte de jugarretas familiares.


Ya sé que soy una rara avis y que no todo el mundo se encuentra con fuerzas de leer la más extensa obra de Shakespeare (admito que el teatro tiene su intríngulis pero una vez que cambiamos el chip, sólo hay que recrear escenario y actores en nuestra imaginación, y dejarse llevar), es por ello que hoy les invito a que disfrutar de Mira Hamlet, un albúm ilustrado sencillamente genial de Barbro Lindgren y Anna Hõglund editada en nuestro país por la editorial Thule.
La primera vez que vi este libro, me llamó mucho la atención, no sólo porque la historia de este príncipe de Dinamarca repleta de envidia, tretas palaciegas, inquinas personales y azar, está protagonizada por animales –conejos, zorros o ratas-, sino porque el texto se presenta de modo muy abreviado, pues en cada doble página aparecen las ideas básicas de cada acto de forma telegramática.


Les digo con sinceridad que la idea me ha fascinado, por un lado es fiel a los sucesos de la obra original, y por otro interna al lector, infantil o adulto (creo que muchos de ustedes, aunque crean conocer esta obra cumbre de la literatura, seguramente no sea así) en la lectura de creaciones sobre las que se construye la literatura occidental.
No debemos olvidar que, al igual que Shakespeare, este álbum de formato muy agradable e ilustraciones a grabado, adereza con cierto humor la acción a pesar de su vis trágica (me encanta que se aferre a la realidad ¡Cómo en la vida misma!). Ojalá hubiera más versiones como esta de El mercader de Venecia, Medea, La Celestina, Macbeth o La vida es sueño, que aproximándose a los pequeños lectores no dejen de ser los fieles reflejos de la vida pasada, presente y futura, pues ahí radica la importancia de los clásicos y su mensaje que sigue resonando en nosotros mismos: la humanidad.

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