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martes, 3 de marzo de 2020

Valiente fragilidad



Hemos dado la bienvenida a marzo y con él llega el periodo de exámenes. Hay cierto tufillo de nerviosismo en el aire y se palpa la tensión entre los estudiantes. Ojeras, caras pálidas y salidas de tono son el pan de cada día. Sí, no es muy agradable estar embebido en una atmósfera tan recalcitrante, que el humor es una cosa muy seria y hay que cuidarlo. A menos que venga algún gilipollas a darte el día, lo mejor que podemos hacer es sonreír, que para llorar por un cerapio siempre hay tiempo.
Como en botica, estudiantes hay de todas clases. Los hay muy trabajadores, como laboriosas hormiguitas que al final salen del paso. Otros son más espabilados y prefieren echar mano de sus capacidades antes que de hincar los codos (¡Y cómo les jode a los demás…!). Están los que se esperan a última hora para invertir todas sus horas de sueño en el aprobado raspado. También los nerviosos que la cagan en el último momento por un exponente, un paréntesis o la idea feliz de turno. Los alegres y los despreocupados también tienen su hueco en este catálogo de alumnos. Y así, uno tras otro, van pasando los cursos escolares.


De entre todos ellos mis favoritos son los alumnos de cristal. Esos de apariencia frágil, que de un soplo se desbaratan. Son los que más me sorprenden teniendo en cuenta el ecosistema en el que viven. Cuatro paredes atestadas de niñatos entre los que priman las leyes más básicas y animales. ¿Por qué? Parece que se caen pero que al final se tienen, como si se fueran a rendir de súbito aunque al final opten por la supervivencia. Deberíamos llamarlos alumnos Duralex®, o quizá alumnos Pyrex®, porque a pesar de su apariencia, son irrompibles, resistentes al tiempo y los varapalos, a imagen y semejanza de la Gisela de cristal de Betrice Alemagna.


Recién publicado en nuestro país por Libros del Zorro Rojo, este álbum que fue elegido el mejor libro infantil del 2002 en Francia, nos cuenta la historia de Gisela, una niña hecha de cristal. Luminosa, frágil y sobre todo transparente, todo el mundo quiere conocerla. Largas colas delante de su casa para poder verla y tocarla, hasta que se dan cuenta que, como es de cristal, pueden leer sus pensamientos…


Como ya han apuntado otros compañeros de la LIJ, el argumento es similar al Jaime de cristal de Rodari, lo que me hace pensar que Alemagna ya conocía esta historia del genio italiano y quería darle una vuelta de tuerca más contemporánea. Mientras que en Jaime de cristal la transparencia resulta ser una virtud para luchar contra la tiranía y la opresión quedando el mensaje más supeditado a la moraleja redonda del cuento tradicional, en Gisela de cristal se ensalza como un grave defecto en el que el público en general no ve nada positivo e incluso es motivo de rechazo social. Aunque en los dos libros el protagonista sale victorioso, Alemagna ensalza la debacle interior de Gisela. Ella es una verdadera heroína y lucha por alcanzar su propia felicidad, mientras que Jaime es un héroe indirecto.


En lo que a los recursos de formato y estéticos se refiere llaman poderosamente la atención dos. La primera es el tono azulado del libro, uno que inspira calma, también frialdad e incluso tiene que ver con las lágrimas de Gisela. La segunda son las páginas de papel vegetal que la autora inserta en el libro, un recurso que también utiliza en Cosas que vienen y van, pero que en este caso se traducen con otro significado, concretamente el del símil con la transparencia del cristal y de la anticipación en la secuenciación.
Un libro sin pretensiones, hermoso y algo agridulce, que los niños de cristal necesitamos de vez en cuando.


miércoles, 27 de noviembre de 2019

Perder el alma



Cada día que pasa aumentan las probabilidades de chocarte con un alma perdida.
Algo sobrenatural está sucediendo pues antes no era tan frecuente toparte de golpe y porrazo con un espíritu errante. Sí, sí, no se hagan los extrañados, pues estos entes (por llamarlos de alguna forma) que deambulan en los vagones del tren, bajo el sol de noviembre o que se deslizan por los toboganes del parque, están multiplicándose a un vértigo de pasmo.
Fíjense bien, porque seguro que tienen uno cerca, casi al lado. No se diría que son informes, pues se aprecian bien sus rasgos. Unos dan la impresión de ser jóvenes mientras que otros parecen ser octogenarios. También hay diferencias de estatura. gruesos y delgados. Van como pueden. A pie, corriendo o al volante. Visten como tú y como yo (no se crean que Inditex© les da de lado…). Pero todos comparten algo: su mirada apagada, como las hojas que el otoño va amontonando.


El otro día hablé con una. Fue una sensación extraña... Las palabras eran quedas, aquejaban una inusitada calma, como cuando uno se deja llevar a la deriva, sin importarle nada, abandonadas… Me atravesó cierto miedo. Sentí frío. Un rumor inquieto: ¿Y si yo mismo hubiera perdido la mía? ¿Acaso estaba exento de no padecer ese extravío, de olvidar mis propios días?


Hoy me encuentro ante El alma perdida, un álbum de Olga Tokarczuk, la escritora polaca que recibió el premio Nobel en 2018, y Joanna Concejo, una de esas ilustradoras que exudan belleza en cada imagen, editado bellamente por la editorial Thule (¡Gracias por esa tisana plena de calma!). Aunque el libro recibió una mención especial en la categoría de ficción del premio Bologna Ragazzi en su edición del 2018, yo soy de los que prefiere opinar por mí mismo y aquí me tienen, concediendo mi propio galardón.
Les mentiría si les dijese que el libro no me atrapó desde el primer momento, pues es uno de esos álbumes en los que las imágenes donde priman el grafito y el lápiz de color, se desbordan por lo evocador. Una sensación que continua conforme lo abrimos y empezamos a leer… Trata sobre la historia de un hombre que  de tanto quehacer, de tanto ir y venir, se olvida de sí mismo y su  alma opta por marcharse. ¿Volverá?


Es así como Tokarczuck regresa al movimiento, esa idea generatriz de toda su obra (lean Los errantes para comparar) y que en parte también se relaciona con el desarraigo, una búsqueda constante de la verdad, en este caso monopolizada por ese yo individual que se ha convertido en el imposible de las sociedades modernas. Pone a viajar a ese alma olvidada, a ver la belleza de un mundo tan real como añorado, mientras su dueño permanece estático en una silla.


La espera es extraña para los dos. Alma y hombre necesitan encontrarse aunque se encuentran a gusto en su soledad. Un mensaje que Joanna Concejo presenta en cada doble página con eficaz dualidad. Mientras que las páginas izquierdas se parecen a fotografías antiguas, esas que guardamos en la vieja caja de zapatos (según me cuenta su autora están basadas en fotografías tomadas por su marido y ella misma), desdibujadas por el tiempo y que dan buena cuenta de nuestros años de niñez y juventud, etapas henchidas de libertad (Dense cuenta que ocupan todo el espacio), las de la derecha se centran en una mesa, un par de sillas y esa figura que mira hacia la ventana, un símbolo de anhelo y esperanza en ese universo donde el vacío lo acompaña.


También hay que llamar la atención en las dos ilustraciones que están impresas en papel vegetal y que se insertan en dos momentos clave de la narración, cuando se inicia la espera y como antesala al encuentro. Es así como una vez más una propuesta editorial relaciona este tipo de recurso con el paso del tiempo, ese que desdibuja la vida (¿A modo de ensoñación o a modo de telón?).
Por último, no deben pasar desapercibidas las plantas, esas que el hombre cultiva en pequeñas macetas y que poco a poco se apoderan de las escenas hasta llenarlas de un color tremendamente luminoso. Capuchinas (Tropaelum majus), costillas de Adán (Monstera deliciosa) o filodendros (Philodendron monstera), todo un exuberante ecosistema vegetal que, desorbitado, celebra lo inevitable…



miércoles, 13 de noviembre de 2019

Llenos de esperanza


Nunca he sido muy llorón. Tampoco les voy a decir que no he sufrido, pues lo he hecho. Pero lo que sí puedo afirmar es que casi siempre me he tomado la vida con mucho optimismo. 
No soy de los que se arrepienten, tampoco de los que se rinden (alguna vez, pero por puro egoísmo y comodidad) ni tampoco de los que ven en los demás una vida mejor (esa gente que se pasa el día comparándose con otros nunca será feliz). Intento ver el lado positivo de las cosas (si es que lo tienen..., si no, apaga y vámonos porque no hay solución) e insistir (lo justo y necesario, que si no, el tiempo pesa y cansa).



Aunque algunos dicen que la vida tiene más cosas malas que buenas, prefiero pensar que la diferencia es mínima, que detrás de una mala, siempre llega una buena (al menos para mí, porque hay personas que llevan la negra…) y tiene su aquel el contar con los dedos de la mano lo que falta para que acontezca. Y si no llegan, ya vendrán…
Seguramente más de uno/a me mandará a la mierda si les consuelo con esa de que después de un mal día siempre llega una mañana espléndida, que después de una ruptura sentimental siempre llega alguien que te hace vibrar, o que después de una pelea siempre llega la reconciliación. Y como sé que no me van a hacer ni caso, también añado “¿Vas a vivir amargado el resto de tus días?” Yo lo tengo clarinete (como dice el Pacote): "Que no, que yo no."



La sonrisa de mi sobrino, sombrillas con estampado de sandía, las locuras de mi padre, los campos de girasoles y el vaivén de las olas. El morro torcido del Pit, los tacones imposibles de la Gema, mi madre y sus monsergas, los chistes malos del Alfon, la explosividad de mis alumnos, las impertinencias de mi hermana, y el recuerdo de tus ojos azules. Me quedan muchas cosas hermosas que ver, oír, tocar y sentir todos los días. Otras se quedaron para siempre. Decidido: yo todavía no tiro la toalla.
Es por eso que hoy les traigo Cosas que vienen y van de Beatrice Alemagna (editorial Combel), una exaltación poética de todos estos ritmos y momentos bellos de los que nos provee la naturaleza, los quehaceres diarios o nuestros sentimientos. De esta manera la siempre exquisita Beatrice Alemagna rinde un pequeño tributo a las pequeñas cosas de la vida que, a pesar de su insignificancia, nos llenan esperanzados, y rebosan en uno de los mejores libros de este otoño.



Mención aparte merece el recurso del que se ha servido para presentarnos esta secuencia de escenas, en la que haciendo uso de una hoja de papel vegetal entre cada doble escena, establece un juego para el espectador (el lector disfruta descubriendo las sorpresas que guardan las páginas anterior y posterior), al mismo tiempo que evoca al antes y el después.
Esta técnica no es nueva, pues ya la utilizó Bruno Munari en Sulla nebbia di Milano hace más de 60 años (1968) para desdibujar las escenas y darles un aspecto tridimensional, aunque en este caso ofrece una nueva funcionalidad que nos arranca una sonrisa y destaca el aspecto lúdico del objeto libro.




Sin lugar a dudas es un libro para regalar una y otra vez. En un cumpleaños, durante la navidad, a personas que lo pasan mal y a las que ven poco sentido a la vida. Yo ya sé a quién se lo voy a regalar, ¿y ustedes? Si no saben a quién, se lo pueden regalar a ustedes mismos, que ya es bastante regalo.

martes, 22 de octubre de 2019

El precio de la fama



Dicen los famosos que serlo es una lata. Que si no les dejan en paz, que mire usted lo pesados que son los paparazzi, que si no se puede andar tranquilo por la calle, que intentan sacarles las corás, que pobres de sus familiares… Eso es la fama, señores. Y como decía aquella de la serie, la fama cuesta. Cuesta ganársela, cuesta mantenerla y cuesta sobrevivir a ella.
No todo el mundo vale para ser famoso, sobre todo porque implica mucho sacrificio. Hay famosos que estudian mucho para ser reconocidos mundialmente, véanse astronautas, científicos o literatos. También hay famosos que se recorren todos los programas de televisión, todos los cirujanos plásticos, y todas las consultas de psiquiatría habidas y por haber. Están los que ya nacieron famosos, léanse aristócratas, príncipes e hijos de grandes empresarios, a quienes cuesta mucho esfuerzo mantenerse a la altura de sus apellidos y circunstancias. Los menos son los del efímero golpe de suerte, pero para mantenerse en el candelabro, como bien decía la Mazagatos, hay que currárselo.


También hay que hablar del éxito a menor escala… Puestazos en empresas, una gran familia, reconocimiento intelectual, una herencia que administrar… Todo lo que suponga cierta responsabilidad para con los demás, podría traducirse en fama.
Es cierto que muchas veces la fama te atrapa y que es complicado administrarla, pues especie humano y éxito es un tándem complicado. No les tengo que recordar la de estos personajes que acaban en la cuneta… Enganchados a los estupefacientes, sucumbiendo a sus propios miedos, o refugiados en cualquier tipo de miseria… Marionetas rotas que necesitan una catarsis o por el contrario, una muerte digna y loable.


No se equivoquen, son muy pocos los que están formados para un cara a cara con la fama (“Como ser famoso” sería un curso bastante útil para todos esos miles de interesados que ansían encumbrarse en calidad de influencers o de niños guapos), y salir airosos de situaciones comprometidas, ponerse en su sitio cuando la ocasión lo requiere, y tomar el rumbo adecuado.
De todas estas cosas y muchas más nos habla Jimmy Liao en Las alas, su último libro publicado por Barbara Fiore, su editorial de cabecera en castellano. Tan metafórico como siempre, el autor coreano hace un ejercicio de crítica bastante complejo (ya saben que su universo onírico no es precisamente fácil, ¿o quizá sí?), en el que nos habla de los pormenores de la popularidad.


El argumento parece sencillo. El director general lo tiene todo: una familia, un buen trabajo y una oficina maravillosa. Es reconocido y admirado hasta que en su espalda empiezan a crecer dos alas... No les cuento más, porque seguramente ustedes extraerán sus propias conclusiones acerca de un álbum denso y enriquecido en el que el mismísimo Liao explora su propia fama (fíjense en las referencias a obras como Desencuentros o El sonido de los colores) y la de todos aquellos que se ven sobrepasados por sensaciones encontradas entre el yo individual y la imagen que proyectan. Soledad, aislamiento, incomprensión, desesperanza, rabia… ¡Ufff! ¡Menos mal que no soy famoso! ¡Prefiero ser libre como un pájaro (sin alas)!



miércoles, 27 de marzo de 2019

De felices vividores



Nos empeñamos en ser infelices, en no disfrutar de lo poco o mucho que tenemos. Todo el día a la gresca con amigos, con la novia, con los compañeros de trabajo y, sobre todo, con la familia. No sacamos partido alas horas, al tiempo libre. Vivimos enganchados al móvil cuando deberíamos sentir la brisa fresca que nos trae la mañana, leer a la orilla del mar o invertir el tiempo con nuestros hijos, sobrinos o nietos.
Quizá es el destino del ser humano: sufrir viviendo, vivir penando. Yo hace tiempo que dije basta. Porque la vida son dos días, porque lo que viene conviene, porque qué-más-me-da. Si uno de ustedes me dice que ese libro no vale un duro, si otro me espeta cualquier bordería: por un oído me entra y por el otro me sale. La cuestión es estar contento con lo que uno hace, siendo honesto, sin faltar a nadie. Opiniones encontradas hay en todos los bares, lo mejor es no dejar que te afecten.


Les ilustro… Hoy ha llegado un chavalito nuevo a clase. No medía más de cuatro palmos y todos en clase le sacaban dos cabezas (imagínense el percal). Se ha sentado en primera fila con mucho desparpajo, a él le daba todo igual. El tío, listo como él solo, se atrevía con todo. Ejercicio por aquí, ejercicio por allá. Al principio se oían las risitas de fondo y he tenido que empezar a chistar. Luego el ambiente se ha tornado indiferente (¡Qué poco dura la novedad!), y por último la admiración ha hecho acto de aparición, pues no hay nada que asombre más, que una mezcla de inteligencia, arrojo y buen humor. Me daban ganas de aplaudir, de darle una medalla y no-sé-qué reconocimientos más. A eso le llamo yo, un vividor profesional.


Y por citarles a otros dos, hoy les traigo a Charlie y Ratón, una pareja de hermanos que hacen irrupción en el panorama “lij-erario” en castellano de la mano de Laurel Snyder, Emily Hughes y la editorial Impedimenta.
Aunque se podría haber optado por un álbum-serie (atentos a la publicación de mañana), las aventuras de estos dos pájaros se han editado en un mismo volumen, bien por cuestiones del guión, bien por tener más que ver con el álbum narrativo. En sus páginas podemos encontrar cuatro historias que entre el sinsentido y la lógica, nos abren las fronteras del vitalismo y la subversivo de la infancia. Bajo las sábanas, montando una fiesta, limpiando los jardines de piedras o comiendo antes de ir a la cama, nos hacen partícipes de una visión inocente pero en absoluto desechable.


El caso es que me he hinchado a reír con sus ocurrencias y las situaciones disparatadas ; también me ha dado por pensar en lo cotidiano con los mensajes hermosos que nos transmiten desde su universo particular (¿Acaso no ven en el episodio de la fiesta ese sabor que a todos nos encanta compartir en las reuniones improvisadas? ¿Y en la de las piedras se han fijado en las paradojas del azar?).
Me han caído genial esta pareja, como la mayor parte de los pícaros, pillos y truhanes que, como un servidor, intentamos colorear los sinsabores de este mundo inhóspito.



martes, 12 de febrero de 2019

Como una tortuga



Tras unos días de asueto en Málaga (¡Qué bien se está allí! No me extraña la afluencia masiva de guiris a sus costas…), regreso con un montón de faena. No porque me la haya traído bajo el brazo, sino por toda la que me dejé pendiente aquí, sobre las estanterías, sobre el escritorio, sobre el suelo (si vieran como está mi casa… no daban crédito).
A veces me gustaría convertirme en superhéroe para poder deshacerme de todos esos nudos, trabas y líos que enmarañan una vida que debería suponerse grata, pero otras veces me digo que no importa, que sigo siendo mortal, que no merece la pena estresarse por cuestiones baladíes y poco satisfactorias.


Antes era de esos que empiezan algo y gustan de terminarlo, si no era a lo grande, qué menos que de manera aceptable y correcta; e incluso me flagelaba si esto no sucedía así, pues me gusta bastante la formalidad, sobre todo cuando en ella se veían involucradas terceras personas (en lo que a trabajo y quehaceres se refiere, las apariencias y poses me importan mucho menos). Ahora las cosas no son tan blancas ni tan negras, unas veces digo que no, otras que sí, y las más prefiero cierto tono intermedio, pues en esta vida hay que saber torear las embestidas que te propician los días.


También he aprendido a ir tranquilo por la vida. La verdad es que no me lo creo ni yo. Será la vejez, será el desencanto (¿Correr? ¿Para qué? Si a todo el mundo le da igual. Aligeren el paso por ustedes, que los demás bien tranquilos que van…). ¡Decidido! En vez de superhombre quiero ser una tortuga, no sólo porque son unos animales bastante parsimoniosos (a veces es lo que necesito…), sino porque me parecen bastante curiosos.


¿Saben ustedes que las tortugas gigantes pueden superar el siglo de vida? ¿Qué presentan caracteres intermedios entre reptiles (grupo al que pertenecen) y las aves, como por ejemplo el pico córneo? ¿Qué las terrestres pueden hibernar como algunos mamíferos? ¿Qué dependiendo de la temperatura a la que se incuben sus huevos pueden nacer machos o hembras? ¿Sabían que las tortugas fueron los primeros animales en hacer un viaje de ida y vuelta a la luna? ¿Qué muchas de las especies de tortugas del mundo se encuentran en peligro de extinción, o que inspiraron a los estrategas militares del antiguo imperio Romano para desarrollar sus formaciones de combate?


Si no han tenido bastantes curiosidades, les animo a hacer un listado de todas las tortugas que son protagonistas de la LIJ, y en la que deben añadir Las tortugas nunca duermen, un álbum de Esther Pardo con ilustraciones de Miguel Díez Lasangre que editó el año pasado Ekaré y que me pareció un librito muy hermoso sobre la relación entre una anciana y su animal de compañía, la tortuga Lina, más todavía cuando esta historia (que también bebe de la aventura) tiene su lado fantástico, pues la anciana y el animal intercambian su forma para vivir más intensamente tanto de noche, como de día.


Quizá muchos lo puedan tomar como una bella metáfora sobre el fin de la vida, de cómo poder esquivar la vejez, incluso la muerte, con unas dosis de magia y riesgo (la interpretación de los símbolos la dejo a otros más duchos en esto), yo sólo les digo que a un servidor le ha encantado, ténganlo en cuenta a la hora de hacer un descanso que yo hoy tengo tarea…

miércoles, 6 de febrero de 2019

De familias, mentiras y realidades



Cada familia tiene su propia historia. A lo que yo añado que si no la tiene, se la inventa.
¿Acaso ustedes no han dado con auténticos muertos de hambre que parece que se han dejado el corcel en la puerta? ¿O con esos que parecen muy leídos y en realidad pecan de medio analfabetos? ¿Y los que dicen ser comunistas cuando en el fondo son hijos de falangistas? ¿Y los que vacilan de deportistas cuando lo único que han hecho es encender la tele y abrir una cerveza?


Se cree que el postureo nació con las redes sociales (¿Y pensar que algún día llegaría el final de las peroratas sentimentales a pie de foto? Pues no, la cosa sigue…) teniendo como máximo exponente a Instagram y sus acólitos, pero lo cierto es que parapetarse detrás de un pelaje que no es el propio, es uno de los inventos más antiguos de la raza humana. Quizá por vergüenza, también por complejo, o simplemente como estrategia para alcanzar cierto estatus (ahí tienen a pobres casados con cortesanas y a un montón de hijos bastardos), el ser humano siempre ha cambiado (la vida y) la historia.


El caso es que a un servidor le da igual, sencillamente porque soy consciente de esta realidad (todo aquel que te vende una moto es porque está intentando deshacerse de la que no le sirve para comprarse una nueva) y porque no me gusta medir a la gente por las apariencias, pero permítanme que me ría de todas estas banderas, unas veces divertidas y otras, grotescas. Pueden unirse si quieren, ejerciten su sentido del ridículo. Que tontería y risa son gratis, un tándem muy necesario.


Y  hasta aquí el prólogo para presentarles un libro con mucha chicha. Un gran perro, de Davide Cali y Miguel Tanco, publicado en nuestro país por la editorial almeriense Libre Albedrío, es uno de esos libros que a través del humor busca un discurso bastante crítico, e incluso entrañable. En él, un padre y su hijo hacen un recorrido por las hazañas de sus antepasados perrunos.
Toda una serie de oficios se presentan ante los ojos del lector, pues esta familia ha contado con policías, bomberos, pintores y maestros ¿de renombre? Ejem… No es oro todo lo que reluce, pues al desplegar las páginas de los retratos de estas personalidades caninas nos encontramos con la realidad que subyace a su supuesta profesionalidad. Situaciones jocosas y divertidas que transforman en paródico lo loable. Un juego que permite a los pequeños continuar con su mirada subversiva hacia un mundo adulto lleno de poses y pretensiones.


Por si no fuera poco, el libro cuenta con una sorpresa final que se interna en otros derroteros (quizá más emocionales) sobre hijos adoptivos, deseos personales y ánimos paternales que todos podemos sentir cercanos.

martes, 22 de enero de 2019

¿Perdiendo el tiempo o aprovechándolo?



Los adultos nos ponemos muy pesados cuando vemos que los niños, los jóvenes, pierden el tiempo con los aparatos electrónicos. Que si nene deja el móvil y ponte a estudiar, deja la tele y arregla el cuarto, deja la tablet y ayúdame a poner la mesa… Una cantinela que se repite todos los días en cualquier hogar. Pero, ¿acaso no preguntamos si hacen algo útil con esos dispositivos? Seguramente la mayor parte de las veces no hacen ni el huevo, pero otras quizá estemos errando. Esto sucede en parte porque los mayores tenemos nuestras propias ideas sobre lo que es aprovechar el tiempo, y todo lo que se salga de esos parámetros consiste en perderlo. Si a ello añadimos que prejuzgamos a críos y adolescentes a todas horas, cualquier cosa que se escape de hincar codos y las actividades extraescolares clásicas, no tienen cabida en lo productivo (futuro, dichoso futuro del dinero y el estatus).


Tengo alumnos de todo tipo. A unos les gusta cantar, otros se dedican a la magia, el de más allá hace parkour (para los poco doctos consiste en saltar por cualquier sitio), alguno que prueba videojuegos, chicos que les encanta disfrazarse, dos de ellas se dedican al teatro, los menos a la papiroflexia, a la cocina, uno que hace taquigrafía, otro que recogía piedras, y una que practicaba el finger dancing (les incluyo al final del post dos ejemplos de esta maravilla). Seguramente todos y cada uno de ellos empezaron a practicar todas estas cosas a espaldas de sus progenitores, bien por vergüenza, bien por evitar que les dieran la chapa (dudo que muchos de ellos las cultiven abiertamente hoy día) pero a mí, que me encanta que cada uno pueda enriquecer su mundo interior de la manera que le plazca (yo lo he hecho y me ha dado igual ocho que ochenta), me parecen aficiones maravillosas.



Necesitamos cambiar nuestro concepto sobre lo que es útil y lo que no, de lo que nos llena y lo que nos vacía, de lo que nos aporta y de lo que nos vuelve inertes. Para ello hoy les traigo dos libros que me han encantado y que (creo) necesitan leer. El primero de ellos es Mi abuelo, un álbum de Catarina Sobral editado por la editorial Limonero. En él se entrevén las vidas de un abuelo y su vecino que se supone comparten muchas cosas en común. Les gustan los idiomas, la comida italiana, charlar con la gente, hacer la compra y las plantas. Pero no es oro todo lo que reluce, algo que nos muestra la autora estableciendo un paralelismo entre estos dos personajes en cada doble página y concluyendo con que el vecino del abuelo, a pesar de “aprovechar” muy bien el tiempo, no tiene una vida tan agradable como cabría esperar, sobre todo porque no se deja llevar por sus deseos de libertad y tiempo libre.


El segundo libro al que deseo referirme hoy es Ana y la gaviota de Carolina Esses y Raquel Cané (Adriana Hidalgo Editora, colección Pípala). Les tengo que decir que es una creación que abre muchos interrogantes, más todavía al desarrollarse en una atmósfera sutil y algo romántica de una playa que ayuda a suavizar las reacciones. En ella, una enfermera que se dirige a su lugar de trabajo, siente la necesidad de socorrer a un ave marina que ha tenido un accidente. Ante ella se presentan muchas dudas: ¿Su presencia es más necesaria allí que en el hospital? ¿Y si por su decisión alguien muere? Para saber el final tendrán que leerlo, pero les aviso de que es un buen libro para abrir un diálogo sobre la dicotomía responsabilidad-deseo con cualquier tipo de lector.




He aquí dos maravillosos ejemplos a tener en cuenta en este mes de enero tan cargado de nuevos propósitos, que nos dejan entrever que el tiempo no se suele perder y que hay momentos en los que, rebosantes de placer, quietud y ocio supuestamente insulso, ganamos mucho más que en aquellos donde la frenética actividad no nos llena, ni la vida ni el alma.




lunes, 21 de enero de 2019

Un Blue Monday sin lágrimas



En este Blue Monday (se supone que el día más triste del año) me he percatado de que llevo mucho tiempo sin llorar. No sé si eso es bueno o malo. Por un lado creo que está bien vivir en un estado de felicidad, no creo que absoluta, pero sí con viento favorable. Por otro lado también pienso que echar una lágrima de vez en cuando viene bien, más que nada porque dejas aflorar tus emociones y la cosa funciona a modo de catarsis.


Hay gente que es muy llorona y a la mínima se deshacen en un mar de lágrimas, mientras que a otras les cuesta horrores humedecer las mejillas. Yo creo que lo mejor es quedarse en un punto medio y visitar ese estado de vez en cuando, cuando surja. He de reconocer que los ojos se me aguan con facilidad (es ver gente unida por una causa y me entra un no-sé-qué…), pero nunca de la forma que lo hacen las grandes plañideras.


Se puede llorar por múltiples causas. Hay personas que lloran de alegría (muy bonito de ver), hay otras que se ponen a llorar de la risa (también los hay que se mean), mucha gente llora de rabia (creo que es un buen ejercicio, sobre todo para no contenerla y que la cosa vaya a más), también tenemos a los que lloran de dolor (sobre todo las criaturas…, por algún sitio tiene que salir el chichón y liberarles de la mala sensación) y por último los que lloran de pena (No me gusta nada esta última. La tristeza, la congoja, minan a cualquiera).


Dicen que los hombres no lloran, pero yo sé que es una mentira de las grandes. Lloramos bastante aunque no lo digamos. Todos lloramos, mujeres y hombres, no sólo porque hay que mantener la córnea húmeda (ya saben que si no, habrá que echar mano de la lágrima artificial), sino porque es una capacidad del ser racional que es el humano. Así que déjense de rollos y lloren si les place. Y si no encuentran razones aquí les traigo el ¿Por qué lloramos? de Fran Pintadera y Ana Sender (Akiara Books), un libro con una gran carga de sensibilidad (era lo que cabría esperarse de un título que habla de algo tan íntimo) que puede ser un buen comienzo para ir entrenando el lacrimal.


Creo llega al fondo de la cuestión de una manera bastante elegante (es lo que tiene el lado poético de las cosas) y que conjuga bastante bien la carga verbal con lo simbólico de las ilustraciones. Una bella historia que al final tiene que ver con muchas cosas, no sólo con las cosas del llorar, sino también con las del amar…


Las imágenes de esta entrada son propiedad del blog Pájaros en la cabeza.
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